que no se podía vengar de él, hacerlo de mí. Y la primera traza que
para esto dio, fue tomar los caminos, para que ni a su padre ni a mí
viniesen cartas, tomándolas todas: y no fue mal acuerdo, pues así sabía
el camino que llevaba, que los caballeros de la calidad de mi padre en
todas partes tienen amigos a quien cometer su venganza.
Pasaron veinte días de ausencia, pareciéndome a mi veinte mil años,
sin haber tenido nuevas de mi ausente. Ya un día que estaba conmigo mi
suegro y cuñado entró un cartero, y dio a mi suegro una carta, diciendo
ser de Barcelona, que con lo que después supe, había sido echada en el
correo. Decía así:
«Mucho siento ser el primero que dé a usted tan malas nuevas; mas
aunque quisiera excusarme, no es justo dejar de acudir a mi amistad
y obligación. Anoche, saliendo el alférez don Félix Ponce de León,
su hijo de usted, de una casa de juego, sin saber quién ni cómo le
dieron de puñaladas, sin darle lugar ni aun a imaginar quién fuese
el agresor. Esta mañana le enterramos, y despacho esta para que
usted lo sepa, a quien consuele nuestro Señor, y dé la vida que sus
servidores deseamos. A Sarabia pasaré conmigo a Nápoles si usted no
manda otra cosa. Barcelona, 20 de junio.
El capitán DIEGO DE MESA.»
¡Ay Fabio, y qué nuevas! No quiero traer a la memoria mis extremos;
basta decir que las creí por ser este capitán muy amigo de don Félix,
con quien él tenía correspondencia, y a quien pensaba seguir en este
viaje; y pues las creí, por esto podrás conjeturar mi sentimiento y
lágrimas.
No quieras saber más, sino que, sin hacer más información, a otro día
tomé el hábito de religiosa, y conmigo, para consolarme y acompañarme,
doña Isabel, que me quería ternísimamente.
Ve prevenido, discreto Fabio, de que mi padre fue el que hizo este
engaño, y escribió esta carta; y como cogía todas las que venían, supo
que don Félix, como llegó a Barcelona, halló embarcado al virrey, y sin
tener lugar de escribir más que cuatro renglones, avisando de cómo ese
día partían las galeras, se embarcó, y con él Sarabia, que no le había
querido dejar, temeroso de su peligro: pedía que le escribiésemos a
Nápoles, donde pensaba llegar, y desde allí dar la vuelta a Flandes.
Pues como su padre y yo no recibimos esa carta, pues en su lugar vino
la de su muerte, y la tuviésemos por cierta, no escribimos más ni
hicimos más diligencia que, cumplido el año, hacer doña Isabel y yo
nuestra profesión con mucho gusto, particularmente yo, pareciéndome
que, faltando don Félix, no quedaba en el mundo quien me mereciese.
A un mes de mi profesión murió mi padre, dejándome heredera de cuatro
mil ducados de renta, los cuales no me pudo quitar por no tener hijos,
que aunque tenía enojo, en aquel punto acudió a su obligación.
Estos gastaba yo largamente en cosas del convento; y así era señora de
él, sin que se hiciese en todo más que mi gusto.
Don Félix llegó a Nápoles, y no hallando cartas allí, como pensó,
enojado de mi descuido, sin querer escribir, viendo que se partían
cinco compañías a Flandes, y que en una de ellas le habían vuelto a
dar la bandera, se partió, y en Bruselas, para desapasionarse de mis
cuidados, dio los suyos a damas y juegos, en que se divirtió de manera,
que en seis años no se acordó de España ni de la triste Jacinta que
había dejado en ella: pluguiera a Dios se estuviera hasta hoy, y me
hubiera dejado en mi quietud, sin haberme sujetado a tantas desdichas;
pues para traerme a ellas, al cabo de este tiempo, trayendo a la
memoria sus obligaciones, dio la vuelta a España, donde entrando al
anochecer, sin ir a la casa de sus padres, se fue derecho al convento,
y llegando al torno a tiempo que querían cerrarle, preguntó por doña
Jacinta, diciendo que la traía unas cartas de Flandes. Era tornera una
de sus tías, y deseosa de saber lo que me quería, pareciéndome novedad
que me buscase nadie fuera del padre de don Félix, que era la visita
que yo siempre tenía, se apartó un poco, y llegándose luego, preguntó:
—¿Quién busca a doña Jacinta, que yo soy?
—Ese engaño no a mí —dijo don Félix—, que el soldado que me dio la
carta me dio también a conocer su voz.
Viendo la sutileza la mensajera, a toda diligencia me envió a llamar
por saber tales enigmas, y como llegué preguntando quién me buscaba, y
conociese don Félix mi voz, se llegó, diciendo:
—¿Era tiempo, Jacinta mía, de verte?
¡Oh Fabio, y qué voz para mí, ahora parece que la escucho, y siento
lo que sentí en aquel punto! Así como conocí en la habla a don Félix,
considerando en un punto las falsas nuevas de su muerte, mi estado, y
la imposibilidad de poseerle, despertando mi amor, que había estado
dormido, di un gran grito, formando en él un ay tan lastimoso como
triste, y di conmigo en el suelo con un desmayo tan cruel, que me duró
tres días estar como muerta; y aunque los médicos declaraban que tenía
vida, por más remedios que se hacían no podían volverme en mí.
Recogiose don Félix a una cuadra dentro de la sala, que debió de ser la
misma en que primero estuvo, donde vio a su hermana, porque había en
ella una reja donde nos hablamos, de quien supo lo hasta allí sucedido,
y viendo que estaba profesa, fue milagro no perder la vida. Encargole
el cuidado de mi salud y el secreto de su venida, porque no quería que
la supiese su padre, que ya su madre era muerta.
Yo volví del desmayo, y mejoré del mal; porque guardaba el cielo mi
vida para más desdichas, y salí a ver a don Félix. Lloramos los dos,
y concertamos de que Sarabia fuese a Roma por licencia para casarnos,
pues la primera palabra era la valedera.
Mientras yo juntaba dineros que llevase, pasaron quince días, en cuyo
tiempo volvió a revivir el amor, y las persuasiones de don Félix a
tener la fuerza que siempre habían tenido, y mi flaqueza a rendirse.
Y pareciéndonos que el breve del papa estaba seguro, fiándonos en la
palabra dada antes de la profesión, di orden de haber la llave de la
puerta falsa por donde salió don Félix para ir a Flandes, la cual le di
a mi amante, hallándome más gozosa que con un reino.
¡Oh caso atroz y riguroso! Casi todas o las más noches entraba a
dormir conmigo, pues era fácil, por haber una celda que yo había
labrado de aquella parte.
Cuando considero esto, no me admiro, Fabio, de las desdichas que me
siguen, y antes alabo y engrandezco el amor y misericordia de Dios en
no enviar un rayo contra nosotros.
En este tiempo se partió Sarabia a Roma, quedándose don Félix
escondido, con determinación de que no se supiese que estaba allí hasta
que el breve viniese.
Pues luego que Sarabia llegó a Roma, presentó los papeles y un memorial
que llevaba para dar a su santidad, en el cual se daba cuenta de toda
la sustancia del negocio, y cómo entraba en el convento. Sorprendió
esto tanto a su santidad, que mandó que pena de excomunión mayor _latæ
sententiæ_, pareciese don Félix ante su tribunal, donde sabiendo el
caso más por menor daría la dispensación, dando por ella cuatro mil
ducados.
Pues cuando aguardábamos el buen suceso, llegó Sarabia con estas
nuevas: y yo empecé a sentir con mayores extremos la ausencia de don
Félix, temiendo sus descuidos; el cual con la misma pena me pidió
que me saliese del convento, y fuese con él a Roma, y que juntos
alcanzaríamos más fácilmente la licencia para casarnos.
Díjolo a una mujer que amaba, que fue facilitar el caso, porque la
siguiente noche, tomando yo cantidad de dineros y joyas que tenía,
dejando escrita una carta a doña Isabel, y dejándole el cuidado y
gobierno de mi hacienda, me puse en poder de don Félix, que en tres
mulas que tenía Sarabia prevenidas, cuando llegó el día ya estábamos
bien apartados de Baeza, y en otros doce nos hallamos en Valencia, y
haciéndonos a la vela, con harto riesgo de las vidas y mil trabajos
llegamos a Civitavecchia, y en ella tomamos tierra, y un coche en que
llegamos a Roma.
Tenía don Félix amistad con el embajador de España, y algunos
cardenales que habían estado en Baeza, con cuyo favor nos atrevimos a
echarnos a los pies de su santidad, el cual mirando nuestro negocio con
piedad, nos absolvió, mandando que diésemos dos mil ducados al hospital
real de España que hay en Roma; y luego nos despachó con condición,
y en penitencia del pecado, que no nos juntásemos en un año, y si lo
hiciésemos quedase la pena y castigo reservado a él mismo.
Estuvimos en Roma visitando aquellos santuarios, y confesándonos
generalmente, en cuyo intermedio supo don Félix cómo la condesa de
Gelves, doña Leonor de Portugal, se embarcaba para venir a Zaragoza, de
donde habían hecho a don Diego Pimentel, su marido, virrey.
Y pareciéndole buena ocasión para venir a España y a nuestra tierra a
descansar, me trajo a Nápoles, y acomodó por vía del marqués de Santa
Cruz con las damas de la condesa, y él se llegó a la tropa de los
acompañantes.
Tuvo la fortuna el fin que se sabe, porque forzados de una tormenta,
nos obligó a venir por tierra; bastaba que viniese yo allí. Finalmente,
mi esposo y yo vinimos a Madrid, y en ella me llevó a casa de una deuda
suya, viuda, y que tenía una hija tan dama como hermosa, y tan discreta
como gallarda, donde quiso que estuviese, respecto de haber de estar
apartados lo que faltaba del año.
Él presentó los papeles de sus servicios en el consejo de guerra,
pidiendo una compañía, pareciéndole que con título de capitán y nuestra
hacienda sería rey en Baeza, premisas ciertas de su pretensión.
Había salido orden de Su Majestad, que todos los soldados pretendientes
fuesen a servirle a la Mamora, que a la vuelta les haría mercedes;
y como don Félix, respecto de haber servido tan bien, le honrasen
para esta ocasión con el deseado cargo de capitán, no le dejaron sus
honrados pensamientos acudir a las obligaciones de mi amor. Y así un
día que se vio conmigo ante sus parientas, me dijo:
—Amada Jacinta, ya sabes en la ocasión que estoy, que no solo a los
caballeros obliga, mas a los humildes, si nacieron con honra; esta
empresa no puede durar mucho tiempo, y caso que dure más de lo que
ahora imagino, como un hombre tenga lo que ama consigo, y no le falte
una posada honrada, vivir en Argel o en Constantinopla, todo es vivir,
pues el amor hace los campos ciudades, y las chozas palacios.
Dígote esto porque mi ausencia no se excusa por tan justos respectos,
que si los atropellase daría mucho que decir. Tan honrosa causa
disculpa el amor, si quieres dar ese nombre a mi partida. La confianza
que tengo de ti me excusa el llevarte, que si no fuera esto, me animara
a que en mi compañía empezaras a padecer de nuevo, o ya viéndome a mí
cercado de trabajos, o llegando ocasión de morir juntos.
Más será Dios servido que en sosegándose estas revoluciones, tenga yo
lugar de venir a poseerte, o por lo menos enviar por ti donde me emplee
en servirte, que bien sé la deuda en que estoy a tu valor y voluntad;
mi esposa eres, y siete meses nos faltan para poder yo libremente
tenerte por mía.
La honra y acrecentamiento que yo tuviere es tuya. Ten por bien, señora
mía, esta jornada, pues ahorrarás con esto parte del pesar que has de
tener y yo tengo. En casa de mi tía quedas, y con la deuda de ser quien
eres.
Lo necesario para tu regalo no te ha de faltar. A mi padre y hermano
dejo escrito, dándoles cuenta de mis sucesos; a ti vendrán cartas y
dineros. Con esto y las tuyas tendré más ánimo en las ocasiones, y más
esperanzas de volverte a ver.
Yo me he de partir esta tarde, que no he querido hasta este punto
decirte nada. Por tu vida y la mía, que mostrando en esta ocasión el
valor que en las demás has tenido, excuses el sentimiento, y no me
niegues la licencia que te pido.
Con un mar de lágrimas en mis ojos escuché a mi don Félix, pareciéndome
en aquel punto más galán y más amoroso, y mi amor mayor que nunca;
habíale de perder, ¿qué mucho que para atormentarme urdiese mi mala
suerte esta cautela? Queríale responder, y no me daba lugar la pasión,
y en este tiempo consideré que tenía razón en lo que decía: y así le
dije con muy turbadas palabras, que mis ojos respondían por mí, pues
que ellos hacían tal sentimiento, pasando entre los dos palabras tan
amorosas, que servían para aumentar más y más nuestras penas.
Llegó la hora en que le había de perder para siempre: partiose al
fin don Félix, y quedé como el que ha perdido el juicio, porque ni
podía llorar ni hablar, ni oír los consuelos que a porfía me daban
doña Guiomar y su madre. Finalmente, me costó la pérdida de mi dueño
tres meses de enfermedad, que estuve ya para desamparar la vida.
¡Pluguiera al cielo que me hiciera este bien! Mas ¿cuándo le reciben
los desdichados ni aun de quien tiene tantos que dar?
En todo este tiempo no tuve cartas de don Félix, y aunque pudieran
consolarme las de su padre y hermana, que alegres de saber el fin de
tantas desdichas, y prevenidas de mil regalos y dineros, me daban el
parabién, pidiéndome que en volviendo don Félix, tratásemos de irnos
a descansar en su compañía, no era posible que hinchiesen el vacío de
mi cuidadosa voluntad, la cual me daba mil sospechas de mi desdicha;
porque tengo para mí que no hay más ciertos astrólogos que los amantes.
Más habían pasado de cuatro meses que tenía esta vida, cuando una
noche, que parece que el sueño se había apoderado más de mí que otras
(porque como la fortuna me dio a don Félix en sueños, quiso quitármele
de la misma suerte), soñaba que recibía una carta suya, y una caja que
parecía traer algunas joyas, y yéndola a abrir, hallé dentro la cabeza
de mi esposo.
Considera, Fabio, que fueron tan grandes los gritos y las voces que di,
despertando con tantas lágrimas, congojas y ansias, que parecía que se
me acababa la vida; y desmayándome, no volví en mí sino a las voces que
me daba doña Guiomar, y agua que me echaban en el rostro.
Conteles el sueño, y ella, su madre y las criadas no osaban apartarse
de mí por el temor con que estaba, pareciéndome que a todas partes que
volvía la cabeza vía la de don Félix.
Llegada la mañana, determinaron llevarme a mi confesor para que me
confesase, por ser sacerdote muy entendido y teólogo consumado. Al
tiempo de salir de mi casa oí una voz, aunque las demás no la oyeron:
—Muerto es, sin duda, don Félix.
Con tales agüeros puedes creer que no hallé consuelo en el confesor, ni
le tenía en cosa criada.
Pasé así algunos días, al cabo de los cuales vinieron las nuevas de lo
que sucedió en la Mamora, y con ellas la relación de los que en ella se
ahogaron, viniendo casi en los primeros don Félix.
De aquí algunos días llegó Sarabia, que fue la nueva más cierta, el
cual contó como yendo a tomar puerto las naves, en competencia unas
de otras, dos de ellas se hicieron pedazos, y se fueron a pique, sin
poderse salvar de los que iban en ellas ni tan solo un hombre. En una
de estas iba don Félix, armado de unas armas dobles, causa de que,
cayendo en el mar, no volvió a parecer más; echó algunos fuera, él no
fue visto. Así acabó la vida en tan desgraciada ocasión el más galán
mozo que tuvo la Andalucía, porque a treinta años acompañaban las
mayores gracias que pudo formar la naturaleza.
Cansarte en contar mi sentimiento, mis ansias, mi llanto, sería pagarte
mal el gusto con que me escuchas; solo te digo que en tres años ni supe
qué fue alegría ni salud.
Supieron su padre y hermana el suceso, trataron de llevarme y
restituirme a mi convento; mas yo, aunque sentía con tantas veras la
muerte de mi esposo, no lo acepté, por no volver a los ojos de mis
deudos sin su amparo, ni menos con las monjas, respecto de haber sido
la causa de su escándalo; demás que mi poca salud no me daba lugar de
ponerme en camino, ni volver de nuevo a sufrir la carga de la religión;
antes di orden que Sarabia, a quien ya tenía por compañero en mis
fortunas, se fuese a gobernar mi hacienda, y yo quedé en compañía de
doña Guiomar y su madre, que me tenían en lugar de hija; y no hacían
mucho, pues gastaba con ellas toda mi renta.
Aconsejábanme algunas amigas que me casase, mas yo no hallaba otro don
Félix que satisfaciese mis ojos, ni hinchiese el vacío de mi corazón,
aunque no lo estaba de su memoria, ni mis compañeras quisieran que le
hallara; mas para mi desdicha le halló amor, que quizá estaba sentido
de mi descuido.
Visitaba a doña Guiomar un mancebo noble, rico y galán, cuyo nombre es
Celio, tan cuerdo como falso, pues sabía amar cuando quería, y olvidar
cuando le daba gusto; porque en él las virtudes y los engaños están
como los ramilletes de Madrid, mezclados ya los olorosos claveles,
como hermosas mosquetas, con las flores campesinas, sin olor ni virtud
alguna. Hablaba bien, y escribía mejor, siendo tan diestro en amar como
en aborrecer.
Este mancebo que digo, en mucho tiempo que entró en mi casa jamás se
le conoció designio alguno, porque con llaneza y amistad entretenía la
conversación; siendo tal vez el más puntal en prevenir consuelos a mi
tristeza, unas veces jugando con doña Guiomar y otras diciendo algunos
versos, en que era muy diestro. Pasaba el tiempo, teniendo en todo lo
que intentaba más acierto que yo quisiera.
Igualmente nos alababa; sin ofender a ninguna nos quería; ya
engrandecía la doncella; ya encarecía la viuda; y como yo también
hacía versos, competía conmigo en ellos, admirándole, no el que yo los
compusiese, pues no es milagro en una mujer, cuya alma es la misma que
la del hombre, o porque naturaleza quiso hacer esa maravilla, o porque
los hombres no se desvaneciesen, siendo ellos solos los que gozan de
sus grandezas, sino porque los hacía con algún acierto.
Jamás miré a Celio para amarle, aunque nunca procuré aborrecerle;
porque si me agradaba de sus gracias, temía sus despejos, de que él
mismo nos daba noticia; particularmente un día que nos contó cómo era
querido de una dama, y que la aborrecía con las mismas veras que la
amaba, gloriándose de las sinrazones con que pagaba sus ternezas.
¿Quién pensara, Fabio, que esto despertara mi cuidado, no para amarle,
sino para mirarle con más atención que fuera justo? De mirar su
gallardía renació en mí un poco de deseo, y con desear se empezaron
a enjugar mis ojos, y fui cobrando salud, porque la memoria empezó
a divertirse tanto, que del todo le vine a querer, si bien callaba
mi amor por no parecer liviana, hasta que él mismo trajo la ocasión
por los cabellos, y fue pedirme que hiciera un soneto a una dama,
que mirándose a un espejo, dio en él el sol, y la deslumbró. Y yo
aprovechándome de ella, hice este soneto:
En el claro cristal del desengaño
Se miraba Jacinta descuidada,
Contenta de no amar sin ser amada,
Viendo su bien en el ajeno daño.
Mira de los amantes el engaño,
La voluntad, por firme, despreciada,
Y de haberla tenido escarmentada,
Huye de amor el proceder extraño.
Celio, sol de esta edad, casi envidioso
De ver la libertad con que vivía,
Exenta de ofrecer a amor despojos,
Galán, discreto, amante y dadivoso,
Reflejos que animaron su osadía,
Dio en el espejo, y deslumbró los ojos.
Sintió dulces enojos,
Y apartando el cristal, dijo piadosa:
Por no haber visto a Celio fui animosa,
Y aunque llegue a abrasarme,
No pienso de sus rayos apartarme.
Recibió Celio con tanto gusto este papel, que pensé que ya mi ventura
era cierta: y no fue, sino que a nadie le pesa de estar querido; alabó
su ventura, encareció su suerte, agradeció mi amor, dando muestras del
suyo, y dándome a entender que me le tenía desde el día que me vio;
solemnizó la traza de darle a entender el mío, y finalmente, armó lazos
en que acabase de caer, solemnizando en un romance mi hermosura y su
suerte.
¡Ay de mí! que cuando considero las estratagemas con que los hombres
rinden las mujeres, digo que todos son traidores, y el amor guerra
y batalla campal, donde el amor combate a sangre y fuego al honor,
alcaide de la fortaleza del alma.
De mí te digo, Fabio, que aunque ciega, y más cautiva a esta voluntad,
no dejo de conocer lo que he perdido por ella; pues cuando no sea sino
por haber dejado de ser cuerda, queriendo a quien me aborrece, basta
este conocimiento para tenerme arrepentida si durase este propósito.
En fin, Celio es el más sabio para engañar que yo he visto, porque supo
dar tal color de verdadero a su amor, que le creyera no solo una mujer
que sabía la verdad de un hombre que se preció de tratarla, sino a las
más astutas y sagaces.
Sus visitas eran continuas, porque mañana y tarde estaba en mi
casa, tanto que sus amigos llegaron a conocer (en verle negar a su
conversación) que la tenía con persona que la merecía; en particular
uno de su nombre, con quien la conservó más que con ninguno, y a
quien contaba sus empleos, que según me dijo el mismo Celio, me tenía
lástima, y le rogaba no me hablase si me había de dar el pago que a
otras.
Sus papeles eran tantos, que fueron bastantes a volverme loca. Sus
regalos tan en tiempo, que parecía tener de su mano los movimientos del
cielo. Yo simple, ignorante de estas traiciones, no hacía sino aumentar
amor sobre amor, y si bien se le tuve siempre, fue con propósito de
hacerle mi esposo, que de otra manera antes me dejara morir que darle a
entender mi voluntad: y en ello entendí hacerle harto favor.
Celio no debía de pensar esto, según pareció, aunque no ignoraba lo
que ganara en tal casamiento; mas yo con mi engaño estaba tan contenta
en ser suya, que ya de todo punto no me acordaba de don Félix; solo
en Celio estaban empleados mis sentidos, si bien temerosa de su amor,
porque desde que le empecé a querer, temí perderle: y para asegurarme
de este temor, un día que le vi más galán y más amante, le conté mi
pensamiento, diciéndole que si como tenía cuatro mil ducados de renta,
tuviera todas las riquezas del mundo, de todas le hiciera señor.
Seguía Celio las letras, y en ellas tenía más acierto que yo ventura,
con lo que cortó a mi pretensión la cabeza, diciendo que él había
gastado sus años en estudios de letras divinas, con propósito de
ordenarse de sacerdote, y que en eso tenían puesto sus padres los ojos,
fuera de haber sido esta su voluntad; y que supuesto esto, que le
mandase otras cosas de mi gusto, que no siendo esta, las demás haría,
aunque fuese perder la vida: y que en razón de asegurarme de perderle,
me daba su fe y palabra de amarme mientras durase la que tenía.
Lo que sentí en ver defraudadas mis esperanzas, confirmándose en todo
mis temores y recelos, pues siendo quien soy, no era justo querer si no
era al que había de ser mi legítimo marido, y respecto de esto había
de tener fin nuestra amistad, dieron lágrimas mis ojos, y más viendo a
Celio tan cruel que en lugar de enjugarlas, pues no podía ignorar que
nacían de amor, se levantó y se fue, dejándome bañada en ellas; y así
estuve toda aquella noche y otro día, hasta que allá a la tarde vino
Celio a disculparse con tanta tibieza que en lugar de enjugarlas las
aumentó.
Esta fue la primera ingratitud que Celio usó conmigo, y como a una
siguen muchas, empezó a descuidarse de mi amor, de suerte que ya no me
veía sino de tarde en tarde, ni respondía a mis papeles, siendo otras
veces objeto de su alabanza.
A estas tibiezas daba por disculpa sus ocupaciones y amigos, y con
ellas ocasión a mis tristezas y desasosiegos, tanto que ya las amigas,
que adoraban mis donaires y entretenimientos, huían de mí, viéndome con
tanto disgusto.
Acompañó su desamor con darme celos. Visitaba damas, y decíalo, que era
lo peor, con que irritando mi cólera y ocasionando mi furor, empecé a
ganar en su opinión nombre de mal acondicionada; y como su amor fue
fingido, antes de seis meses se halló tan libre de él como si nunca le
hubiera tenido; y como ingrato a mis obligaciones, dio en visitar a una
dama libre y de las que tratan de tomar placer y dineros, y hallose tan
bien con esta amistad, porque no le recelaba ni apretaba, que no se le
dio nada que yo lo supiese, ni hacía caso de las quejas que yo le daba
por escrito y de palabra las veces que venía, que eran pocas.
Supe el caso por una criada mía que le siguió y supo los pasos en que
andaba. Escribí a la mujer un papel, pidiéndola no le dejase entrar en
su casa. Lo que resultó de eso fue no venir más a la mía, por darse más
enteramente a la otra. Yo triste y desesperada pasaba los días y las
noches llorando: mas ¿para qué te canso con estas cosas?, pues con decir
que cerró los ojos a todo, basta.
Fue fuerza en medio de estos sucesos irse a Salamanca: y por no volver
a verme, se quedó allí aquel año. Lo que en esto sentí, te lo dirá este
traje y este monte, donde siendo yo quien sabes, me has hallado.
A pocos días que estaba en Salamanca, supe que andaba de amores, por
nuevo, por galán y cortesano; cuyas nuevas sentí tanto, que pensé
perder el juicio. Escribile unas cartas, no tuve respuesta.
En fin, me determiné ir a aquella famosa ciudad, y procurar con
caricias volver a su gracia; y ya que no estorbase sus amores, por lo
menos llevaba determinación de quitarme la vida.
Mira, Fabio, en qué ocasiones se vio mi opinión; mas, ¿qué no hará una
mujer celosa?