Los cinco vascos nos conocíamos unos a otros como si fuéramos hermanos.

Cada cual tenía su vicio; Burni era glotón y brutal; Albizu no pensaba

más que en la elegancia y en las mujeres; y cuando llegaba a un puerto

se gastaba el dinero con ellas. Era el único que tenía la moral de un

negrero o de un pirata. Le gustaba divertirse. Los demás éramos unos

farsantes. Arraitz era jugador. Siempre estaba haciendo proyectos

mientras miraba vagamente el humo de su pipa. Arraitz se jugaba las

pestañas, y cuando no podía jugar, apostaba. Tenía muy mala suerte y era

muy supersticioso. Llevaba una porción de escapularios y de medallitas,

y era bastante inocente para creer que estos pedacitos de tela y de

latón le iban a preservar de la desgracia.

A Burni le llamábamos _Tripa triste_, porque siempre se quejaba de no sé

qué melancolía que le daba en el estómago cuando no comía bastante.

El enamorado Albizu era hombre de mucha fuerza y muy nervioso, flaco,

alto, seco; tenía unos dedos de hierro. El capitán le temía y no le

dejaba andar con nada delicado, porque lo rompía.

Zaldumbide no quería que nos hiciéramos amigos de los marineros. Los

cinco vascos éramos bastante odiados por la tripulación. Nosotros

teníamos un perro de lanas blanco, que alimentábamos, y la marinería

otro. Los dos perros se detestaban. El equipaje se hallaba dividido en

dos bandos: el de los holandeses y el de los portugueses.

De esta gente no se sabe cuál es peor, los unos son una canalla rubia y

los otros una canalla morena. El más inocente de aquéllos tenía unas

cuantas muertes sobre la conciencia. En el rancho del sollado reñían a

todas horas unos contra otros. Muchas veces había algún muerto. Lo

echábamos al mar y seguíamos adelante.

Dirigía a los holandeses Ryp, el cocinero de _El Dragón_, un hombre que

tenía todo el cuerpo tatuado con la figura de los barcos en donde había

servido.

Ryp Timmermans, el cocinero, poseía un estómago que era una

especialidad; bebía lo mismo alcohol puro que petróleo, aguarrás o

tinta; rompía las monedas con los dientes, y hasta rompía el cristal.

Cosa que él agarrara con los dientes no había manera de quitársela.

Ryp Timmermans tenía como pinche un chino, el chino Bernardo; un chino

rubio que se dedicaba a cazar todas las ratas del barco y a comérselas.

El jefe de los portugueses era un mestizo de indio, lacrimoso y sucio,

que hacía de intérprete, y se llamaba Silva Coelho.

El contramaestre, Old Sam, muchas veces no podía sujetar aquella gente y

buscaba el auxilio del capitán. Entonces íbamos nosotros a restablecer

el orden; pero, si se juntaban los dos bandos, teníamos que retirarnos a

popa y algunas veces meternos en la cámara y cerrar la escotilla, sacar

los rifles y prepararnos para la defensa.

En estas condiciones solíamos navegar a la buena de Dios; la

tripulación, borracha, no hacía caso de los silbidos del contramaestre,

y marchábamos expuestos a chocar con otro barco o con algún bajo

cualquiera. Zaldumbide tenía el procedimiento de hacer como que no se

enteraba de lo que pasaba cuando no podía dominar la situación.

Old Sam era un desertor de la marina inglesa, hombre inteligente y

práctico. Tenía unos cincuenta años. Vestía marsellés y una gorra de

pelo y llevaba el pito de plata, pendiente de un cordón de seda negro,

enlazado en el ojal de la chaqueta.

Franz Nissen, el timonel, era el que no abandonaba nunca la rueda del

timón. Era un viejo ex presidiario que no hablaba con nadie ni se

mezclaba en nada. Tenía bastante con sus recuerdos. Él y Old Sam eran

los únicos a quienes el capitán pagaba con exactitud la soldada.

Nissen nos salvó de muchos peligros.

Nosotros, la cuadrilla de vascos, ya habituados a aquella vida extraña e

indiferentes a todo cuanto pasaba a nuestro alrededor, nos poníamos a

jugar a la manilla o al truque nuestros ahorros. Solíamos tener

discusiones interminables por las cosas más tontas; por ejemplo: cuál de

nuestros pueblos era mejor, y llegábamos hasta contar las casas que

había en cada uno.

Un reloj inglés que teníamos en la cámara nos acompañaba en nuestro

encierro, dando las horas con campanadas muy agudas.

Gracias a que holandeses y portugueses se odiaban, podíamos dominarlos

nosotros. De los cinco vascos, cuatro éramos relativamente buenas

personas; pero el teniente Ugarte, no. Este era endemoniado, malo,

atrabiliario.

El capitán Zaldumbide le conocía, y como mandaba en dueño absoluto y

allí no se guardaban más jerarquías que la suya, nos dijo varias veces

en vascuence delante del piloto:

--Este es un perro. Cuando estéis entre los demás, respetadle como

teniente; pero si aquí os molesta, os autorizo para que le deis una

buena.

Se siguió el consejo, y un día Arraitz le calentó las costillas para una

temporada.

Como éramos la parte más tranquila de la tripulación, se hizo amigo

nuestro un irlandés, Patricio Allen. Era un buen muchacho, grandullón,

con los ojos azules y el pelo de color rojo, pesado, pero excelente

persona. Tenía una buena voz, pero nos aburría tocando cosas tristes con

su acordeón. Yo no sé cómo demonio sacaba unos sonidos tan lamentables y

tan melancólicos a su fuelle. Casi el ruido más alegre de su instrumento

era cuando le faltaba una nota, y parecía tener un ataque de asma. Sólo

oyendo a Allen se sentía uno desgraciado, como si el mar, el viento, la

soledad y la niebla se echaran sobre uno y lo acogotaran.

El español don José era simpático y formaba en el partido de los

holandeses. Era generoso, hidalgo, hombre de palabra; no tenía más

defecto que el de ser ladrón. Decía que nada era comparable con la

emoción de robar. Él nunca había robado por el valor de las cosas, sino

por sentir la deliciosa impresión del acto. Había recibido una educación

cristiana, según decía. Era hijo de un canónigo de la catedral de

Toledo.

Don José había trabajado en casi todos los puntos de España y de sus

Indias después, encontrando pequeña su patria para su gloria, había ido

a otros países, hasta que, viéndose perseguido, tuvo que meterse en el

barco negrero, cosa que le repugnaba profundamente por sus sentimientos

de humanidad.

Don José consideraba como su obra maestra un robo que hizo en una

iglesia de un pueblo de América, de la que se llevó una custodia, varios

cálices y coronas. Después de verificar esta bella sustracción con una

maravillosa habilidad, don José llamó en casa del juez, denunció el

hecho, dió una pista falsa y se fué del pueblo sin que nadie le

molestara.

Cuando se le preguntaba si, como hombre religioso, no sentía

remordimientos por este robo, decía que no, porque lo había hecho con

reservas mentales y sentido un gran propósito de enmienda.

Otros dos tipos curiosos teníamos en el barco: el médico Ewaldus

Hollenkind, a quien nosotros llamábamos el doctor Cornelius, y el

pequeño Tommy, el grumete.

El doctor Cornelius era un hombre rechoncho, algo jorobado, triste y

desagradable. Tenía barbuchas amarillas y deshilachadas, la expresión

suspicaz y un color de manteca de Flandes. Decían que era judío. Llevaba

una bata vieja y una gorra de pelo. El maestro Ewaldus tenía en su

cuarto libros en todos los idiomas y hablaba muchas veces solo consigo

mismo en latín. El vasco no lo sabía; alguna vez quiso que le

explicáramos el significado de las palabras; pero como no nos era

simpático, le decíamos mentiras.

El doctor Cornelius, si no era brujo, le faltaba poco. Calculaba la

cantidad de aire que necesitaban los negros para respirar en la bodega;

estudiaba el mar, y, según se decía, estaba haciendo una obra

describiendo los distintos fondos.

Algunos aseguraban que el doctor Cornelius era tan sabio, que a unos

indios les había convertido en negros para venderlos después; pero otros

decían que lo único que había hecho era teñirles la piel con una mezcla

de alquitrán, sebo y nuez vómica.

El doctor Cornelius tenía un sistema extraño de espionaje en el barco.

Se enteraba de todo, no sé por qué medios. Era como una de esas arañas

panzudas que están en su agujero, pero que, cuando sienten la tela que

se mueve, salen en seguida a devorar la presa.

El doctor Cornelius curaba por la homeopatía, procedimiento que él

llamaba el Sistema de L'Homme du Coq (el sistema del hombre del gallo).

No comprendía el por qué de la frase, hasta que él mismo me dijo que la

homeopatía la había inventado un señor Hahnemann, que en alemán quiere

decir el Hombre del Gallo.

Constantemente repetía un latinajo que, si no recuerdo mal, era _similia

similibus curantur_, lo que yo, en verdad, no sé qué quiere decir; pero

cuando algún marinero se quejaba al capitán de una paliza, él le

aconsejaba que le diera otra; si se quejaba de falta de dinero, que le

quitase el sueldo. Siempre con el sistema del Hombre del Gallo.

A aquel pajarraco de mal agüero todo el mundo le odiaba. Su único amigo

era un gato negro, Belzebuth, con el que andaba por todas partes

llevándolo en el hombro.

Así como el doctor Cornelius era la bestia negra del barco, un

_jettator_, como dicen los italianos, o un Jonas, como dicen los

ingleses, Tommy, el grumete, era _la mascota_. A este muchacho se lo

habían encontrado en _El Dragón_ un día a bordo, al pasar por Santa

Elena. ¿De dónde era? ¿De dónde venía? Nadie se lo preguntó. Dijo

llamarse Tom, y como era pequeño, todo el mundo empezó a decirle Tommy.

Le quisieron hacer limpiar las botas de los marineros, él se negó; le

quisieron pegar, y él corrió como una ardilla a esconderse, y al día

siguiente le hinchó un ojo a uno de sus perseguidores, y al otro día le

derramó una caldera de agua hirviendo a los pies a otro.

En poco tiempo Tommy se impuso. No quería trabajar y trataba con un

desprecio profundo a la marinería. Era un ejemplo de lo que puede el

convencimiento de la propia fuerza aun entre gente bestial. Tommy se

reía de nosotros; hasta la campana la tocaba de una manera burlona,

haciendo un tin-tan endemoniado.

Como Tommy no hacía nada, todos los trabajos del barco iban a dos pobres

muchachos, el uno portugués y el otro bretón, a quienes aquellos

bárbaros de marineros trataban a golpes.

Zaldumbide mismo le miró a Tom con simpatía. Tommy era un clown, un

verdadero diablo. Se había ganado la independencia, y fuera de tocar la

campana para renovar las guardias, lo que hacía de la manera más

escandalosa e impertinente que puede suponerse, no trabajaba nada. En

cambio, educaba a nuestro perro y a la mona Mari-Zancos, a la alta

escuela.

Little Tommy hacía juegos malabares con Demóstenes, el negro, y con

Chim, el malayo. Chim y Tommy representaban con frecuencia una parodia

de Guillermo Tell. Chim sabía jugar con los cuchillos con una gran

habilidad. Tommy se ponía delante de la puerta de la cocina con una

manzana en la cabeza. Chim le tiraba un cuchillo y, después de atravesar

la manzana, lo dejaba clavado en la puerta. Entonces Tommy extendía la

mano, arrancaba el cuchillo, y se comía la manzana entre las carcajadas

de todos.

El diablo del chico, cuando se ponía de malhumor, iba a la cofa de un

palo y allí estaba hasta que se le pasaba la murria, y volvía más alegre

que antes.

Otro de los personajes importantes del barco era Poll. Poll era un loro

inglés; lo habían robado una noche Old Sam y un amigo suyo en el

Consulado de Inglaterra de un pueblo del Brasil. Poll, en vez de decir:

_¡Bonjour Jacquot!_ o _¡Lorito real!_, como hubiese dicho siendo francés

o español, gritaba:

_¡Scratch Poll! ¡Scratch poor Polly!_

y ponía la cabeza entre la reja de la jaula para que se le rascara.

Belzebuth, el gato negro del doctor Cornelius, tenía un odio feroz a

Poll, y dos o tres veces estuvo a punto de matarlo.

Tommy solía entretenerse en hacer rabiar al pajarraco. Le echaba humo de

tabaco, le llamaba y solía poner entre los barrotes de la jaula un trozo

de madera, como si fuese el dedo, y Poll, que era rencoroso, se echaba

sobre él y le daba un picotazo con su pico fuerte, y cuando se

encontraba que no tenía presa, se recogía, burlado y huraño, ante las

carcajadas del pillo del grumete...

Con esta tropa salíamos de Amsterdam en mayo, pasábamos en junio a la

altura de las Canarias y cruzábamos por delante de las islas de Cabo

Verde.

Aquí nos deteníamos para la aguada y nos acercábamos a las costas de

África. Solíamos ver en el viaje barcos que iban a la India, fragatas y

bergantines; pero en aquella época la cordialidad marítima no era muy

grande. Se temía el encuentro de barcos piratas, y los negreros, que

eran muchos en aquellas costas, huían de todo buque, temiendo encontrar

en cada uno un crucero inglés.

Llegábamos a la costa de Angola; allí había agentes de todas las

nacionalidades, sobre todo americanos y portugueses. Estos se metían

entre los reyezuelos y jefes de tribu y hacían negocio. A cambio de los

negros daban fusiles, pólvora, instrumentos de hierro y brazaletes de

latón y de cristal.

Embarcábamos doscientos o doscientos cincuenta negros entre hombres,

mujeres y chicos, y aprovechando los alisios del sudeste, íbamos casi

siempre al Brasil. Allí vendíamos el saldo entero. Luego, el comerciante

negociaba al por menor. Los hombres valían de mil pesetas hasta cinco

mil; los niños, veinticinco duros antes de bautizar y cincuenta después;

las mujeres se vendían a precios convencionales.

Zaldumbide no regateaba fusiles ni pólvora para adquirir un buen género.

A él no le daban un anciano venerable por un hombre joven, aunque

estuviese teñido, ni un hombre con una hernia por un individuo bien

organizado.

Él, con el doctor Cornelius, miraba los dientes de los negros, estudiaba

los músculos y las articulaciones; veía si tenían hinchado el vientre.

--Cuando yo doy un negro, un buen negro por mil duros, es que es una

cosa excelente--decía Zaldumbide--; y añadía--: Ante todo la seriedad

comercial.

El género femenino de color no le gustaba al capitán, quizá por razones

de moralidad.

Zaldumbide no era partidario de maltratar ni de pegar siquiera a los

negros, no por nada, sino por no estropearlos.

Los demás capitanes negreros trataban a _fuetazos_ a sus negros. Estos

_fuetazos_ no eran más que el ligero prólogo de los que les darían

después los bandidos de América. Hay que reconocer, en honor de la bella

Francia, que los negreros franceses debieron dejar atrás a los demás en

el arte de desollar negros, porque incrustaron en el lenguaje de las

colonias el nombre del látigo francés, lo impusieron, y a todas partes

donde había negros llevaron triunfante el _fouet_.

Bien es verdad que, a cambio de esa pequeña molestia de arrancar a los

negros algunas piltrafas insignificantes de carne, se les bautizaba, y

eso salían ganando.

Zaldumbide era el San Francisco de Asís de los negros. No los tenía a

todos en la misma cámara, sino en cuatro grandes cuadras, hechas con

mamparos; les ponía camas de paja y les sacaba sobre cubierta para

airearlos y lavarlos.

--Es una mercancía delicada--solía decir.

No era el capitán de los que consideran que para cumplir como un buen

negrero hay que maltratar al ganado humano. Prefería matar a un marinero

que a un negro. Varias veces le reprocharon esto, y él contestaba:

--¡Qué imbéciles! ¿Cómo quiere compararse un marinero con un negro? Un

marinero no vale nada; lo reemplazo con otro en cualquier parte. Un

negro puede valerme mil duros.

Con nosotros no tenían gran cosa que hacer los tiburones; otros barcos

negreros, que hacinaban los bultos de ébano en la bodega, en malas

condiciones, iban teniéndolos que echar al agua a que sirvieran de pasto

a los tiburones; nosotros, no; hubo viaje en que no murió ninguno.

Zaldumbide era muy político; cuando bajaba a tierra a visitar al rey

Badegú o al mariscal Taparrabo, les rogaba que mandasen azotar a los

negros que iban a vender. Los otros lo hacían sin ningún inconveniente.

Después, Zaldumbide, al tenerlos en el barco, les hablaba, porque sabía

algo del bantú y del mandingo, y les decía, en aquella infame algarabía

negra, que les iba a llevar a un país en donde no harían más que tomar

el sol y comer habichuelas con tocino. Los negros quedaban encantados.

No les alimentaba con mijo y manteca de palma, como los demás negreros;

sino que les daba pescado ahumado, habichuelas y miel. Los alimentaba

mejor que a los marineros. No había sublevaciones; al revés, había negro

que, salido de la prisión, al verse en el barco con cierta libertad y

sin ser golpeado, consideraba al capitán como a un bienhechor. El

farsante del vasco sonreía dulcemente. En aquellos momentos se

consideraba el San Juan de Dios de los negros. Era un canalla pintoresco

y simpático aquel Zaldumbide. ¡Lástima de hombre! Tenía grandes

condiciones de previsor y de organizador.

En otros barcos negreros solían hacer bailar a los negros el baile de

homba, y, cuando no querían, les instaban a zarandearse a _fuetazos_.

Allí, no. Zaldumbide contaba con Tommy, que era el gracioso. Se sacaban

cincuenta negros, se les ponía en círculo, y Tommy hacía saltar a

Mari-Zancos, vestida de rojo, y a nuestro perro le hacía pasar por un

aro. Luego, cuando el pequeño Tommy venía con un sombrero de copa hasta

las orejas y la nariz pintada de encarnado, andando con las piernas para

adentro; cuando imitaba al capitán y al doctor Cornelius, entonces los

negros comenzaban a reír, enseñando los dientes y soltando la quijada

hasta el punto de que Tommy solía empujarles la mandíbula con cuidado

para que la cerraran. Después se sacaba la bomba, que era un tonel con

una piel estirada, en donde se tocaba con las manos como en un tam-tam,

y bailaban los negros. Tom les enseñaba las más extraordinarias jigas de

todo el Reino Unido. El negro es un inocente, e iba así en el barco

entretenido, sin ganas de sublevarse.

Solíamos estar en el Brasil una temporada. El capitán nos daba algún

dinero, que gastábamos alegremente, y cuando no nos quedaba un cuarto,

íbamos todos volviendo a _El Dragón_.

No se podían hacer expediciones tan frecuentes como nosotros hubiéramos

querido; primero, no había siempre negros que llevar, y luego era

indispensable tener mucho cuidado con la limpieza. Si se descuidaba la

bodega, se armaba una peste que no se podía vivir.

Por dentro y por fuera teníamos que limpiar el barco casi continuamente.

Por fuera lo fregábamos todas las semanas, y cuando recalábamos en

alguna bahía conocida por el capitán, lo primero que hacíamos era raspar

los fondos para quitarles algas, hierbas y escaramujos que,

principalmente en los mares tropicales, se adhieren en tal cantidad que

dejan los fondos como una selva. Cuando no teníamos mucho tiempo ni gran

seguridad, avanzábamos sobre un banco de arena, en la marea alta, y en

la baja, cuando se retiraba el agua, limpiábamos con una escoba de brezo

lo que se podía.

A veces traíamos los fondos lavados y nos encontrábamos que, después de

un largo viaje, el cobre de la quilla y de las partes próximas estaba

limpio como el oro; otras veces, en cambio, se hallaba cubierto de algas

y había que limpiarlo.

Si contábamos con tiempo, buscábamos un sitio tranquilo y desierto,

hasta encontrar un buen agarradero para anclas. Sacábamos la ballenera y

el bote, los anclábamos, los uníamos con tablones, formando una balsa, y

a ésta la lastrábamos con los cañones. Luego fijábamos en la balsa una

polea, atábamos una amarra a la primera cofa del palo mayor, y a proa y

a popa echábamos dos anclas.

Después, al mismo tiempo, con los cabrestantes empezábamos a estirar las

amarras atadas al palo mayor y a las dos anclas, hasta conseguir que el

barco se tumbase por una banda y descubriera la quilla.

Antes había que calafatear las aberturas de un lado, para que no entrase

el agua. Poníamos unos andamios, raspábamos toda la parte descubierta y

volvíamos a torcer el casco al lado contrario y a rasparlo.

Todas las precauciones eran pocas para poder huir rápidamente, en caso

de ser perseguidos.

[Ilustración]

V

LOS DOS TRISTANES

Llevaba ya varios años en _El Dragón_, pensando algunas veces abandonar

aquella vida.

La tripulación cambiaba constantemente; nosotros los vascos, en un

período largo seguimos siendo los mismos, hasta que en uno de los viajes

se fué Ugarte, el piloto, y lo sustituyó otro, con el mismo nombre y

apellido.

En barcos como aquél no había que fiarse de los nombres ni pedir los

papeles a nadie. Cada cual se llamaba como le parecía; yo mismo cambié

de nombre; no quería que, si me llegaban a ahorcar, el apellido de mi

padre saliera a la vergüenza pública.

Entró el nuevo Tristán en Batavia, adonde habíamos ido a desembarcar

unos negros. No era el nuevo piloto un canalla, como el anterior,

insolente y envidioso; parecía, sí, un poco sombrío y triste. Había

navegado en barcos de buenas Compañías; pero se le había muerto la

mujer, según dijo, y estaba desesperado, deseando vivir a la ventura

para olvidar sus tristezas.

El nuevo Tristán calculaba los errores de la estima por las

observaciones del sextante; tomaba la altura del sol, y en unas tablas

hacía sus comprobaciones para encontrar la altura y la latitud.

Zaldumbide, que conocía bien a la gente, le trataba con gran

consideración, y el piloto y el capitán se reemplazaban en las guardias,

como iguales.

El tal Tristán, o como se llamara, no nos dió suerte; desde que entró en

_El Dragón_ no hicimos un viaje feliz. Del estrecho de la Sonda fuimos a

Mozambique, y fondeamos cerca de Quelimane, en una ría conocida por el

capitán.

El nuevo piloto quería presenciar el embarque de negros. Solíamos llevar

las luces roja y verde reglamentarias, y al acercarnos a tierra se

ponía un farol grande de luz blanca en el palo de proa.

Un centinela se colocaba en el bauprés y avisaba cuando veía brillar un

fanal rojo.

Al momento, el intérprete, el doctor Cornelius y Zaldumbide iban a

tierra con la chalupa. En la factoría les esperaba el agente.

_El Dragón_ entraba en el río despacio, navegando sólo con las velas

triangulares del foque y alguna del palo de proa.

Al meternos en el río preparábamos las cuatro anclas. Al mismo tiempo yo

me dedicaba a sondar. Llenaba el agujero de la gruesa bala de sebo, le

daba vueltas en el aire como una honda y la despedía lo más lejos

posible. Luego le decía al piloto las brazas con que contábamos.

--¿Qué fondo tenemos?--preguntaba él.

Yo sacaba la sonda para que viese si era arena, fango, trozos de coral o

de concha.

Cuando el fondo disminuía, el contramaestre subía al castillo de proa, y

quedaba de guardia con el martillo en la mano, esperando la orden para

dejar caer el ancla.

--¡Fondo!--gritaba el piloto.

Old Sam daba un martillazo a la palomilla de hierro que sujetaba el

ancla de proa, y poco después se echaban las otras tres y quedaba el

barco inmóvil.

El nuevo Tristán y yo presenciamos el embarque, el primero que hicimos

con este piloto. Sin duda, el surtido de ébano se había agotado en

aquella parte de África, porque no pudieron traer más que veinte o

treinta negros encadenados. ¡Y qué personal! Viejos, tiñosos, ulcerados:

un espectáculo horrible.

El doctor Cornelius se encargó de ellos para ver si los dejaba

presentables. Enderezamos el rumbo hacia el Cabo de Buena Esperanza, y

con unos días borrascosos, luchando con la corriente del Cabo de las

Agujas, pasamos al Atlántico, y tras de muchas penalidades llegamos a

Angola y fondeamos en la Bahía de los Elefantes, nuestro puerto de

refugio.

De los veinte o treinta negros tomados en Mozambique habían muerto y

servido de pasto a los tiburones más de la mitad.

Esperamos en la Bahía de los Elefantes una larga temporada. Se decía que

uno de los reyezuelos del interior iba a hacer una _razzia_ y a traer

cientos de esclavos.

Después de aguardar cerca de un mes, no pudimos embarcar más que quince

o veinte negros, otras tantas negras y unos cuantos chiquillos. Era una

miseria. El capitán estaba desesperado, la tripulación se revolvía

furiosa; el único indiferente era el nuevo piloto, a quien no importaba

sin duda la ganancia gran cosa.

Con un cargamento tan ligero subimos hacia el norte con los alisios,

teniendo que echar varias veces algunos viejos negros al mar para regalo

de los tiburones, y, al pasar cerca de la isla de la Ascensión,

estuvimos a pique de ser cazados por un crucero inglés.

Los viajes de _El Dragón_ tomaban un nuevo aspecto. Según algunos

marineros, el doctor Cornelius había echado la maldición al barco.

Llegamos al Brasil, dejamos la carroña que llevábamos y volvimos al

África. Los mercados estaban vacíos. Ni mandingos, ni congoleses, ni

uolofs, ni bantús ni lucumíes se encontraban por ninguna parte. Sin

duda, el comercio de negros atravesaba una crisis, y al capitán le

ordenaron que fuera a Batavia a recibir nuevas órdenes.

Las inquietudes de Shanti Andía · 第 11 / 20 段