ordinario estaba escribiendo a su primo y esposo; y llegándose a ella
le puso el papel y sortija en la mano diciendo:
—Léeme, hermosa Aminta, por tu vida este papel, que es de un amante,
que, como si yo fuera hermosa, me pretende, y me lo envió con esta joya.
Bien pensó Aminta que el papel y sortija sería de alguno de los
muchos que la pretendían; mas llevada de una curiosidad, por no
pecar de melindrosa o bien porque su suerte empezaba a perseguirla,
solemnizando con risa las palabras de doña Elena, leyó lo que se sigue:
«Cuando la voluntad pelea, el temor se rinde, y por esta causa sin
temer de enojarte, y forzado de ella, hermoso dueño mío, me atrevo
a decirte mi amor; que cuando diga que nació, no desde que vi tu
belleza, sino desde que nací, pues me dicta el corazón que te había
de criar el cielo para ser su señora, no diré mentira: bien sé
el imposible que intento, pues aguardas para esposo tu venturoso
primo, mas por lo menos no quiero morir sin que sepas que eres la
causa. Si no eres tan cruel como el mundo dice, sírvete, mientras
viene el dichoso que te ha de merecer, de darme la vida, aunque no
sea con más que tu vista; y esa sortija no recibas por prenda mía,
sino por retrato tuyo.»
—¿Quién es, amiga —replicó Aminta—, el enfermo tan peligroso que
pide remedio tan aprisa?
—Quien te merece —respondió doña Elena— mejor que el que aguardas
para esposo, por noble, galán, rico y muy discreto; pues aunque tu
primo es tu sangre, don Jacinto lo es de lo mejor de España.
¡Ah codicia y bolsillo de escudos, qué presto calificas en la opinión
de esta mujer la que apenas se había visto!
—No sé, bellísima Aminta, cómo eres tan ingrata —prosiguió la
engañosa mensajera— a lo que es tan favorable; mírate bien en ello y
conocerás tu engaño: y di, ¿qué diré a don Jacinto?
—Si no basta decir que me le diste —respondió Aminta algo tierna—,
dile que le leí, que no me parece, amiga mía, que le he hecho poca
merced.
Y diciendo esto, puso el anillo en el dedo.
Bien quisiera doña Elena hallar luego a don Jacinto para darle las
buenas nuevas y pedirle albricias; mas como no aguardaba tan buen
despacho, quiso saberlo más tarde, y así se había recogido en su posada.
¿Quién podrá decir los varios pensamientos de Aminta, las veces que
leyó el papel, y la suerte con que amor hizo suerte en su libre y
descuidado corazón? Pues aunque sabía que había de ser mujer de su
primo, hasta aquel punto aún no había tenido lugar en él; y así,
deseando el día, pasó la noche más inquieta que fuera justo.
Apenas la luz dio señal de su venida, cuando se vistió, y quizá se
adornó con más gala y puntualidad que otras veces, deseando ver la
causa de su desasosiego, y pues le desea ver, no está lejos de amar;
mas ¡qué mucho, si dio oídos a las asechanzas que amor le puso en
las palabras de doña Elena! Oyó Aminta, y dio lugar a ello su cruel
condición, y luego cayó en el lazo.
Era día de fiesta y al tiempo de salir de su casa con su tía y criadas
a misa, halló en el portal a doña Elena hablando con don Jacinto, con
cuya vista, que luego de las acciones de los dos conoció el sujeto,
si ya su alma no se lo había dicho, y si alguna parte le había dejado
libre a las razones del papel, lo entregó todo a su talle con señales
ciertas de rendimiento; porque aunque don Jacinto tenía treinta años,
era tan galán y tan despejado, que mirado sin el afecto de su estado,
rendía con su gracia cuanto miraba; el cual como discreto, conociendo
en el rostro de la dama señales ciertas de amor, se empezó a prometer
dichosas esperanzas, porque desde el lugar en que la vio hasta el en
que estaba el coche, mudó mil colores, y puso sus ojos en dos mil
ocasiones de atrevidos; y más cuando oyó decir a doña Elena:
—Vaya vuesa merced con Dios, señor don Jacinto, que la labor está en
estado, que no tardará mucho en acabarse.
Aquí fue cuando la hermosa Aminta tropezó y vino a dar con el cuerpo
casi a los pies de su amante, que ya se había despedido de la discreta
tercera de sus amores, e iba a darlos a entender a la causa de ellos de
todas las maneras que supiese; y como fuese fuerza usar en esta ocasión
de la debida cortesía, fue a dar la mano a la muy discreta Aminta
diciendo así:
—Paso de esposo, si amor y fortuna están de mi parte.
A quien respondió la dama dándole la suya sin guante, mejor que con
palabras, con enseñarle en ella el rico diamante, que bastó para que el
galán quedase, sobre contento, pagado.
Agradeció su tía el favor que don Jacinto había hecho a su sobrina, el
cual, por recibirle más cumplido, quitando el estribo del coche, dio
lugar a que se pusiese el sol entre nubes de seda.
Fuese al punto a contar a Flora sus venturas y decirle cómo Aminta
quedaba en la iglesia. Tomó Flora su manto y en compañía de su hermano
se fue a la misma iglesia donde estaba Aminta, y sentándose junto a
ella, dijo a don Jacinto que la acompañaba:
—Aguarda, hermano, no pasemos de aquí, que ya sabes que tengo el gusto
más de galán que de dama, y donde las veo, y más tan bellas como esta
hermosa señora, se me van los ojos tras ellas.
No será maravilla que Aminta dé las gracias a Flora en albricias de
saber que es hermana de don Jacinto, pues desde que le vio entrar en
la iglesia con ella, estaba casi difunta, acabando casi los celos de
romper la herida y abrir la puerta del amor, y así la respondió:
—Donde hay tanta hermosura (que es cierto que más puede dar envidia
que tenerla) no sé para qué buscáis otra, pues tomando un espejo en
las manos, mirándoos en él, satisfaréis vuestros deseos, porque más
merecéis que os enamoren, que no que enamoréis; mas por lo menos
me pienso estimar desde hoy en adelante en más que hasta aquí, y
enriquecerme con la merced que me hacéis, pues de amores tan castos no
podrá dejar de sacarse el mismo fruto; y así os suplico me digáis qué
es lo que en mí más os agrada y enamora, para que yo lo tenga en más y
me precie de ello.
—Toda vos —replicó Flora— porque sois tal que pienso no me engaño
en creer por muy cierto que sois la bella y discreta Aminta, cuya
gallardía y hermosura es basilisco de toda esta ciudad.
—Aminta soy —replicó la dama—; en lo demás vos, señora, podréis
juzgar la poca razón que tienen en darme este nombre.
Diestramente iba la cauta Flora poniendo lazos a la inocente Aminta
para traerla a suma perdición, y así de lance en lance le dio a
entender todo lo que quiso, diciendo como don Jacinto su hermano había
venido desde Valladolid, donde tenía su casa y hacienda, solo a ver si
era verdadera la fama que de su hermosura volaba por todas partes, con
deseo de hacerla su dueño si fuese tal como se decía, y que como se
había informado del intento de su tío, no se había atrevido a tratar
nada.
Engrandeciole su amor, su sangre, su renta, y las premisas ciertas
que tenía de un hábito para cuando se casase; que asimismo ella le
había pedido le trajese consigo para que si acaso no tuviese efecto
su solicitud, pudiese con más seguridad tratar con ella estas cosas.
Finalmente, Flora pintó a su amante tan enamorado, tan rico y noble,
diciéndole por remate que pensaba que si su hermano no la alcanzaba por
mujer, sería su vida muy corta.
Disimuló Flora su mentira con tantas muestras de verdad que no fue
mucho en Aminta lo creyese, y más como ya amor la tenía rendida.
Feneció Flora la plática con suplicarle tuviese compasión de su
hermano, pues estaba en tiempo de poder hacerlo, y que no aguardase a
que, venido su primo, todo tuviese desdichado fin.
—¡Ay amiga! —dijo Aminta—, ¿cómo puede ya dejar de tenerle, supuesto
que aunque yo quiera remediar a tu hermano y hacerme a mí dichosa,
casándome con él, mi tío, que ya me tiene para su hijo, no lo ha de
consentir? Pues negar yo que desde que anoche me dieron un papel de
tu hermano no di con mi honesto pensamiento en tierra, será negar al
amor su fortaleza y la obediencia que le he prometido, tanto, que ya si
algunos deseos tenía de la vista de mi primo, se han trocado en desear
su muerte, o que su ausencia dure hasta que llegue mi remedio o el fin
de mi vida: ya tengo lástima de los que me han querido desdeñados, solo
de mí no la tengo, pues estoy dispuesta a no mirar honra ni opinión,
tal efecto ha hecho en mí la vista de tu hermano. Y pues me he llegado
a declarar, dime tú qué haré, pues no amarle es imposible, y remediarle
también, que si atrevida no miro lo que pierdo, cuerda temo lo que ha
de suceder.
No quiso Flora más que esto, y así respondió:
—Cuando por ser mujer de mi hermano lo dejes de ser de tu primo, no
pierdes nada, antes ganas marido que le iguala en nobleza y hacienda. Y
si bien tu tío al principio se mostrare enojado, después viendo lo que
ganas ha de hacer paces contigo, y para amansar a tu primo, ya que yo
no te iguale en hermosura, suplirá esta falta veinte mil ducados que
tengo de dote, y el ser tu cuñada. Y cuando suceda tan mal que nada de
esto baste, déjales tu hacienda, que mi hermano con sola tu persona se
contenta. Y pues dices que no se podrá acabar nada con tu tío, buen
remedio: doña Elena, que es la que te dio el papel, es buena amiga, en
su casa podrás hablar a mi hermano, pues no se recela de ella, y así se
concertará el casarte; y después de iros ante el vicario, te vendrás a
mi casa, donde cuando lo sepa tu tío, ya estarás en poder de tu marido,
y viendo que es tal como es, será fuerza que se tenga por contento y a
ti por venturosa.
Estaba ya Aminta tan ciega, que concedía con todo, y más como temía la
venida de su primo, que le aguardaba por puntos. Y así dijo a Flora que
a la tarde viniese ella y su hermano al aposento de doña Elena, donde
mientras su tío estaba en visita, hablarían más despacio.
Y despidiéndose con señales de eterna amistad, Aminta y su compañía se
volvió a su casa, donde aunque su tío la había visto hablar con Flora,
no sospechó cosa, conociendo su recato.
Contó Flora a don Jacinto el concierto, si bien de industria le dio
algunos picones, alcanzando por las nuevas mil tiernos y amorosos
favores; y después de comer se vinieron juntos a la casa de doña
Elena, que ya estaba avisada de Aminta de lo sucedido; la cual amaba
tan de veras a don Jacinto que ya no miraba sino verse esposa suya,
y entre el sí y el no la traían inquieta varios pensamientos del
suceso; si bien guardó el secreto en sí misma, sin querer dar parte a
ninguna criada, pareciéndole (como es así) que no hay quien descubra
los secretos sino ellas; pues cuando más se les encarga el callar, lo
publican más.
Pues como vio la mal aconsejada señora a su tía divertida con algunas
señoras amigas, y que su tío estaba fuera, fingiendo forzosa ocasión,
se entró en otra sala, y de allí, avisando a las criadas que si la
llamasen estaba en casa de doña Elena, se fue a buscar los autores de
sus desdichas.
Recibiéronse con los brazos Aminta y Flora, dando a don Jacinto justa
envidia: el cual después de declararse con razones bien entendidas,
ofreciose con promesas, acreditándose con lágrimas, y acrecentando el
amor de Aminta con amorosas caricias, le dio la mano de esposo, con
cuya seguridad gozó algunos regalados y honestos favores, cogiendo
flores y claveles del jardín jamás tocado de persona nacida, que estaba
reservado a su ausente primo.
Solemnizaban la fiesta Flora y doña Elena con mil donaires, viendo a
don Jacinto tan atrevido como Aminta vergonzosa. Y quedó concertado
que otro día, mientras sus tíos dormían la siesta, don Jacinto traería
allí una silla donde Aminta iría a casa del vicario, encubriendo su
nombre porque no pudiese dar luego cuenta del suceso, y de allí a su
posada, donde estaría encubierta hasta que se fuesen a su tierra, desde
donde avisarían de todo a su tío; encargando a doña Elena el secreto,
a lo cual ella se ofreció de buena voluntad, por el temor que tenía al
capitán: del cual pasado el tiempo del enojo sería más fácil alcanzar
perdón.
Y así, despidiéndose con mil abrazos, ella se subió a su cuarto, y don
Jacinto y Flora se volvieron a su casa muy contentos y satisfechos de
lo bien que habían negociado.
¡Oh engañada Aminta!, precipitada en un mal tan grande, sin mirar los
grandes inconvenientes que atropellas y en el peligro que te pones,
caro te costará tu atrevimiento. ¡Oh engañoso don Jacinto, causa
irremediable de la destrucción de esta dama! ¡Oh falsa Flora, en quien
el cielo quiso criar la cifra de los engaños! Castigo vendrá sobre ti:
de tu amante eres tercera, ¿habrá quien dé crédito a tal maldad? Sí,
porque siendo una mujer mala, lleva ventaja a todos los hombres.
Amaneció otro día, que debió de ser martes, si es cierto que tiene
algún azar: ya Aminta con el sol estaba vestida, porque el suceso
de sus cosas no la daba reposo, habiendo soñado mil impedimentos y
disgustos en ellas. Vestida en fin, aquí cayendo y acullá tropezando,
y oyendo algunas palabras, pronósticos todos de sus desdichas, aunque
ciega y sorda, sujeta a su amor, y embebida toda en sus pensamientos,
tomó todas cuantas joyas tenía, púsolas en un lienzo y metiéndolas en
la manga, y el manto en la otra, comió con sus tíos inquietamente, y
apenas los vio rendidos al primer sueño, cuando se bajó al portal,
donde se puso el manto y se metió en la silla que estaba prevenida,
encomendando de nuevo a doña Elena el secreto.
Lleváronla en casa del vicario, porque los mozos de la silla, que
eran criados de don Jacinto, estaban bien avisados de lo que habían
de hacer, y hallando allí a su amante, que por no ser conocido en la
ciudad, y ser cada día frecuentada de pasajeros y mercaderes, podía
salir y entrar por donde quería, llegaron a la presencia del vicario,
encubriéndose Aminta por no ser conocida: donde al tomarles las manos,
un rico anillo de una esmeralda que la dama traía en el dedo se partió
por medio, dando el pedazo que saltó en el rostro a don Jacinto; el
cual aunque vio a su dama turbada, no haciendo caso de agüeros, se
volvió con ella a su posada.
Recibió Flora a su cuñada (que así la llamaremos) con los brazos. Y
para que don Jacinto, gozando, se arrepintiese, y Aminta acabase de
encadenarse en su desdicha, después de una muy bien ordenada cena, los
llevó a su cama, donde los dejó, y se retiró a otro aposento en la
misma posada, aguardando por premio de estos engaños quedarse con su
amante, dejando a Aminta con su deshonor y desventura.
Dejémoslos a todos pasar esta noche, a los unos traidores, y a la otra
inocente, y a cada uno amenazando su castigo, estando el cielo por
fiscal de todo: y vamos a la casa de Aminta, donde a este tiempo todo
era confusión, todo llantos, todo amenazas, y todo sin provecho.
Los extremos que su tío hacía eran de hombre sin juicio. En fin,
enterándose de que no parecía, ni nadie la había visto, empezó a hacer
algunas diligencias ocultas, por no manifestar su deshonra, mas todo
era excusado; porque como solo doña Elena lo sabía, y ella callaba, no
se podía dar alcance a nada.
Al fin, los llantos de su tía y las voces de sus criadas publicaron el
suceso por la ciudad, tanto que fue necesario que la justicia hiciese
algunas diligencias sin fruto; pues aunque el vicario dijo que a las
dos de la tarde había desposado una señora y un caballero, y como no
supo decir quién fuese, aunque sospechó que fuese Aminta, no sirvió de
más que de dar un pregón para que supiesen todos lo que no sabían.
Llegaron otro día estas nuevas a los oídos de don Jacinto, que aplacado
el fuego de su apetito pudo considerar su peligro y el mal que había
hecho, y temiendo que doña Elena, si le apretasen algo, diría el suceso
y su posada, y que se había de ver en peligro su vida y su opinión,
la noche siguiente llamó a una reja baja que de su aposento salía a
la calle, y estando hablando con ella y contándole lo que pasaba, le
apuntó al corazón con un pistolete, con que, sin poder llamar a Dios ni
manifestar sus pecados, rindió el alma y llevó el merecido premio de
lo que había hecho.
Y como dicen que un yerro sigue a otro, y un mal a otro mal, como el
de don Jacinto era tan grande, temeroso del suceso y pareciéndole que
si buscaban las posadas, que sería mal caso hallar en la suya a la
triste Aminta, teniendo por cierto que la muerte de doña Elena daría
motivo a la justicia para hacer esta diligencia, aconsejándose con los
temores de Aminta, que estaba con ellos casi muerta, y con las astucias
de Flora, y principalmente con su arrepentimiento, salió por acuerdo
que mientras don Jacinto negociaba la partida, llevase a Aminta en
casa de una principal señora conocida de don Jacinto, que vivía a las
postreras casas de la ciudad, dándole a entender a la triste señora,
que si fuese hallada, estaría mejor allí, y que entonces se publicaría
su casamiento, y que si no la buscasen, él tendría lugar de enviar por
un coche a Valladolid para irse, y que una vez allá todo se haría como
ellos quisiesen.
Concedió Aminta con todo, y don Jacinto, llevando adelante su engaño,
se fue en casa de una señora deuda suya, que era viuda y no tenía sino
solo un hijo para heredero de su hacienda. Llamábase el mancebo don
Martín, y era de los más gallardos de su tiempo.
Díjole don Jacinto a la señora que mientras él iba a un negocio
importante a Valladolid, el cual acabado pensaba dar la vuelta a
su tierra, se sirviese de que se quedase en su compañía una dama,
merecedora de todo el favor que le hiciese.
Doña Luisa, que este era el nombre de esta señora, como conocía las
mocedades de don Jacinto desde que vivía en su tierra, creyendo fuese
dama suya, deseosa de darle gusto concedió con el de don Jacinto, y así
esta noche la trajo a su casa a Aminta, tan confusa y triste, como él
alegre de verse fuera de aquella carga; trayendo la dama, demás de sus
joyas, otras que su traidor esposo le había dado: el cual como volvió
a su posada, sin aguardar más sucesos que los pasados, con la traidora
dama se partió a su tierra, sin más cuidado que el de llegar a ella.
Quedó Aminta en casa de doña Luisa con nombre de doña Vitoria, porque
el suyo era muy conocido en Segovia, y pudo muy bien disimularse por
cuanto doña Luisa había poco que vivía en ella, y hasta aquel punto no
habían llegado a sus oídos los sucesos de Aminta, aunque eran públicos
en la ciudad, y como su hijo no estaba en ella, que había cuatro días
que había ido a caza, no sabía ninguna cosa.
Vino don Martín de su caza, y como luego que llegó se pusiese de rúa
y se saliese por la ciudad, supo lo que su madre y los de su casa
ignoraban; y así dando la vuelta a ella, sentado a la mesa para cenar,
mandó doña Luisa llamar a su huéspeda, que vista por don Martín quedó
fuera de sí, pareciéndole tener delante de sus ojos algún ángel.
Cenaron, y don Martín, tan fuera de sí cuanto Aminta descuidada de su
nuevo pensamiento y aun de su desdicha, sobre cena contó a su madre lo
que había hallado nuevo en la ciudad: y dijo como de casa del capitán
don Pedro había faltado el día antes una sobrina suya que había de ser
mujer de su hijo, que estaba en Milán, y como dicen ser la más hermosa
de toda Castilla y que no se podía saber qué causa o qué motivo la
había obligado a tal: porque en cuanto al casamiento, lo llevaba con
gusto, y en el recogimiento y cordura era tan virtuosa y discreta como
hermosa, y que se había dado un pregón que, pena de la vida, ninguno la
encubriese.
Y lo que más espanta (añadió) es que esta mañana amaneció muerta de un
pistolete por el corazón cierta doña Elena, que vivía en una sala baja
de su casa. Prendieron al capitán y a sus criados, y uno dijo que por
una ventana que salía a la calle la había visto esa misma noche hablar
con un hombre.
Este, y otro dicho que dice una criada, que su señora Aminta (que así
se llama la dama que falta) bajaba muchas veces a su casa, recatándose
de que no se supiese, ha dado que sospechar que por la causa de la
dicha Aminta la habían muerto, por lo cual se ha quedado preso el
capitán y su familia.
Temblando estaba Aminta de oír tales nuevas cuando don Martín
preguntó, dejando la plática empezada, de dónde había venido tan linda
huéspeda, que a sus ojos creía que del cielo.
—Don Jacinto —replicó doña Luisa— la trajo mientras va a Valladolid
a un negocio, el cual acabado volverá por ella para llevarla a su
tierra.
—¿Es acaso esta señora su mujer? —preguntó don Martín.
—No lo quiera Dios —respondió doña Luisa—, que por lo que veo en
ella me pesara que estuviera tan mal empleada.
—¿Cómo mujer? —dijo Aminta con turbada voz—, ¿es casado, señora mía,
don Jacinto, o pretendió serlo?
—¿Qué don Jacinto? —dijo doña Luisa—; el que aquí te trajo, niña, no
se llama de este nombre, porque el mismo suyo es don Francisco, y es
casado en Madrid.
—¿Sabeislo bien, señora mía? —dijo Aminta.
—Y cómo que lo sé —replicó doña Luisa—, cinco años ha que estando yo
en su misma tierra, donde viví desde que me casé, le vi casar con una
dama natural de Madrid, de quien se enamoró viéndola en la boda de una
prima suya, a cuya fiesta vino con sus padres; si bien dentro de un año
no hizo vida con ella. Conocí sus padres y parientes, y sé que es tan
rico como vicioso.
—¿No tiene una hermana —tornó a replicar la confusa y engañada dama—
que se dice Flora?
—¡Ay amiga —dijo doña Luisa—, y qué engañada vives! Esta mujer ha
mucho que es amiga suya y es la que le incita a mil maldades, que si
no tuviera los brazos que en la corte tiene de algunos deudos suyos,
le hubieran ya quitado la vida por el mal ejemplo que da y ha dado con
la publicidad de sus apetitos; vicio en los nobles más mirado que en
los demás. Y por tu vida, hermosa doña Vitoria, que me declares estos
enigmas, que no son sin causa estas lágrimas que te están haciendo
fuerza por salir; y advierte que si te ha dicho que no es casado,
miente, que su mujer se llama doña María y por no poder sufrir sus
demasías se volvió a casa de sus padres.
—No son mis males —respondió Aminta— de los que se pueden contar
sin mucho escándalo: dame ahora licencia para recogerme, que a su
tiempo sabrás los mayores engaños y traiciones que de Sinón cuentan las
historias.
Era prudente doña Luisa y así no quiso importunarla, casi adivinando
lo que podía ser aunque no quién era. Levantose y tomándola por la
mano la llevó a su cámara que era una hermosa cuadra, cuyas ventanas
con hermosos balcones caían a un jardín junto a otra semejante en que
dormía su hijo, con una puerta que se mandaba a ella, si bien cerrada
por quitar la ocasión.
Quedó don Martín tan confuso con su madre y tan enamorado de su
huéspeda que parecía ya imposible vivir sin ella; y como la vio ir
llorosa y por las palabras que le había oído sospechase alguna gran
maravilla, sabiendo dónde estaba aposentada doña Vitoria, entró en su
aposento, y viendo cerrada la puerta que caía al de la dama, conoció la
causa de la prevención de su madre.
Salió fuera, y entre otras llaves que estaban sobre un escritorio
tomó la de aquella puerta y se tornó a recoger, dando muestras de
acostarse; mas no lo hizo así, antes se puso por el pequeño lugar de
la llave a oír lo que decía. Doña Luisa, dejando a Aminta después de
haberla dicho algunos consuelos, tan ciegos como su confusión, se fue a
su cama.
Quedó la triste Aminta en su aposento tan llena de lágrimas y congojas
como ignorante de que nadie la oyese, y así en voz ni baja ni alta
empezó a dar lugar a sus quejas, al modo de cuando a una fuente le
estorban, poniendo la mano para que no vierta sus pedazos de cristal,
que en quitándola sale con más abundancia; así las palabras detenidas
en la garganta de Aminta, viéndose a solas, empezaron a dar clara señal
de sus pasiones.