sacando con las perlas de sus dientes pedazos de la nieve de sus manos,
a vueltas de arroyos de fino rosicler— Aminta, ¡y qué desdicha ha
sido la tuya! Ya puedes ser fábula del mundo y ejemplo de mujeres, y
aun escarmiento suyo, si fuesen cuerdas, y no necias como yo he sido.
¡Ay desventurada de mí, y cómo por ser fácil he sido causa de tantos
escándalos y desdichas! ¡Ay!, ¿quién me vio tres días ha con honra, gusto
y riqueza, adorada de mis tíos, y respetada de toda la ciudad, y me veo
hoy ser fábula y asombro de ella? ¡Ay, querido tío, y qué satisfacción
podré dar de las penas y deshonras que por mí pasas! ¡Y qué será de ti
cuando sepas por entero mi desdicha! ¡Ay, doña Elena, inventora de mis
trabajos, castigue el cielo en tu alma, como lo hizo en tu cuerpo, mi
perdición! ¡Ay, Flora cruel, más traidora y engañosa que la pasada, por
quien en Roma tienen en tan poco las de tu nombre! ¡Ay, don Jacinto,
y cómo tuviste corazón para burlar una mujer de mi estado, sin mirar
que has de ser causa, no solo de mi muerte, mas de la tuya, pues en
sabiendo mi tío lo que has hecho, si su muerte no le ataja, ha de
procurar la tuya, y cuando él falte, queda en el mundo mi primo, que
en fin ha de tomar por su cuenta mi agravio, no solo como deudo mas
también como esposo! Mas ¿cómo podré yo tener paciencia ni aguardar a
tal, teniendo manos y valor con que quitarme la vida?
Y diciendo esto, sacó un cuchillo de su estuche para abrir con él las
venas de sus brazos, pareciéndole que hasta la mañana habría tiempo
para desangrarse y acabar; mas don Martín, que viéndola con tal
determinación, admirado de lo que veía, si bien no apercibía bien sus
razones, había puesto la llave en la cerradura, y temeroso de algún
mal suceso, abrió apriesa la puerta y salió apresuradamente: con cuyo
ruido la hermosa Aminta recibió tal turbación que junto con sus pesares
se dejó caer de un profundo desmayo, dando a don Martín lugar para
que, tomándola en sus brazos, gozase el favor que si estuviera con su
sentido fuera muy dificultoso, respecto de su honesto recato, el cual
no pudiera ser vencido si no es con el engaño que se ha visto.
Enternecido don Martín con su sol eclipsado en sus brazos, contemplaba
las pasiones que la veía padecer, la hermosura, los pocos años, que
siendo todo tan igual a su amor le daban ocasión a mil amorosos
atrevimientos: componíale el revuelto cabello, enjugábale las lágrimas
y recibía a vueltas de penosos suspiros regalados favores, cogiendo
claveles de aquel jardín de hermosura.
Tornó desde a poco en sí Aminta, y viéndose en los brazos de don
Martín, con un honesto desenfado se cobró a sí misma de poder del
amante, y no sé si tan libre como antes; porque la ocasión, la gala y
la fuerza de sus agravios la iban trocando el amor de don Jacinto en
cruel venganza: viéndose allá burlada y aquí rogada; que no hay tal
cebo para cazar a una mujer como el amor del presente cuando se ve
despreciada del ausente. Y así, con muestras de algún enojo, le dijo:
—¿A qué venís, don Martín? ¿Por ventura paréceos que ha menester
una desdichada más testigo de su muerte que su desventura? Volveos a
vuestro aposento, pues con la muerte de solo una mujer se restauran las
honras de tantos hombres.
—No lo permita Dios, amado dueño mío —replicó don Martín—, si no es
que yo os acompañe en tal ocasión: yo desde que os vi os adoré; y si
no queréis que sea yo el que lo pague todo, pues tengo vida, que es
vuestra, y esta daga que ejecutará vuestro deseo, merezca yo que me
recibáis por vuestro esclavo; con lo cual quedaré más contento que si
fuera señor de todo lo que alcanzó Alejandro.
—No me conocéis —dijo Aminta—, pues me decís con tal libertad
vuestro deseo, y no penséis que aunque estoy en este lugar dejo de
ser lo que soy, y si por los engaños de un traidor os parece que estoy
sin honra, lo que a mí me ha sucedido pudiera suceder a la más cuerda
y recatada. Mas supuesto que ni vos habéis de ser mi marido ni yo
admitiros, solo os suplico que os volváis a vuestra estancia y no me
deis ocasión que llame a vuestra madre y a todo el mundo, y publicando
a voces mi miseria, me entregue a la espada de los que con mi muerte
quedarán satisfechos de la infamia que por mí padecen.
Pareciole a don Martín en la determinación con que Aminta decía esto,
que lo iba a hacer, porque la vio acometer a la puerta; y así la
detuvo, suplicándola que le escuchase, porque no era justo que creyese
que él pretendía ser suyo, menos que siendo su marido, y que si le
quería recibir por tal, tendría su suerte por muy dichosa.
Miraba a don Martín la dama con el afecto que le decía estas y otras
razones, como era que le dijese cómo y quién la había ofendido. Que
si el no tener (como decía) honor, era algún hombre la causa, se
declarase y vería cómo la servía: y que hasta que quedase satisfecha
no quería que hiciese por él lo que le pedía.
Y casi desesperada de remedio, si bien agradecida de las promesas de su
nuevo amante, le respondió:
—Yo soy Aminta, señor don Martín, la misma de quien esta noche
dijisteis que era escándalo de esta ciudad. La causa de estar en
vuestro poder os quiero contar, y si oída queréis hacer lo que decís,
yo estoy puesta a daros gusto.
Contole en breves razones lo que queda escrito, dejando con su historia
a don Martín más enamorado que antes, y tan enternecido de ver burlada
la ignorancia de Aminta que quisiera a costa de su vida remediarla,
con tal que no perdiese él la presa que en su poder tenía: y así
dándole de nuevo palabra de vengarle, le dio la mano de esposo, la cual
Aminta recibió con gusto por no estar en tiempo de otra cosa.
—No ha de ser así mi venganza —dijo Aminta— porque supuesto que yo
he sido la ofendida y no vos, yo sola he de vengarme, pues no quedaré
contenta si mis manos no me restauran lo que perdió mi locura. Y así,
aunque os doy palabra de esposa, no se ha de conseguir vuestro deseo
hasta que yo le quite la vida a este traidor, para lo cual no quiero
otra cosa sino que me acompañéis para la seguridad de mi persona, que
con vos, y mudando traje (pues el de hombre es más seguro), si me
ponéis en su tierra, yo daré traza para engañarle como él me engañó a
mí. Y hecho esto nos podremos ir a Madrid, y allí viviremos seguros.
Concedió don Martín con todo, y no es mucho, pues que amaba y
aventuraba el gozar tan hermosa dama, tanto que ya disculpaba a don
Jacinto.
Al fin con este concierto Aminta, esperando verse presto vengada y don
Martín ser su esposo, se despidió de ella, llegando en prendas a sus
brazos, dejando ordenado partirse otro día, que venido, se previno don
Martín de todo lo necesario para el camino.
Llegó la noche, que al parecer de los nuevos amantes se detenía más de
lo justo, y después de recogida la gente, y acostada doña Luisa, don
Martín se fue al aposento de Aminta, llevándole un vestido acomodado
para lo que había de fingir, y no dejándole de sus hermosos cabellos
más de los necesarios, se le puso, quedando tan hermosa, que si alguna
parte había dejado libre amor en el alma de don Martín, allí quedó todo
rendido.
Y dejando a su madre escrito un papel en que le pedía el secreto de
su partida hasta conseguir cierto efecto porque importaba a su vida y
a la honra de aquella dama, se pusieron en la calle, y de allí en dos
famosas mulas, pareciendo don Martín en su traje el mozo de ellas.
Salieron de Segovia, y otro día al anochecer se hallaron en Madrid,
famosa corte del católico rey don Felipe Tercero, y sin querer entrar
en ella siguieron sus caminos, que les duró algunos días; tanto era el
deseo que Aminta llevaba de su venganza.
Llegaron, como digo, a la ciudad sin nombre, que importa que no le
tenga, un sábado en la noche, y tomando posada segura reposaron
hasta la mañana, y acordaron entre los dos que don Martín se quedase
encubierto en ella, por ser natural de aquella tierra y tenía en ella
algunos amigos, si bien no se quiso descubrir a ninguno y que Aminta
saliese a entablar su pretensión.
Suplicábale don Martín que le dejase a él la satisfacción de aquel
agravio, pues podía fiar de su amor mayores ocasiones sin que se
pusiese ella en ningún disgusto; mas no fue posible acabarlo con
Aminta, diciendo que si había de ser suya, que la dejase serlo con
honra.
—Yo soy —decía Aminta— la que siendo fácil, la perdí, y así he de
ser la que con su sangre la he de cobrar: ya sabéis que las mujeres, en
aprendiendo una cosa, tarde se arrepienten; pues siendo esto así, como
lo es, dejadme que os merezca por mí misma, que si vos por vuestras
manos vengáis mi afrenta, poco tendréis que agradecerme.
Tanto le supo decir, y él la escuchaba tan tierno, que hubo de
condescender con ella, aunque no sin celos, y así entre burlas y veras
le dijo que si lo hacía por ver a don Jacinto.
—El suceso lo dirá —dijo Aminta, y apartándose de él con más cuidado
que don Martín quisiera, porque como empezaba a temer, empezaba a
penar, se fue a buscar a su enemigo, seguida y celada de su amante, que
la amaba más tierno que quisiera.
Llegó Aminta a la iglesia mayor, y como entrase en ella, antes que
tuviese lugar de mirarla ni hacer la acostumbrada oración, vio en su
fingido don Jacinto y verdadero don Francisco, con otros caballeros:
conociole al punto, y es de creer que fue necesario el ánimo que el
traje varonil le iba dando para no mostrar su sobresalto y flaqueza.
Tomó aliento, y esforzándose lo más que pudo, acercándose a ellos, dio
lugar a ser vista, y aunque le dijese don Jacinto si mandaba alguna
cosa, casi mudada la color, por darle algún aire de quien era Aminta,
con más esfuerzo que el que su flaqueza requería le dijo que si había
entre sus mercedes quien necesitase de un criado.
—¿De dónde sois? —replicó don Jacinto.
—De Valladolid —dijo Aminta—. Juguele a mi padre algunos cuartos,
y mientras se le pasa el enojo me he puesto en fuga, para que con mi
ausencia, en sintiendo mi falta, me perdone y busque.
—Mucho sabéis para ser tan mozo.
—No supe sino muy poco, pues estoy donde veis.
—Paréceme que os he visto —replicó don Jacinto—: o es que os
parecéis a una persona que yo quise veinte y cuatro horas.
—Harto cuidado os debe esa persona —dijo Aminta—, y no me espantaría
que tuviese deseos de pagaros.
—Eso es quimera, pues cuando yo ignorase quien soy, hay muchos
inconvenientes para ello; mas porque tú le pareces tanto, quiero que
me sirvas, por verme servir de un retrato de quien yo serví. ¿Cómo te
llamas? que pues has de estar conmigo, menester es saber tu nombre.
—Jacinto —replicó Aminta—, y si por ser retrato de esa persona me
recibes en tu servicio, tengo que agradecer a naturaleza que me ha
hecho a su estampa; porque de mí te digo que desde el punto que te vi
te quise bien.
—¿Pasaste por Segovia? —dijo don Jacinto.
—Sí, señor —respondió la dama—, mas no quise detenerme allí, por el
grande escándalo que andaba en ella por falta de una dama, que dicen
se llamaba Aminta, que piensan se la tragó la tierra, porque no parece
muerta ni viva. Una doña Elena, que se creía sabía de ella, amaneció
una mañana muerta, y por eso están presos muchos caballeros.
—¿No se sabe —dijo don Jacinto— si la llevó alguno?
—No se sospechaba tal —dijo Aminta—; lo que se piensa es que ella
misma huyó por no casarse con un primo suyo, con quien estaban hechos
los conciertos.
—Ahora bien, Jacinto, vamos a casa.
—Eso mismo digo yo —respondió Aminta—, vamos donde mandáredes, y en
sabiendo la casa, volveré a mi posada por una maleta en que traigo mi
limpieza.
¿Quién duda que estaría en esta ocasión Aminta reventando? Mas como no
era necia, disimulaba: y así fue con su nuevo amo y antiguo enemigo a
su casa, donde le dio por ama y señora a la falsa Flora, diciéndola que
la regalase, y al fingido Jacinto que la sirviese con mucho cuidado.
Mirábale Flora y tornábale a mirar, sintiendo cada vez una alteración
y desmayo que parecía acabársele la vida, mas no se atrevía a decir lo
que sentía, aunque siempre le parecía que veía a la engañada Aminta,
no osando en ninguna manera decírselo a su amante, por no traerle a la
memoria, viéndole tan olvidado de ella.
Tomó Aminta la posesión en su nueva casa y volvió luego a dar aviso
a su amante don Martín de su buena y presta ventura, asegurándole con
mil caricias de los celos que tenía de verla en ella, prometiéndole
abreviar con sus deseos, y se volvió con sus nuevos amos; a los cuales
empezó a servir con tanto agrado, que se tenían por muy contentos de él.
Mostró sus gracias, como era leer, escribir y contar, y otras muchas.
Y sobre todo cantar y tañer, tanto, que ni don Jacinto ni Flora sabían
estar sin él un punto.
Y así un día que estaban comiendo, por mandado de Flora tomó una
guitarra, y cantó así:
Si a tu hermosa Celia adoras,
Y su imagen reverencias,
Sacrificando tu gusto
A su adorada belleza;
Si sus bellísimos ojos,
Como soles los respetas,
Como luceros los miras,
Como cielos los celebras;
Si conoces que su boca
Es caja de hermosas perlas,
Y sus cabellos dorados
Madejas de Arabia bellas;
Si sabes que son sus manos
Blancas y nevadas sierras,
Y de otra divina Venus,
Su gracia talle y presencia:
Si a tu perfecta hermosura,
Y alabada gentileza,
La manzana hermosa ofrecen,
Que a Troya tan caro cuesta;
Y finalmente, si tienes
Alma, sentidos, potencias,
La memoria y voluntad
Presos en sus rubias hebras:
¿Para qué, Jacinto ingrato,
Causa de mi eterna pena,
Con falso y fingido amor
Engañaste mi inocencia?
Suspenso estaba el engañado don Jacinto, no admirando la voz, aunque
era muy buena, sino sintiendo las razones del romance, como si viera
quejarse a Aminta. Y así le dijo:
—Enternecida está esa dama, amigo Jacinto.
—Tal la trataba yo —replicó Aminta—, pues cuando creyó tener marido,
gozó de mi ausencia.
—¿Luego has querido? —dijo don Jacinto.
—¿Tan necio te parezco? —respondió la dama—: pues cree que he sabido
querer y aborrecer, y que también sé dar disgustos y fingir cuidados,
porque soy más hombre de lo que mis barbas dan muestra; pues aunque
Flora mi señora dice que le parezco capón o mujer, algún día he de
ser gallo, a pesar del bellaco que me ganó mi caudal y me puso en el
estado en que estoy: mas pues gustas de ver quejas de mujer, oye estos
madrigales, que se hicieron al mismo sujeto.
Al tiempo que a Diana
Febo sus rayos ofrecer quería,
Y ella hermosa y lozana,
De visitar los indios se venía,
Porque el pastor amado
Fuese en su ausencia consolado;
Matilde diligente
Salió a buscar a su Jacinto ausente.
Con paso apresurado
Las flores del florido prado pisa;
El semblante turbado,
Porque ya el corazón su mal le avisa,
A un valle hermoso llega,
Que un manso y cristalino arroyo riega,
Adonde entretenido
Vio a Jacinto en Isbella divertido.
Detuvo un poco el paso,
Y oyó cómo Jacinto le decía:
Zagala, yo me abraso,
Sosiegue tu favor la pena mía;
Las manos le tomaba
Y con tiernos suspiros la besaba,
E Isbella le decía:
Si te viese Matilde, ¿qué diría?
Deja, Isbella divina,
Esas quimeras, mira mis pasiones,
Que sola tú eres digna
De rendir los soberbios corazones,
Pues si Apolo te viera,
Tras Dafne fugitivo no corriera,
Y a Venus, sacra diosa,
Ganaras la manzana por hermosa.
Tú de Júpiter fueras
La Europa que cual Toro conquistara,
Si en su tiempo nacieras,
En cisne transformado te gozara,
Y como lluvia de oro
Bajara a verte de su eterno coro,
Y cual Calixto tuvieras
Asiento celestial en las esferas.
No gozara de Egina
Como pastor en el ameno prado,
Menos a Proserpina,
Porque de tu belleza enamorado,
Solo en ti se empleara,
Y a todas las del mundo despreciara:
Ni Juno se ofendiera
Aunque gozarte de su esposo viera.
Dijo, y determinado,
Cuando Isbella del todo ya rendida,
A su cuello ha enlazado
Los brazos, y tomando la medida
Con su boca a su boca,
Dejó a Matilde con sus celos loca,
Que de rabia perdida,
Salió cual cierva del venablo herida.
Desleal, atrevido,
Ingrato y falso más que los nacidos,
Yo os quitaré la vida,
Dijo, y con pasos atrevidos
Quiso llegar a ellos,
Huyó Morfeo de sus ojos bellos,
Que cual ríos estaban,
Creyendo ser verdad lo que soñaban.
Que si como dormida,
Despierta este suceso le pasara,
Entre sus tiernas manos los matara,
Que, aunque niño, Cupido
Es (si celos le ayudan) atrevido.
Alabáronle con grandes encarecimientos y mostraron estimar sus
donaires con darle don Jacinto un vestido y Flora una sortija, lo que
recibió Aminta con muestras de alegría, porque respecto de vengarse,
pasaba plaza de bufón, no descuidándose de visitar a don Martín y
contarle lo que pasaba, ni él de suplicarla abreviase o que le dejase
a él hacerlo, porque no podía sufrir verse encerrado en casa ni a ella
en la de un hombre que había sido su primer amor.
Enojose Aminta de verle tan desconfiado, y así le dijo que si se
cansaba se volviese a su casa, pues ni le debía ni la debía; pues el
acompañarla acción de caballero había sido, y así le dejó sin querer
hacer amistades, de que don Martín quedó apasionadísimo.
Llegó Aminta algo tarde a su casa y halló a sus dueños cenando, que
le riñeron la tardanza. A poco rato llegó don Martín a la puerta,
haciendo cierta seña que acostumbraba otras noches. Salió Aminta, y
después de ruegos y enojos, quedando amigos, se volvió a su posada y
ella se entró a reposar.
Un mes estuvo Aminta en casa de su amo, en cuyo tiempo había escrito
don Martín a Segovia a un amigo suyo para que le avisase lo que
pasaba: el cual le avisó de todo, pues encareciéndole la pena con que
su madre estaba le contó cómo el capitán don Pedro salió en fiado de
la cárcel, y que entrando en su casa se había caído muerto; y que a
los demás presos había sacado de la cárcel don Luis su hijo, que había
venido de Italia, el cual andaba haciendo grandes diligencias por saber
de su prima y esposa, de la cual no sabían nuevas ningunas.
Doblósele a la hermosa Aminta la pasión y la rabia con las nuevas de
la muerte de su tío y venganza que prometía la cólera de su primo don
Luis, y más viendo a don Jacinto gozar tan libremente de Flora, el uno
y el otro causa de su desdicha. No tenía celos, mas sentía agravios,
que quien quiere saber si ha querido, aunque aborrezca, vea lo que
ha querido en otros brazos; así viendo la valerosa Aminta que no era
tiempo de quejas sino de venganzas, apercibió a su querido amante don
Martín para aquella noche, el cual avisado de lo que había de hacer, se
puso en espera del suceso.
Aguardó Aminta tiempo y lugar, y viéndolos a todos dormidos, y la
ciudad en silencio, entró en la cuadra de sus enemigos, no siendo de
nuevo en ella por entrar todas las noches por los vestidos de su amo
para limpiarlos; y sacando la daga, se la metió a don Jacinto por el
corazón, de suerte que el quejarse y rendir el alma todo fue uno.
Al ruido despertó Flora, y queriendo dar voces, no la dio lugar Aminta,
que la hirió por la garganta, diciendo:
—Traidora, Aminta te castiga y venga su deshonra.
Y volviéndola a dar otras tres puñaladas, envió su alma a acompañar la
de su amante; y cerrando la puerta a la cuadra, tomó su capa y maleta,
y valiéndose de una llave que había mandado hacer, por haber perdido la
de la puerta de la calle, de industria, dejándola cerrada, se salió y
fue a la posada de don Martín, el cual sabido el suceso y viendo que
era forzoso ponerse en camino, tomando sus mulas y ropa, se partieron,
caminando con toda prisa hasta el primer lugar donde descansaron,
vistiéndose Aminta de dama y don Martín asimismo de caballero.
Sosegaron allí dos días, donde confirmando los dos la palabra que se
habían dado, y con ella el amor, no pudo Aminta negarle a don Martín,
como a su esposo, ningún favor que le pidiese.
Allí recibió don Martín dos criados y una criada, y tomando el carruaje
necesario, se pusieron en camino para Madrid.
Pues como viniese la mañana que se siguió a la triste noche para los
desventurados que estaban en el infierno, pues la vida era conforme a
la muerte, y la muerte lo fue a la vida, como los demás criados viesen
que Jacinto no parecía, ni su amo ni Flora se levantaban, entraron en
la cuadra y viendo el desgraciado suceso, dieron gritos, alzando las
criadas el alarido; a las cuales se juntaron todos cuantos había en la
ciudad y la justicia con ellos, tomando sus confesiones a todos; y no
habiendo otro indicio más que la falta de Jacinto, y haber llevado su
maleta, los llevaron a todos presos, y visitando las casas de posadas,
vinieron a dar en la que habían estado los autores del daño; si bien
no sabían dar razón de nombres, ni tierra; ni pudieron saber más de
que a las doce habían partido; y como se llamaban hermanos, siempre se
encerraban para hablar.
Con estos indicios salieron tras de ellos algunos alguaciles y aun
el mismo corregidor, mas aunque encontraron con don Martín y su dama,
que iban la vuelta de Madrid, como los vieron ir con tanta autoridad
y reposo, y conocieron a don Martín por uno de los nobles de aquella
ciudad y sabían que vivía en Segovia, no cayeron en sospecha alguna, y
más habiendo entendido de él que iba con aquella señora y que la traía
para su esposa de un lugar de allí cerca; antes le contaron lo que
buscaban y ellos se hicieron muy maravillados del caso; y no hay que
espantar, porque si buscando un mozo de mulas y un pajecillo, hallaron
un caballero tan principal y una dama tan hermosa, ¿quién no se diera
por vencido?
Comió don Martín y el corregidor, porque aunque en el campo, iban
proveídos; y no hallando rastro de lo que buscaban, se volvieron a la
ciudad, y ellos siguieron su camino.
Y viendo la justicia la poca culpa de los presos, los soltaron y
confiscaron la hacienda, parte para el rey y parte para la viuda,
mujer de don Jacinto.
Don Martín y su esposa llegaron a Madrid, tomando casa y aderezos para
ella, y sacando licencia del nuncio, se desposaron, corriendo después
los términos de las amonestaciones.
Hecho esto, envió don Martín por su madre, la cual con su casa y
hacienda se vino a Madrid, contenta de tener tal nuera, que sabiendo
quién era, se tenía por dichosa, donde hoy viven, llamándose Aminta
doña Vitoria, la más querida y contenta de su esposo don Martín, que
solo le falta a esta buena señora tener hijos para del todo ser dichosa.
Su primo vive, y por su respecto no goza doña Vitoria la hacienda que
le dejó su padre, aunque es muy gruesa, solo por no darse a conocer a
su primo, ni don Martín quiere tratar de eso, por estar el secreto de
este caso entre los tres; que si ella misma no lo manifestara, para que
con nombres supuestos se escribiera, nadie pudiera dar noticia de ello.
Apenas dio la bella y discreta Matilde fin a su maravilla, dicha con
tanto donaire y discreción que a todos los caballeros y damas que la
escuchaban tenía elevados y absortos, cuando don Diego, nuevo amante de
Lisis, haciendo seña a los músicos y dando aviso a dos criados suyos
que eran diestros en danzar, a un mismo tiempo atajaron las alabanzas
que para la bella Matilde se prevenían, pareciéndole que habiendo
de quedar cortos en ellas, era más acertado pasarlas en silencio; y
dándolo así a entender a todos aquellos caballeros y damas, aprobando
su parecer, emplearon la vista en las graciosas vueltas y airosas
cabriolas que los dos criados de don Diego hacían.
Y después de haber dado fin a la danza, dieron principio a una
suntuosísima colación que Lisis tenía prevenida para sus convidados,
donde en competencia las ensaladas de los dulces, y los dulces de
muchas suertes de frutas, que en la mesa sirvieron, como en tales
noches es costumbre, se mostró el buen gusto del dueño; y Lisis dándole
a don Juan mil desdeñosas muestras, acompañadas de un gracioso ceño,
con que al desaire le miraba; y por el contrario a don Diego mil
honestos favores, de que don Juan se abrasaba; porque aunque quería a
Lisarda, gustaba de ser querido de Lisis, y así haciendo mil regalos
a Lisarda por picar a Lisis, y Lisis a don Diego por desesperar a don
Juan, y los demás caballeros y damas, unos a otros, tocaron a maitines
en el Carmen, y determinando oírlos con la misa del gallo, para dormir
descuidados, avisados para la segunda noche, se despidieron de Lisis
y su madre, que no quisieron oírlos; desocuparon la casa, acompañando
todos aquellos caballeros a las hermosas damas en esta piadosa ocasión,
si bien don Diego, llegándose a Lisis, se le ofreció por esclavo,
agradeciendo la dama el favor, con que se dio fin a la fiesta de la
primera noche.
NOCHE SEGUNDA.
Ya Febo se recogía debajo de las celestes cortinas, dando lugar a la
noche que con su manto negro cubriese el mundo, cuando todos aquellos
caballeros y damas se juntaron en casa de la noble Laura siendo
recibidos de la discreta señora y su hermosa hija con mil agrados y
cortesías. Y así por la misma orden que en la pasada noche se fueron
sentando, avisados de don Diego que sus criados habían de dar principio
a la fiesta con algunos graciosos bailes y un sazonado entremés que
de repente quisieron hacer. Y viendo aquellas señoras que les tocaba
danzar aquella noche, se acomodaron por su orden.
Estaba Lisis vestida de una lama de plata morada y al cuello una
firmeza de diamantes con una cifra del nombre de don Diego, joya que
aquel mismo día le envió su nuevo amante en cambio de una banda morada
que ella le dio para que pendiese la verde cruz que traía; dando esto
motivo a don Juan para algún desasosiego, si bien Lisarda con sus
favores le hacía que se arrepintiese de tenerle.
Ya se prevenía la bella Lisis de su instrumento y de un romance que
aquel día había hecho, y puesto todo, cuando los músicos le suplicaron
los dejase aquella noche, guardando para la tercera fiesta sus versos,
porque el señor don Juan los había prevenido de lo que habían de
cantar; que por ser parto de su entendimiento era razón lograrlos.
A todos pareció bien, porque sabían que don Juan era en esto muy
acertado, y dándoles lugar cantaron así:
A la cabaña de Menga
Antón un disanto fue;
Ya está rostrituerta Gila,
Celos debe de tener.