NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
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edición de 2010 de la _Ortografía_ de la Real Academia Española,
cambiando las grafías desusadas y las tildes, especialmente en los
tiempos verbales.
* Sin embargo, los laísmos, leísmos y loísmos, muy abundantes, se
han respetado.
* Para facilitar la lectura, la mayor parte de los puntos y seguido
se han cambiado a puntos y aparte, con el fin de evitar los
párrafos excesivamente largos del original.
* Igualmente, las intervenciones dialogadas se han aislado en
párrafo propio, destacándose con rayas de diálogo iniciales. Las
restantes rayas del texto utilizan espacios de separación, según
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NOVELAS
EJEMPLARES Y AMOROSAS
DE
DOÑA MARÍA DE ZAYAS
Y SOTOMAYOR,
NATURAL DE MADRID.
PRIMERA Y SEGUNDA PARTE.
[Ilustración]
PARÍS.
BAUDRY, LIBRERÍA EUROPEA.
Nº 3, QUAI MALAQUAIS, CERCA DEL PUENTE DES ARTS.
—
1847.
NOVELAS EJEMPLARES
Y AMOROSAS
DE DOÑA MARÍA
DE ZAYAS Y SOTOMAYOR,[1]
NATURAL DE MADRID.
PRIMERA PARTE.
INTRODUCCIÓN.
Juntáronse a entretener a Lisis, hermoso milagro de la naturaleza y
prodigioso asombro de esta corte (a quien unas atrevidas cuartanas
tenían rendidas sus hermosas prendas), la hermosa Lisarda, la discreta
Matilde, la graciosa Nise y la sabia Filis, todas nobles, ricas,
hermosas y amigas, una tarde de las cortas de diciembre, cuando los
hielos y terribles nieves dan causa a guardar las casas y gozar de los
prevenidos braseros que en competencia del mes de julio quieren hacer
tiro a las cantimploras, y lisonjear las damas para que no echen menos
el prado, el río, y las demás holguras que en Madrid se usan.
[1] Doña María de Zayas y Sotomayor nació en Madrid muy a
principio del siglo XVII: su padre, don Fernando, madrileño
también, fue caballero del hábito de Santiago y capitán de
infantería.
La primera parte de sus novelas, que comprende diez, se
imprimió en Madrid en 1636, en 8.º, con el título de _Honesto y
entretenido sarao_: dos años después se reimprimió en Zaragoza,
en 8.º. La segunda parte, o sean las diez últimas novelas, se
imprimieron igualmente en Zaragoza con el título de _Desengaños_,
en 1647, en 4.º. Ya después se han reimpreso siempre juntas con
el título de _Novelas amorosas y ejemplares de doña María de
Zayas_.
Lope de Vega hace en su _Laurel de Apolo_ un elogio de esta
escritora, y Baena, en sus _Hijos de Madrid_, dice que también
compuso _otros varios papeles y aun comedias_; pero no han
llegado a nuestra noticia.
Pues como fuese tan cerca de Navidad, tiempo alegre y digno de
solemnizarse con fiestas, juegos y burlas, habiendo gastado la tarde
en honestos y regocijados coloquios, porque Lisis, con la agradable
conversación de sus amigas, no sintiese el enfadoso mal, concertaron
entre sí un sarao, entretenimiento para la Nochebuena y los demás días
de Pascua; convidando para este efecto a don Juan, caballero mozo,
galán, rico y bien entendido, primo de Nise y querido dueño de la
voluntad de Lisis, a quien pensaba ella entregar en legítimo matrimonio
las hermosas prendas de que el cielo la había hecho gracia; si bien
don Juan, aficionado a Lisarda, prima de Lisis, a quien deseaba para
dueño, negaba a Lisis la justa correspondencia de su amor, sintiendo
la hermosa dama el tener a los ojos la causa de sus celos y haber
de fingir agradable risa en el semblante, cuando el alma, llorando
mortales sospechas, había dado motivo a su mal y ocasión a su tristeza,
y más viendo que Lisarda, contenta como estimada, soberbia como
querida, y falsa como competidora, en todas ocasiones llevaba lo mejor
de la amorosa competencia.
Convidado don Juan a la fiesta, y agradecido por principal de ella, a
petición de las damas se acompañó de don Álvaro, don Miguel, don Alonso
y don Lope, en nada inferiores a don Juan, por ser todos en nobleza,
gala y bienes de fortuna iguales y conformes, y todos aficionados a
entretener el tiempo discreta y regocijadamente: juntos pues todos
en un mismo acuerdo, dieron a la bella Lisis la presidencia de este
gustoso entretenimiento, pidiéndole que ordenase a cada uno lo que se
había de hacer; la cual excusándose como enferma, viéndose importunada
de sus amigas, sustituyendo a su madre en su lugar, que era una noble
y discreta señora a quien el enemigo común de las vidas quitó su amado
esposo, se salió de la sala, obligación en que sus amigas la habían
puesto.
Laura, que este es el nombre de la madre de Lisis, repartió en esta
forma la entretenida fiesta: a Lisis su hija, que como enferma se
excusaba, y era razón, dio cargo de prevenir de músicos la fiesta; y
para que fuese más gustosa, mandó expresamente que les diese las letras
y romances que en todas cinco noches se hubiesen de cantar.
A Lisarda, su sobrina, y a la hermosa Matilde mandó que inventasen
una airosa máscara, en que ellas y las otras damas con los caballeros
mostrasen su gala, donaire, destreza y bizarría la primera noche
después de haber danzado.
Y porque los caballeros no se quejasen de que a las damas se les daba
la preeminencia, mezclando a los unos con los otros, salió la segunda
noche por don Álvaro y don Alonso; la tercera, a Nise y Filis; la
cuarta, a don Miguel y don Lope; y la quinta y última noche, a la misma
Laura, y que la acompañase don Juan: feneciendo la pascua con una
grandiosa cena que quiso Lisis, como la principal de la fiesta, dar a
los caballeros y damas, para la cual convidaron a los padres de los
caballeros y a las madres de las damas, por ser todas ellas sin padres
y estos sin madres, que la muerte no deja a los mortales los gustos
cumplidos.
Lisis, a quien tocaba dar principio a la fiesta, hizo buscar dos
músicos, los más diestros que pudieron hallarse, para que acompañasen
con sus voces la angélica suya, que con este favor quiso engrandecerla.
Quedaron avisados que al recogerse el día y descoger la noche el negro
manto, luto bien merecido por el rubicundo señor de Delfos, que por dar
a los indios los alegres días daba a nuestro hemisferio con su ausencia
oscuras sombras, se juntasen todos para solemnizar la noche buena con
el concertado entretenimiento en el cuarto de la hermosa Lisis, en una
sala que aderezada de unos costosos paños flamencos, cuyos boscajes,
flores y arboledas parecían las selvas de Arcadia, o los pensiles
huertos de Babilonia.
Coronaba la sala un rico estrado con almohadas de terciopelo verde,
a quien las borlas y guarniciones de plata hermoseaban sobremanera:
haciendo competencia a una vistosa camilla, que al lado del vario
estrado había de ser trono, asiento y resguardo de la bella Lisis, que
como enferma pudo gozar de esta preeminencia, y era asimismo de brocado
verde, con flecos y alamares de oro.
Estaba ya la sala cercada toda alrededor de muchas sillas de terciopelo
verde y de infinitos taburetes pequeños, para que, sentados en ellos
los caballeros, pudiesen gozar de un brasero de plata que, alimentado
de fuego y diversos olores, cogía el estrado de parte a parte.
Desde las tres de la tarde empezaron las señoras, y no solo las
convidadas sino otras muchas, que a las nuevas del entretenido festín
se convidaron ellas mismas a ocupar los asientos, recibidas con
grandísimo agrado de la discreta Laura y hermosa Lisis, que, vestida
de la color de sus celos, ocupaba la camilla, que por la honestidad y
decencia, aunque era el día de la cuartana, quiso estar vestida.
Ya la sala parecía a los campos alumbrados del rubio Apolo cuando,
vertiendo risa, alegran los ojos que los miran; tantas eran las velas
que daban luz a la rica sala, cuando los músicos, que cerca de la cama
de Lisis tenían sus asientos, prevenidos de un romance que después de
haber danzado se había de cantar, empezaron con una gallarda a convidar
a las damas y caballeros a ir saliendo de una cuadra con hachas
encendidas en las manos para que fuese más bien vista su gallardía.
El primero que dio principio al airoso paseo fue don Juan, que por
guía y maestro empezó solo, tan galán, de pardo, que llevaba los ojos
de cuantos le veían, cuyos botones y cadenas de diamantes parecían
estrellas. Siguiole Lisarda y don Álvaro, ella de las colores de don
Juan y él de las de Matilde, a quien sacrificaba sus deseos. Venía la
hermosa dama de noguerado y plata; acompañábale don Alonso, galán, de
negro, porque salió así Nise, saya entera de terciopelo liso sembrada
de botones de oro; traíala de la mano don Miguel, también de negro,
porque aunque miraba bien a Filis no se atrevió a sacar sus colores,
temiendo a don Lope por haber salido como ella de verde, creyendo que
sería dueño de sus deseos.
Habiendo don Juan mostrado en su gala un desengaño a Lisis de su amor,
viendo a Lisarda favorecida hasta en las colores, la cual, dispuesta a
disimular, se comió los suspiros y ahogó las lágrimas, dando lugar a
los ojos para ver el donaire y destreza con que dieron fin a la airosa
máscara, con tan intrincadas vueltas y graciosos laberintos, lazos y
cruzados que quisieran que durara un siglo.
Mas viendo a Lisis que, con pedazos de cristal, acompañada de los dos
músicos, quería enseñar en la destreza de su voz sus gracias, tomando
asiento todos por su orden, dieron lugar a que se cantara este romance:
Escuchad, selvas, mi llanto,
Oíd, que a quejarme vuelvo,
Que nunca a los desdichados
Les dura más el contento.
Otra vez hice testigos
A vuestros olmos y fresnos,
Y a vuestros puros cristales
De la ingratitud del cielo.
Oísteis tiernas mis quejas,
Y entretuvisteis mis celos
Con la música amorosa
De estos mansos arroyuelos.
Vio tierno su sinrazón,
Probó mi firmeza Celio,
Procuró pagar finezas,
Sino que se cansó presto.
Salí a gozar mis venturas,
Alegre de ver que en premio
De mi amor, si no me amaba,
Le agradecía a lo menos.
Pequeña juzgaba el alma,
De su viveza aposento,
Estimando por favores
Sus desdenes y despegos.
Adoraba sus engaños,
Aumentando en mis deseos
Sus gracias para adorarle,
¡Qué engañado devaneo!
¿Quién pensara, dueño ingrato,
Que estas cosas que refiero
Aumentaran de tu olvido
El apresurado intento?
Bien haces de ser cruel,
Injustamente me quejo,
Pues siempre son los dichosos
Aquellos que quieren menos.
Tu amor murmura la aldea,
Mirando en tu pensamiento
Nuevo dueño de tu gusto,
Y en tus ojos nuevo empleo.
Y como te quiero, lloro tu olvido,
Y tus desdenes siento.
No fuera verdaderamente agradecido tan ilustre auditorio si no diera
a la hermosa Lisis las gracias de su voz; y así, con las más corteses
y discretas razones que supo don Francisco, padre de don Juan, en
nombre de todos mostró cuánto estimaban tan engrandecido favor, dando
con esto a la hermosa dama, a pesar del mal, aumento a su belleza con
los nuevos colores que a su rostro vinieron, y a don Juan, para caer
en la cuenta de su poco agradecimiento; si bien volviendo a mirar a
Lisarda, volvió a enredarse en los lazos de su hermosura, más viéndola
prevenirse de asiento más acomodado para referir la maravilla que le
tocaba decir esta primera noche; la cual viendo que todos, colgados
de su dulce boca y bien entendidas palabras, aguardaban que empezase,
buscando las más discretas que pudo delatarle su claro entendimiento y
extremado donaire, dijo así:
NOCHE PRIMERA.
NOVELA PRIMERA.
AVENTURARSE PERDIENDO.
El nombre, hermosísimas damas y nobles caballeros, de mi maravilla es
Aventurarse perdiendo; porque en el discurso de ella veréis cómo, para
ser una mujer desdichada, cuando su estrella inclina a serlo, no bastan
ejemplos ni escarmientos: si bien servirá el oírla de aviso para que no
se arrojen al mar de sus desenfrenados deseos, fiadas en la barquilla
de su flaqueza, temiendo que en él se aneguen, no solo las flacas
fuerzas de las mujeres, sino los claros y heroicos entendimientos de
los hombres, cuyos engaños es razón que se teman, como se verá en mi
maravilla, que es la siguiente.
Por entre las ásperas peñas de Monserrate, suma y grandeza del poder
de Dios y milagrosa admiración de las excelencias de su divina Madre,
donde se ven en divinos misterios efectos de sus misericordias,
pues sustenta en el aire la punta de un empinado monte a quien han
desamparado los demás, sin más ayuda que la que le da el cielo, que
no es la de menos consideración el milagroso y sagrado templo, tan
adornado de riquezas como de maravillas: tantos son los milagros que
hay en él, y el mayor de todos aquel verdadero retrato de la serenísima
reina de los ángeles y señora nuestra.
Después de haberla adorado, ofreciéndola el alma llena de devotos
afectos, y mirando con atención aquellas grandiosas paredes, cubiertas
de mortajas y muletas, con otras infinitas insignias de su poder, subía
Fabio, ilustre hijo de la noble villa de Madrid, lustre y adorno de
su grandeza, pues con su excelente entendimiento y conocida nobleza,
amable condición y gallarda presencia, la adorna y enriquece tanto como
cualquiera de sus valerosos fundadores, y de quien ella, como madre, se
precia mucho.
Llevaba este virtuoso mancebo por tan ásperas malezas deseos piadosos
de ver en ellas las devotas celdas y penitentes monjes que han muerto
al mundo por vivir para el cielo.
Después de haber visitado algunas, y recibiendo sustento para el alma
y cuerpo, y considerando la santidad de sus moradores, pues obligan
con ella a los fugitivos pajarillos a venir a sus manos a comer las
migajas que les ofrecen; caminando a lo más remoto del monte por ver
la nombrada cueva que llaman de san Antón; así por ser la más áspera,
como prodigiosa, respecto de las cosas que allí se ven, tanto de
las penitencias de los que la habitan, como de los asombros que les
hacen los demonios; que se puede decir que salen de ellas con tanta
calificación de espíritu, que cada uno por sí es un san Antón.
Cansado de subir por una estrecha senda, respecto de no dar lugar su
aspereza a ir de otro modo que a pie, y haber dejado en el convento
la mula y un criado que le acompañaba, se sentó a la margen de un
pequeño arroyuelo, que derramando sus perlas entre menudas yerbecillas,
descolgándose con sosegado rumor de una hermosa fuente, que en lo alto
del monte goza regalado asiento, pareciendo allí fabricada más por
manos de ángeles que de hombres, para recreo de los santos ermitaños
que en él habitan; cuya música y cristalina risa, ya que no la veían
los ojos, no dejaba de agradar a los oídos.
Y como el caminar a pie, el calor del sol y la aspereza del camino le
quitasen parte del animoso brío, quiso recobrar allí el perdido aliento.
Apenas dio vida a su cansada respiración, cuando llegó a sus oídos una
voz muy suave, que en bajos acentos mostraba no estar muy lejos el
dueño. La cual tan baja como triste, por servirle de instrumento la
humilde corriente, y pensando que nadie la escuchaba, cantó así:
¿Quién pensara que mi amor,
Escarmentado en mis males,
Cansado de mis desdichas,
No hubiera muerto cobarde?
¿Quién le vio escapar huyendo
De ingratitudes tan grandes,
Que crea que en nuevas penas
Vuelva de nuevo a enlazarme?
Mal hayan de mis finezas
Tan descubiertas verdades,
Y mal haya quien llamó
A las mujeres mudables.
Cuando de tus sinrazones
Pudiera, Celio, quejarme,
Quiere amor que no te olvide,
Quiere amor que más te ame.
Desde que sale la aurora,
Hasta que el sol va a bañarse
Al mar de las playas indias,
Lloro firme y siento amante.
Vuelve a salir y me halla
Repasando mis pesares,
Sintiendo tus sinrazones,
Llorando tus libertades.
Bien conozco que me canso,
Sufriendo penas en balde;
Que lágrimas en ausencia
Cuestan mucho y poco valen.
Vine a estos montes huyendo
De que ingrato me maltrates;
Pero más firme te adoro,
Que en mí es sustento el amarte.
De tu vista me libré,
Pero no pude librarme
De un pensamiento enemigo,
De una voluntad constante.
Quien vio cercado castillo,
Quien vio combatida nave,
Quien vio cautivo en Argel,
Tal estoy, y sin mudarme.
Mas pues te elegí por dueño,
Matadme, penas, matadme;
Pues por lo menos dirán:
Murió, pero sin mudarse.
¡Ay bien sentidos males!
Poderosos seréis para matarme,
Mas no podéis hacer
Que amor se acabe.
Con tanto gusto escuchaba Fabio la lastimosa voz y bien sentidas
quejas, que aunque el dueño de ellas no era el más diestro que hubiese
oído, casi le pesó de que acabase tan presto.
El gusto, el tiempo, el lugar y la montaña le daban deseo de que
pasara adelante, y si algo le consoló el no hacerlo, fue el pensar que
estaba en parte que podría presto con la vista dar gusto al alma, como
con la voz había dado aliento a los oídos; pues cuando la causa fuera
más humilde, oír cantar en un monte era de no pequeño alivio para quien
no esperaba sino el aullido de alguna bestia fiera.
En fin, Fabio, alentado más que antes, prosiguió su camino en
descubrimiento del dueño de la voz que había oído, pareciéndole no
estar en tal parte sin causa, llevándole enternecido y lastimado a
oír quejas en tan áspera parte. Notable piedad y generosa acción
enternecerse de la pasión ajena.
Iba Fabio tan deseoso de hablar al lastimado músico, que no hay quien
sepa encarecerlo: y porque no se escondiese, iba con todo el silencio
posible.
Siguiendo en fin por la margen de la cinta de cristal, buscando su
hermoso nacimiento, pareciéndole que sería el lugar que atesoraba la
joya que a su parecer buscaba con alguna sospecha de lo mismo que
era; y no se engañó, porque acabando de subir a un pradillo que en lo
alto del monte estaba, morada solo para la casta Diana o para alguna
desesperada criatura, al cual hacía por una parte espaldas una blanca
peña, de donde salía un grueso pedazo de cristal, sabroso sustento
de las flores, verdes romeros y graciosos tomillos, vio recostado en
ellos un mozo, que al parecer su edad estaba en la primera de sus años,
vestido sobre un calzón pardo, una blanca y erizada piel de algún
cordero, su zurrón y cayado junto a sí, y con sus abarcas y montera.
Apenas le vio, cuando conoció ser el dueño de los cantados versos,
porque le pareció estar suspenso y triste, llorando las pasiones que
había cantado.
Y si no le desengañara a Fabio la voz que había oído, creyera ser
figura desconocida, hecha para adorno de la fuente: tan inmóvil le
tenían sus cuidados. Tenía un nudo hecho de sus blancas manos, tales
que pudieran dar envidia a la nieve, si ella de corrida no hubiera
desamparado la montaña. Si su rostro se la daba al sol, dígalo la poca
ofensa que le hacían sus rayos, pues no les había concedido tomar
posesión en su belleza, ni ejercer la comisión que tienen contra la
hermosura.
Tenía esparcidas por entre las olorosas yerbas una manada de ovejas,
mas por dar motivo a su traje, que por el cuidado que mostraba tener
con ellas, porque más eran causa de traerle perdido.
Era la suspensión del hermoso mozo tal, que dio lugar a Fabio de
llegarse tan cerca, que pudo notar que las doradas flores del rostro
descendían al traje, porque a ser hombre ya debía dorar la boca el
tierno velo; y para ser mujer era el lugar tan peligroso, que casi dudó
lo mismo que veía; mas viéndose en parte, que casi el mismo engaño le
culpaba de poco atrevido, se llegó más cerca, y le saludó con mucha
cortesía.
A la cual el embelesado zagal volvió en sí con un ay tan lastimoso, que
parecía ser el último de su vida; y como aún no le había la montaña
quitado la cortesía, viendo a Fabio levantose, haciéndosela con
discretas caricias, preguntándole de su venida por tal parte.
A lo cual Fabio, después de agradecer sus corteses razones, satisfizo
de esta suerte:
—Yo soy un caballero de Madrid, vine a negocios importantes a
Barcelona, y como les di fin, y era fuerza volver a mi patria, no quise
ponerlo en ejecución hasta ver el milagroso templo de Monserrate.
Visité devoto, y quise piadoso ver las ermitas que hay en esta montaña.
Y estando descansando entre esos olorosos tomillos, oí tu lastimosa
voz, que me suspendió el susto y animó el deseo por ver el dueño de tan
bien sentidas quejas, conociendo en ellas que padeces firme y lloras
mal pagado; y viendo en tu rostro y en tu presencia que tu ser no es lo
que muestra tu traje, porque ni viene el rostro con el vestido, ni las
palabras con lo que procuras dar a entender, te he buscado, y hallo que
tu rostro desmiente a todo, pues en la edad pasas de muchacho, y en las
pocas señales de tu barba no muestras ser hombre; por lo cual te quiero
pedir en cortesía me saques de esta duda, asegurándote primero que si
soy parte para tu remedio, no lo dejes por imposibles que le estorben,
ni me envíes desconsolado, que sentiré mucho hallar una mujer en tal
parte y con ese traje, y no saber la causa de su destierro, y asimismo
no procurarle remedio.
Atento escuchaba el mozo al discreto Fabio, dejando de cuando en cuando
caer unas cansadas perlas, que con lento paso buscaban por centro el
suelo. Y como lo vio callar, y que aguardaba respuesta, le dijo:
—No debe querer el cielo, señor caballero, que mis pasiones estén
ocultas, o porque haya quien me las ayude a padecer, o porque se
debe de acercar el fin de mi cansada vida, y pretende que queden por
ejemplo y escarmiento a las gentes; pues cuando creí que solo Dios y
estas peñas me escuchaban, te guió a ti, llevado de tu devoción, a
esta parte, para que oyeses mis lástimas y pasiones, que son tantas y
venidas por tan varios caminos, que tengo por cierto que te haré más
favor en callarlas que en decirlas, por no darte que sentir; demás
de que es tan larga mi historia, que perderás tiempo si te quedas a
escucharla.
—Antes —replicó Fabio— me has puesto en tanto cuidado y deseo de
saberla, que si me pensase quedar hecho salvaje a morar entre estas
peñas, mientras estuviere en ellas no he de dejarte hasta que me la
digas, y te saque, si puedo, de esa vida, que sí podré, a lo que en
ti miro; pues a quien tiene tanta discreción no será dificultoso
persuadirle que escoja más descansada y menos peligrosa vida, pues
no la tienes segura respecto de las fieras que por aquí se crían
y de los bandoleros que en esta montaña hay; que si acaso tienen de
tu hermosura el conocimiento que yo, de creer es que no estimaran tu
persona con el respeto que yo la estimo.
—Pues si es así —dijo el mozo—, siéntate, señor, y oye lo que hasta
ahora no ha sabido nadie de mí, y estima el fiar de tu discreción y
entendimiento cosas tan prodigiosas, y no sucedidas sino a quien nació
para extremo de desventura, que no hago poco sin conocerte, supuesto
que de saber quién soy corre peligro la opinión de muchos deudos nobles
que tengo, y mi vida con ellos; pues es fuerza que por vengarse me la
quiten.
Agradeció Fabio lo mejor que supo, y supo bien, el quererle hacer
archivo de sus secretos, y asegurándole, después de haberle dicho su
nombre, de su peligro, y sentándose juntos cerca de la fuente, empezó
el hermoso zagal su historia de esta suerte.
—Mi nombre, discreto Fabio, es Jacinta, que no se engañaron tus ojos
en mi conocimiento; mi patria Baeza, noble ciudad de la Andalucía, mis
padres nobles, y mi hacienda bastante a sustentar la opinión de su
nobleza.
Nacimos en casa de mi padre un hermano y yo, él para tristeza suya,
y yo para su deshonra; tal es la flaqueza en que las mujeres somos
criadas, pues no se puede fiar a nuestro valor nada, porque tenemos
ojos que a nacer ciegos menos sucesos hubiera visto el mundo, que al
fin viviéramos seguras de engaños.
Faltó mi madre al mejor tiempo, que no fue pequeña falta, pues su
compañía, gobierno y vigilancia fuera más importante a mi honestidad
que no los descuidos de mi padre, que no le tuvo en mirar por mí y
darme estado (yerro notable de los que aguardan a que sus hijas le
tomen sin gusto): quería el mío a mi hermano ternísimamente, y esto era
solo su desvelo, sin que se le diese yo en cosa ninguna: no sé qué era
su pensamiento, pues había hacienda bastante para todo lo que quisiera
emprender.
Diez y seis años tenía yo cuando una noche, estando durmiendo, soñaba
que iba por un bosque amenísimo, en cuya espesura hallé un hombre tan
galán que me pareció (¡ay de mí! y cómo hice despierta experiencia de
ella) no haberlo visto en mi vida tal; traía cubierto el rostro con el
cabo de un ferreruelo leonado, con pasamanos y alamares de plata.
Pareme a mirarle, agradada del talle y deseosa de ver si el rostro
conformaba con él: con airoso atrevimiento llegué a quitarle el
rebozo, y apenas lo hice cuando, sacando una daga, me dio un golpe
tan cruel por el corazón que me obligó el dolor a dar voces, a las
cuales acudieron mis criadas y despertándome del pesado sueño me
hallé sin la vida del que me hizo tal agravio, la más apasionada que
puedas pensar, porque su retrato se quedó estampado en mi memoria de
suerte que en largo tiempo no se apartó de ella.
Deseaba yo, noble Fabio, hallar para dueño un hombre de su talle y
gallardía, y traíame tan fuera de mí esta imaginación que le pintaba
en ella, y después razonaba con él, de suerte que a pocos lances me
hallé enamorada sin saber de quién; y me puedes creer que si fue
Narciso moreno, Narciso era el que vi.
Perdí con estos pensamientos el sueño y la comida, y tras esto el color
de mi rostro, dando lugar a la mayor tristeza que en mi vida tuve,
tanto que casi todos reparaban en mi mudanza. ¿Quién vio, Fabio, amar
a una sombra? Pues aunque se cuenta de muchos que han amado cosas
increíbles y monstruosas, por lo menos tenían forma a quien querer.
Disculpa tiene conmigo Pigmalión, que adoró la imagen que después
Júpiter le animó; y el mancebo de Atenas, y los que amaron el árbol y
el delfín; mas yo que no amaba sino una sombra y fantasía, ¿qué sentirá
de mí el mundo? ¿Quién duda que no creerá lo que digo, y si lo cree me
llamará loca? Pues doyte mi palabra, a ley de noble, que ni en esto ni
en lo demás que te dijere, adelanto nada más de la verdad.
Las consideraciones que hacía, las reprensiones que me daba, créeme que
eran muchas; y asimismo que miraba con atención los más galanes mozos
de mi patria, con deseo de aficionarme de alguno que me librase de mi
cuidado; mas todo paraba en volverme a querer a mi amante soñado, no
hallando en ninguno la gallardía que en aquel.
Llegó a tanto mi amor, que me acuerdo que hice a mi adorada sombra
unos versos, que si no te cansases de oírlos te los diré, que aunque
son de mujer, tanto más grandeza, porque a los hombres no es justo
perdonarles los yerros que hicieren en ellos, pues están adornados y
purificados con arte y estudio; mas una mujer que solo se vale de su
natural, ¿quién duda que merece disculpa en lo malo, y alabanza en lo
bueno?
—Di, hermosa Jacinta, tus versos, dijo Fabio, que serán para mí de
mucho gusto, porque aunque los sé hacer con algún acierto, préciome tan
poco de ellos, que te juro que siempre me parecen mejor los ajenos que
los míos.
—Pues si así es —replicó Jacinta—, mientras durare mi historia no he
menester pedirte licencia para decir los que hicieron a propósito; y
así digo que los que hice son estos:
Yo adoro lo que no veo,
Y no veo lo que adoro;
De mi amor la causa ignoro,
Y hallar la causa deseo:
Mi confuso devaneo
¿Quién le acertará a entender?
Pues sin ver vengo a querer
Por sola imaginación,
Inclinando mi afición
A un ser que no tiene ser.
Que enamore una pintura,
No será milagro nuevo,
Que aunque tal amor no apruebo,
Ya en efecto es hermosura:
Mas amar a una figura
Que acaso el alma fingió,
Nadie tal locura vio;
Porque pensar que he de hallar
Causa que está por criar,
¿Quién tal milagro pidió?
La herida del corazón
Vierte sangre, mas no muero:
La muerte con gusto espero,
Por acabar mi pasión:
De estado fuera razón,
Cuando no muero, dormir;
¿Mas cómo puedo pedir
Vida ni muerte a un sujeto
Que no tuvo de perfecto
Más ser que saber herir?
Dame, cielo, si has criado
Aqueste ser que deseo,
De mi voluntad empleo,
Y antes que nacido amado;
¿Mas qué pide un desdichado,
Cuando sin suerte nació?
¿Porque a quién le sucedió
De amor milagro tan feo,
Que le ocupase el deseo
Amante que en sueños vio?
¿Quién pensara, Fabio, que había de ser el cielo tan liberal en darme
aun lo que no le pedí? Porque como deseaba imposibles, no se atrevía
mi libertad a tanto, si no fue en estos versos, que fue más gala que
petición. Mas cuando uno ha de ser desdichado, también el cielo permite
su desdicha.
Vivía en mi mismo lugar un caballero natural de Sevilla, del nobilísimo
linaje de los Ponces de León, apellido tan conocido como calificado,
que habiendo hecho en su tierra algunas travesuras de mozo, se
desnaturalizó de ella, y casó en Baeza con una señora su igual, en
quien tuvo tres hijos, la mayor y menor hembras, y el de en medio varón.
La mayor casó en Granada, y con la más pequeña entretenía la soledad
y ausencia de don Félix, que este era el nombre del gallardo hijo,
que deseando que luciese en el valor y valentía de sus ilustres
antecesores, seguía la guerra, dando ocasión con sus valerosos
hechos a que sus deudos, que eran muchos y nobles, como lo publican
las excelentes casas de los duques de Arcos y condes de Bailén, le
conociesen por rama de su descendencia.
Llegó este noble caballero a la florida edad de veinte y cuatro años,
y habiendo alcanzado por sus manos una bandera, y después de haberla
servido tres años en Flandes, dio la vuelta a España para pretender
sus acrecentamientos; y mientras en la corte se disponían por mano de
sus deudos, se fue a ver a sus padres, que había días que no los había
visto y que vivían con este deseo.
Llegó don Félix a Baeza al tiempo que yo sobre tarde ocupaba un balcón,
entretenida en mis pensamientos; y siendo forzoso haber de pasar por
delante de mi casa, por ser la suya en la misma calle, pude, dejando
mis imaginaciones, poner los ojos en sus galas, criados y gentil
presencia, y deteniéndome en ella más de lo justo, vi tal gallardía en
él que querértela significar fuera alargar esta historia y mi tormento.
Vi en efecto el mismo dueño de mi sueño, y aun de mi alma, porque si
no era él, no soy yo la misma Jacinta que le vio y le amó más que a la
misma vida que poseo.
No conocía yo a don Félix, ni él a mí, respecto de que cuando fue a la
guerra quedé tan niña que era imposible acordarme, aunque su hermana
doña Isabel y yo éramos muy amigas.
Miró don Félix al balcón, viendo que solos mis ojos hacían fiesta a su
venida, y hallando Amor ocasión y tiempo, ejecutó en él el golpe de su
dorada saeta, que en mí ya era excusado su trabajo, por tenerlo hecho.
Y así de paso me dijo: «Tal joya, o ya será mía, o yo perderé la vida».
Quiso el alma decir: «Ya lo soy», mas la vergüenza fue tan grande como
el amor, a quien pedí con hartas sumisiones y humildades me diese
ocasión y ventura, pues me había dado causa.
No dejó don Félix perder ninguna de las que la fortuna le dio a las
manos; y fue la primera que habiéndome doña Isabel avisado de la venida
de su hermano, fue fuerza visitarla, en cuya visita me dio don Félix
en los ojos a conocer su amor tan a las claras, que pudiera yo darle
albricias de mi suerte; y como yo le amaba no pude negarle en tal
ocasión las justas correspondencias.
Y con esto le di ocasión para pasear mi calle de día y de noche, y que
al son de una guitarra, con la dulce voz y algunos versos, en que era
diestro, me diese mejor a conocer su voluntad. Acuérdome, Fabio, que la
primera vez que le hablé a solas por una reja, me dio causa este soneto:
Amar el día, aborrecer el día,
Llamar la noche y despreciarla luego,
Temer el fuego y acercarse al fuego,
Tener a un tiempo pena y alegría;
Estar juntos valor y cobardía,
El desprecio cruel y el blando ruego,
Tener valiente entendimiento ciego,
Atada la razón, libre osadía;
Buscar lugar en que alterar los males,
Y no querer del mal hacer mudanza,
Desear sin saber qué se desea;
Tener el gusto y el disgusto iguales,
Y todo el bien librado en la esperanza:
Si aquesto no es amor, no sé qué sea.
Dispuesta tenía amor mi perdición, y así me iba poniendo los lazos en
que me enredase y los hoyos donde cayese: porque hallando la ocasión
que yo misma buscaba, desde que oí la música me bajé a un aposento bajo
de un criado de mi padre, llamado Sarabia, más codicioso que leal,
donde me era fácil hablar, por tener una reja baja, tanto que no era
difícil tomar las manos. Y viendo a don Félix cerca, le dije:
—Si tan acertadamente amáis como lo decís, dichosa será la dama que
mereciere vuestra voluntad.
—Bien sabéis vos, señora mía —respondió don Félix—, de mis ojos,
de mis deseos y de mis cuidados, que siempre manifiestan mi dulce
perdición, que sé mejor querer que decirlo; que vos sepáis que habéis
de ser mi dueño mientras tuviere vida, es lo que procuro, y no
acreditarme ni de buen poeta ni mejor músico.
—¿Y paréceos —repliqué yo— que me estará bien creer eso que vos
decís?
—Sí —respondió mi amante—, porque hasta dejar quererse, y querer al
que ha de ser su marido, tiene licencia una dama.
—¿Pues quién me asegura a mí que vos lo habéis de ser? —le torné a
decir.
—Mi amor —dijo don Félix— y esta mano, que si la queréis en prendas
de mi palabra, no será cobarde aunque le cueste a su dueño la vida.
¿Qué mujer, viéndose rogada con lo mismo que desea, amigo Fabio,
despreció jamás la ocasión de casarse, y más del mismo que ama, que no
acepte luego cualquier partido, pues no hay mayor cebo en que pique la
perdición de una mujer que este? Y así no quise poner en condición mi
dicha, que por tal la tuve, y tendré siempre que traiga a la memoria
este día.
Y sacando la mano por la reja, tomé la que me ofrecía mi dueño,
diciendo:
—Ya no es tiempo, señor don Félix, de buscar desdenes a fuerza
de engaños, ni encubrir voluntades a costa de despegos, suspiros
y lágrimas; yo os quiero no tan solo desde el día que os vi, sino
antes; y para que no os tengan confuso mis palabras, os diré cosas que
espanten —y luego le conté todo lo que te he dicho de mi sueño.
No hacía don Félix, mientras yo le decía estas novedades, para él y
para cuantos lo oyen, sino besarme la mano que tenía en las suyas, como
en agradecimiento de mis penas; en cuya gloria nos cogiera el día, y
aun el de hoy, si no hubiera llegado nuestro amor a más atrevimiento.
Despedímonos con mil ternezas, quedando muy asentada nuestra voluntad
y con propósito de vernos todas las noches en la misma parte; venciendo
con oro el imposible del criado, y con mi atrevimiento el poder llegar
allí, respecto de haber de pasar por delante de la cama de mi padre y
hermano para salir de mi aposento.
Visitábame muy a menudo doña Isabel, obligándola a esto, después de su
amistad, el dar gusto a su hermano, y servirle de fiel tercera a su
amor.
En este sabroso estado estaba el nuestro, sin tratar don Félix de
volver por entonces a Italia, cuando entre las damas a quien rindió su
gallarda presencia, que eran casi todas las de la ciudad, fue una prima
suya, llamada doña Adriana, la más hermosa que en toda aquella tierra
se hallaba.
Era esta señora hija de una hermana del padre de don Félix, que como he
dicho, era de Sevilla, y tenía cuatro hermanas; las cuales por muerte
de su padre había traído a Baeza, poniendo las dos menores en religión.
Allí mismo se casó la que se seguía tras ella, quedándose la mayor, sin
querer tomar estado, con esta hermana ya viuda, a quien había quedado,
para heredera de más de cincuenta mil ducados, esta sola hija, a la
cual amaba como puedes pensar, siendo sola y tan hermosa como te he
dicho.
Pues como doña Adriana gozase muy a menudo la conversación de don Félix
respecto del parentesco, le empezó a querer con tanto extremo que no
pudo ser más, como verás en lo que sucedió.
Conoció don Félix el amor de su querida prima, y como tenía tan llena
el alma del mío, disimulaba cuanto podía, excusándose el darle ocasión
a perderse más de lo que estaba; y así cuantas muestras doña Adriana le
daba de su voluntad, con un descuido desdeñoso se hacía desentendido.
Tuvieron pues tanta fuerza con ella estos desdenes, que vencida de su
amor, combatida de ellos dio consigo en la cama, dando a los médicos
muy poca seguridad de su vida: porque demás de no comer, ni aun dormir,
no quería que se le hiciese ningún remedio.
Con que tenía puesta a su madre en la mayor tristeza del mundo, que
como discreta, dio en pensar si sería alguna afición el mal de su hija;
y con este pensamiento, obligando con ruegos a una criada de quien doña
Adriana se fiaba, supo el caso, y quiso como cuerda ponerle remedio.
Llamó a su sobrino, y habiéndole dado a entender con lágrimas la pena
que tenía del mal de su hija, y la causa que la tenía en tal estado, le
pidió apretadamente que fuese su marido, pues en toda Baeza no hallaría
casamiento más rico, y ella alcanzaría de su hermano que lo tuviese por
bien.
No quiso don Félix ser causa de la muerte de su prima, ni dar con
una desabrida respuesta pena a su tía. En esta conformidad le dijo,
fiado en el tiempo que había de pasar en venir la dispensación, que lo
tratase con su padre, que como él quisiese lo tendría por bien.
Y entrando a ver a su prima, le llenó el alma de esperanzas, mostrando
su contento en su mejoría, acudiendo a menudo a su casa, que así se lo
pedía su tía; con que doña Adriana cobró entera salud.
Faltaba don Félix a mis visitas por acudir a las de su prima; y yo,
desesperada, maltrataba mis ojos y culpaba su lealtad.
Una noche que quiso satisfacer mis celos, y que por excusar
murmuraciones de los vecinos había facilitado con Sarabia el entrar
dentro, viendo mis lágrimas, mis quejas y sentimientos, como amante
firme e inculpable en mis sospechas, me dio cuenta de todo lo que con
su prima pasaba; enamorado, mas no cuerdo, porque si hasta allí eran
solos temores los míos, desde aquel punto fueron celos declarados. Y
con una cólera de mujer celosa, que no lo pondero poco, le dije que no
me hablase en su vida si no le decía a su prima que era mi esposo, y
que no lo había de ser suyo.
Quise con este enojo irme a mi aposento, y no lo consintió mi amante;
mas amoroso y humilde, me prometió que no pasaría el día que aguardaba
sin obedecerme; que ya lo hubiera hecho, si no fuera por guardarme el
justo decoro.
Y habiéndome dado nuevamente palabra delante del secretario de mis
libertades, le di posesión de mi alma y cuerpo, pareciéndome que así le
tendría más seguro.
Pasó la noche más aprisa que nunca, porque había de seguirle el día
de mis desdichas; para cuya mañana había determinado el médico que
doña Adriana, tomando un acerado jarabe, saliese a hacer ejercicio por
el campo, porque como no podía verse el mal del alma, juzgaba por el
perdido color que era opilaciones.
Y para este tiempo llevaba también mi esposo librado el desengaño de
su amor, y satisfacción de mis celos; porque como un hombre no tiene
más de un cuerpo y un alma, aunque tenga muchos deseos, no puede acudir
a lo uno sin hacer falta a lo otro: y la pasada noche don Félix, por
haberla tenido conmigo, había faltado a su prima; y lo más cierto es
que la fortuna, que guiaba las cosas más a su gusto que a mi provecho,
ordenó que doña Adriana madrugase a tomar su acerada bebida, y saliendo
en compañía de su tía y criadas, la primera estación que hizo fue a
casa de su primo, y entrando en ella con alegría de todos, que le daban
como a un sol el parabién de su venida y salud, se fue con doña Isabel
al cuarto de su hermano, que estaba reposando lo que había perdido
de sueño en sus amorosos empleos, y le empezó delante de su hermana
a pedirle cuenta de haber faltado la noche pasada; a quien don Félix
no satisfizo, mas desengañó de suerte, que en pocas palabras le dio
a entender que se cansaba en vano, porque demás de tener puesta su
voluntad en mí, estaba ya desposado conmigo, y prendas de por medio,
que si no era faltándole la vida, era imposible que faltasen.
Cubrió a estas razones un desmayo los ojos de doña Adriana, que fue
fuerza sacarla de allí, y llevarla a la cama de su prima, la cual
vuelta en sí, disimulando cuanto pudo las lágrimas se despidió de ella,
respondiendo a los consuelos que doña Isabel le daba con grandísima
sequedad y despego.
Llegó a su casa, donde en venganza de su desprecio hizo la mayor
crueldad que se ha visto, consigo misma, con su primo y conmigo: ¡o
celos, qué no haréis, y más si os apoderáis de pecho de mujer! En
lo que dio principio a su furiosa rabia fue en escribir a mi padre
un papel, dándole cuenta de lo que pasaba, diciéndole que velase y
tuviese cuenta con su casa, que había quien le quitaba el honor; y con
esto aguardó la mañana, que tomando su pítima, y dando el papel a un
criado que le llevase a mi padre, ya con el manto puesto para salir a
hacer ejercicio, se llegó a su madre algo más enternecida que su cruel
corazón le daba lugar, y le dijo:
—Madre mía, al campo voy; si volviere, Dios lo sabe. Por su vida,
señora, que me abrace, por si no la volviere a ver.
—Calla, Adriana, dijo alterada su madre, no digas tales disparates,
si no es que tienes gusto de acabarme la vida: ¿por qué no me has de
volver a ver, si ya estás tan buena que ha muchos días que no te he
visto mejor? Vete, hija mía, con Dios, y no aguardes a que entre el sol.
—¿Por qué vuestra merced no me quiere abrazar? —replicó doña Adriana.
Y volviendo (preñados de lágrimas los ojos) las espaldas, llegó a la
puerta de la calle, y apenas salió por ella y dio dos pasos, cuando
arrojando un lastimoso ay, se dejó caer en el suelo.
Acudió su tía, sus criadas y su madre, que venía tras ella, y pensando
que era desmayo, la llevaron a la camilla, llamando al médico para que
hiciese las diligencias posibles; mas no hubo ninguna bastante, por
ser su desmayo eterno; y declarando que era muerta, la desnudaron para
amortajarla, hundiéndose la casa a gritos; y apenas la desabotonaron el
jubón que llevaba puesto cuando entre sus hermosos pechos le hallaron
un papel que ella misma escribía a su madre, en que le decía que ella
propia se había quitado la vida con solimán, que había echado en el
jarabe, porque más quería morir que ver a su ingrato primo en brazos de
otra.
Quien a este punto viera a la triste de su madre, de creer es que se
le partiera el corazón por medio de dolor, porque ya de traspasada no
podía llorar, y más cuando vieron que después de frío el cuerpo, se
puso muy hinchada y negra; porque no solo consideraba el ver muerta a
su hija, sino el haber sido desesperadamente; y así puedes considerar,
Fabio, cuál estaría su casa y la ciudad, y yo que en compañía de doña
Isabel fui a ver este espectáculo, inocente y descuidada de lo que
estaba ordenado contra mí, aunque confusa de ser yo la causa de tal
suceso, porque ya sabía por un papel de mi esposo lo que había pasado
con ella.
No se halló al entierro don Félix, por no irritar al cielo en venganza
de su crueldad, aunque yo lo eché a sentimiento. Enterraron a la
desgraciada y malograda dama, facilitando su riqueza y calidad los
imposibles que pudiera haber, habiéndose ella muerto por sus manos.
Y con esto yo me torné a mi casa, deseando la noche para ver a don
Félix, y apenas eran las nueve, cuando me avisó que ya estaba en su
aposento (pluguiera a Dios le durara su pesar, y no viniera): a mi
parecer se disponía mejor el verle que otras noches, porque aunque mi
padre, estando ya avisado por el papel de doña Adriana, se acostó más
temprano, haciendo recoger a mi hermano y la demás gente, y yo hice lo
mismo por más disimulación, no obstante, ayudado de sus desvelos, y a
pesar de su cuidado, se durmió tan pesadamente, que le duró el sueño
hasta las cuatro de la mañana.
Yo, como le vi dormido, me levanté, y descalza, con solo un faldellín,
me fui a los brazos de mi esposo, y en ellos procuré quitarle con
caricias y ruegos el pesar que tenía, tratando con admiraciones el
suceso de doña Adriana.
Estaba Sarabia sentado en la escalera por espía de mis travesuras,
a tiempo que mi padre despavorido despertó, y levantándose fue a mi
cama, y como no me hallase tomó un pistolete y su espada, y llamando a
mi hermano, le dio cuenta del caso; mas no pudieron hacerlo con tanto
silencio, que una perrilla que había en casa no avisase con voces a mi
criado, el cual escuchando atento, oyó pasos, llegó a nosotros, y nos
dijo que si queríamos vivir le siguiésemos, porque éramos sentidos.
Hicímoslo así, aunque muy turbados, y antes que mi padre tuviese lugar
de bajar la escalera, ya los tres estábamos en la calle y la puerta
cerrada por defuera, que esta astucia me enseñó mi necesidad.
Considérame, Fabio, con solo un faldellín de damasco, y descalza,
porque de esta suerte había bajado la escalera a verme con mi deseado
dueño, el cual con la mayor prisa que pudo me llevó al convento donde
estaban sus tías, siendo ya de día; llamó a la portería, y entrando
dentro al torno, dándoles cuenta del suceso, en menos de una hora me
hallé detrás de una reja, llena de lágrimas y cercada de confusión,
aunque don Félix me alentaba cuanto podía, y sus tías me consolaban,
asegurándome todas el buen suceso, pues, pasada la cólera, tendría mi
padre por bien el casamiento.
Y por si le quisiesen pedir a don Félix el escalamiento de la casa, se
quedó retraído él y Sarabia en el mismo monasterio, en una sala que
para su estancia mandaron aderezar sus tías, desde donde avisó a su
padre y hermana el suceso de sus amores.
Su padre, que ya por las señas se imaginaba que me quería, y no le
pesaba de ello, por conocer que en Baeza no podría su hijo hallar
más principal ni rico casamiento, pareciéndole que todo vendría a
parar en ser mi marido, fue luego a verme en compañía de doña Isabel,
que proveída de vestidos y joyas que supliesen la falta de las mías,
mientras se hacían otras, llegó donde yo estaba, dándome mil consuelos
y esperanzas.
Esto pasaba por mí, mientras mi padre, ofendido de acción tan
escandalosa, como era haberme salido de su casa, si bien lo fuera
más si yo aguardara su furia, pues por lo menos me costaría la vida,
remitió su venganza a sus manos (acción noble) sin querer por la
justicia hacer ninguna diligencia ni más alboroto, ni más sentimiento
que si no le hubiera faltado la mejor joya de su casa y la mejor prenda
de su honra.
Y con este propósito honrado puso espías a don Félix, de suerte que
hasta sus intentos no se le encubrían.
Y antes de muchos días halló la ocasión que buscaba, aunque con tan
poca suerte como las demás, por estar hasta entonces la fortuna de
parte de don Félix, el cual una noche, cansado ya de su resolución, y
estando cierto que yo estaba recogida en mi celda con sus tías, que me
querían como hija, venciendo con dineros la facilidad de un mozo que
tenía las llaves de la puerta de la casa, le pidió que le dejase salir,
que quería llegar hasta la de su padre, que no estaba lejos, que luego
daría la vuelta.
Hízolo el poco fiel guardador, previniéndole su peligro: y él
facilitándolo todo, lleno de armas y galas salió, y apenas puso los
pies en la calle, cuando dieron con él mi padre y hermano, las espadas
desnudas, que hechos vigilantes espías de su opinión, no dormían sino a
las puertas del convento.
Era mi hermano muy atrevido, cuanto don Félix prudente, causa porque a
la primera ida y venida de las espadas le atravesó don Félix la suya
por el pecho, y sin tener lugar ni aun de llamar a Dios, cayó en el
suelo de todo punto muerto.
El mozo que tenía las llaves, como aún no había cerrado la puerta, por
ser todo en un instante, recogió a don Félix antes que mi padre ni la
justicia pudiesen hacer las diligencias que les tocaba.
Vino el día, súpose el caso, diose sepultura al malogrado; y yo
ignorante del caso salí a un locutorio a ver a doña Isabel que me
estaba aguardando llena de lágrimas y sentimientos, porque pensaba
ella, siendo yo mujer de su hermano, serlo del mío, a quien amó
tiernamente. Prevínome del suceso y de la ausencia que don Félix quería
hacer de Baeza y de toda España, porque se decía que el corregidor
trataba de sacarle de la iglesia mientras venía un alcalde de la corte,
por quien se había enviado a toda prisa.
Considera, Fabio, mis lágrimas con tan tristes nuevas, que fue mucho no
costarme la vida, y más viendo que aquella misma noche había de ser la
partida de mi querido dueño a Flandes, refugio de delincuentes y seguro
de desdichados; como lo hizo, dejando orden para mi regalo y cuidado a
su padre, y de amansar las partes y negociar su vuelta.
Con esto, por una puerta falsa que se mandaba por la estancia de las
monjas, y no se abría sino con licencia del vicario y abadesa, salió
dejándome en los brazos de su tía, casi muerta, donde me trasladó
de los suyos por no aguardar a más ternezas, tomando el camino de
Barcelona, donde estaban las galeras que habían traído las compañías
que para la expulsión de los moriscos había mandado venir la majestad
de Felipe III, y aguardaban al excelentísimo don Pedro Fernández de
Castro, conde de Lemos, que iba a ser virrey y capitán general del
reino de Nápoles.