--¿Juan de Aguirre y Lazcano?
--El mismo. Era mi tío carnal.
--¿Qué se hizo de él?
--Debió morir. Yo he asistido a su funeral.
--¿Cuánto tiempo hará de eso?
--Pues, hará cerca de veinte años.
--No puede ser. Hace unos catorce o quince años, Juan de Aguirre vivía,
y estaba, según me dijeron, en Ilo-Ilo.
--No creo que fuera él; me parece imposible.
--Yo no le he visto--repuso el capitán--, pero he conocido gente que ha
hablado con él.
--Podría ser una persona del mismo nombre.
--¿Del mismo nombre, del mismo pueblo y que hubiera navegado de piloto
en el mismo barco?... Muy raro tenía que ser.
--Sí, es verdad. Pero si hubiese vivido en Ilo-Ilo, le hubiese escrito a
su madre.
El capitán se encogió de hombros como si el argumento no le convenciera
y añadió con indiferencia:
--Hace veinte años que no le escribo yo a mi mujer, y probablemente
creerá que me he muerto.
Me despedí de este paisano, que sin duda no era un caso muy
significativo de ternura matrimonial; le conté la conversación a mi
segundo, e hicimos una serie de indagaciones entre capitanes, pilotos y
contramaestres vascongados. Varios nos confirmaron que, efectivamente,
habían oído hablar hacía unos quince años de un Juan de Aguirre,
propietario en Ilo-Ilo y antiguo marino; en cambio, el capitán de la
corbeta _Mari Galante_, Francisco Iriberri, a quien encontramos en una
de esas calmas del Océano Índico, al sur de Madagascar, me dió otros
datos.
Iriberri era un viejecito pequeño, imberbe, con el aire enfermizo, el
pelo rubio y los ojos ribeteados. Después he sabido que Iriberri fué uno
de los capitanes más audaces de su tiempo.
Iriberri me aseguró que Juan de Aguirre había estado, como él, haciendo
el comercio de negros y de chinos hasta que fué apresada su urca por un
crucero inglés. Iriberri me dijo que la urca en donde navegó mi tío se
llamaba _El Dragón_ y que era de una Sociedad franco-holandesa, y me dió
tales detalles, que quedé convencido. Según él, mi tío, si no se había
escapado o no había muerto, seguiría en presidio.
Su final lo desconocía, pero era indudable que mi tío, después de andar
en algún barco negrero o pirata, había sido preso.
Desde Ilo-Ilo hubiera escrito a su madre y ésta no hubiese tenido
inconveniente en declarar que su hijo vivía. Encontrándose en presidio,
se comprendía que mi orgullosa abuela prefiriese darle por muerto.
Con un viaje muy malo, después de siete meses de navegación con
temporales y borrascas, llegamos a Cádiz.
Llevaba cinco años de mar. Tenía veintiocho. Estaba cansado. Recogí las
cartas en el correo, y en la primera que leí mi madre me decía que la
abuela había muerto. Era conveniente que fuese a Lúzaro, para arreglar
las cuestiones de la herencia.
Tenía tanto deseo de ver tierra, que rechacé la proposición de un
compañero que quería llevarme en su barco hasta Bilbao, y tomé la
diligencia para Madrid.
Estuve una semana en la corte, y el primer día, al llegar al Prado, vi
en un coche a Dolorcitas con su marido. Él quizá no me conoció, pero
ella sí debió conocerme al momento, y volvió la cabeza con desdén.
Era una estupidez, pero aquel ademán desdeñoso me hizo mucho efecto.
Más melancólico de lo que había llegado, salí de Madrid; pasé por Burgos
y Vitoria, y de aquí, tomando un coche y dejando otro, llegué a Lúzaro.
Los bienes de la abuela tenían que repartirse en partes iguales entre mi
tía Úrsula y mi madre.
Aguirreche quedaba para las dos; pero como mi tía Úrsula, sintiendo
cierta veleidad mística, había manifestado el deseo de entrar en el
convento de Santa Clara, y mi madre no quería para vivir la antigua casa
solariega, decidieron alquilarla.
Yo, movido por el interés de averiguar el paradero de mi tío Juan,
registré los armarios de la abuela y leí todas las cartas y papeles
viejos.
Quería aclarar el enigma de la vida de mi tío, de quien se contaban
tantas historias, y que me volvía otra vez a preocupar.
Registrando los armarios, encontré un daguerrotipo en cristal, hecho en
París. Pregunté a mi madre si conocía al retratado, y me dijo que era su
hermano Juan, pero tan raro, que casi no le conocía. Nunca había visto
aquel retrato.
En un paquete de cartas amarillas leí una firmada _Juan_. En ella se
acusaba recibo de una cantidad no pequeña y se decía que enviaba su
daguerrotipo, hecho por un fotógrafo de París.
No cabía duda que la carta era de mi tío. Estaba escrita desde un pueblo
de Bretaña y fechada diez años después de que en Lúzaro se celebrara el
entierro. Era indudable que Juan de Aguirre vivía cuando su familia y
yo, de chico, asistimos a su funeral.
[Ilustración]
LIBRO TERCERO
LA VUELTA AL HOGAR
I
LA HERIDA
Por las mañanas, al asomarme al balcón, veo el pueblo con sus tejados
rojos, negruzcos, sus chimeneas cuadradas y el humo que sale por ellas
en hebras muy tenues en el cielo gris del otoño.
Después de las lluvias abundantes, las casas están desteñidas, las
calles limpias; la carretera descarnada, con las piedras al descubierto.
El azul del cielo parece lavado cuando sale entre nubes: es más diáfano,
más puro.
En el jardín del convento próximo, dos monjas de toca blanca han estado
mirándome y hablando entre ellas. ¡Qué idea más rara deben formarse de
un marino estas pobres mujeres que no han salido jamás fuera de las
tapias de su huerta!
Enfrente veo las casas solariegas contempladas por mí en la infancia,
tristes, viejas, negras. Entre ellas, Aguirreche, la de mi abuela,
convertida hoy en casa de pescadores; se destaca por su magnitud, con
las ventanas y balcones atestados de ropas puestas a secar, de aparejos
con corchos y anzuelos. Ahí siguen todas esas viejas casas bien
agarradas al suelo, con sus negros paredones y sus tejados llenos de
pedruscos. Están siempre igualmente tristes, igualmente severas,
durmiendo, envueltas en la bruma.
¡Qué contraste con la inquietud del mar y con sus mil caminos diversos!
¡Qué existencias más inmóviles!
Esa casa de piedra amarilla, sombreada por el saliente alero, se me
figura la cara de un viejo aldeano, tosco y pensativo.
¡Qué quietud en todo el pueblo! El mismo monte no es tan estático; al
menos, cambia de color en las estaciones. Las casas, no; así estarían
hace doscientos años, así están hoy.
Todo sigue igual. Hasta el loro de mi abuela, heredado por mi madre,
ahora en el balcón de mi casa, sigue diciendo, con su voz estridente y
chillona:
¡A babor! ¡A estribor!
Sí, todo está igual; yo sólo soy diferente, yo sólo he variado; era un
niño, soy un hombre; era un ingenuo, soy un desengañado y un
melancólico. He vivido en medio de los acontecimientos, y los
acontecimientos me han escamoteado la vida.
Algunas veces me miro en el espejo y, al verme viejo y cambiado, me digo
a mí mismo:
--¡Ah!, pobre hombre. Tu juventud se fué.
Han pasado muchos años desde que salí de mi pueblo, ¿y qué he hecho? Ir,
andar, moverme de aquí para allá, llevado por un turbión de
acontecimientos que me han dejado el alma vacía. Cuando he buscado un
poco de calor y de abrigo, he encontrado frialdad, dureza y egoísmo.
Navegando, he perdido la noción del tiempo; embarcado, los días son
largos, y, sin embargo, los años, suma de días, son cortos, escapan,
vuelan. El tiempo ha corrido bien rápidamente para mí. Ese pensamiento
en el pasado, cuando se deja atrás la juventud, es como una herida en el
alma, que va fluyendo constantemente y nos anega de tristeza. Todo el
camino andado parece una vía Apia sembrada de tumbas.
La _Iñure_ ha muerto: ya no la oiré contar historias supersticiosas; la
cerora ha muerto: ya no le haré las hostias, como antes; el atalayero
también ha muerto: ya no le veré, en el extremo del muelle, levantando
sus gallardetes. Ya, ni Caracas hará sus barcos, ni Yurrumendi hablará
de los piratas, ni Joshepe Tiñacu irá haciendo eses por las calles.
Todos han desaparecido. No he debido salir de aquí, o no he debido
volver aquí.
Extraña existencia la mía y la de los hombres andariegos. En una época,
todos son acontecimientos; en otra, todos son comentarios a los hechos
pasados.
La primera impresión, al llegar Lúzaro, fué un gran asombro, al ver lo
insignificante de los muelles, de la ciudad, del río. ¡Me parecía tan
pequeño, tan desierto, tan triste! Me había figurado grande la entrada
del puerto; hermoso, el río; anchos, los muelles, y al verlos quedé
asombrado; me parecieron de juguete.
--No vale la pena de vivir aquí--me dije al llegar.
Y ahora, ¡absurdo cambio de opinión!, me digo muchas veces:
--No vale la pena de vivir fuera de aquí.
Hace un mes no quería pensar en quedarme en Lúzaro; me parecía una
locura cambiar esas horas de indolencia y ensueño de los días de
navegación, por la vida de un pueblecillo triste, aburrido, lleno de
preocupaciones y de mezquindades. Ahora me espanta la idea de volver a
mi barco, de hundirme en el ajetreo continuo del acontecimiento. Toda la
vida de a bordo se va alejando de mí; me parece una cosa vaga y sin
realidad. A medida que adquiero mi calidad luzarense me voy aficionando
a las cosas viejas; me paso las horas muertas contemplando, desde el
balcón, el pueblo, el campo y el mar, y me figuro encontrarles aspectos
antes no vistos por mí.
Me levanto todos los días muy temprano. Me gusta ver, al amanecer, cómo
se aligera la niebla y sube por el monte Izarra, y comienza a brotar la
ciudad y el muelle de las masas inciertas de bruma; me encanta oír el
cacareo de los gallos y el chirriar de las ruedas de las carretas en el
camino.
Cuando hace buen tiempo salgo por las mañanas y recorro el pueblo.
Contemplo estas casas solariegas, grandes y negras, con su alero ancho y
artesonado; me meto por las callejuelas de pescadores, empinadas y
tortuosas. Algunas de estas calles tan pendientes tienen tres y cuatro
tandas de escaleras; otras están cubiertas y son pasadizos en zig-zags.
Al amanecer, por las callejuelas estrechas, sólo se ve alguna mujer,
corriendo de puerta en puerta, golpeándolas violentamente, para avisar a
los pescadores. Las golondrinas pasan rasando el suelo, persiguiéndose y
chillando...
Los días de lluvia Lúzaro me gusta más. Esa tristeza monótona del tiempo
gris no me molesta. Es para mí como un recuerdo amable de los días
infantiles.
Acostumbrado al horizonte violento de los trópicos, a esos cielos
nublados y brillantes de las zonas en donde reinan los vientos alisios,
estas nubes grises y suaves me acarician. La lluvia me parece caer sobre
mi alma, como en una tierra seca, refrescándola y dándole alegría.
Muchas veces me paso el tiempo en el balcón viendo cómo la carretera se
llena de charcos y se ennegrecen las casas.
De noche, el ruido de la lluvia, esa canción del agua, es como un rumor
que acompaña resonando en los tejados y en los cristales; ritmo olvidado
vuelto a recordar.
Aun desde la cama lo oigo en la gotera del desván, que, al caer en un
barreño, hace un ruido metálico.
Y la lluvia, y el viento, y el agua, todo me encanta y todo me
entristece.
Es la herida, esa herida que va fluyendo y anegando mi alma; manantial
cegado que ahora tornó a brotar.
No sé por qué parecen llenas de magia melancólica las cosas pasadas; no
se lo explica uno bien; se recuerda claramente que en aquellos días no
era uno feliz, que tenía uno sus inquietudes y sus penas, y, sin
embargo, parece que el sol de entonces debía brillar más, y el cielo
tener un azul más puro y más espléndido.
Uno quisiera que las personas y las cosas relacionadas con nuestros
recuerdos fueran eternas; pero nuestra existencia no representa nada en
la corriente tumultuosa de los acontecimientos. Allí teníamos un
amigo..., en aquel rincón fuimos felices..., nuestra felicidad o nuestra
amistad tienen poca importancia.
Siento, al pensar en esto, un profundo terror, como si la vida se me
escapara en un momento de desmayo. La inanidad de las cosas me conturba;
la esperanza me falta. Yo quisiera que mi espíritu fuera como el
ruiseñor, que canta en la noche negra y sin estrellas, o como la
alondra, que levanta su vuelo en la desolación de los campos, y no el
pájaro herido que se viene a tierra velozmente...
[Ilustración]
II
LÚZARO Y SU FORMACIÓN
Si no hubiera vuelto ya de hombre a Lúzaro, no hubiera tenido una idea
clara de cómo es. Los recuerdos de la infancia me daban datos falsos;
esto amplificado, aquello disminuído, y entre una cosa y otra grandes
lagunas.
Si, basado en mis impresiones de chico, hubiese pretendido describir mi
pueblo, seguramente mi descripción se parecería muy poco, o quizá nada,
al original. Lúzaro es un pueblo bonito, obscuro, como todos los pueblos
del Cantábrico; pero de los menos sombríos. A un hombre del norte de
Europa le debe dar la impresión de una villa andaluza.
Muy templado, muy protegido del noroeste, Lúzaro tiene una vegetación
exuberante. Por todas partes, en las paredes negruzcas, en las escaleras
de piedra de algunas casas, en las tapias de los jardines, salen hierbas
carnosas y relucientes, con florecillas azules y rojas. En las huertas
hay inmensas magnolias, naranjos y limoneros.
Yo encuentro a mi pueblo algo de Cádiz, de un Cádiz pequeño, melancólico
y negro, menos suave y más rudo. Lúzaro tiene una salida al mar bastante
estrecha y una playa de arena muy movediza.
El puerto se ha agrandado en mi ausencia; hoy, la escollera de _Cay
luce_ avanza mucho; va paralelamente al barrio de pescadores, y termina
en el Rompeolas. El Rompeolas es hermoso; se ensancha en forma de
explanada; tiene en medio una cruz de piedra, y a un lado la atalaya
nueva, en cuya pared suelen jugar los chicos a la pelota. Desde allí se
disfruta del espectáculo admirable del mar batiéndose con furia contra
las olas.
Como en todos los pueblos de pescadores, en Lúzaro se ven lanchas en los
sitios más extraños e inverosímiles: en una calle en cuesta,
interceptando el paso; debajo de una tejavana, dentro de la guardilla de
una casa.
La ría de Lúzaro es pequeña, pero muy romántica; sobre ella se tiende un
puente de un solo arco, por donde pasa la carretera de Elguea. Una de
las orillas de esta ría es rocosa, accidentada; la otra es un fangal
negruzco. Sobre este fangal, desde hace años, según algunos, siglos,
está instalado un astillero. Antes, en él se construían fragatas y
bergantines; hoy sólo se hacen lanchas y alguna goletilla de poco
tonelaje.
El actual dueño del astillero es Shempelar. El astillero no es muy
complicado; consta solamente de dos barracas negras, formadas por
maderas de barcos desguazados y de una rampa con un carril en medio.
Ordinariamente se calafatea y se hacen composturas. Cuando hay trabajo
nuevo, Shempelar disfruta; saca sus compases y allí se está, dibujando
las piezas de un barco, sin levantar cabeza. Si se le pregunta qué tal
va la obra, dirá que mal, porque Shempelar es un _dilettanti_ del
pesimismo.
Concluye el maestro de dibujar las piezas, y entonces los carpinteros de
ribera comienzan a trabajar con el hacha y la azuela, cortando las
tablas, barrenándolas y armando después las costillas. El esqueleto del
barco se va cubriendo, la obra marcha; Shempelar, interiormente
entusiasmado con su obra, anda muy fosco, riñendo a todo el mundo. Los
calafates van clavando gruesos clavos en el costado del barco, a golpes
de martillo; alrededor suelen verse mazos, grandes barrenos, gubias,
gatos para levantar pesos y varias calderas negras llenas de alquitrán,
que los hijos pequeños de Shempelar suelen hacer hervir con virutas y
pedazos de tablas viejas. Luego, todos van cogiendo alquitrán con los
candiles de calafatear, y rellenan las hendiduras del barco, hundidos en
el fango como patos. Y cuando el barco queda a flote, y todo el mundo
dice que es un gran barco, hay que verle a Shempelar haciendo esfuerzos
maravillosos para demostrarse a sí mismo que tiene motivos, motivos
graves, motivos serios para estar profundamente incomodado.
Suelo ir a ver a Shempelar, sobre todo si tiene obra nueva, y hablamos;
pero mi paseo constante no es hacia el río, sino hacia el muelle; veo
cómo pescan en _Cay luce_, y cómo van entrando las barcas de bonito y
las goletas de cabotaje; oigo, riendo, las riñas en vascuence de las
mujeres a los chicos, porque todas estas mujeres de mar tratan a la
prole a fuerza de chillidos, como si imitaran a las gaviotas, y cambio
algunas palabras con los pescadores.
En ver esto, en recordar los sitios donde anduve de chico, en paladear y
saborearlo todo, he pasado más de un mes sin hacer mucho caso de visitas
y de prácticas sociales.
Mi madre quiere ayudarme a la reconquista de mi calidad luzarense,
haciendo ella misma una porción de guisos complicados y de postres
clásicos del país.
--Esto te gustaba mucho antes--me dice.
--¿De veras?
--Sí.
--Pues ahora también me gusta.
Ya, saturado de sabor local, he comenzado a ir a la tertulia de Zapiain,
el relojero y corredor de comercio, el antiguo dueño del _Cachalote_. La
relojería es una academia enciclopédica, un gimnasio ateniense. Allí se
ha discutido de todo lo divino y humano, y, entre lo no divino, una de
las cuestiones más debatidas ha sido la formación de Lúzaro.
Garmendia, el farmacéutico, atribuye la formación de Lúzaro casi
exclusivamente al río, que fué, dice él, abriéndose paso lentamente,
disgregando los terrenos blandos hasta salir al mar. Según Garmendia,
Frayburu y sus arrecifes, como los arenales de Legorreta, no son más que
restos de la disgregación de las rocas; los núcleos fuertes resistieron
a la acción corrosiva del aire y del agua y se convirtieron en peñascos;
los débiles se han disuelto en arena.
Socoa, el viejo capitán, quiere atribuir el boquete de Lúzaro únicamente
a la influencia de la Gran Corriente del Golfo o _Gulf Stream_.
El _Gulf Stream_, ese inmenso río de agua caliente, como le llamó el
mayor Rennell, que corre por dentro del mar y que atraviesa con
oblicuidad el Atlántico, proyecta, al llegar a la costa oeste de España,
dos corrientes: una la del golfo de Vizcaya o corriente costera, que al
subir por las costas de Francia se llama corriente de Rennell, y que
luego se incorpora al _Gulf Stream_; otra la corriente que baja hacia el
África y se llama corriente de Guinea.
La corriente costera se mete en las grandes curvas que hace la costa, y
después en las ensenadas y bahías, y lleva, además, restos orgánicos que
se depositan en las playas.
Para el capitán Socoa, esta corriente, y sólo ella, ha producido el
boquete de Lúzaro. La predilección de Socoa por el _Gulf Stream_ se
explica porque viajó continuamente por el Golfo de Méjico y pudo
apreciar la violencia de la corriente que parte de aquel punto y que es
como el horno que calienta las costas del noroeste de Europa.
Otro piloto antiguo, también contertulio de la relojería, aseguraba que
los arenales de Legorreta están formados por el viento.
Discutían los tres para demostrar que sólo lo que cada uno de ellos
decía era la verdad, y me preguntaron mi opinión.
--Creo que los tres tienen ustedes parte de razón--dije yo--. El río,
como dice el farmacéutico, fué, sin duda, el que abrió las tierras
blandas hasta llegar al mar y hacer un boquete; la corriente costera
vino después a ensancharlo, a redondearlo y a formar una ensenada;
luego, el viento del noroeste, que sigue al _Gulf Stream_ y que es el
semillero de todos los temporales del Cantábrico, fué echando las arenas
hacia Legorreta.
Por dar una opinión tan sensata y desapasionada, fuí calificado de
pancista y de pastelero.
Si hubiese sido ya antropólogo entonces el hijo de Recalde, hubiera
encontrado, probablemente, que todos ellos tenían la cabeza redonda y
que por eso eran tan absolutistas y violentos.
III
LA TERTULIA DE LA RELOJERÍA
Mi madre quería que, aprovechando mi licencia, me casara. Me tenía
destinada la hija de un propietario de _Lúzaro_, más vieja que yo,
feúcha, flacucha y mística. Yo, la verdad, no estaba muy decidido.
Sabido es que los marinos no somos modelo de amabilidad ni de
sociabilidad. La perspectiva de los viernes con vigilias y abstinencias,
que me prometía el destino, de unirme con Barbarita, así se llamaba la
candidata de mi madre, no me sonreía. Mayormente, las mujeres de Lúzaro,
a pesar de su dulzura, tienen bastante afición a hacer su voluntad. Como
son casi todas hijas y mujeres de marinos, el vivir mucho tiempo solas
les ha dado decisión y energía, y las ha acostumbrado a no obedecer a
nadie.
Hoy no debe pasar esto, no porque las mujeres se hayan hecho más
humildes, sino porque apenas quedan en Lúzaro marinos de altura, con lo
cual las mujeres tendrán, de grado o por fuerza, que soportar a sus
respectivos esposos, todos los días del año.
El caso de mi amigo Recalde, padre del actual antropólogo, que me
contaron en la relojería, me pareció sintomático.
Recalde, mi antiguo camarada, el terrible Recalde, el piloto más
atrevido y más valiente del pueblo, se había casado con la Cashilda, la
hija del confitero de la plaza, muñequita con los ojos azules, muy
modosita y formal. Todo el almíbar, todo el cabello de ángel de la
tienda de su padre se le había comunicado a ella.
Recalde era un déspota: decidido, audaz, acostumbrado a mandar como se
manda en un barco, no podía soportar que nadie le contrariase. Se casó,
pasó la luna de miel; la Cashilda tuvo un niño, el antropólogo; Recalde
estuvo luego navegando tres años, y volvió a su hogar a pasar una
temporada.
El primer día, al volver a su casa, quiso ser fino:
--¿Qué hay? ¿Ha pasado algo?--le preguntó a su mujer.
--Nada. Estamos todos bien.
--¿Ha habido muertos en el pueblo?
--Sí; don Fulano, don Zutano. La señora de Tal ha estado enferma.
Recalde escuchó las noticias, y después preguntó:
--¿A qué hora se cena aquí?
--A las ocho.
--Pues hay que cenar a las siete.
La Cashilda no replicó.
Recalde creía que el verdadero orden en una casa consistía en ponerla a
la altura de un barco.
Al día siguiente Recalde fué a su casa a las siete, y pidió la cena.
--No está la cena--le dijo su mujer.
--¿Cómo que no está la cena? Ayer mandé que para las siete estuviera la
cena.
--Sí; pero la chica no puede hacer la cena hasta las ocho, porque tiene
que estar con el niño.
--Pues se le despide a la chica.
--No se le puede despedir a la chica.
--¿Por qué?
--Porque me la ha recomendado la hermana de don Benigno, el vicario, y
es de confianza.
--Bueno; pues mañana, haga la cena la muchacha o la hagas tú, se ha de
cenar a las siete.
Al día siguiente, la cena estaba a las ocho. Recalde rompió dos o tres
platos, dió puñetazos en la mesa, pero no consiguió que se cenara a las
siete, y cuando la Cashilda le convenció de que allí se hacía únicamente
su voluntad, y que no había ningún capitán ni piloto que le mandara a
ella, para remachar el clavo acabó diciendo a su marido:
--Aquí se cena todos los días a las ocho, ¿sabes, chiquito? Y si no te
conviene, lo que puedes hacer es marcharte; puedes ir otra vez a
navegar.
Y la Cashilda, mientras decía esto, le miraba a Recalde sonriendo, con
sus ojos azules.
Recalde, el terrible Recalde, comprendió que allí no estaba en su barco,
y se fué a navegar. Este caso ocurrido con mi camarada, ejemplo de la
energía femenina luzarense, no me inducía a casarme, ni aun con la
espiritual Barbarita. Me contaron el proceso de este conflicto familiar
entre Recalde y la Cashilda, en la relojería de Zapiain, que era el
mentidero de las personas pudientes del pueblo. Mi tío, el viejo Irizar,
fué el que me llevó allí. Todavía no se había fundado el casino de
Lúzaro, que, después de una época de pedantería y de esplendor, quedó
reducido a una reunión soñolienta de indianos y de marinos retirados.
En la relojería me enteré de cuanto pasaba en el pueblo. Casi todos los
contertulios eran carlistas y fanáticos; yo no lo era; pero allí pasaba
el rato enterándome de las vidas ajenas, y me entretenía. Mi norma era
no discutir cuestiones de política ni de religión.
El que por las trazas debía de ser liberal, mucho más aún de lo que se
mostraba en público, era el boticario Garmendia. No le convenía
desenmascararse por completo; pero, en el fondo, no tenía ideas
religiosas.
Garmendia no se atrevía a mostrarse francamente volteriano, y procedía
en la conversación con insidia, por frases sueltas, por observaciones al
parecer cándidas.
Los que más se indignaban con él eran dos carlistas cerrados, venidos
del interior de la provincia: el uno, administrador de un título; el
otro, contratista de piedras.