Comuniqué mi pensamiento con doña Guiomar, con quien descansaba, y

viendo que estaba resuelta, no quiso dejarme partir sola. Entraba

en casa un gentilhombre, cuya amistad y llaneza era de hermano, al

cual rogó doña Guiomar y su madre que me acompañase: él lo aceptó, y

alquilando dos mulas, salimos de Madrid bien prevenidos de joyas y

dineros.

Y como yo sé tan poco de caminos, porque los que había andado en

compañía de don Félix había sido con más recato, en lugar de tomar el

camino de Salamanca, el traidor que me acompañaba tomó el de Barcelona,

y antes de llegar a ella media legua, me quitó cuanto llevaba, y con

las mulas se volvió por do había venido.

Quedé en el campo sola y desesperada, con intento de hacer un

disparate. En fin, a pie empecé a caminar, hasta que salí del monte al

camino real, donde hallé gente, a quien pregunté ¿qué tanto estaba de

allí Salamanca? De que se rieron, respondiéndome que más cerca estaba

de Barcelona, en lo que vi el engaño del traidor, que por robarme me

trajo allí.

Animeme, y a pie llegué a Barcelona, donde vendiendo una sortijilla

de hasta diez ducados, que por descuido me quedó en el dedo, compré

este vestido, y me corté el cabello. De esta suerte vine a Monserrate,

donde estuve tres días, pidiendo a aquella santa imagen me ayudase y

favoreciese en mis trabajos, y llegando a pedir a los padres me diesen

algo que poder comer, me preguntaron si quería servir de zagal para

traer al monte este ganado: yo, viendo tan buena ocasión para que

Celio ni nadie sepa de mí, y yo pueda llorar mis desdichas, acepté el

partido, donde ha cuatro meses que estoy, con propósito de no volver

eternamente donde nadie me vea.

Esta es la ocasión de mis desdichadas quejas, que te dieron motivo

a buscarme: en estas ocasiones me ha puesto amor, y en ellas pienso

acabar mi vida.

Atento había estado Fabio a las razones de Jacinta, y viendo que había

dado fin, la respondió así:

—Por no cortar el hilo, discreta Jacinta, a tus lastimosos sucesos,

tan bien sentidos como bien dichos, no he querido decirte, hasta que

les dieses fin, que soy Fabio, el amigo de Celio, que dijiste que

estaba tan lastimado de tu empleo, cuanto deseoso de conocerte.

Con tales colores has pintado su retrato, que cuando yo no supiera tus

desdichas, y por ellas conociese desde que le nombraste que eras

el dueño de las que yo tengo tan sentidas como tú, conociera luego

tan ingrato amante, a quien no culpo por ser esa su condición, y tan

sujeto a ella que jamás en esto se valió de su entendimiento para

poder vencerle: muchas prendas le he conocido, y a todas ha dado ese

mismo pago y tenido esa misma correspondencia.

De lo que puedo asegurarte, después de decirte que pienso que su

estrella le inclina a querer donde es aborrecido, y aborrecer donde le

quieren, es que siempre oí en su boca tus alabanzas y en su veneración

tu persona, tratando de ti con aquel respeto que mereces.

Señal de que te estima, y si tú le quisieras menos de lo que le has

querido, o no lo mostraras, por lo menos, ni estuvieras tan quejosa, ni

él hubiera sido tan ingrato: mas ya no tiene remedio, porque si amas a

Celio con intención de hacerle tu dueño, como de ser quien eres creo,

y de tu discreción siempre presumí, ya es imposible; porque él tenía

ya las puertas cerradas a esas pretensiones y a cualesquiera que sean

de esta calidad, por tener ya órdenes, impedimento para casarse, como

sabes.

Para su condición solo este estado le conviene, porque imagino que

si tuviera mujer propia, a puros rigores y desdenes la matara, por no

poder sufrir estar siempre en una misma parte, ni gozar una misma cosa.

Pues que quieras, forzada de tu amor, lograrle de otra suerte, no

lo consentirá el ser cristiana, tu nobleza y opinión, que sería

desdecir mucho de ella; pues no es justo que ni el padre de don Félix

ni su hermana, tus deudos y el monasterio donde estuviste y fuiste

tanto tiempo religiosa, sepan de ti esa flaqueza, que imposible será

encubrirse: y estar aquí donde estás, hay peligro de ser conocida de

los bandoleros de esta montaña, y de la gente que para visitar estas

santas ermitas la pasan, ni es decente ni seguro; pues como yo te

conocí, lo podrán hacer los demás.

Tu hacienda está perdida, tus deudos y los de tu muerto esposo

confusos, y quizá sospechando de ti mayores males de los que tú

piensas, ciega con la desesperación de tu amor y la pasión de tus

celos, tanto, que no das lugar al entendimiento para que te aconseje.

Yo que miro las cosas sin pasión, te suplico que consideres y pienses

que no me he de apartar de aquí sin llevarte conmigo, porque de lo

contrario entendiera que el cielo me había de pedir cuenta de tu vida;

y esto sin más interés que el de la obligación en que me has puesto con

decirme tu historia y descubrirme tus pensamientos, la que tengo a

ser quien soy y la que debo a Celio, mi amigo, del cual pienso llevar

muchos agradecimientos, si tengo suerte de apartarte de este intento,

tan contrario a tu honor y fama; porque no me quiero persuadir a que te

aborrece tanto que no estime tu sosiego, tu vida y tu honra tanto como

la suya.

Esto te obligue, Jacinta hermosa, a desviarte de semejante designio.

Vamos a la corte, donde en un monasterio principal de ella estarás más

conforme a quien eres; y si acaso allí te saliese ocasión de casarte,

hacienda tienes con que poder hacerlo, y discreción para olvidar con

las caricias verdaderas de tu legítimo esposo las falsas y tibias de tu

amante; y si olvidándole, y conociendo las desdichas que has pasado y

las malas correspondencias de los hombres, tomases estado de religiosa,

pues ya sabes que es el más perfecto, tanto más gusto darías a los que

te conocemos.

Ea, bella Jacinta, vamos al convento, que se viene la noche, y

entregarás a los frailes sus corderos, porque mañana, poniéndote en tu

traje, pues ese no es decente a lo que mereces, recibirás una criada

que te acompañe, y alquilaremos un coche en que volver a Madrid, que

desde hoy, con tu licencia, quiero que corra solo por mi cuenta tu

opinión, y agradecerme a mí mismo el ser la causa de tu remedio.

Y si no puedes vivir sin Celio, yo haré que Celio te visite, trocando

el amor imperfecto en amor de hermano. Y mientras con esto entretienes

tu amorosa pasión, querrá el cielo que mudes de intento y te envíe el

remedio que yo deseo, al cual ayudaré como si fueras mi hermana, y como

tal irás en mi compañía.

—Con estos brazos, noble y discreto Fabio —replicó Jacinta, llenos

los ojos de lágrimas, enlazándolos al cuello del bien entendido

mancebo—, quiero, si no pagar, agradecer la merced que me haces; y

pues el cielo te trajo a tal tiempo por estos montes inhabitables,

quiero pensar que no me tiene olvidada; iré contigo más contenta de lo

que piensas y te obedeceré en todo lo que de mí quisieres ordenar, y

no haré mucho, pues todo es tan a provecho mío.

La entrada en el monasterio acepto; solo en lo que no podré obedecerte

será en tomar uno ni otro estado si no se muda mi voluntad, porque para

admitir esposo, me lo estorba mi amor, y para ser de Dios, amo a Celio;

porque aunque es la ganancia diferente, para dar la voluntad a tan

divino esposo es justo que esté muy bien libre y desocupada.

Bien sé lo que gano por lo que pierdo, que es el cielo o el infierno,

que tal es de mis pasiones; mas no fuera verdadero mi amor si no me

costara tanto. Hacienda tengo; bien podré estarme en el estado que

poseo sin mudarme de él. Soy fénix de amor; quise a don Félix hasta que

me le quitó la muerte, quiero y querré a Celio hasta que ella triunfe

de mi vida.

Y si tú haces que Celio me vea, con esto estoy contenta, porque como yo

le vea, eso me basta, aunque sé que ni me ha de agradecer esta fineza,

esta voluntad, ni este amor, mas aventurareme perdiendo; pues ni él

dejará de ser tan ingrato como yo firme, ni yo tan desdichada como he

sido, mas por lo menos comerá el alma el gusto de su vista, a pesar de

sus despegos e ingratitud.

Con esto se levantaron y dieron la vuelta a la santa iglesia, donde

reposaron aquella noche, y otro día partieron a Barcelona, donde mudó

Jacinta de traje, y tomando un coche y una criada, dieron la vuelta a

la corte, donde hoy vive en un monasterio de ella, tan contenta que le

parece que no tiene más bien que desear, ni más gusto que pedir.

Tiene consigo a doña Guiomar, porque murió su madre, y antes de su

muerte la pidió la amparase hasta casarse, de quien supe esta historia,

para que la pusiese en este libro por maravilla, que lo es, y suceso

tan verdadero; porque a no ser los nombres de todos supuestos, fueran

de muchos conocidos.

Con tanto donaire y agrado contó la hermosa Lisarda esta maravilla,

que colgados los oyentes de sus dulces razones y prodigiosa historia,

quisieran que durara toda la noche, y así conformes y de un parecer

comenzaron a alabarla y darla las gracias de favor tan señalado, y

más don Juan, que como amante se despeñaba en sus alabanzas, dándola

a Lisis con cada una la muerte, tanto que, por estorbarlo, tomando la

guitarra que sobre la cama tenía, llorando el alma cuando cantaba el

cuerpo, hizo señas a los músicos, los cuales atajaron a don Juan las

alabanzas, y a Lisis el pesar de oírlas con este soneto:

No desmaya mi amor con vuestro olvido,

Porque es gigante armado de firmeza,

No os canséis con tratarle con tibieza,

Pues no le habéis de ver jamás vencido.

Sois mientras más ingrato más querido,

Que amar por solo amar es gran firmeza;

Sin premio sirvo, y tengo por riqueza

Lo que suelen llamar tiempo perdido.

Si mis ojos en lágrimas bañados,

Quizá viendo otros ojos más queridos,

Se niegan a sí mismos el reposo,

Les digo, amigos, fuisteis desdichados,

Y pues no sois llamados y escogidos,

Amar por solo amar es premio honroso.

Pocos hubo en la sala que no entendiesen que los versos cantados por la

bella Lisis se dedicaron al desdén con que don Juan premiaba su amor,

aficionado a Lisarda, y naturalmente les pesó de ver tan mal pagada la

voluntad de la dama, y a don Juan tan ciego que no estimase tan noble

casamiento; porque aunque Lisarda era deuda de Lisis, y en la nobleza y

hermosura iguales, le aventajaba en las riquezas.

Quien más reparó en la pasión de Lisis fue don Diego, amigo de don

Juan, que sabía la voluntad de Lisis y despegos de don Juan, por

haberle contado la dama sus deseos; y viendo ser tan honestos que

no pasaban los límites de la vergüenza, propuso pedirle a don Juan

licencia para servirle, y tratar su casamiento.

Y así por principio comenzó a engrandecer, ya los versos, ya la voz; y

Lisis, o agradecida o falsa, quizá con deseos de venganza, comenzó a

estimar la merced que le hacía, con cuyo favor don Diego pidió licencia

para que la última noche de la fiesta sus criados representasen algunos

entremeses y bailes, y darles la cena a todos los convidados; y

concedida, tan contento como don Juan enfadado de su atrevimiento, dio

lugar a Matilde para contar su maravilla; la cual habiendo trocado con

Lisarda, empezó así:

—Ya que la bella Lisarda ha probado en su maravilla la firmeza de

las mujeres, cifrada en las desdichas de Jacinta, razón será que

siguiendo yo su estilo en la mía, a lo que estamos obligadas, que es

a no dejarnos engañar de las invenciones de los hombres, o ya que

como flacas y mal entendidas caigamos en sus engaños, saber buscar la

venganza, pues la mancha del honor solo sale con sangre del que le

ofendió.

El caso sucedió en esta corte, y empieza así:

NOVELA SEGUNDA.

LA BURLADA AMINTA, Y VENGANZA DEL HONOR.

Fue el capitán don Pedro (cuyo apellido por justos respetos se calla)

natural de la ciudad de Vitoria, una de las principales de Vizcaya, por

su amenidad, grandeza y nobleza que en sí cría.

Desde sus tiernos años se inclinó a las armas, ejercicio usado entre

nobles. Gastó la flor de su mocedad en la guerra, si se puede decir

gastar, sirviendo a su rey con tanto valor, por cuyo bien empleado

trabajo alcanzó del católico y prudente don Felipe II honrosos cargos

en ella, hasta que, pidiendo su noble ejercicio el merecido premio de

sus servicios, el cristiano rey don Felipe III honró su persona con

un hábito de Santiago y seis mil ducados de renta, librados en la

encomienda del mismo hábito.

Casó en Segovia (ilustre ciudad de Castilla, tan adornada de edificios

como de grandeza de caballeros, enriquecida de mercaderes que con sus

tratos extienden su nombre hasta las más remotas provincias de Italia)

con una dama igual en nobleza y bienes de fortuna.

De este matrimonio tuvo un hijo, el cual llegando a los años de

discreción, heredando los nobles y alentados respetos y pensamientos de

su padre, a imitación suya y codicioso de sus hazañas, quiso mostrar

su mocedad en mostrar su valor y granjear alguna de las que a su

padre sobraban; y así, con gusto suyo y una bandera, cuyo suplimiento

alcanzaron los méritos de su padre, pasó a Italia a servir a su rey en

la famosa guerra que tenía con el duque de Saboya.

Tenía el capitán don Pedro un hermano que por ser mayor gozaba el

mayorazgo de sus padres, que no era de los peores de su tierra, y por

heredera la más bella hija que en toda aquella provincia se hallaba.

Era Aminta de catorce años cuando a la puerta de los de su padre llamó

la muerte, cruel fiscal de las vidas.

Y sintiendo el cristiano caballero más que la partida de este mundo el

dejar su hermosa hija sin más amparo que el del cielo, pues aunque le

quedaba bastante hacienda para casar noblemente, viéndola quedar sin

madre que la gobernase y enseñase, era para su corazón nuevo tormento,

aunque la virtud de su hija le animaba, y viendo que sin remedio se

llegaba el fin de su vida, hizo su testamento, y dejando a su hija por

dueño de todo, nombró a su hermano por testamentario y cumplidor de

su alma, suplicándole por una carta que antes de su muerte escribió,

tomase a su cargo el remediar y casar a su sobrina, pidiéndole

encarecidamente la emplease en quien la mereciese. Y hecho esto durmió

el último sueño, rindiendo el alma a su Criador y el cuerpo a la tierra.

Recibió el capitán la carta de su hermano, solemnizando con lágrimas

las ternezas de ella, y pareciéndole que estaría mejor su sobrina

en su compañía y en el amparo y crianza de su mujer, se partió para

ella, con acuerdo de los dos, de que estaría bien empleada en su hijo,

pareciéndole, y era bien, que no podía emplearla mejor.

Llegose el capitán a su tierra, y después de estar en ella algunos

días, acomodando y poniendo en orden la hacienda, dejando en su

administración un mayordomo fiel que la gobernase, dio la vuelta a

Segovia; entró en ella la hermosa Aminta, si bien en el nublado del

luto, para ser su sol, su asombro y su admiración, dando a las damas

envidia, y a los galanes deseos, con tal extremo, que en pocos días

se llenó la ciudad de su fama; no teniéndose por dichoso quien no la

había visto; alabando cada uno lo que más en ella estimaba: unos la

hermosura, otros la discreción; este la riqueza, y el otro la virtud.

Finalmente, de todos era llamada milagro de esta edad, y la octava

maravilla de este tiempo.

No faltando luego ojos atrevidos y deseos codiciosos, que aficionados a

sus gracias y honestos desenfados, quisiesen por medio del matrimonio

ser dueños de tal joya, y algunos o los más, que viendo que su tío

cerraba la puerta a todos, con decir que Aminta había de ser mujer de

su hijo, pretendiese rendir por amor el honesto pecho de la dama, la

cual contenta de que su tío la emplease tan bien, apartaba cuanto podía

sus ojos de estas ocasiones, esperando con mucho gusto la venida de su

primo y esposo, que ya le había enviado a llamar, pareciéndole que no

había otro bien sino su vista; como mujer que no sabía de amor, ni de

otra cosa que de la voluntad y gusto de sus tíos.

Mientras el primo venía, pasaba Aminta una vida alegre, libre y

regalada; tanto, que gozando al lado de su tía todas las fiestas y

holguras de la ciudad, a pocos meses olvidó la pena de la muerte de su

padre, siendo su vista, para los miserables que defraudados de gozarla

no se hallaban sino cargados de penas y amorosos deseos, un basilisco

que mataba sin dar esperanzas de vida; y con saber que esto era sin

remedio, no desmayaban, ni volvían atrás de su pretensión.

Las músicas eran continuas, los paseos ordinarios, y los galanes sin

cuenta, pareciendo su calle, en siendo de noche, los montes de Arcadia

o las selvas de amor. Aquí sonaban suspiros, y acullá instrumentos,

sin que jamás Aminta lo escuchase; y si lo oía, era para hacer burla y

reírse de todos.

Mas no se fíe nadie de su libertad ni de sus fuerzas, que tal vez amor

gusta más de cazar voluntades libres, que gustar los sujetos, y siempre

se ve cautivo el libre, enfermo el sano, y vencido el valiente; pues

suele amor empezar burlando, y acabar de veras. Duerman los ojos de

Aminta libre y descansadamente; que antes de mucho juzgarán a costa de

hartas perlas por verdadera mi opinión.

Fue pues el caso que a negocios importantes vino a Segovia un

caballero, a quien llamaremos don Jacinto. Era mozo, galán, y más

inclinado a gusto que a penitencia, pues no trataba de ella sino de

jueves a jueves santo, como hacen los que tienen las ocasiones dentro

de su casa: esta tal, por no hacerla sino a su gusto, jamás apartaba

de sí la ocasión de él, que era una dama libre y más desenfadada que

es menester que sean las mujeres; pues aunque traten de solo su gusto,

parece bien que sean honestas.

Traíala don Jacinto con título de hermana, y de esta suerte le

acompañaba siempre, dejando por esto de hacer vida con su legítima

mujer, que era tan desdichada como hermosa, la cual se había quedado en

Madrid.

Dio don Jacinto en ir a oír misa en un monasterio no lejos de la casa

de la discreta Aminta, y donde siempre la hermosa dama acudía con su

tía; y como la hermosura, las galas y el acompañamiento fuese para

mirar, puso en ella don Jacinto los ojos con tan atento afecto que no

paró la hermosa vista hasta el alma.

Empezó don Jacinto a sentirse mal de la penetrante herida que le había

dado en el corazón la grande belleza de Aminta, y considerando su

nobleza, riqueza y honestidad, que de todo se informó, y ser imposibles

sus pensamientos, pues el ser quien era Aminta, y el estado de él lo

dificultaba todo, le traía fuera de sí, que no parecía hombre con alma,

sino cuerpo o fantasma sin ella.

Vínole a poner en tal cuidado su pasión que del poco comer y mal

dormir vino a perder la salud, de suerte que cayó en la cama de

melancolía, con que negó a Flora la conversación; siendo su vista tan

enfadosa a sus ojos que quisiera, por no verla, no tenerlos.

Sentía Flora la repentina mudanza de don Jacinto con mucha pena; si

bien por lo que hizo no se puede juzgar fuese verdadera; y como llegase

a preguntarle la causa de su pena, y él se la negase, que no quiero

sentir que fuese amor, dio en andar a la mira hasta saberlo.

No la fue dificultoso, porque como amor es ciego, él y ellos hacen

las cosas de suerte que pocas veces se encubren, y así un día que don

Jacinto estaba rendido a sus cuidados, ya que le pareció que Flora

estaba fuera, por haberlo dicho ella así, y como él ya no la amaba, no

examinaba sus cosas como solía; antes él mismo la pedía que saliese

a pasearse y ver la ciudad, deseando la soledad para darse todo a su

Aminta.

Y creyendo estar solo, tomando un laúd, cantó así:

Del fugitivo Eneas llora Dido

El desprecio cruel de su partida;

De rabia ciega en cólera encendida,

Maltrata el rostro por vengar su olvido.

Llama a su amante sin razón querido

La mano al pomo de una espada asida,

Con que cortando en flor su triste vida,

Ganó el laurel a su lealtad debido.

Elisa bella, aunque tu triste suerte

Te forzó a darte muerte rigurosa,

Yo trocaré mi vida por tu muerte.

Porque si no te amare, es cierta cosa

Que imposible le fuera aborrecerte,

Y pues te amó, ¿qué suerte más dichosa?

Empresa fue famosa,

Con que a la fama tienes envidiosa;

Y pues fuiste querida,

No lamentes el ser aborrecida.

Con tan dulce memoria

No hay pena que no sea mayor gloria.

¡Mas ay de una firmeza,

Pagada con desdén y con tibieza!

Aquesta sí que es pena,

Que la tuya lo fue de gloria llena;

Más triste del que muere,

Aminta ingrata, sin que en mal tan grave

Jamás espere gloria ni se acabe.

—Ya no será posible, amado don Jacinto —salió diciendo Flora, que

escondida estaba—, el negarme la causa de tu tristeza, porque ya la

has declarado en tus versos; y si he de decir verdad, días ha que la

sospecho, por ver en tu boca tantas alabanzas de Aminta, la sobrina

del capitán: ni pienses que me pesa que hayas puesto en ella tus

pensamientos, porque no puedo tener por agravio querer mujer que me

excede en todo; y así en lugar de enojo te tengo lástima, por ver cuán

imposibles han de ser tus deseos si no te vales del engaño; porque si

yo te quisiera de burlas, diérasme celos con ese amor, nuevamente en

ti nacido; pues cuando fuera posible que pudieras gozar de Aminta, no

por eso temo yo que me olvides, que antes viéndome desear y procurar tu

gusto, me has de querer más.

Yo siempre he tenido por necedad los celos; y así hice juramento, el

día que me alisté debajo de la bandera de amor, de aborrecerlos, y no

procurar conocer tan mala cosa como dicen que es.

La dificultad que yo hallo en esta pretensión es que Aminta no se ha de

rendir si no es por casamiento, que su desdén es risa, pues si llegase

a leer el papel y escuchar tus amorosas razones, ¿quién duda que te ha

de querer?

No hay para las mujeres lazo como el del casamiento: déjala tú que vea

tu gala y ármasele, y verás si caerá; pues aunque por la ciudad se

dice que aguarda a un primo suyo para ser su marido, más hará un amante

de tus prendas y talle que su primo ausente y con esperanzas.

Viste galas y envíale joyas, que yo por mi parte tenderé mis redes,

haré mis tramoyas, y a título de que soy tu hermana, me haré su amiga,

y procuraré hablarla siempre que le viere en la iglesia: y si llega a

darme oídos, yo la pintaré de suerte tus amorosas pasiones, y con tales

colores que, aunque más en los estribos de su honor vaya, no dejará de

caer; y amándote, fácil será el gozarla a título de marido, y si pasare

más adelante la voluntad, sacarla de casa de su tío, y llevarla donde

no se sepa de ella; y si con gozarla se acabare, con irnos a nuestra

casa, ni ella sabrá el autor de su daño, ni osará decirlo, por no verse

infamada y quizá muerta de su tío. Y el premio de todo esto que por ti

hago, no quiero que sea más que el gusto que has de recibir.

Suspenso estaba don Jacinto oyendo el canto de aquella sirena, y así, o

que creyese que lo hacía de amor, por no verle padecer, o que quisiese

pasar por ello por lograr su deseo, la respuesta que la dio fue

enlazarla al cuello los brazos, llamándola consuelo y remedio suyo y

restauradora de su vida, y al fin quedaron de concierto de hacer lo que

Flora le aconsejaba; empezando don Jacinto su engaño desde aquel mismo

día.

Galán como rico y alentado como galán, seguía su pretensión: de día

asistía a sus puertas, de noche rondaba su calle: unas veces solo y

otras acompañado de Flora, que en hábito de hombre iba cuando había de

darle música.

Vivía en una sala baja de la casa de Aminta una mujer entre señora y

sierva. Había sido mujer de un mercader, era curiosa y amiga de saber,

y no de las que hacen milagros de las cosas que suceden, ni deseaba

hacerlos en razón de santidad, si bien los disimulaba con muestras de

virtud, tanto que el capitán no extrañaba que entrase en su casa.

Esta, como vio el pájaro nuevo que venía a picar en el cebo de la

hermosura de Aminta, una noche que le vio cerca de la puerta, se llegó

a él y le preguntó qué buscaba, sabiendo como era público en toda

la ciudad que aquella dama era prenda de un primo suyo que estaba en

Milán, y le aguardaban por puntos para ser su esposo.

No quiso más don Jacinto que esta ocasión, y asiéndola por el

copete, la contó sus amores conforme al engaño que tenían él y Flora

concertado; diola a entender que tenía cuatro mil ducados de renta,

prometiéndole cosas imposibles, diciéndola que no quería que hiciese

por él otra cosa más que llevarle un papel; y diciendo y haciendo le

puso en las manos un bolsillo con cincuenta escudos, con cuyo milagroso

encanto se enterneció doña Elena (que es este el nombre de esta señora)

más de lo que fuera justo, y así le dijo que fuese a escribir y diese

la vuelta con el papel, que ella se lo llevaría a Aminta y cobraría la

respuesta.

Volvió don Jacinto a su casa, y contando a Flora su ventura, escribió

un papel: y volviendo con él donde le estaba aguardando doña Elena, se

le dio, y con él una sortija de un diamante extremado.

—Este —dijo— darás a la hermosa Aminta por prenda y señal de mi amor.

Prometió doña Elena hacerlo, y que otro día le daría la respuesta.

Novelas ejemplares y amorosas · 第 3 / 52 段