unos cuantos chistes estúpidos?
Realmente era poca cosa.
Un domingo de invierno, por la tarde, al anochecer, no sé por qué me
decidí a dejar la diligencia de San Fernando y a quedarme en Cádiz.
Había en el muelle esa tristeza de domingo de los puertos de mar. No me
sentía alegre, sino agresivo, con gana de hacer una brutalidad
cualquiera. Entré en una tienda de montañés, pedí pescado frito y vino
blanco. Comí y bebí en abundancia. Estos colmados andaluces resumen el
carácter de la región: son pequeños, pintorescos y complicados.
Salí del colmado, fuí a un café de la calle Ancha, tomé unas copas de
licor y me marché de allí dispuesto a todo.
Era ya de noche; mis botas metían un ruido tremendo por las calles
desiertas.
Me pareció que quizá no había bebido bastante para ser todo lo insolente
y procaz que quería, y me senté en la mesa de una taberna, en la acera,
en una calle en donde hay tal profusión de colmados y de peluquerías,
que no parece sino que aquella gente se ha de pasar la vida entre el
plato de pescado frito y la tenacilla para rizarse el pelo.
A mi lado había un hombre borracho, vestido de negro, con el sombrero
ladeado y una flor roja en el ojal.
Se levantó de su silla y se acercó a mí sonriendo. Yo le miré de mala
manera y, como estaba iracundo, le pregunté:
--¿Qué pasa? ¿Qué quiere usted?
Él sonrió estúpidamente.
--¿Marino?--me dijo después, en inglés, señalándome con el dedo.
--Sí, marino--le contesté yo--. ¿Y qué?
--Yo también marino--añadió él--. ¿Usted español?
--Sí, español.
--Yo, holandés. Los dos marinos..., los dos borrachos. Buenas
amistades.
Después de decir esto y estrecharme la mano, el holandés se sentó a mi
mesa. Bebimos juntos. El holandés era capitán de la corbeta _Vertrowen_.
Era chato, rojo, rubio, con unos bigotes amarillentos, caídos y lacios
como los de un chino; el traje negro, casi de etiqueta, que en aquella
taberna llamaba la atención.
Yo me constituí en su defensor, y pensé que si se burlaban de él tenía
derecho para hacer algún disparate.
Nos levantamos los dos. Entonces en Cádiz, y ahora probablemente pasará
lo mismo, había la costumbre de andar de noche por unas cuantas calles,
los días de fiesta sobre todo. Estas calles eran la calle Ancha, la de
Columela, la de Aranda, la de San Francisco, y no recuerdo si alguna
más. Este paseo nocturno tenía algo de procesión.
El capitán de la _Vertrowen_ y yo nos echamos por aquellas calles; había
por todas partes olor a aceite frito y humo de castañas asadas. En los
bancos de las plazas, gente sentada pacíficamente descansaba; algunos
obreros, endomingados, pasaban en coche, tocando la guitarra y cantando.
Los chiquillos se reían de nosotros. Invitamos a algunas muchachas de
aire equívoco a tomar algo en los cafés y tabernas; pero al vernos
borrachos huían. Aburridos, cansados, dimos con nuestros cuerpos en una
tienda de montañés próxima a la Puerta del Mar. Aquella noche hice yo un
gasto de cólera y de rabia inútil.
Al entrar en la taberna vi a un hombre moreno, mal encarado, que me
miraba de una manera aviesa. Debía de ser un matón. Me alegré; era el
momento. Me acerqué a él y le dije:
--¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Qué mira usted?
--¡Yo!--exclamó él, sorprendido.
--Sí, me mira usted con una cara...
--Cara de _jambre, zeñorito_--me dijo amablemente--. No ha _pazao_ por
mi cuerpo en _to_ el día a razón de _doz cuartoz_ de comida.
Aquello me dió una ira y una tristeza profunda. El hombre me contó que
estaba sin colocación; la familia y los hijos sin comer. Le invité a
tomar cualquier cosa; pero él me dijo que, si quería pagarle algo,
prefería llevarlo a casa. Le di dos o tres pesetas y el hombre se largó
corriendo.
Mi aburrimiento y mi desesperación se iban fundiendo en una niebla
melancólica que se apoderaba de mi cerebro. El capitán de la _Vertrowen_
y yo estuvimos mirándonos sin hablarnos. De pronto nos decidimos a
marcharnos. Al salir el capitán tropezó con un marinero que entraba, y
estuvo a punto de caer al suelo. El holandés no sólo no se incomodó,
sino que dió excusas al marinero, que, a su vez, pidió mil perdones por
su torpeza.
Yo me avergoncé de mis instintos fieros. La bruma melancólica iba
avanzando en mi alma, dando a mis ideas un tono de sentimentalismo
verdaderamente ridículo.
Fuimos el holandés y yo al muelle. Mi compañero de embriaguez bajó los
escalones de una escalerilla y se puso a gritar, hasta que brotó de
entre las tinieblas un bote blanco. Creí que el hombre se caía al agua
con su traje de etiqueta y su flor en el ojal; pero no, se mantuvo firme
y saltó al bote con agilidad.
Luego, me saludó con el sombrero en la mano, con gran reverencia.
--_Good night_--me dijo.
--Buenas noches--le contesté yo.
Me quedé solo. Estaba cansado, triste, con la cabeza pesada. Ya no me
quedaba ni un rastro de cólera. No sabía qué hacer, y me decidí a ir a
San Fernando a pie.
V
NUEVAS FATIGAS DE AMOR
Como todos los hombres sentimentales que esperan demasiado de las
mujeres, he tenido momentos de aborrecer al bello sexo. Don Ciriaco
muchas veces me decía, con una exasperación alegre que le era
característica:
--Shanti, ten esto en cuenta. De cien mujeres, noventa y nueve son
animales de instintos vanidosos y crueles, y la una que queda, que es
buena, casi una santa, sirve de pasto para satisfacer la bestialidad y
la crueldad de algún hombrecito petulante y farsantuelo. Así nos vamos
vengando unos en otros, de la manera más inhumana y estúpida.
Realmente, la naturaleza es pródiga con el hombre egoísta y con la mujer
voluble e insensible. Quizá es lo natural en el hombre ser un poco
canalla, y en la mujer un poco cruel. Hasta es posible que la bondad y
la generosidad sean una anomalía.
Tengo que reconocer que Dolorcitas no era la excepción de las cien de
que hablaba don Ciriaco. Estaba entre las noventa y nueve restantes: era
caprichosa, cruel, instintiva, voluble. Por un capricho hubiera
sacrificado a su padre, a su madre, al pueblo entero y, probablemente, a
media humanidad.
Dolorcitas parecía decidirse por mí; pero, al mismo tiempo, todo el
mundo decía que iba a casarse con el hijo del marqués de Vernay, un
señor de Jerez, no muy rico, pero de familia aristocrática.
Le escribí a Dolorcitas y le hablé varias veces por la reja. Ella negaba
que fuera a casarse y aseguraba que no torcerían su voluntad. Sin
embargo, los indicios de la boda eran ciertos.
En todos los puertos de mar, constituídos casi siempre por una población
advenediza y aventurera, se forma un espíritu aristocrático endiablado.
En las ciudades arcaicas y tradicionales, los individuos que creen
formar parte de la aristocracia alegan los prestigios de la clase con
más o menos razón; en las ciudades modernas ya no es la clase solamente
lo que se defiende, sino el matiz. Así sucede que Bilbao o Buenos Aires,
Manila o Barcelona, tienen más prejuicios de casta que Toledo, Burgos o
León.
En Lúzaro, en pequeño, ocurre lo propio desde que se ha llenado de
indianos y de gente forastera.
El comerciante, que, en general, procede de la parte más turbia de la
sociedad, necesita, ya que no pueda decir que sus abuelos estuvieron en
la conquista de Jerusalén, demostrar que su escritorio es algo sagrado y
que todos sus pequeños útiles y procedimientos de robo constituyen
ejecutoria de nobleza.
Me chocó oír que don Matías hablaba repetidas veces de su clase. Al
mismo tiempo, y refiriéndose a Dolorcitas, dijo que ésta se casaría con
un hombre de su posición, indicándome de pasada que no pretendiese poner
los ojos demasiado alto.
Para el señor Cepeda, como para todos los comerciantes de puerto, había,
sin duda, la aristocracia de la sangre y la del escritorio, el
devocionario y el libro mayor, la espada y la pesa, la coraza y el
mandil.
Era extraño: así como mi abuela afirmaba la aristocracia de la
marinería, el señor Cepeda afirmaba la aristocracia del escritorio.
En el comercio del azúcar y del cacao la elevación social está en razón
directa de la cantidad; en cambio, en el comercio de drogas la elevación
está en razón inversa. Si uno vende azúcar y canela en pequeña cantidad,
es un vulgar ultramarino; en cambio, si negocia con estos géneros en
grande, es un comerciante.
Fenómeno singular: con las drogas sucede lo contrario; vendiéndolas en
grande, es uno un droguero; vendiéndolas en pequeño, un farmacéutico, un
hombre de ciencia.
La primera vez que comprendí claramente las pretensiones aristocráticas
de la familia de Dolorcitas, fué hablando con un empleado del almacén de
don Matías, a quien yo llamaba el Almirante.
Muchos domingos, al llegar a casa de doña Hortensia me encontraba con
que no había nadie, y solía entrar en el almacén. Los empleados me
conocían. Allí se trabajaba lo mismo días de labor que días de fiesta.
Era todavía la buena época de Cádiz. Constantemente estaban cargando y
descargando carros en la calle de la Aduana, llena de almacenes y de
escritorios, y constantemente los carretones entraban y salían del
almacén de don Matías.
El almacén era inmenso, con bóvedas en donde se apilaban sacos,
barricas, toneles y cajas. A la entrada estaba el escritorio, con su
pantalla y sus ventanillas con letreros. Una parte estaba destinada al
comercio y la otra al despacho de buques.
Antes de entrar en las cuevas se pasaba por un vestíbulo, en donde había
unas grandes balanzas colgadas del techo. En este vestíbulo, vigilando
las pesadas y la entrada y salida de los fardos, solía verse un señor
que no era más que algo como un conserje o portero; pero que, por su
aspecto, parecía un personaje. En la casa, medio en serio, medio en
broma, le conocían por don Paco. Yo le llamaba el Almirante y también el
primer lord del Almirantazgo.
Este personaje decorativo gastaba patillas largas y blancas, abdomen
abultado, pantalón obscuro y una chaquetilla blanca, de dril. Hablaba de
manera doctoral. La geografía, la historia, el comercio, la navegación,
todo lo dominaba este hombre extraordinario.
Don Paco me explicó que don Matías y doña Hortensia buscaban para la
niña un novio de la aristocracia. Les faltaba el título para la
decoración de la familia, y habían hablado con el viejo marqués de
Vernay, y en principio la boda estaba concertada. El Almirante sabía que
la niña estaba por mí. Yo no sabía otro tanto.
Concluí mi curso en San Fernando y fuí a vivir a Cádiz; tenía que
esperar a don Ciriaco para embarcarme.
Varias veces hablé por la reja con Dolores. Yo le decía que no se
casara, que me esperara.
--Sí, te esperaré--contestaba ella fríamente.
Supe que no era yo el único que hablaba con Dolorcitas por la reja y que
un joven guardia marina iba muchas noches a charlar con ella.
Hice proyectos absurdos de provocarle, que, afortunadamente, no llegué a
realizar, y a mediados del mes de julio me quedé sorprendido con la
entrada en la bahía de Cádiz de la _Bella Vizcaína_.
Llegaba el momento fatal. Había que embarcarse. Me despedí de mi novia,
que me hizo mil promesas de fidelidad y de escribirme, y me fuí a la
fragata considerándome un hombre desgraciado. Don Ciriaco firmó el
conocimiento que se hacía por triplicado para responder de las
mercancías embarcadas, y levamos el ancla.
Para aliviar mi pena le conté a don Ciriaco mis amores. El viejo capitán
me escuchó burlonamente.
--Cuando vuelvas, esa niña se habrá casado ya--dijo tranquilamente, y,
añadió después--: Mejor para ti.
Don Ciriaco era un hombre tremendo.
[Ilustración]
VI
GRANDEZA Y MISERIA
Salimos de Cádiz y comenzamos el enorme viaje por el Atlántico hasta el
Cabo de Buena Esperanza, y después por el Océano Índico al Estrecho de
la Sonda y a Filipinas.
Por exigencias comerciales, en vez de volver a Europa directamente,
tuvimos que atravesar el Estrecho de San Bernardino y dirigirnos por el
Pacífico a buscar el de Magallanes. Por cierto que antes de llegar a las
Palaos encontramos dos islas de coral que no aparecían en los mapas, y a
una le llamamos con el apellido de don Ciriaco, isla Andonaegui, y a la
otra, isla de Santiago Andía.
Dos años y medio después de la salida llegamos a Cádiz. Yo recuerdo que
marqué el punto con la brújula con una gran emoción. Mentiría si dijera
que no me acordaba de Dolorcitas; pero me acordaba de una manera vaga,
remota.
En el barco supe que se había casado; pero por más esfuerzos que hice
para desesperarme no lo pude conseguir.
Entramos en la bahía de Cádiz una mañana de invierno, con un sol
espléndido. Sentí una gran alegría; allí estaban Chipiona y Cádiz con
sus casas blancas como huesos calcinados; allá estaba el castillo de San
Sebastián y la Caleta.
Al pasar por delante de la Maestranza y al ver de cerca la muralla, me
acordé de mis paseos con Dolorcitas y de mi época de estudiante en San
Fernando.
El caserío de Cádiz se desarrollaba ante mi vista, sus casas blancas sin
alero, la catedral con sus dos torres y su cúpula dorada, las azoteas
con sus torrecillas como minaretes y algunos de esos lienzos de pared
blancos, con dos o tres ventanas pequeñas, como los paredones de las
casas árabes.
Tenía ganas de pisar tierra española, de pasear por aquellas viejas
murallas con sus garitas, sus baluartes y sus cañones, de ver el hermoso
golfo de Cádiz.
La primer visita era indispensable hacerla a don Matías. Doña Hortensia
me recibió como si fuera su hijo. Mi capitán le hizo grandes elogios de
mí. Doña Hortensia estaba espléndida. Era una mujer de un gran
atractivo; parecía una emperatriz romana. Después he visto la estatua de
Agripina en el Museo del Capitolio, en Roma, y me acordé de ella.
Por lo que yo pude comprender, sentía por su marido un desprecio
inaudito. Se consideraba completamente emancipada. Yo tenía un poco más
de mundo que cuando estudiante, y pude comprender que la bella Hortensia
se desentendía de toda preocupación moral y que no buscaba más que
prosperar y gozar. Satisfacer los sentidos y la vanidad.
Su fama en Cádiz era un tanto equívoca.
Don Ciriaco pensaba retirarse y quería que yo le reemplazara en el mando
de la fragata; pero esta combinación no le gustaba a don Matías. Mi
capitán y yo fuimos a ver varias veces a Hortensia para que convenciese
a su marido. Ella prometió insistir hasta conseguir su asentimiento.
--Amigo, los chicos guapos tenéis esas ventajas--me dijo don Ciriaco,
con su tono zumbón--: las mujeres están de vuestra parte. Os ayudan, os
protegen, creen que sabéis mucho de marinería. Ya le quisiera yo ver al
capitán Cook, calvo y con las barbas blancas, venir a esta casa. Estoy
seguro de que Hortensia le encontraría el defecto de que no estaba muy
enterado de marinería.
Yo me eché a reír.
--Sí, sí, ríete--replicó mi capitán--; pero ten cuidado. Esta mujer
tiene malas intenciones para ti. Ya que has salido de la hija, no vayas
a caer en la madre.
--¿Qué me puede hacer don Ciriaco?--le dije yo, riendo.
--A otros barbilindos más listos que tú les he visto yo andar de cabeza
y hacer una porción de tonterías por una mujer. Conque, ¡ojo a la
brújula, pilotín, y cuidado con la rueda del timón!
--La ataremos, si le parece a usted, don Ciriaco.
--No, no; el buen timonel no tiene necesidad de eso.
Los consejos de don Ciriaco hicieron que no acudiese con frecuencia a
casa de Hortensia. Mi asunto marchaba bien. Antes de un mes podría ver
en la calle de la Aduana este letrero:
_COMPAÑÍA VASCO ANDALUZA_
_El día 5 de enero saldrá para las
Canarias, Cabo Verde, el Cabo de
Buena Esperanza y Manila la fragata
«La Bella Vizcaína»,
al mando del capitán don Santiago de Andía._
Los días que me quedaban de Cádiz pensé aprovecharlos. Me empezaba a
encontrar bien allí; llevaba una vida ligera y alegre. Paseaba mucho, me
encantaba el pueblo, sus plazas alegres, sus calles rectas; contemplaba
las casas blancas de miradores enormes, las iglesias también blancas, y
recorría la muralla al ponerse el sol.
Una tarde, al anochecer, al ir a entrar a la fonda, pasó por delante de
mí la criada vieja de casa de doña Hortensia, la señora Presentación, y
me dió una carta. Era de Dolorcitas. Me citaba para las diez de la
noche; tenía que hablar conmigo. Me esperaría en la reja. Vivía en la
calle de los Doblones, cerca de la Aduana. Toda mi ecuanimidad se vino
abajo desde aquel momento.
Se me ocurrieron dos cosas: una, la prudente, el ir a ver a don Ciriaco
y pedirle consejo; otra, la que más halagaba mi vanidad, escribir
diciendo que acudiría a la cita. Me decidí por lo último. Había entre
los marineros de la _Bella Vizcaína_ un chico de Cádiz, a quien llamaban
el Morito, porque había estado en Tánger y solía llevar con frecuencia
un fez rojo en la cabeza.
El Morito era muy partidario mío. Un barco es un pequeño mundo aparte,
donde las simpatías y las antipatías se establecen rápidamente, y el
Morito era joven y había simpatizado conmigo. Este muchacho solía estar
con frecuencia en una tienda de montañés de cerca de la Puerta del Mar.
Fuí a buscarle, le encontré, le di el encargo de llevar la carta a
Dolores, y después le dije que volviera por mí. Cenamos juntos el Morito
y yo; para las diez nos presentamos en la calle de los Doblones.
El Morito estaba contento de intervenir en un asunto un poco misterioso
como aquél.
--Tú vigila--le dije yo--, y si pasa alguno, avísame.
--Descuide usted--me contestó él.
A las diez en punto se oyó ruido detrás de la reja; vi una vaga luz,
después una falleba que chirriaba suavemente y una persiana que se
abría.
El corazón me golpeaba en el pecho como un martillo de fragua; creí que
me caía. Apareció ella y extendió la mano. Yo la cogí entre las mías.
Estaba tan emocionado que no podía decir nada.
Dolores, de pronto, rápidamente, me dijo que se había casado y que era
muy desgraciada. Había comprobado que su marido, el marqués, era el
amante de su madre, y ella quería vivir conmigo y abandonar Cádiz.
Yo quedé asombrado, perplejo, sin saber qué contestar. El Morito me sacó
del apuro, porque se acercó a decirme que venía alguien por la acera.
Pasó el transeúnte y seguimos hablando Dolores y yo.
Al día siguiente me esperaría en una casa próxima, que tenía una puerta
a otra calle, por donde yo entraría.
Se cerró la persiana, le avisé al Morito que nos íbamos y me fuí a la
fonda. No pude dormir en toda la noche. Realmente yo no estaba
enamorado, porque discurría fríamente, con tranquilidad completa. Veía
que me jugaba mi porvenir. Mis relaciones con Dolores se averiguarían en
seguida, por muchas precauciones que tomáramos, y don Matías me echaría
a la calle en cuanto se enterara. A veces se me ocurría la idea de
marcharme al barco y encerrarme allí; pero me parecía vergonzoso.
Por la mañana, después de una noche de insomnio, me decidí a seguir la
aventura. Estaba convencido de que en el fondo no tenía cariño por
Dolores; de que, probablemente, ella tampoco me quería; que obraba por
vengarse; pero no importaba; había que ir hasta el fin.
Al día siguiente nos vimos. Dolores había cambiado en los dos años que
no la veía. Era una mujer, pero una mujer espléndida, hermosísima. Yo
empecé a sentirme como en un sueño.
--¿Será la vida así?--pensaba al retirarme a la fonda.
Era un comenzar a vivir extraordinario. ¡Después de haber dado la vuelta
al mundo y respirado el ambiente voluptuoso de las islas del Pacífico;
después de haber luchado con los huracanes del Atlántico, con los
tifones del mar de la China y los bancos de hielo del Cabo de Buena
Esperanza, encontrarse con una mujer joven, bonita, marquesa, que le
dice a uno que le quiere!
¡Sentirse uno al mismo tiempo viejo por las cosas vistas y niño por el
corazón! Era una situación extraordinaria. No había leído todavía
ninguna novela de Balzac, de esas en que figuran únicamente duquesas y
jóvenes ambiciosos; de haberla leído, me hubiera encontrado a mí mismo
doblemente interesante. La seguridad en mí mismo me hizo ser temerario.
Recuerdo cómo fuí varias veces al palco de Dolorcitas en el teatro.
Dolores parecía una princesa; yo llevaba mi frac azul entallado, de
botones dorados, pantalón _collant_ de color gris, polainas y corbata
negra, de varias vueltas.
La gente me señalaba disimuladamente con el dedo. Si alguien me hubiera
dicho que no era el rey, el czar, el emperador, el niño mimado de la
suerte, le hubiera mirado con olímpico desprecio.
En el teatro había ópera, y más de una vez de pie, en el palco junto a
ella, se me arrasaron los ojos de lágrimas oyendo al tenor en _Lucía_,
aquello de: _Tu che a Dio spiegasti l'ale_.
Petulancia, sentimentalismo, vanidad, tristeza, todo esto se fundía en
mi alma, haciéndome creer unas veces que era un héroe y otras un
desdichado.
Mis penas procedían de Dolores. Yo hubiera querido identificarme con
ella, saber sus pensamientos más íntimos, penetrar en su alma. Sueño
irrealizable. Siempre había en ella una reserva, un temor de dejar su
espíritu al descubierto.
--¿Qué más quieres de mí?--me dijo algunas veces. Y esta sola pregunta,
expresada con acritud, bastó para hacerme desgraciado.
¡Qué estupidez, pensaba en estos momentos tristes, el considerar a la
mujer como una criatura ideal! ¡Qué error mirar la riqueza y el fausto
como felicidad!
Se acercaba el momento de que la _Bella Vizcaína_ tenía que partir. Yo
fuí a la fragata a dirigir la maniobra y a ponerla en franquía, fuera de
todos los barcos de la bahía de Cádiz. De allí volví en el bote. Me
encontraba en la mayor incertidumbre.
Un acontecimiento, a pesar de su lógica no esperado por mí, acabó, no
precisamente de una manera agradable, mis vacilaciones. Una mañana se
presentaron en mi hotel dos caballeros, de parte del marqués de Vernay.
Venían a provocarme a un duelo a pistola en condiciones graves. Yo
acepté desde luego; tenía la seguridad de que no me había de pasar nada.
Nombré de padrinos a un condiscípulo de San Fernando y a un oficial
inglés de Marina que comía en el hotel y que estaba en un navío surto en
la bahía de Cádiz.
Como digo, tenía una confianza absoluta, una confianza estúpida; me
parecía imposible que el marqués me hiriera. No sé qué idea absurda de
mi inviolabilidad se me había metido en la cabeza.
El duelo se verificaría en el Puerto de Santa María, en la finca de un
amigo del marqués. Se hicieron los preparativos con extraordinaria
reserva; el marqués y sus padrinos, con las cajas de pistolas, fueron a
primera hora de la mañana, y yo, con los míos, nos metimos en una barca
después de comer.
El patrón se sentó a la popa. Era un tipo de teatro, con patillas, faja
encarnada y calañés.
Nos reímos de él, porque decía en un andaluz muy cerrado:
--Bueno, vámonoz, que ze va el viento.
Cruzamos la bahía de Cádiz, desembarcamos, atravesamos las calles del
Puerto de Santa María, en coche, y llegamos a la finca del amigo del
marqués, a eso de las dos de la tarde.
Hacía un tiempo de invierno admirable; los padrinos midieron veinte
pasos dando unas zancadas enormes; nos dieron las pistolas, disparamos,
y al mismo tiempo que oí el fogonazo sentí un golpe que me derribó al
suelo. Intenté respirar, la boca se me llenó de sangre y sentí el ruido
del aire al entrar por el agujero de la herida.
Tenía atravesado el pulmón. Pasé días muy malos entre la vida y la
muerte. Un mes estuve en cama, y al cabo de este tiempo pude levantarme
hecho una momia. Don Ciriaco, desde que supo lo ocurrido, se plantó al
lado de mi cama y me cuidó como a un hijo. Hortensia vino también a
verme. Dolores y su marido habían ido a vivir a Madrid, al parecer
reconciliados.
Cuando ya estuve en disposición de salir de casa, don Ciriaco me llevó a
ver a un amigo suyo, capitán de una fragata, _La Ciudad de Cádiz_. El
viejo capitán, que me tenía cariño, quería que su amigo pasara a mandar
la _Bella Vizcaína_ y yo ocupara la vacante en _La Ciudad de Cádiz_.
El amigo no presentó dificultad alguna; don Ciriaco fué a ver a doña
Hortensia, quien parece que dijo que se haría lo que deseábamos sin la
menor vacilación.
Efectivamente; unos meses después, ya restablecido del todo, era capitán
de una hermosa fragata, a los veintitrés años.
VI
EL PARADERO DE JUAN DE AGUIRRE
Nunca volví a ocuparme de mi tío Juan de Aguirre, que en mi infancia
tanto me preocupó; pero un día iba en una de esas canoas que cruzan la
bahía de Manila conduciendo el pasaje, y que llaman _guilalos_, cuando
entablé conversación con un viejo capitán vasco que mandaba un
bergantín, y al decirle que yo era de Lúzaro, me preguntó:
--¿Usted sabe algo de la vida de Juan de Aguirre?