XXIII.

En el que se conocerá el rancho del Gavilan, que era el castillo feudal

de Guzman.

Cuando Guzman llegó á su casa, Blanca habia vuelto en sí completamente,

y pudo bajarse del caballo sin auxilio de nadie; lo que le habia pasado

durante aquella noche fatal le parecia una pesadilla, pero al verse allí

sola y á merced de aquel hombre, comprendia cuán terrible era su

situacion.

La casa de Guzman era un rancho situado en lo mas escarpado de una

montaña, rodeado de barrancas profundísimas; no podia llegarse á él sino

por una penosa y angosta vereda, que podia desde la puerta de la casa

esplorarse hasta una gran distancia, merced á las sinuosidades del

terreno.

Detrás de la casa seguia el bosque, pero espeso, tupido, impenetrable

casi; era una retirada segura para un lance apurado.

El barranco que cruzaba á la derecha de la casa tenia una profundidad

espantosa, y nadie se atrevia siquiera á acercarse á la orilla, porque

aquellas rocas cortadas como á pico, aquel torrente que se azotaba, por

decirlo así, entre las peñas del fondo, aquellas espumas á las que casi

nunca herian los rayos del sol, causaban vértigos, aquel abismo atraia.

El rancho se llamaba del Gavilan, y era el cuartel general de Guzman, el

gefe de los ladrones de aquel rumbo.

Dos ó tres mugeres andrajosas y sucias salieron á recibir á los recien

venidos.

--Queremos desayunarnos--les dijo Guzman sin saludar; que nos preparen

algo, pero antes á ver si hay ropa que le venga á esta señora para que

se quite la que trae puesta, porque viene la pobrecita mojada hasta los

huesos.

Doña Blanca oyó esto, pero no se movió; tenia miedo de todo.

--Anda vida mia--la dijo Guzman, tomándola un brazo, anda.

Doña Blanca se desprendió de la mano de aquel hombre y le dirigió una

mirada de indignacion.

--Vamos señora--dijo una de las mugeres.

Blanca no contestó, y se sentó sobre una piedra.

--Si no quiere, déjenla por ahora, hoy se amansará, yo voy á mudarme que

tengo frio: el desayuno.

Guzman se entró á la casa, haciendo al retirarse una seña al criado que

como un centinela vino á colocarse al lado de Doña Blanca.

La pobre jóven meditaba con la frente apoyada en sus manos.

¿Qué seria de ella en poder de aquel hombre? ¿De dónde podria venirle la

salvacion?

Levantó el rostro y miró al cielo, y sus miradas se perdieron en el

espacio.

Media hora permaneció así, hasta que sintió que la tocaban familiarmente

en la espalda. Era Guzman que se habia cambiado el traje, y que salia de

la casa vestido como un caballero, con una ropilla y unos gregüescos de

vellorí pardos y unas calzas finísimas de cuero de venado.

--¿Quieres desayunarte, alma mia?

Doña Blanca no contestó.

--Vamos, toma alguna cosa, entra al menos en la casa, el sol comenzará

pronto á calentar y puede hacerte mal.

Doña Blanca ni le miraba siquiera.

--Entonces si no quieres entrar, yo comeré aquí; que me has causado

tanta pasion, que no quiero abandonarte ni un momento.

Guzman habló á las mugeres, y poco despues allí mismo habian tendido en

el suelo, y á los piés de Blanca una soberbia servilleta de damasco, y

habian servido el desayuno.

Las tazas, los platos, las jarras, todo era de plata ricamente

cincelado, todo de mucho lujo; aquel hombre debia de ser muy rico.

Las mugeres se retiraron y Guzman quedó solo con Doña Blanca.

--Toma alguna cosa, ángel mio, decia Guzman: mira, aquí serás mas que la

vireina; aquí tú sola mandarás y tendrás cuanto quieras, porque soy muy

rico, mucho. Si ves que vivo en esta casa tan triste, es porque no tengo

á quien darle gusto, pero viniendo tú todo cambiará; ¿me oyes? Porque yo

conozco que á tí sí te voy á querer de veras. Oyeme, mi vida: muchas

mugeres han venido aquí y han hecho poderíos por agradarme, pero me han

cansado, nunca he podido llegar á quererlas, y á tí sí te he de querer

mucho, porque has de ser buena, y yo tengo necesidad de querer á una

muger buena.

Guzman estaba enternecido, y Blanca concibió alguna esperanza.

--Si quereis una muger buena--contestó--¿por qué me habeis traido así,

por fuerza? ¿Qué conseguireis con tener aquí contra su voluntad á una

pobre muger que no os ama, que no puede amaros?

--¿Amas á otro?--dijo Guzman con furor.

--¿Para qué quereis saberlo? Basta que os diga que no os puedo amar.

--Pero me amarás, serás mia.

--No lo espereis.

--¡Ah! mas soberbias que tú han llegado aquí muchas, y han acabado por

llorar el dia que las he despachado á sus casas.

--Mal me conoceis si me confundis con esas mugeres--contestó indignada

Blanca.

--Oyeme, no quiero que nos incomodemos tan pronto; toma algo paloma mia,

estás muy débil, toma algo y hablaremos despues; quizá me convenzas, y

te deje yo volver libre á la casa de Bárbara.

Doña Blanca quiso probar con aquel hombre la dulzura.

--Sí, os acompañaré, tomaré algo con vos, pero es necesario que vayais

reflexionando, que vuestra accion no es buena: ¿qué pretendeis de mí, de

una pobre muger sin amparo? Si no fuera mi situacion tan triste, si yo

tuviera algun amparo sobre la tierra, no seria tan cruel lo que pensais

contra mí; pero quizá la única esperanza que me quede sobre la tierra

sereis vos. Sed mi amigo, mi protector; no os empeñeis en ser mi

verdugo.

Guzman miró fijamente á Doña Blanca: sus ojos pardos, brillaron bajo sus

cejas negras y espesas de una manera estraña.

--¡Ah! tú sabes mucho, mucho; casi, casi me estas enterneciendo: calla,

y no me hables así.

Doña Blanca sintió que su corazon se dilataba con la esperanza.

Calló por un momento, y comenzó á tomar una taza de leche.

Guzman habia concluido y las mugeres llegaron á retirar todo lo que

habia servido para el desayuno. Pero Doña Blanca observó con terror que

habian dejado cerca de Guzman una botella.

Blanca permaneció silenciosa, pero á poco su terror subió de punto,

porque vió salir de la casa al criado y á las mugeres y alejarse hasta

perderse por la vereda. Quedaba enteramente sola con Guzman.

Guzman se llevó á la boca la botella y dió un trago como para adquirir

valor.

--Oyeme--dijo limpiándose los labios--yo te quiero, y necesito que tú me

quieras tambien; yo soy mozo y sabes que soy rico, podemos ser aquí muy

felices.

--Pero.........

--Escúchame: yo sé que andas prófuga, que te persigue la justicia, la

inquisicion tal vez, porque tú llevas en tu cuerpo las señales del

tormento, aquí nadie es capaz de alcanzarte; quiéreme, sé mia por bien,

estás en mi poder, ninguno podrá libertarte, y si resistes, fuerza tengo

para obligarte á sucumbir.

--Oidme, por Dios--contestó Blanca--es verdad que estoy en vuestro

poder, que ando prófuga, pero la historia de mis desgracias enterneceria

á un tigre. Sola en el mundo, el destino me ha arrebatado á todos mis

protectores; Doña Beatriz de Rivera mi madrina, murió; luego encontré

amparo en Don Melchor Perez de Varais, y en su muger Doña Isabel, pero

mas tarde supe por mi último amigo, por el negro Teodoro que Doña Isabel

mi protectora era una aventurera llamada Luisa, y entonces ya no me

quedaron sobre la tierra mas que gentes que pasageramente se interesan

por mí, ¿por qué vos no habeis de ser el ángel protector de mi vida?

Sois bueno, generoso, fuerte, sed mi abrigo, ved en mí una muger que

necesita de apoyo y no una víctima, un juguete de vuestras

pasiones......... ¿me oís.........?

Guzman habia escuchado en silencio á Blanca y tenia la cabeza inclinada.

De repente tomó la botella y volvió á llevarla á sus labios.

Doña Blanca se estremeció.

--Siempre he pensado en que seas mia.

--¿Pero no os conmueve mi llanto ni mis súplicas?

--Todas las mugeres son lloronas.

--Mirad que os lo pido de rodillas--dijo Blanca arrodillándose.

El manto que la cubria cayó de su espalda y quedó descubierto su cuello

blanco y torneado.

Guzman volvió á tomar otro trago y se quedó mirando á Blanca.

--De veras que eres linda--la dijo--¿y quieres que mirándote esa

garganta y esos hombros te dejara ir cómo tú te lo supones?

Doña Blanca se cubrió precipitadamente, pero ya no era tiempo.

--¿Para qué te tapas?--dijo Guzman queriendo quitarle el manto--¿para

qué te tapas? ven acá, comenzaré por darte un beso.

Y estendió su mano para acariciarla.

Doña Blanca se retiró violentamente y volvió el rostro como buscando

amparo, pero estaba sola, completamente sola; no se oia mas ruido que el

rumor del viento entre la fronda y los ecos del torrente que se

despeñaba en las profundidades de la barranca de «la Monja Maldita.»

Guzman se paró vacilante: sus facciones anunciaban que habia llegado á

un estado temible de embriaguez.

Doña Blanca al verle en aquella situacion perdió toda esperanza.

Doña Blanca retrocediendo se encontró detenida por un árbol, y Guzman

pudo asirla de la falda.

--¿A dónde vas? ¿á dónde vas?--balbutia aquel hombre, ven acá, si hoy

vas á ser mia.

--¡Por Dios dejadme! ¡por Dios! por vuestra madre, por lo que mas ameis

en el mundo.........

--Si tú eres lo que mas amo en el mundo, ven aquí, no me hagas

enojar.........

--¡Por Dios! ¡por el amor de vuestra madre!--repetia Blanca.

--Vamos, ¿qué tiene que ver Dios, ni mi madre en esto? Si Dios no

quisiera no estarias en mi poder.

Guzman habia logrado detener á Blanca y habia pasado su brazo al

derredor de su cuello y acercaba ya su rostro al de la doncella, pero

ésta logró desprenderse de él y se retiró.

Sin embargo, poco habia ganado, porque en aquella lucha habian venido á

colocarse cerca de la barranca, y la jóven se refugió encima de una peña

que se avanzaba sobre el abismo.

--¡Hola!--decia Guzman--te resistes, pero ya has caido y tú sola te

entregas: haber ahora por donde te vas.

Blanca miró por todos lados y solo encontró delante de ella aquel

hombre, con ojos inyectados, y el aliento fatigado, ébrio de pasion y de

vino, en derredor el abismo, rocas que alzaban entre las espumas sus

erizadas frentes de granito, y sobre su cabeza un cielo azúl, puro,

tranquilo é indiferente. Blanca pensó entonces en un milagro.

Monja y casada, vírgen y mártir · 第 99 / 161 题