pecuniario alguno. Tardamos cuatro meses en llegar al estrecho de la
Sonda. Lo atravesamos, y llegamos a Batavia.
Entonces, no sé si ahora pasará lo mismo, la gente se moría en aquellos
parajes como chinches. Nosotros tuvimos en la tripulación varias
defunciones por fiebres.
El capitán y el doctor Cornelius conferenciaron con los representantes
de la Compañía, y por la noche se nos anunció que zarpábamos para China.
Teníamos que recoger trabajadores _coolíes_ chinos, cerca de la colonia
portuguesa de Macao, y conducirlos a América. Silva el portugués era el
encargado de llevar a cabo estas negociaciones.
Llegamos a las aguas de China. Hacía un calor bestial; todos teníamos
que andar casi desnudos. Nos acercamos a tierra. Se veía una costa
pantanosa verde, y la desembocadura de un río a lo lejos. El capitán, el
doctor Cornelius y Silva Coelho fueron a tierra. Luego supimos que
íbamos a llevar a América trescientos chinos, más cincuenta barriles de
opio. El opio valía entonces una enormidad. Cada libra se pagaba a
cuatro y cinco libras esterlinas.
El capitán quería desquitarse a toda costa. Había calculado la cantidad
de agua necesaria para el viaje; pero estos cálculos en barcos de vela,
como usted sabe, no tienen mucho valor.
El Pacífico es muy grande, el viaje largo; éramos demasiada gente y el
agua nos había de perder.
Por la noche comenzó el embarque de los chinos. Venían en unas canoas de
dos velas de esteras que allí llaman tancales; se acercaban al barco e
iban subiendo por la escala, entrando por el portalón y desapareciendo
por la escotilla de la bodega.
La ballenera nuestra fué y vino varias veces. Por la noche entraban los
trescientos chinos en el barco.
--¿Cuándo salimos?--preguntó Ugarte.
--En seguida; cuando haya viento--contestó el capitán.
El piloto mandó la maniobra. Salió el bote para levar el ancla, el
cabrestante comenzó a chirriar para levantarla, las velas se tendieron
en los palos, y unos momentos después zarpábamos con viento fresco.
Al pasar a la altura de Cabo Engaño recogimos al antiguo piloto Ugarte,
que había salido en un junco a nuestro paso. Ugarte, por lo que dijo,
había vivido en Filipinas, y estaba aburrido de aquello y quería
marcharse a América.
Tristán, el antiguo, se encontraba muy cambiado; tenía una cicatriz
reciente, roja aún, en la cara, que le cogía desde la ceja de un lado
hasta la comisura de la boca del otro, cortándole el labio superior.
Nuestro antiguo piloto bebía el _brandy_ como si fuera agua.
Algún motivo de enemistad debía existir entre los dos Tristanes, porque
el de la cicatriz, como le llamábamos al antiguo piloto, parecía buscar
las ocasiones para herir y molestar a su sustituto.
VI
LA SUBLEVACIÓN
El viaje por el Pacífico es, como usted sabe, de una monotonía terrible.
En general, muy al sur, los vientos son constantes, y hay grandes
facilidades para la navegación a vela; pero nosotros teníamos que
recorrer cientos de millas para alcanzar los vientos alisios.
Salimos en marzo, y tardamos muchísimo en salir del mar de la China y
pasar la Línea.
Llevábamos un mes de navegación, esperando en la calma ecuatorial la
monzón del sudeste, cuando el capitán tuvo que mandar acortar la ración
de agua. Afortunadamente, en la isla de San Agustín pudimos hacer la
aguada y seguir adelante.
El piloto aconsejó al capitán que desembarcara algunos chinos; podía
volver a ocurrir el mismo conflicto con el agua. La travesía del
Pacífico no sabíamos lo que nos reservaba. Zaldumbide veía únicamente la
manera de desquitarse de sus pérdidas anteriores, y dijo:
--Si nos molestan los chinos, los echaremos al agua.
Zaldumbide no tenía ninguna simpatía por los celestes, y se le había
ocurrido que era más cómodo, en caso de necesidad, en vez de echar agua
a los chinos, echar los chinos al agua.
Tres semanas después quedamos entre el Ecuador y el trópico de
Capricornio en una calma chicha. Estábamos a unas cincuenta millas de la
isla de la Sociedad. Hacía un calor espantoso; el cielo ardía
implacable, sin una nube, como una cúpula roja; no se movía ni una
brizna de viento; las velas, desinfladas, caían a lo largo de los palos;
el mar, como un cristal fundido, reverberaba una claridad tan cruel que
le dejaba a uno como ciego.
En la cubierta, la brea se derretía; los pies se nos quedaban pegados;
hacía un vaho de calor imposible de resistir. La piel y la garganta las
teníamos abrasadas. Algunos marineros se desmayaban tendidos por los
rincones; otros se ponían como locos; el sol mordía la piel de estos
desdichados.
Los chinos se ahogaban en la bodega y comenzaron a pedir agua a grandes
voces; se asfixiaban. El capitán dijo que no había agua, y nos mandó a
nosotros quitar las bombas de mano que sacaban el agua de los aljibes.
Al hacerlo comprendimos que la tripulación estaba alborotada; pudimos
retirar las bombas sin que nos atacaran. Los marineros fueron a ver al
capitán enardecidos, como locos, con los ojos inyectados, fuera de las
órbitas. El capitán repitió varias veces que no había agua, que se
contentaran con la media ración. Dicho esto se sentó cerca de la
ballenera a charlar con el doctor Cornelius.
Al anochecer, los vascos salimos a respirar sobre cubierta aquel aire
tórrido. El mar se extendía incendiado, como un metal incandescente. Lo
contemplábamos con una enorme desesperación cuando vino Arraitz, uno de
los nuestros, corriendo a decirnos que el chino Bernardo había abierto
la escotilla de la bodega a los _coolíes_, y que salían todos
sublevados. El capitán y el médico estaban hablando sentados los dos en
sillas de lona al socaire de la ballenera, y no vieron a los marineros y
a los chinos que avanzaban por el otro lado de la lancha grande.
Les avisamos con un grito; Zaldumbide agarró el rebenque y se lanzó
hacia proa repartiendo chicotazos a derecha y a izquierda. Nosotros le
seguimos, creyendo que dominaría el tumulto; pero, al llegar él solo
hasta unas cubas que había delante de la cocina, uno de los marineros le
tiró el cuchillo, con tal acierto, que se lo clavó en la garganta.
El capitán cayó en medio de aquella turba; la tripulación entera se echó
sobre nosotros como perros y, gracias a que el piloto tenía la puerta de
la sobrecámara abierta, pudimos refugiarnos allá y salvarnos.
Quedamos dentro los vascos y el timonel. Al doctor Cornelius lo habían
atrapado, y seguramente estaban dando cuenta de él en aquel momento.
Tristán, el de la cicatriz, debía haber hecho causa común con los
sublevados.
Los marineros y chinos no se preocuparon al principio de nosotros;
pusieron las bombas y estuvieron bebiendo hasta hartarse.
Pasado el primer momento de pánico, nos aprestamos a defendernos. Como
he dicho, la sobrecámara de la toldilla tenía una trampa que daba a la
cámara del capitán; por ella bajamos nosotros y cerramos la puerta de
nuestra cámara, donde solíamos dormir los vascos. Quedamos
incomunicados. En seguida el piloto nos mandó encender la linterna de la
Santa Bárbara, bajamos al pañol de las armas y de la pólvora y tomamos
cada uno nuestro rifle y cartuchos en abundancia.
Hecho esto, volvimos debajo de la toldilla porque hacía más fresco, y
además porque podíamos desde allí ver algo de lo que pasaba en cubierta.
Nuestro anhelo y nuestro temor eran tan grandes, que casi no sentíamos
la sed.
Pasamos las primeras horas de la noche alerta. En el camarote del
capitán había botellas de cerveza, que era bebida que él solía tomar
alguna vez. El piloto nos hizo beber a los cuatro vascos y al timonel un
poco de líquido. Franz Nissen, indiferente a todo, con una brújula
pequeña de mano, seguía en la rueda del timón.
A eso de la media noche sonaron dos golpes fortísimos en la puerta.
--¿Quién va?--dijo el piloto.
--Yo--contestó Silva el portugués.
--¿Qué queréis?
--Han matado al capitán. ¡Rendíos! No se os hará nada.
--Entregaos vosotros antes--contestó Tristán.
En este momento, alguien metió el cañón de la pistola por un ventanillo
que tenía la puerta, y disparó un tiro adentro. Yo apagué el farol y
quedamos a obscuras.
--Si os entregáis ahora, no os haremos nada--volvió a decir el
portugués.
--Estáis borrachos--replicó el piloto--; mañana hablaremos.
--¡Ea, muchachos!--gritó el portugués--. Echad la puerta abajo. Traed un
martillo.
Alguien fué por el martillo.
--¡Eh, vosotros!--volvió a gritar Tristán--; os advierto que estamos
armados, que somos dueños de la Santa Bárbara, y que hay tres toneles de
pólvora. No os atacamos porque no queremos hacer una matanza inútil;
pero tened en cuenta que podemos hacer saltar el barco.
La amenaza hizo su efecto. Silva mandó a uno de los suyos a que viera si
nuestra cámara estaba cerrada, y cuando el otro volvió diciendo que lo
estaba, murmuró:
--Estos bárbaros son capaces de todo.
Desde el ventanillo de la puerta oímos durante toda la noche los cantos
de los marineros y la algarabía de los chinos.
Nos sustituímos para hacer la guardia; aunque nadie pudo dormir,
estuvimos tendidos, descansando.
Comenzó a llegar la luz del alba. Debajo de la toldilla hacía un calor
horrible; al amanecer, la abrimos para ventilarla un poco. No nos
vigilaba nadie.
Como no se sentía ningún movimiento en la cubierta, salimos Arraitz y yo
para darnos cuenta de lo que pasaba. Tristán el piloto no quería que
entabláramos combate; pues aunque hubiéramos vencido al último, estando
armados como estábamos y ellos no, hubiese sido a costa de mucha gente.
Avanzamos Arraitz y yo; todo el mundo dormía, y el barco navegaba a la
ventura. A pesar de esto, Nissen no había abandonado el timón.
Nos extrañó tanto silencio. Luego supimos que el cocinero había llenado
cuatro barricas a medias de agua y de ron, y habían bebido todos los
marineros y chinos hasta quedar borrachos.
En vista de que nadie nos espiaba, creímos que se podía hacer un intento
de buscar agua, y se lo dijimos al teniente. Vaciamos en la cubierta una
damajuana llena de _brandy_, que sacamos de nuestra cámara, y decidimos
traerla con agua.
Albizu y yo daríamos a la bomba; Arraitz y Burni nos escoltarían armados
de rifles, y a la puerta de la sobrecámara quedarían el teniente y
Nissen para dar, en caso de necesidad, la voz de alarma.
Salimos despacio; hicimos funcionar la bomba del aljibe de popa. Nos
figurábamos que no daría agua. Efectivamente: estaba agotado. Había que
acercarse al castillo de proa. Fuimos avanzando los cuatro con cautela,
estudiando el camino. En las crujías, cerca de los palos, se veían
tendidos marineros borrachos. Pasamos con grandes precauciones por
delante del camaranchón de la cocina.
Llegamos a la bomba de proa que comunicaba con el otro aljibe, la
hicimos funcionar, y trajimos diez o doce litros de agua. Como el viaje
se había hecho sin riesgo, lo volvimos a repetir, y llenamos todas las
botellas y depósitos que encontramos. El aljibe de proa debía quedar
también muy mermado.
En uno de los viajes, Burni, señalando con el cañón del rifle, nos dijo:
--Mirad, mirad allá.
Nos quedamos sorprendidos. A la luz pálida del alba se veía el cadáver
de Zaldumbide, colgado de una verga, balanceándose con los movimientos
del barco.
Se lo advertimos al teniente y a Nissen, y éste, con su habitual
laconismo, nos dijo:
--Las llaves, las llaves.
--Es verdad--repuso el teniente--; hay que registrarle, a ver si tiene
el llavero.
Ninguno de los otros vascos se atrevía, y fuí yo. Subí por una cuerda y
llegué al cadáver. Al estar junto a él me estremecí; una cosa saltó
sobre mis hombros. Era la mona Mari-Zancos, acurrucada en los hombros
del ahorcado. Cogí las llaves, y cuando bajaba oí la voz de Tommy que,
desde lo alto de una cofa, decía:
--¡Hola! ¡Hola! ¡Buenos días! ¡El capitán está en una postura incómoda,
eh!..., ¡Ja, ja!... Pues en la otra verga está el doctor Cornelius. Ese
sí que está gracioso dando tumbos.
[Ilustración]
Invitamos a Tommy a venir con nosotros, pero dijo que no, que se estaba
divirtiendo mucho para meterse en un rincón.
El teniente mandó que cerráramos la puerta de la toldilla y le
siguiéramos. Bajamos a nuestra cámara, la abrimos, y salimos a la
escalera.
--Cerrad la escotilla--dijo el piloto--; cuando esa gente se despierte
entrará a saco en la despensa y no dejará nada. Ahora hay que
aprovecharse.
Nos metimos en la despensa y llevamos a nuestra cámara provisiones para
quince días, dos barriles de vino y de ron, embutidos, carne seca,
galletas; luego entramos en el pañol del pan y lo dejamos casi vacío.
Arraitz, que estaba de guardia, nos avisó que la gente comenzaba a ir y
venir por la cubierta.
--Vamos ya--dijo el teniente.
--¿Cerramos la despensa?--le pregunté yo.
--No. ¿Para qué? Si se cierra, romperán la puerta.
--Entonces, la dejamos abierta.
--Sí; dejadla abierta, y dejad abierta la escotilla. Nosotros, adentro.
Desde la sobrecámara pudimos presenciar el alboroto del barco. Los
chinos, sobre todo, armaban una algarabía infernal.
Nissen recordó que el doctor Cornelius tenía guardado en su armario un
alambique. Nos sobraba el alcohol, y podíamos destilar el agua de mar
que se quisiera. Preparamos el alambique y le hicimos funcionar.
Destilaba perfectamente. La cuestión del agua estaba resuelta.
El portugués Silva volvió a intimarnos para que nos rindiéramos. Quería,
sobre todo, los cofres de Zaldumbide. El teniente contestó que podíamos
atacarlos y vencerlos, porque estábamos bien armados; pero no quería
hacer una carnicería inútil, y que, si nos desembarcaban en cualquier
punto, nosotros nos iríamos, dejando el tesoro de Zaldumbide.
Poco después, el cocinero Ryp vino con la misma proposición; también
quería las cajas de Zaldumbide. Cuando supo que el portugués tenía la
misma pretensión, le entró una cólera terrible, y juró que le había de
calentar las orejas al intérprete.
Por la noche del segundo día debió cambiar el tiempo, porque el barco
empezó a navegar, dando tumbos, y comenzó a llover.
Se oía el ruido de la lluvia, que azotaba y repiqueteaba en la toldilla.
Era una de esas lluvias de los trópicos, abundantes y densas. El
teniente mandó a un marinero que avisara al contramaestre, y, cuando
vino éste, le dijo lo que tenía que hacer para llenar el aljibe con el
agua de la lluvia.
La cordialidad entre nosotros y los de fuera iba estableciéndose, pero
aún no estábamos muy seguros.
Como la cámara de debajo de la toldilla era pequeña y cerrada, el
teniente no quería que durmiésemos todos en ella, y nos repartíamos en
los cuatro departamentos que poseíamos. Yo dormía en la misma cama de
Zaldumbide.
Pronto dejó de llover, pero siguió el viento y siguió el oleaje, que nos
zarandeaba furiosamente. Por intervalos se nos metía el agua en la
cubierta por toneladas; y, como no podía marcharse con facilidad por los
agujeros, se formaba una ola que rodaba a derecha e izquierda, y entraba
en las cámaras.
--¿Qué hacen esos bestias?--pensábamos nosotros--. Van a conseguir que
el barco se hunda.
Varias veces instamos al teniente a que saliéramos a dominar a los
amotinados, pero él nos contenía, diciendo:
--No, no; que vean que nos necesitan. Si no, en seguida se volverán a
sublevar otra vez.
Al quinto día nos sorprendió la agitación que había en cubierta; se oían
gritos furiosos, voces iracundas... Al anochecer, estaba yo de guardia
cuando sonaron dos golpes suaves en la puerta.
--¿Quién va?--pregunté.
--Soy yo, Allen. Vengo con Sam Cooper, el contramaestre, y con Tommy,
que quieren hablar con el piloto.
--Esperad un momento.
Desperté a Tristán, que se echó de la hamaca y que mandó abrir
inmediatamente. Por lo que contó Old Sam, portugueses y holandeses,
sintiendo renacer sus odios, se batían a palos y a cuchilladas en la
cubierta. Después de una lucha en que quedaron en el campo varios
combatientes, los holandeses, más en número, habían hecho meterse en el
castillo de proa a los enemigos.
Era el momento oportuno de apoderarse de nuevo del barco.
--¿Y los chinos?--preguntó Tristán.
--Los chinos han encontrado los barriles de opio y están en la cubierta
borrachos, como muertos la mayoría--contestó el contramaestre.
Tristán hizo que se trajeran tres rifles más para Old Sam, Allen y el
joven grumete, y, a la luz de una linterna que llevaba Tommy, nos
lanzamos los nueve a pacificar el barco. Toda la parte de la cubierta
entre el alcázar de popa y el castillo de proa estaba llena de celestes,
revueltos unos con otros. La chimenea de la cocina en aquel momento
echaba chispas que subían destacándose sobre las velas. Supusimos que al
cocinero lo encontraríamos en su garita entre sus cacerolas, y,
efectivamente, lo vimos junto al fogón. Ryp no intentó resistir; se
rindió y dijo que conseguiría la sumisión inmediata de sus paisanos.
Efectivamente, así fué. Resuelto este punto importante, fuimos al
castillo de proa, en donde se habían fortificado los portugueses.
Tristán llamó a Silva Coelho, y le dijo que éramos más que ellos y que
estábamos armados; añadió que no pensábamos atacarlos; podían hacer lo
que quisieran. Los portugueses optaron por rendirse.
Tristán de Ugarte, ya capitán de hecho, mandó coger a todos los chinos y
bajarlos a la bodega. Se echaron los muertos de la última refriega al
mar y se descolgó el cadáver de Zaldumbide y el del doctor Cornelius.
A éste lo habían puesto una pipa en la boca y tenía el vientre hinchado.
Se echaron también los cuerpos del capitán y del doctor a que sirvieran
de pasto a los peces. Se cerraron las escotillas y se dieron órdenes
para comenzar el arreglo de todo.
Al encontrarse de nuevo unidos holandeses y portugueses, comenzó otra
vez la hostilidad, y para zanjarla decidieron los dos grupos elegir a la
suerte un campeón para que se batieran.
Chim, el malayo, estaba con los holandeses; en cambio, el negro
Demóstenes era del partido portugués; podía suceder que a los dos amigos
les tocara en suerte batirse; pero no fué así. Se jugó a cara y cruz con
una moneda y salieron elegidos Chim, el malayo, y Silva Coelho.
Tristán no tuvo más remedio que dejar hacer, y se retiró a su cámara. Yo
me quedé a presenciar la lucha. Era al comenzar el alba. En el cielo
aparecían celajes espesos y desgarrados que anunciaban viento.
Los dos hombres desafiados eran fuertes, astutos y manejaban el cuchillo
con habilidad. Se les dejó a los dos una chaqueta para envolver el brazo
izquierdo y parar los golpes.
Fué un combate terrible, en que los dos enemigos saltaban, se agarraban,
se mordían. Varias veces Silva Coelho tuvo sujeto por los pelos a Chim e
intentó herirle; pero entonces el malayo se acercaba al portugués, hasta
estrecharse con él, y le mordía en la muñeca, y el otro tenía que soltar
la cabellera. Al último, en uno de aquellos momentos, al desasirse
bruscamente uno de otro, sin que yo al menos notara el golpe, se vió a
Silva que caía, dando un grito y llevándose la mano al vientre. Tenía
una ancha herida, por donde se iba desangrando.
--¡Ya, mátalo!--dijeron todos.
El malayo se inclinó sobre el herido como un chacal, y le hundió el
cuchillo en el pecho, con tal fuerza, que la punta de acero se clavó en
la tabla de la cubierta.
Inmediatamente Demóstenes, el negro, y otro marinero cogieron el cadáver
y lo tiraron al agua.
--¡Bravo, Chim!--dijo Tommy, y dió unas cuantas volteretas y un
magnífico salto mortal, seguido de Mari-Zancos, que había tomado al
grumete por su protector.
Fué haciéndose de día. El capitán nombró a Nissen teniente piloto,
aunque acordó que siguiera de timonel hasta encontrar alguien que lo
sustituyera.
El nuevo capitán y el teniente fueron estudiando las medidas que había
que tomar. El barco estaba sucio, lleno de basura, de manchas de sangre.
Apenas navegaba; unas masas verdes de vegetación que allí flotan en el
mar se habían acumulado en la proa y no dejaban avanzar a _El Dragón_.
El capitán mandó que desde la ballenera y el bote fuéramos cortando
aquel estero por la mitad, y después de una larga faena lo pudimos
partir en dos pedazos y pasar por en medio.
Al día siguiente se comenzó a limpiar la cubierta con los lampazos. El
capitán mandó retirar todas las botellas y barriles, y prohibió al
cocinero que sacara licores sin su consentimiento.
[Ilustración]
VII
POR EL PACÍFICO
Aunque el plan nuestro era bajar por el Pacífico, hasta llegar al
paralelo 50 a 55 al sur, se decidió ponerse en rumbo hacia las islas de
Taití y desembarcar en cualquiera de ellas por lo menos a la mitad de
los chinos.
La falta de agua ya no nos preocupaba; los días siguientes a la
pacificación del barco estuvo lloviendo en abundancia, y llenamos los
aljibes.
Al despejarse el tiempo nos encontramos a la vista de una de las islas
de Taití. Nos fuimos acercando, y pasamos por delante de bahías
estrechas, de una vegetación lujuriante, hasta detenernos en una de
éstas.
El capitán bajó a la bodega y habló a los chinos. Les dijo que eran
demasiados, que podía ocurrir de nuevo el percance de la falta de agua,
que estaban delante de una isla feracísima y que sería conveniente que
la mitad por lo menos desembarcaran. Ellos podían elegir quiénes debían
quedarse y quiénes seguir hasta América. Los chinos contestaron que
donde iban unos irían los demás, y decidieron desembarcar.
Salían de la bodega en grupos de treinta, con su hatillo, entraban en la
ballenera y los llevábamos hasta un arenal de la playa, y cuando había
una braza de fondo o algo menos, echábamos toda la chinería al agua.
Ellos chillaban como gaviotas al ver el mar alborotado; se les recomendó
que formaran la cadena, y así fueron llegando a tierra.
Libres de chinos, hubo que limpiar la bodega, que era una verdadera
pestilencia.
Comenzamos a marchar hacia el sur, a buscar el estrecho de Magallanes o
el Cabo de Hornos, en aquella inmensidad desierta del Pacifico,
llevados por la monzón del oeste. Encontramos algunos barcos balleneros,
con los que nos pusimos al habla, y nos indicaron la situación exacta en
que nos encontrábamos.
En esto se nos acercó un barco que iba a la deriva de una manera
desesperada. Nos hizo señales y nos preguntó si teníamos médico; le
dijimos que no, y nos pidió quinina. Buscamos en el botiquín del doctor
Cornelius, pero no había quinina. Lo único que pudimos enviarles fué
unas cajas de té. El barco aquél se hallaba apestado. La tripulación,
enferma de vómito negro, tenía un aire lamentable; estaba formada por
hombres harapientos, verdaderos esqueletos amarillos, con pañuelos y
trapos en la cabeza.
Al día siguiente el vómito negro se desarrolló en _El Dragón_ con una
gran violencia; uno de los marineros holandeses, Stass, atacado por la
fiebre, se levantó de la cama delirando, y, después de cantar una
extraña canción, se tiró al mar. El teniente hizo que toda la
tripulación sana se alejara en la parte de la popa, y convirtió el
castillo de proa en enfermería. El miedo que se desarrolló entre los
marineros fué tan grande, que nadie quería acercarse a la proa; se
sorteaba quién había de dar la comida y el agua a los enfermos, y el
designado solía ir llevando los víveres en una pértiga larga, los dejaba
y echaba a correr. De pronto, el español don José se indignó con aquella
inhumanidad, y dijo que Cristo nos mandaba cuidar de los enfermos y
consolar a los tristes. Nosotros le oíamos burlonamente y le decíamos:
--Anda, vete tú.
Don José, con gran sorpresa nuestra, se metió en la enfermería a cuidar
a los enfermos.
Tristán, el de la cicatriz, fué a ver al capitán, y le propuso que se
modificaran los libros de a bordo, se cambiara el nombre del barco y nos
quedáramos con él. El capitán le dijo que, si volvía a proponerle
aquello, le mandaría arrestar.
Tristán, el de la cicatriz, pareció conformarse; pero, no sólo no se
conformó, sino que intentó sublevar la tripulación. Era cosa bien
difícil, porque casi toda estaba en la convalecencia. Entre el segundo
contramaestre, el cocinero y Tristán, el de la cicatriz, hicieron un
pacto para apoderarse del barco y formar una asociación de piratas. Una
noche, al entrar en el camarote, se apoderarían del capitán y
enarbolarían la bandera negra.