allí, en Burdeos, se hacían los mejores y más baratos, y que la gente de
Bayona y de la costa vasco-francesa se entendía para esto con un
comerciante vascongado.
Acompañé al paisano en busca del comerciante; preguntamos en una
cordelería de la orilla del río, y nos dirigimos a una tienda de objetos
navales del muelle de Borgoña, casi en el centro de la población.
Era una covachuela a más bajo nivel de la calle, que tenía unos
escalones desde la acera. En el escaparate, ancho y de poca altura, se
veían fanales de barco, rodeados de alambres gruesos y dorados;
cronómetros, cámaras de bitácora, correderas, sextantes, catalejos y
otros muchos instrumentos. Se mostraban, además, cables metálicos,
rollos de amarras, de relingas, de cordajes en cáñamo, anclas, argollas,
impermeables blancos y negros y otros muchos objetos navales, de lona,
fabricados en Angers y en Burdeos, y diversos aparatos de pesca y latas
de conservas inglesas.
La tienda exhalaba un olor de alquitrán, muy agradable. En el cristal
del almacén, escrito con letras negras, se leía un nombre medio borrado:
Fermín Itchaso.
Entramos en el establecimiento el capitán de la _Dama Zuri_ y yo. Hablé
yo con un hombre joven que nos salió al encuentro, y que no comprendía
el vascuence. El capitán, paisano mío, no sabía el francés, y quería
entenderse directamente con el comerciante. En vista de esto, el joven
dijo que esperáramos un momento a que llegara su padre.
No tardó mucho en venir. Era un hombre viejo, encorvado por la cintura,
con el pelo blanco y la pipa en la boca. Vestía de negro, la cara
rasurada, la boina grande, de gascón; llevaba patillas cortas, que entre
los marinos franceses solían llamar patas de conejo, y por debajo de la
manga se le veían en las dos muñecas unas anclas tatuadas, de color
azul. Tenía la nariz larga, los ojos pequeños, las cejas como pinceles y
un rictus sardónico en los labios.
Al decirle su hijo que éramos vascos, levantó los brazos al aire con
grandes extremos.
[Ilustración]
--¿De qué pueblo?--nos dijo en vascuence.
--De Lúzaro.
--¿Españoles?
--Sí.
--Yo soy vasco-francés. Nuestra tierra es muy buena, ¿eh? Yo no digo que
la Gironda sea mala, no. Es un país rico; pero la tierra vasca es otra
cosa.
Luego, mirándome con fijeza, me preguntó:
--¿De qué pueblo habéis dicho que sois?
--De Lúzaro.
--¡Lúzaro!--exclamó el viejo--. Yo he conocido a alguien de Lúzaro. ¡Ah,
sí!--añadió, llevándose la mano a la frente--. El piloto de _El Dragón_
... Tristán, Tristán de Ugarte.
Tristán de Ugarte era el nombre con que el médico de Elguea había
extendido la partida de defunción de mi tío, y _El Dragón_ el nombre del
barco en donde había navegado Juan de Aguirre, según me contó Francisco
Iriberri.
--¿De manera que usted ha conocido a Tristán de Ugarte?--pregunté al
viejo.
--Sí. ¿Usted también lo ha conocido?
--¡Ya lo creo! ¡Era pariente mío!
--Es verdad... Se parece usted a él en la voz..., en algo, no sé en
qué... ¿Y qué fué de su vida?
--Murió hace unos meses.
--¿En España?
--Si.
--¿Con quién vivía?
--Con su hija y con un criado, alto, rojo...
--¿Escocés, quizá?
--Sí.
--Allen: lo recuerdo.
--¿Y en qué condiciones le conoció usted a mi pariente?--le dije.
--¿Está usted para bastante tiempo aquí, mi oficial?--me preguntó el
viejo.
--Mañana por la mañana he de zarpar para Buenos Aires.
--Pues si no tiene usted algo más importante que hacer, venga usted esta
tarde a las cinco; le contaré lo que sé de Ugarte.
--Muy bien. A las cinco estaré aquí.
--Ahora, vamos--añadió el viejo, dirigiéndose al capitán de la _Dama
Zuri_--, a nuestros asuntos.
Me despedí del capitán y de Itchaso, fuí a mi barco, y a las cinco en
punto estaba en el muelle de Borgoña, en la tienda de objetos navales.
El viejo Itchaso me esperaba, e, inmediatamente de llegar, me pasó a un
cuarto pequeño con una ventana que daba al muelle.
Desde allí se veían los mástiles entrecruzados de las fragatas y
bergantines, de las goletas y pailebots.
Había en el cuarto, en un armario, varios libros, y entre ellos el
_Diccionario filosófico_ de Voltaire.
--Este libro es mi amigo--me dijo el viejo, señalándolo.
--¿No es usted religioso?--le pregunté yo.
--No, no. No creo en supersticiones.
Itchaso tenía preparada una botella de vino de Burdeos, añejo, que
conservaba en el casco polvo y telarañas. Llenó dos copas; luego levantó
la suya, y dijo:
--Por el país vasco, mi oficial.
--Por España.
--Por Francia.
Chocamos las copas, bebimos, y el viejo comenzó su narración de este
modo:
II
NARRACIÓN DE ITCHASO
LOS DOS CAMINOS DEL MARINO
--Soy de Guethary, un pueblo pequeño próximo a España, y que quizá usted
conozca. Allí pasé mi infancia. Sabrá usted tan bien como yo que los
vascos nunca hemos sentido gran entusiasmo por el Ejército ni por la
Marina de guerra. Yo no fuí una excepción; por el contrario, la quinta
me indignaba; un hermano mío murió en Argelia; el otro estaba sirviendo
en un navío del Estado; la tierra de la familia no se podía cultivar, y
mi pobre padre me recomendó que fuera a América.
A los diez y seis años hice un viaje no muy feliz a Terranova, de
grumete. Casi todos los vascos que íbamos a la pesca del bacalao nos
reuníamos en Saint-Malô; arrendábamos unas cuantas barcas y marchábamos
a pescar a las islas de Saint-Pierre y Miquelon; pero los arrendadores
nos daban goletas viejas sin condiciones marineras, llenas de agujeros
tapados con estopa. En el viaje que yo fuí de grumete naufragaron una
porción de barcos, y más de cincuenta hombres de aquella costa se
ahogaron.
No había para mí porvenir de ninguna clase en el país; no tenía dinero,
y antes de que viniese la odiosa quinta, decidí ir a Brest o a
Saint-Malô, con intención de pasar a Inglaterra y embarcarme para
América.
Usted conocerá seguramente la ciudad de Brest, cuya rada es magnífica.
Al día siguiente de llegar allí, paseaba por los muelles, contemplando
la punta del Cuervo y la de los Españoles, la embocadura del río Elhorn,
y en el puerto las fragatas, los bricks, los vapores y las largas
chalupas de cincuenta remos, tripuladas por los forzados. Estaba
cansado de andar sin objeto y sin rumbo, cuando se me acercó un marinero
de buenas trazas, hombre afable, que se puso a hablar conmigo.
[Ilustración]
En aquella época, el puerto de Brest se cerraba al anochecer, por medio
de una enorme cadena de hierro tendida de una orilla a otra, y se abría
al estampido de un cañonazo, a la hora de la diana.
En el momento que encontré a aquel marinero estaban cerrando el puerto.
Yo no conocía a nadie, y me alegré de relacionarme con alguien que
pudiese darme una orientación. Le dije a mi nuevo conocido que no tenía
plaza en ningún barco, que deseaba ir a América, y le enseñé mis
certificados de buena conducta.
El hombre me dijo:
--No se apure usted. El mundo es grande, y, sabiendo trabajar, se vive
siempre. Venga usted conmigo.
Le seguí, y me condujo a una posada de marineros de la calle de la
Souris, calle estrecha, infecta, sombría. Bajamos unas escaleras,
hablamos y bebimos. Sin duda, yo bebí demasiado. Recuerdo que me eché a
dormir sobre la mesa, y cuando me quise dar cuenta de dónde estaba, me
encontré, como por arte de magia, a bordo de un gran buque, que salía en
aquel instante de la rada de Brest. Pasábamos por delante del Fuerte del
Diablo, cuando oímos el cañonazo indicando que se abría el puerto.
El barco en donde estaba era un barco negrero. Me dijeron que me había
comprometido la noche anterior en la taberna. Yo, la verdad, no
recordaba nada. Después comprendí, viendo cómo a otros los cazaban, lo
que hicieron conmigo. A unos les emborrachaban sencillamente; a otros
les solían dar opio y los llevaban a los barcos de noche, por delante de
la policía, como marineros borrachos.
Ya en el barco me pintaron el porvenir de color de rosa; me dijeron que
podía hacerme rico, y yo dije: Bueno, sigamos adelante.
El hombre, en la vida y en el mar, no tiene más que dos caminos: el
torcido y el derecho. Mientras se marcha por el camino torcido, es
inútil hacer cosas buenas; va uno dando tumbos y tumbos, perdiendo las
velas, hasta que queda uno desarbolado. Entonces lo único que hay que
hacer es cambiar de derrotero... si se puede, porque lo demás es inútil.
El barco en donde acababa yo de entrar involuntariamente era un barco
moderno para la época: un barco de carga con gran bodega, una verdadera
urca holandesa, de aquellas que llamaban urcas mayores. Desplazaría de
seiscientas a setecientas toneladas, tendría unos ciento sesenta o
ciento ochenta pies de largo y más de treinta de ancho.
Como barco de carga destinado al transporte de mercancías, era un tanto
pesado; de figura muy redonda, casi igual a proa que a popa, tenía una
cubierta, sollado a proa para la marinería, cámaras en popa y todo lo
demás preparado para bodega. Como la generalidad de los barcos de
entonces, no tenía puente; su aparejo era de corbeta o brick-barca de
mucho volumen. Navegaba en aquel momento en lastre y enseñaba dos pies
de cobre fuera del agua.
Se llamaba _El Dragón_, nombre que trascendía a barco pirata.
_El Dragón_ era de una Sociedad franco-holandesa para la trata de
negros, que tenía sus principales accionistas en Amsterdam, Saint-Malô y
Nantes. Esta Sociedad no firmaba más que por sus iniciales: V.d.H., Z. y
C.'ía.
Comparado con los de hoy, aquel barco daría risa. Era ancho, de madera;
tenía la proa como un pico; el bauprés, muy levantado sobre el castillo,
a la antigua usanza, con su red para que no cayesen los marineros al
andar por las cuerdas. Sostenido sobre la flecha del tajamar ostentaba
un dragón chino, blanco y dorado. Su popa estaba muy adornada, y entre
las ventanas de la cámara del capitán y del teniente había un
dragoncillo esculpido y debajo el título: _El Dragón_.
No era este barco como aquellos viejos bombos holandeses que en mi
tiempo se veían arrinconados en los puertos. Su color era negro, con una
faja blanca, y tenía portas fingidas para darse aires de barco de
guerra.
_El Dragón_ era, como he dicho, una urca, una urca coquetona y elegante;
parecía una dama holandesa, blanca y rolliza, vestida de negro, que
marchaba contoneándose con gracia por el mar. _El Dragón_ era un buen
barco, un barco seguro, en el que uno se podía confiar, con una
arboladura gallarda y muchas velas de cuchillo. Era de esas
embarcaciones que los franceses llaman ardientes.
Ofrecía verdaderos refinamientos para la época; estaba limpio, bien
arreglado y dispuesto; las cámaras para la marinería, en el sollado y
castillo de proa, eran muy capaces; la bodega, muy aireada. Llevaba dos
grandes aljibes de hierro, uno a proa y otro a popa.
_El Dragón_ estaba autorizado, según decían, para usar cañones, y tenía
tres de a seis pulgadas en la toldilla de popa y dos sobre el castillo
de proa.
En el espacio comprendido desde el palo del centro y el último,
llevábamos una barca grande, de éstas que llaman balleneras, con
cubierta, y encima de ella un botecillo.
Entre la tripulación había ingleses, franceses y españoles; pero el
núcleo mayor lo formaban los holandeses y los portugueses. En conjunto,
seríamos cuarenta.
Los marineros dormían en las tarimas del sollado, y cuando hacía calor,
ponían las hamacas en la cubierta.
Sin duda a mí no me destinaban a la marinería, porque me llevaron a la
cámara de popa, me mostraron mi hamaca y un cofre de cinc y me dijeron
que me explicarían mis obligaciones. Me conformé rápidamente.
Como decía antes, el hombre, en la vida y en el mar, no tiene más que
dos derroteros: el torcido y el derecho. Mientras se marcha por el
camino torcido, es inútil la brújula y el sextante; se va de escollo en
escollo hasta dar el último batacazo.
Allí no había nadie que me pudiera dar un buen consejo; me parecía que
la vida del negrero era una gran cosa, y marchaba por el camino torcido
a la ruina.
[Ilustración]
III
EL CAPITÁN ZALDUMBIDE
El ser vasco en aquel buque constituía gran ventaja. El capitán lo era,
lo mismo que su camarilla o guardia negra, con quien se entendía en
vascuence. Yo iba a formar parte de esta camarilla.
No era raro, sino muy frecuente, que los armadores de barcos corsarios o
negreros escogieran capitanes de puertos lejanos; así, los de Saint-Malô
tomaban un capitán de Burdeos; los de aquí, uno del Havre o de Honfleur.
En el tiempo en que Nantes era uno de los centros negreros más activos
de Europa, había allí pilotos de todo el mundo.
El capitán Zaldumbide era hombre alto, encorvado, amojamado. Nosotros le
llamábamos el Viejo; en inglés, el Viejo de a bordo, y en vascuence,
_Gure Zarra_ (nuestro viejo). Zaldumbide no hablaba apenas; tenía una
mirada de través, con sus ojos encarnados, poco agradable. Se dejaba
sotabarba, ya blanca, y el pelo lo llevaba largo. Vestía levita negra y
raída; en la cabeza, una gorrita, y los días de frío, un gabán viejo con
esclavina.
Zaldumbide bebía poco o no bebía nada. Era muy religioso. Nunca se
sentaba a comer sin rezar antes el _Benedicite_. Tenía en su camarote
una virgen peruana, con dos ramas de romero bendito debajo. Ante esta
imagen rezaba con un rosario de cuentas gruesas.
Yo muchas veces pensé si nuestro capitán estaría loco, porque algunas
noches se las pasaba sin dormir, andando por el cuarto, llorando e
invocando a la Virgen. Quizá le remordían sus crímenes.
Antes de ser negrero, el Viejo, según decían, había hecho naufragar
varios barcos asegurados, llegando hasta exponer su vida. Tantos
naufragios seguidos le dieron una buena fortuna y una mala fama.
Entonces se dedicó al comercio del _ébano_.
Zaldumbide llevaba a la tripulación muy derecha, sin que nadie se le
desmandara.
Los domingos deseaba que se celebrasen convenientemente, y en estos días
se ponía una levita azul, que él llamaba la nueva, y paseaba por la
cubierta. Subía al alcázar de proa, inspeccionaba el sollado, recorría
el barco mirándolo todo, riñendo porque no encontraba las cosas bastante
limpias, y al final de su paseo escalaba la toldilla de popa y se
apoyaba en unos de los cañones. Así permanecía silencioso, sumido en sus
pensamientos.
Si en estos días de fiesta algún vasco, imitando a los demás,
blasfemaba, Zaldumbide le castigaba cruelmente.
Como marino, era entendido, pero algo rutinario. Sabía poco, pero tenía
mucha práctica. En _El Dragón_ no se verificaban operaciones con el
sextante. Zaldumbide hacía la estima calculando el punto de situación en
que se hallaba el barco, la dirección que se debía seguir según las
indicaciones de la aguja náutica, y las distancias medidas con la
corredera. Los resultados los anotaba todos los días en el cuaderno de
bitácora. Yo solía ayudarle muchas veces a echar el cordel de la
corredera, y luego a medir. Tenía una corredera antigua. En general, lo
que usaba el capitán, el barómetro, los cronómetros, las cartas de
derrota, todo era viejo. En su camarote tenía un reloj de arena; lo
prefería por seguro y por silencioso. Zaldumbide odiaba lo nuevo. Él
creía, como los hombres antiguos, que el hombre va del bien al mal;
nosotros, los progresistas, creemos lo contrario: que va del mal al
bien.
En casos apurados, Zaldumbide era un gran piloto y hombre de un valor
furioso. Sólo por los golpes del viento en la cara comprendía
inmediatamente las maniobras que había que hacer. Cuando subía a la
toldilla, seguido de Old Sam, el contramaestre, que refrendaba las
órdenes con los silbidos del pito, se veía a un hombre sabiendo mandar;
tenía una gran precisión en sus disposiciones, y su voz áspera de
marino, formada de gritar en medio del mar y de las tempestades, parecía
hecha para dominar a los hombres y a los elementos.
Usted sabe muy bien, mi oficial, que el hombre que manda durante mucho
tiempo un barco de vela, llega a mirarle como una cosa viva; el Viejo
así lo creía, y hablaba con su _Dragón_ más que con su gente.
Consideraba a su corbeta como si fuera su mujer, su novia o su querida.
La única distracción de Zaldumbide era jugar con Mari-Zancos, una mona
que le había regalado un capitán español.
Zaldumbide era avaro como pocos; tenía dos o tres maletas con aros de
hierro y cofres de latón, que, según se decía, estaban llenos de
preciosidades.
Zaldumbide era vasco-francés, y me designó para formar parte de su
guardia negra.
--Aquí--me dijo el primer día--, el que cumple vive bien. Ahora, el que
no cumple puede encomendarse a San Chicote.
Yo, al principio, no andaba apenas por el barco. Nunca iba a la proa.
Mis dominios eran desde la toldilla hasta el palo de popa. La cámara del
capitán y la del teniente se hallaban bajo cubierta y tenían ventanas
con rejas; delante de ellas estaba nuestra cámara y encima de las tres
la sobrecámara, en el alcázar de popa, formando dos cuartos separados
por un mamparo: uno que ocupaba el piloto, Franz Nissen, un dinamarqués
que no hablaba nunca, y otro el médico, el doctor Cornelius.
Franz Nissen era un hombre muy serio; gobernaba siguiendo el rumbo con
una precisión admirable; sólo cuando las olas ofrecían peligro por su
magnitud, se ocupaba de ellas.
La brújula estaba delante de la toldilla, a la vista del timonel. Era
una bitácora grande, con caperuza de cristal y dos lámparas de cobre a
los lados para iluminar la rosa de noche. En aquellos buques de madera
no se necesitaban las correcciones que hoy son precisas en los barcos de
hierro; con los compases de Thompson y las barras de Flindrs.
El cuarto de Nissen, el timonel, tenía un ventanillo, desde donde podía
mirar la brújula, y una trampa que comunicaba con la cámara del capitán.
En casos de sublevación, la sobrecámara del alcázar de popa, las cámaras
del capitán, del teniente y la nuestra se cerraban y quedaban
incomunicadas. Estas tres últimas estaban blindadas.
Debajo del cuarto del capitán se encontraba la sala de armas y la Santa
Bárbara; debajo del cuarto del teniente, el pañol del pan, y debajo de
nuestro cuarto, que se llamaba «Cámara de los vascos», la despensa.
Como he dicho, fuera de la camarilla vasca, el resto de la tripulación
lo formaban ingleses, holandeses, portugueses, un español, dos o tres
chinos, un malayo y un negro.
Nosotros hacíamos la guardia de popa. No pasábamos casi nunca de la
escotilla grande hacia la proa, más que cuando había alguna sublevación.
Desde la ballenera hasta el bauprés, mandaban realmente el contramaestre
y el cocinero. El equipaje alternaba las guardias de cuatro en cuatro
horas, dividiéndose en guardias de babor y estribor, y Tommy, el
grumete, avisaba con campanadas cuándo se tenían que renovar los de un
lado y los de otro.
El capitán no debía de tener mucha confianza en aquella gente, porque
había tomado grandes precauciones. Para llegar a su camarote era
necesario pasar por nuestra cámara, en donde dormíamos gentes de su
confianza, y luego seguir por un pasillo en zig-zags, forrado de
hierro, con agujeros pequeños y redondos para disparar por ellos en caso
de ataque.
Los respiraderos de nuestra cámara estaban cruzados por rejas: las
paredes y las puertas, chapeadas de hierro; teníamos en medio una mesa,
sujeta al suelo, que se podía desarmar y adaptar a la pared; unas
cuantas sillas de tijera, una estufa de Plymouth, varios ganchos para
las hamacas, colgadores para cada uno de nosotros y los cofres de cinc.
Las lámparas se apagaban, por reglamento, a las ocho de la noche. Para
esta hora había que tener colgadas las hamacas; las descolgábamos al
salir el sol. La marinería y el contramaestre se alojaban a proa, en el
sollado, y en las zonas cálidas, cerca del Ecuador, dormían en la
cubierta y guardaban las telas de los coys arrolladas sobre las bordas.
Los vascos, por disposición del capitán, comíamos solos. Zaldumbide nos
regalaba fiambres y postres para tenernos contentos.
Todos los días tomábamos un café muy fuerte, que hacía Arraitz, un
compañero nuestro, y una copa de ron. La vida material era buena;
comíamos bien, teníamos tabaco; los días de mal tiempo nos encerrábamos
en la cámara a hablar y a jugar.
El capitán era un bárbaro, como todo capitán negrero de esa época. Allí,
al que faltaba, ya se sabía, lo azotaban como a un perro. Zaldumbide
tenía un chicote retorcido, con el cual él mismo daba un castiguillo.
Llamaba así a pegarle a uno hasta dejarle desmayado. En general,
Zaldumbide castigaba la mala intención, pero casi nunca la torpeza.
Cuando Zaldumbide se encontraba alegre y con ganas de pasar el rato,
pegaba él mismo; cuando estaba displicente, pegaba Demóstenes el negro,
un marinero que con frecuencia hacía de verdugo. Para los delitos de
robo, Zaldumbide empleaba el cepo y la barra.
En el fondo, el capitán era más egoísta y avaro que cruel. Su única
preocupación era reunir dinero. Debía de ganar mucho. Los capitanes de
barcos negreros no necesitaban pólizas de cargo para dar cuenta del
género recibido. Yo me figuro que Zaldumbide debía quedarse con más de
la mitad de la ganancia en cada expedición.
Durante el viaje, fuera de sus trabajos de capitán, solía rezar. Cuando
se metía en el camarote, pasaba el tiempo jugando con sus monedas de
oro, en compañía de la mona Mari-Zancos.
Su sistema era no pagar soldadas regulares a la marinería.
--Luego os encontraréis con más dinero--decía.
Pero después, pasado el tiempo, enredaba las cuentas, y siempre salía
ganancioso. Sus frases favoritas eran estas dos de los piratas
ingleses: _No prey no pay_ (Sin botín no hay paga); y _No peace beyond
the line_ (Todo es enemigo más allá de la línea).
Para indicarle a usted la barbarie de Zaldumbide, le contaré a usted dos
casos. Un día, al pasar cerca de Cabo Verde, echamos a pique una barca
de pescadores; unas horas después, en la cubierta, encontramos a un
portugués vestido sólo con un pantalón y una camisa.
--¿Qué hacemos con este hombre?--preguntó el contramaestre.
--Atadlo--contestó el capitán.
Se le ató, a pesar de sus protestas y sus gritos.
--¿Y ahora?
--Ahora, echadlo al mar.
Así se hizo.
Otra vez habíamos llegado a la Barbada con un cargamento de _bultos de
madera de ébano_. Estábamos haciendo nuestras señales, cuando en un bote
se acercaron a _El Dragón_ dos individuos de la policía de aquella isla.
El capitán los recibió amablemente, y al mismo tiempo ordenó al negro
Demóstenes y a Chim, el malayo, que los matasen. Estos se echaron como
perros, y un momento después iban los dos policías al fondo del mar
cosidos a puñaladas. En seguida nos alejamos del puerto, y al día
siguiente volvimos a hacer el desembarco de los _fardos_ con perfecta
tranquilidad.
[Ilustración]
IV
DE OTRAS PERSONAS DISTINGUIDAS QUE FORMABAN LA TRIPULACIÓN DE «EL
DRAGÓN»
Como barco cuya tripulación la formaban gentes perseguidas y fuera de la
ley, había allá mucho tipo extraño.
El negro Demóstenes, de quien le hablaba a usted hace un instante, era
un negrazo gigantesco, tatuado, fuerte como un cabrestante. Chim, el
malayo, su amigo, era un _dayak_ de Borneo, de estos malayos de pura
raza, de los más violentos y crueles.
Chim había sido, según decía, capitán de uno de esos barcos piratas que
llaman _paraos_, en Borneo, y cuando estaba a punto de ser colgado logró
escaparse.
Chim llevaba una peineta de concha y el pelo largo, como las mujeres.
Solía ir con mucha frecuencia, aunque hiciera frío, desnudo de medio
cuerpo arriba. Demóstenes, el negro, era un hombre a quien habían hecho
brutal, pero que no era naturalmente malo; en cambio, Chim era
sanguinario y perverso y su mayor placer consistía en hacer sufrir a los
demás.
La camarilla de confianza de Zaldumbide la formábamos cinco vascos:
Tristán de Ugarte, el piloto, que era de Elguea; Albizu, de Pasajes;
Burni, de Ondarroa; Arraitz, de Fuenterrabía, y yo. Nuestro trabajo
consistía en limpiar desde la escotilla grande hasta la popa, arreglar
los cuartos, bruñir los cañones y vigilar la despensa. Además, teníamos
el cargo de cortar el tocino para el rancho del día, sacar el carbón
para el cocinero, las provisiones de la despensa, el pan, el aceite para
guisar y para las lámparas y el agua.