Garmendia les sacaba fuera de quicio con sus observaciones, al parecer
ingenuas, pero de doble fondo.
El boticario decía, por ejemplo, que había conocido algún protestante o
judío, buena persona, y añadía que era para él muy extraño y muy triste
que un hombre que profesaba una religión falsa pudiera ser mejor que
muchos católicos.
--¿Qué importa que un hombre sea bueno o malo, si no es
cristiano?--preguntaba Echaide, furioso.
--Hombre, sí importa.
--No importa nada--replicaba el otro--. Nada. Si no va a misa, no se
puede salvar.
Garmendia les mortificaba continuamente. Lo mismo Echaide que Argonz
eran muy aficionados a la sidra y al chacolí, y a toda clase de licores.
--Es una lástima--les dijo una vez Garmendia--que los vascongados, a
pesar de ser tan religiosos, sean tan borrachos.
--¡Mentira!--exclamó Echaide, poniéndose rojo de indignación--. El
pueblo vascongado es un pueblo honrado, y los que le denigran son
indignos de pertenecer a él.
--Son unos canallas--añadió Argonz, con los ojos fuera de las órbitas.
--No lo dudo--replicó Garmendia--. Soy tan vascongado como cualquiera,
pero siento que a mis paisanos les pase lo que a los irlandeses, que son
muy religiosos, pero les gusta demasiado el vino.
--¿Y qué? ¿Por qué no les ha de gustar?
Los dos carlistas exaltados comprendían que Garmendia era su enemigo, y
uno de ellos dijo una vez, amenazadoramente:
--Lo que hay que hacer aquí es salir al campo con el fusil, y a todo
liberal que se encuentre, ¡fuego!
--Y por la espalda--añadió el otro, con la cara inyectada de rabia.
El relojero era de estos hombres que a todo el mundo dan la razón, y,
con su lente en el ojo derecho, movía la cabeza, en señal de
asentimiento, a cuanto decían sus contertulios; pero, al marcharse los
carlistas exaltados, murmuraba:
--Son unos bárbaros: la Inquisición no es para estos tiempos. El mundo
marcha.
Esta frase no expresaba para Zapiain más que el contento de vivir
tranquilo y satisfecho, sin guerras ni trifulcas.
Uno o dos meses después de llegar yo a Lúzaro, en la relojería se
comenzó a hablar a todas horas de las minas de hierro que se estaban
explotando en Izarte, y del embarcadero que se iba a construir en un
extremo de la playa de las Ánimas.
Estas minas se habían descubierto y comenzado a explotar mientras yo
estaba viajando. Dirigía los trabajos un tal Juan Machín, hijo de
Lúzaro, a quien se recordaba haber conocido holgazaneando por el pueblo.
En mis tiempos de chico, hablaba mucho de minerales y de filones de
hierro un señor que se llamaba don Juan Beracochea, de quien la gente
solía burlarse porque andaba con un criado suyo haciendo excursiones por
los montes próximos, y decía que los alrededores de Izarte valían una
millonada.
Beracochea era hombre con tipo de mosquetero: nariz aguileña, barba
negra en punta, sombrero de ala ancha y melenas. Llevaba un bastón
grueso, cuyo mango era un martillo, y volvía de sus paseos con los
bolsillos llenos de piedras.
Beracochea tenía fama de hereje; él decía con orgullo que su padre había
sido uno de los primeros suscriptores a la célebre _Enciclopedia
metódica_ de Diderot. Cuando se murió se encontraron en su casa muchos
libros. La sobrina de Beracochea, que era la heredera, llamó a don
Benigno, el vicario, para que los examinara, y éste afirmó que aquellos
libros eran tan malos, que era mejor quemarlos. Algunos preguntaron cómo
había averiguado la maldad de estos libros el buen cura, no sabiendo
francés e inglés, idiomas en que la mayoría estaban escritos; pero un
vicario no necesita de eso para comprender la ponzoña que hay encerrada
en el papel impreso. Beracochea tenía una porción de minas denunciadas;
pero, a pesar de la decantada bondad del mineral, no pudo explotarlas ni
venderlas.
En esto apareció Juan Machín, en compañía de unos ingleses; se entendió
con la sobrina de Beracochea, formaron una sociedad y comenzaron a
ganar dinero.
De un vagabundo de mala fama, Machín se convirtió en hombre
todopoderoso: daba trabajo, favorecía a los pescadores, era un
personaje.
Juan Machín se casó con una mujer rica de Bilbao; compró una casa
solariega en Izarte, y comenzó a arreglarla a su gusto.
Varias veces me dijeron que fuera a ver los trabajos y excavaciones que
se hacían en el pueblecito vecino; pero no tenía gran curiosidad, y no
hubiese ido por allí a no aconsejarme mi madre que fuera, aunque por
otra causa.
Mi abuela había dejado un caserío en Izarte, sobre las dunas de la playa
de las Ánimas. Este caserío se llamaba _Bisusalde_.
_Bisusalde_ correspondía a mi madre, y estaba alquilado a un inglés. No
sabía mi madre el contrato que mi abuela había hecho con él; y como se
acercaba Año Nuevo, quería averiguarlo para cobrar la renta.
Este motivo me hizo sacudir la pereza e ir despacio, una mañana de
noviembre, a la playa de las Ánimas. Fuí por el monte Izarra; quería
recorrer aquel camino del acantilado que tantas veces pasé de niño,
echar una ojeada a la cueva de la _Egan-suguia_ y recordar el olor de
las aliagas y de los helechos, ya olvidado por mí desde la infancia.
[Ilustración]
IV
LA PLAYA DE LAS ÁNIMAS
El monte Izarra forma una pequeña península: a un lado tiene el boquete
de Lúzaro, al otro, una playa extendida algunos kilómetros entre la
punta del Faro y los cantiles pizarrosos de la parte de Elguea.
Esta playa es la llamada playa de las Ánimas; playa solitaria y
desierta. Sobre ella, dominándola en toda la extensión y limitando el
arenal, hay como una cornisa de dunas de treinta o cuarenta metros en la
parte más alta, formadas por masas de arena y de arcilla, amarillentas y
blancas, cortadas en unas partes a pico, en otras constituídas por
mamelones terrosos llenos de grietas, de anfractuosidades y de
torrenteras. Un hilo de agua rompe esta barrera de dunas y corre por el
fondo del barranco. Esta pequeña corriente se llama _Sorguiñ-Erreca_ (el
arroyo de las Brujas). En el combate del mar con la tierra, en unas
partes el mar roe la costa, transformándola en acantilado, haciéndola
desmoronarse; en otras, por el contrario, la tierra avanza; la arena se
convierte en duna; la duna se defiende con sus hierbas, con sus algas;
resiste el empuje del mar, se consolida y se afianza como terreno
fuerte. Sobre las dunas de la playa de las Ánimas la vegetación se hace
cada día más tupida, y van llegando las praderas y las heredades de
Izarte hasta el borde mismo de la cornisa.
Hacia el lado del Izarra, en un pequeño promontorio, hay un faro de poca
importancia; por el lado de Elguea se ve toda la costa española y parte
de la francesa.
La playa de las Ánimas es punto donde se desarrollan grandes temporales
y galernas.
Este mar de las costas vascas es de los más salvajes, de los más
violentos; tiene cóleras rápidas e imprevistas; es pérfido y cambiante,
hierve, tiembla, siempre agitado y tumultuoso.
Aquí, en el fondo del golfo de Gascuña, el Cantábrico tiene mucha
profundidad, la costa es de roca y las corrientes fuertes.
En invierno, la playa de las Ánimas es triste; la bruma blanquecina
cubre el mar; jirones de niebla se levantan por el Izarra, y el aire y
el agua se confunden. Ni una línea se destaca claramente; cielo y agua
son la misma cosa: un caos sin forma y sin color.
Se siente ese silencio del mar lleno del gemido agudo del viento, del
grito áspero de las gaviotas, de la voz colérica de la ola, que va en
aumento hasta que revienta en la playa y se retira con el rumor de una
multitud que protesta.
Muchas veces el cielo gris permite ver perfectamente a lo lejos; hay una
claridad difusa, que parece no venir del cielo entoldado, sino del mar
blanquecino y turbio; las olas, de un color de arcilla, llegan con
meandros dislocados de espuma a dejar en la playa una curva plateada, y
la resaca hace hervir la arena al contacto del mar.
Las gaviotas juegan por encima de las olas, se meten en las concavidades
abiertas entre unas y otras, descansan sobre las espumas, se acercan a
la playa a mirar con sus ojos grises, en donde se refleja la luz apagada
del día, y lanzan ese grito salvaje parecido al áspero chirriar de la
lechuza.
Muchas veces, en pleno invierno, se aligera el cielo, huyen las nieblas
y queda el mar azul, admirable; pero nunca la playa de las Ánimas da una
impresión de serenidad, de belleza, como en otoño, después de pasar las
tormentas equinocciales.
Sabido es que la climatología oceánica y terrestre no es igual; en
tierra, el máximum de frío y de calor es febrero y agosto; en el mar, es
marzo y septiembre.
Octubre, en nuestras costas, es el verdadero principio del otoño; cuando
la tierra empieza a enfriarse, el mar sigue templado.
En estos días tranquilos, suaves, de temperatura benigna, se pueden
pasar las horas dulcemente contemplando el mar. Las grandes olas
verdosas se persiguen hasta morir en la playa; el sol cabrillea sobre
las espumas, y al anochecer algún delfín destaca su cuerpo y sus aletas
negras en el agua.
Ese espectáculo de las olas, tan pronto tranquilas en su marcha como
lanzadas a la carrera en un furioso galope, tiene, a pesar de su
monotonía, un inexplicable interés. Es un líquido cargado de sales,
movido por el viento con un ritmo mecánico en su circulación, y, sin
embargo, da la impresión de una fuerza espiritual de algo infinito.
Los días de viento sur, los promontorios lejanos se ven con una claridad
diáfana, y la costa de Francia y la de España se dibujan como en un
plano en el mar.
En estos días la arena no echa fuego, como en el verano; espejean los
charcos dejados por la marea; el liquen de las rocas verdea más al sol;
en los agujeros redondos formados por los _mangos de cuchillo_ se
escapan burbujas al pasar la ola; las algas negruzcas forman madejas
semejantes a correas, y los fucus y las laminarias y las gelatinosas
medusas brillan en el arenal.
Al anochecer, el crepúsculo hace ostentación de su magia; el sol tiene
fantasías, aparece en un fondo de nubes rojo, da a la superficie de las
olas reflejos rosados e inunda a veces el mar de luz dorada, dejándolo
como un metal fundido.
Por marzo, cuando el invierno ha pasado; cuando la estufa, encendida por
los rayos solares en el verano, se extingue por completo, el mar está
frío. Entonces es la época de los grandes temporales, de las mareas
vivas, con el flujo y el reflujo muy grandes.
Casi siempre, antes de las tempestades, el mar arroja a la playa medusas
y estrellas de mar, algas y trozos de madera arrancados del fondo del
abismo por las agitaciones interiores del Océano.
Después de los temporales y de las lluvias abundantes, ese hilo de agua
limpia que sale del barranco abierto entre las dunas _Sorguiñ-Erreca_
(el arroyo de las Brujas), se hincha, se agranda y se convierte a veces
en un torrente.
[Ilustración]
V
Frayburu
Y con la suavidad del mar en la playa, contrasta la violencia de las
olas en la punta del Faro, hacia el lado del Izarra, en los arrecifes de
Frayburu.
En pocas partes la conjunción del mar y de las rocas se verifica de una
manera tan violenta, tan tumultuosa, tan trágica como en esos peñascales
del Izarra, dominados por ese islote negruzco llamado Frayburu.
Desde la barandilla del faro, el espectáculo es extraordinario; abajo,
al mismo pie del promontorio, hay una sima con fondo de roca, y allí el
agua, casi siempre inmóvil, poco agitada, es de un color sombrío; a lo
lejos, el mar aparece azul verdoso; cerca del horizonte, de un tono de
esmeralda. Cuando el viento riza las aguas, toman el aspecto y el brillo
de la mica, y se ve el mar surcado por líneas blancas que indican las
diversas profundidades.
Lejos, detrás del Izarra, las lanchas pescadoras, negras, parecen
inmóviles; algún barco de vela se presenta en el horizonte, y pasa una
gaviota despacio, casi sin mover las alas.
Toda esta serenidad, toda esta placidez se cambia en agitación y en
violencia cerca de la costa, junto al acantilado del Izarra, con sus
lajas pizarrosas, negras, hendidas, y sus rocas diseminadas como
monstruos marinos entre las aguas.
La lucha del mar y de la tierra tiene en estos arrecifes acentos
supremos. El agua está allí como desesperada, verde de cólera, sin un
momento de reposo, y lanza contra las rocas todas sus furias, todas sus
espumas.
Los peñascales negros avanzan desafiando el ímpetu de la ola
embravecida, y por las hendiduras de las rocas, huellas del combate
secular entablado entre el mar y la tierra, penetra el agua y salta a lo
lejos en un surtidor blanco y brillante como un cohete.
Se piensa vagamente si el mar tendrá algún misterioso designio al
querer conquistar estos peñascos, y que lucha y se desespera al no
conseguirlo. Vienen a lo lejos las olas como manadas de caballos
salvajes, adornados con crines de plata, empujándose, atropellándose;
asaltan las rocas, se apoderan de ellas; pero como si les faltara la
confianza en su dominación, la confianza en su justicia, vuelven atrás
con el clamor de un ejército derrotado, en láminas brillantes, en hilos
de agua, en blancos espumarajos.
El hombre, sin duda, no está organizado para comprender lo trascendental
de lo que es extraño a él. Así presta sus designios a las cosas e
inventa las religiones; así supone que el sol está hecho para alumbrarle
y las estrellas para adornar su noche.
Todo lo vaciamos en el molde de nuestro espíritu; fuera de ese pequeño
molde, no tenemos nada para asir y comprender las cosas que pasan por
delante de nosotros. Por eso damos a todo el universo, desde la gota de
agua hasta Sirio, una intención humana.
Así, alguna de estas olas se nos figura que suben arteramente, buscando
el camino estrecho y tortuoso, como una guerrilla intrépida, y ya desde
la cumbre de un peñascal bajan en una rápida fuga.
Frayburu, negro, en medio de las aguas espumosas, parece una
representación del orgullo y de la fuerza de la tierra frente a las iras
del mar.
En los días de oleaje, Frayburu desaparece como tragado por las espumas,
y vuelve a surgir por instantes con su color negro, su piel de monstruo
marino y la franja de meandros de plata que lo ribetea.
¿Este peñasco misterioso y extraño exaltaría la imaginación de un
Hamlet? ¿Es la ruina de un castillo? ¿Es un enorme delfín? ¿Es un
tiburón? ¿Es una esfinge que mira al mar, o la cabeza pensativa de un
sabio?
El hombre de la costa no ha querido que sea un delfín, ni un tiburón, ni
una ruina; ha decidido que sea la cabeza de un monje y le ha llamado
así, en vasco: Frayburu.
La imaginación fabrica cosas extrañas con las nubes y con las rocas, con
lo más impalpable y con lo más duro. En las forjas del espíritu se
funden todas las substancias.
El Izarra presenta también motivos de fantasía para las imaginaciones
vagabundas; en ese alto acantilado, paredón gigantesco, pizarroso, con
vetas blancas, las hornacinas se abren como esperando una imagen; los
balcones, ribeteados por líquenes verdes, se alargan en lo alto. Podría
asomarse allí una ondina o una hada. A veces, al pie de este acantilado,
aparecen manchas rojas de algas adheridas a las peñas, que sugieren
cierta idea trágica.
Pero cuando la costa y, sobre todo, Frayburu llegan a lo álgido de su
fuerza, al paroxismo de su misterio, es al anochecer. Entonces el
horizonte se alarga bajo la bruma rojiza, el cielo azul del crepúsculo
va palideciendo y sus colores de rosa se tornan grises; los promontorios
lejanos, dorados por el último resplandor del sol, desaparecen en la
niebla, y Frayburu se yergue en la soledad de su desolación más
misterioso y más sombrío, en su continuo reto lanzado al cielo obscuro y
al mar hipócrita que intenta conquistarlo.
[Ilustración]
VI
BISUSALDE
Una mañana de otoño llegué a la playa de las Ánimas antes del mediodía.
Un hombre iba con un carro por el arenal, aguijoneando la yunta; se oía
el chirrido de los ejes de la carreta y el ruido crepitante de la arena
bajo las pezuñas de los bueyes.
Pregunté al boyero por dónde se subía más de prisa a Bisusalde, y me
mostró el camino, que, al principio, más que camino, era una escalera
formada por tres o cuatro tramos hechos con vigas y que terminaba en una
cuesta en zig-zag. Este sendero se llamaba Cuesta de los Perros _(Chacur
aldapa)_.
Más avanzado que ninguna de las casas de Izarte, más al borde de las
dunas estaba el caserío de mi abuela, un caserío negro, con un balcón
corrido hacia el lado del mar.
Se llamaba Bisusalde (cerca de las borrascas). Realmente, el viento
debía azotar allí de una manera furiosa.
Me acerqué a contemplar el caserío: la fachada que miraba al mar era
toda negra; la otra tenía un jardín abandonado, con dos cipreses secos,
y luego una huerta, que se continuaba con un prado.
Entré en la casa y llamé. Esperé algún tiempo, y un hombre que trabajaba
en la huerta me dijo que el capitán, así llamaba sin duda al amo, no
estaba en casa. Había ido a Elguea con su hija.
Recordé que aquel viejo era el mismo que encontramos Recalde y yo
cuando, después de nuestra expedición al _Stella Maris_, anduvimos
buscando al que tenía la llave de la lancha que solía estar atada en la
punta del Faro.
Pregunté al viejo cuándo volvería el señor, y me dijo que por la tarde,
a eso de las cinco.
Me dirigí hacia el pueblo, formado por quince o veinte casas agrupadas
en derredor de la iglesia, y me detuve en una venta del camino, con el
objeto de almorzar, y de paso a enterarme de la clase de gente que vivía
en Bisusalde.
La venta era de esas mixtas entre campesina y marinera; tenía las
puertas y las paredes pintadas de verde, mostrador en el portal y a un
lado un cuarto pequeño con una mesa de pino, blanca, un espejo cubierto
con gasa y varias sillas.
Estaba todo limpio a fuerza de arena y de baldeo. Contiguo a la venta
había un soportal con una fragua: en aquel momento estaban herrando a un
buey amarillento.
Llamé; vino una mujer, a quien pregunté si podía comer algo; me dijo que
esperara un momento. Hablamos; le expliqué quién era y a lo que iba, y a
mis preguntas contestó dándome los informes que le pedía acerca del
inquilino de nuestro caserío.
El hombre de Bisusalde a quien llamaban el capitán era un marino inglés,
que vivía con su hija, muchacha de catorce o quince años, y un criado,
llamado Allen.
Algunos aseguraban que el viejo había sido pirata; pero esto, según la
mujer de la venta, eran ganas de hablar.
El inglés daba lecciones de su idioma y solía ir todos los días a
Elguea, donde tenía varios discípulos. Le habían invitado también a
establecerse en Lúzaro, pero no quería: prefería vivir en Izarte.
La vida de aquella gente era muy sencilla y muy pobre. Por las mañanas,
el capitán y su hija solían recorrer la playa desierta, los dos
descalzos. Había una cueva pequeña en las dunas con una puerta; allí,
los días buenos, la chica entraba a desnudarse, se ponía un traje de
baño y se metía en el mar. Solía estar nadando, y cuando se cansaba, al
salir a la playa, su padre le ponía una manta blanca.
Por la tarde, después de almorzar, el capitán iba a Elguea y volvía por
la playa despacio. Muchas veces se quedaba entre las rocas hasta el
anochecer.
La chica apenas aparecía en el pueblo; el criado trabajaba en el campo,
y los domingos iban los tres al faro de las Ánimas, pues se trataban con
el torrero y su familia.
La mujer de la taberna añadió que al principio decían que Mary, la hija
del capitán, era débil; pero que con aquella vida al aire libre se
estaba haciendo una muchacha muy robusta.
Todos estos datos contribuyeron a hacerme creer que aquella gente era
bastante misantrópica y extraña.
Después de almorzar y descansar en la venta, me fuí por el borde de las
dunas adelante. Serían las cuatro y media, cuando vi al capitán y a su
hija, que volvían, hacia su casa, por la playa. Él iba despacio; ella
corría, tiraba piedras, gritaba.
La subida por la Cuesta de los Perros era bastante fatigosa, y el viejo
se detuvo varias veces a descansar. Tenía aire de hombre enfermo y
abatido; al pararse bajaba la cabeza hasta dar con la barba en el pecho.
Me acerqué a ellos. La muchacha era muy bonita, rubia, tostada por el
sol; al pasar por delante de mí me miró con un aire completamente
salvaje. Aguardé a que entraran en su casa, y poco después me decidí a
llamar.
Había obscurecido. El viejo alto que trabajaba en la huerta me indicó
que pasara. Entré. Una lámpara de aceite alumbraba un cuarto pequeño y
modesto, que tenía un armario con cortinillas blancas.
El capitán leía sentado cerca de la mesa; la muchacha estaba haciendo la
cena allí mismo; el viejo criado raspaba el mango de una azada.
El capitán se levantó al verme, con aire de alarma; yo le rogué que se
sentara, y le dije quién era y a lo que iba. La muchacha salió del
cuarto.
--¿De manera que usted es nieto de doña Celestina?--me preguntó el
capitán.
--Sí, señor.
--¿Hijo de Clemencia?
--Sí, así se llama mi madre.
El hombre se turbó, no supo decirme lo que pagaba de renta a mi abuela,
y murmuró:
--Dígale usted a su madre que me diga lo que tengo que pagar al año por
la casa, y si puedo me quedaré en ella.
Yo le indiqué repetidas veces que no, que siguiera pagando como hasta
entonces; pero no le pude convencer.
De cuando en cuando la muchacha rubia se asomaba a la puerta y me miraba
con sus ojos azules obscuros, con una expresión de temor y desconfianza,
como si tuviera miedo de que yo le hiciera algún daño a su padre.
Me levanté molestado del aire de suspicacia de toda aquella gente, y,
saludando a los tres con frialdad, me volví a Lúzaro.
[Ilustración]
VII
EL RECADO
Una tarde de diciembre, al volver de la relojería, ya obscurecido, un
chiquillo me detuvo y me entregó una carta. ¿Quién podía escribirme?
Examiné el sobre a la luz de un farol. Era letra de mujer. Con gran
curiosidad leí la carta, que decía así:
«Al capitán don Santiago de Andía.
Mi padre, que se encuentra enfermo, le suplica encarecidamente a usted
que venga a verle lo más pronto posible; si puede, esta misma noche.
Tiene que hablarle a usted de asuntos importantes. Si se decide a salir
por la noche, a la salida del pueblo, en la herrería de Aspillaga, le
esperará un amigo con un caballo.
_Mary A. Sandow_.
Bisusalde: Playa de las Ánimas.»
Al entrar en casa enseñé la carta a mi madre, que se quedó también
asombrada. Como sentía gran curiosidad, quise marcharme en seguida; pero
mi madre me obligó a sentarme a cenar. Cené rápidamente, y, envuelto en
el capote, tomé el camino hacia la herrería de Aspillaga.
Allí se encontraba Allen, el viejo hortelano de Bisusalde. Le dirigí
algunas preguntas acerca del capitán; me contestó con monosílabos, y, en
vista de que no manifestaba muchas ganas de hablar, enmudecí.
El caballo tomó un trotecillo no muy cómodo, y por la carretera, húmeda,
llegamos en una hora a la playa de las Ánimas.
El viento silbaba y gemía con alaridos violentos; el mar bramaba en la
playa y la resaca debía de ser furiosa.
Nos acercamos al caserío. No hubo necesidad de llamar; la puerta se
hallaba abierta y en el umbral se encontraban la hija del inglés en
compañía de una muchacha morena, desgarbada, con los pies desnudos.
La hija del capitán tenía los ojos como de haber llorado.
--¡Cuánto ha tardado usted!--me dijo.
--No he podido venir antes.
--Vamos a ver a mi padre.
Dimos vuelta a la esquina de la casa, y, por una escalera que había a un
lado, subimos al piso principal. El capitán se hallaba en un sillón,
envuelto en un capote azul, viejo y raído, con los ojos cerrados.
Al oír mis pasos se incorporó y murmuró con voz apagada:
--Mary, trae una silla.
Cogí yo la silla y me senté. ¿Qué podía querer aquel hombre de mí? ¿Qué
relación podía haber entre nosotros dos?
La muchacha dió a beber al viejo un poco de café, y yo pude contemplar
al padre y a la hija. Era él un hombre escuálido, de unos sesenta años;
la barba, blanca, recortada y en punta; los ojos, pequeños, grises y
vivos, debajo de unas cejas largas y amarillentas; la nariz, aguileña.
La muchacha tendría quince o diez y seis años; era delgada, esbelta, con
las mejillas doradas por el sol; los ojos brillantes, obscuros; el pelo
rubio, de fuego, y la expresión entre asustada y salvaje.
En las paredes del cuartucho había unos mapas, un barómetro, un reloj de
barco y una brújula; se notaba que era la casa de un marino.
Afuera, el viento silbaba con furia, haciendo retemblar puertas y
ventanas.
El capitán, después de tomar el café, pareció reanimarse; me miró con
atención, esperó a que su hija saliera y me dijo rápidamente: