En que se sabe lo que habia sido de Martin y de Don Cesar.
Don Cesar, Martin y María, tomaron la misma noche de su fuga de la
Inquisicion el camino de Acapulco.
Siguieron por varios dias su marcha sin interrupcion pasando con nombres
supuestos, que prudentemente se habian dado, hasta llegar á la cañada de
Cuernavaca.
Allí Martin resolvió quedarse.
La Inquisicion no era á él á quien perseguia, su muger podria escapar
fácilmente en los dias primeros de la persecucion, y luego, cuando todo
se hubiera ya calmado, volverian á México, en donde podrian seguir
viviendo cómodamente.
--Cierto que es un excelente plan--dijo Don Cesar cuando lo hubo
oido--pero tiene tantas ventajas para vosotros como inconvenientes para
mí.
--¿Por qué?
--Mirad; que tanto cuanto es fácil para vos tener oculta á María, á mí
me es imposible ocultarme; el Santo Oficio se fijará en mí mas que en
ella, y es casi seguro que á estas horas, exhortos habrá por todos los
pueblos para mi aprehension; así es que cuanto ántes necesito huir y
ponerme muy fuera del alcance del Santo Oficio.
--Entonces, ¿qué pensais hacer?
--Pienso dirijirme al puerto de Acapulco. En estos momentos se apareja
allí la gente de todas armas que el gobierno del virey, marqués de
Gelves, va á enviar á Filipinas; calcúlome llegar hasta allá sin
novedad, presentarme como voluntario en las nuevas tropas del rey,
embarcarme con ellas, pasar á Manila, y pensar allí lo que puedo hacer
para estar libre.
--Acertada es vuestra resolucion.
--Detiéneme, sin embargo, solo una cosa.
--¿Cuál es ella?
--El abandonar á Doña Blanca á su propia suerte.
--Así estaria aun cuando vos permanecieseis por aquí, que en el Santo
Oficio ha caido, y ni esperanzas hay de poderla valer de algo.
--¿Pues cómo nos salvamos, María, yo, y Sérvia?
--Por lo mismo, esos casi son milagros que no se repiten á menudo, y por
haber acontecido éste debeis de tener mas seguro que no sucederá otro
muy pronto. Los ministriles han de estar con tantos ojos abiertos, y se
redoblarán las precauciones á tal grado, que á no ser un verdadero
prodigio, en muchos años no oireis decir de otra fuga.
--Sin embargo, paréceme una ingratitud.........
--Escuchad, Don César, y no os preocupeis; por vos no es posible que
nada alcanceis: ahora, respondedme: ¿os queda algun influjo poderoso que
mover? y en caso que querais procurároslo, ¿no temeis que á los primeros
pasos os prendan y quedeis peor que ántes? El delito de que era acusada
María era leve en comparacion del que se os imputa, yo tenia con el
Arzobispo motivos grandes para pedir una gracia, él se ha empeñado
tambien por su parte, y sin embargo, ¿qué consiguió? nada, nada, y si no
hubiera sido por la astucia de Teodoro, aun tienen en la Inquisicion á
estas desgraciadas. Creedme, D. Cesar, y partid; si en algo necesita de
mí Doña Blanca, le serviré con la lealtad que me conoceis, y tendrá en
mí un apoyo; pero vos, partid.
Don Cesar reflexionó un poco, y por fin, levantando con resolucion la
cabeza, exclamó:
--Partiré ahora mismo--¡pobre Blanca!
--¡Gracias á Dios que os resolveis!
Don Cesar, sin hablar ya mas, se despidió de Martin y de María, y
montando á caballo, tomó el camino de Acapulco; Don Cesar conocia aquel
camino porque lo habia andado cuando salió desterrado por su desafío con
Don Alonso de Rivera, y cuando volvió de ese destierro.
Martin y su muger se internaron por los pueblitos de la tierra caliente
buscando un hogar en donde pudieran pasar algunos meses sin ser
conocidos.
Cosa de doce dias tardó Don Cesar en llegar hasta Acapulco, el camino
habia sido para él una constante lucha: á cada momento intentando
volverse en busca de Blanca, y recordando luego las reflexiones de
Martin, se detenia algunas ocasiones á meditar, y perdido en sus
pensamientos, permanecia una hora entera, en medio del camino sin
moverse.
Por fin llegó al puerto.
Acapulco era en aquellos tiempos, el puerto mas importante de toda la
Nueva España, por allí se hacia el comercio con la China, por allí
entraban todas las mercancías, y por allí salia la gente y los refuerzos
que de Nueva España se remitian á las Filipinas.
Cada virey procuraba que en su tiempo se hiciesen mayores envíos tanto
de dinero á la corona de España como de gente á Manila.
El marqués de Gelves en los dias del tumulto, preparaba una grande
espedicion, que no pudo ver realizada por todos los acontecimientos de
México, pero un sobrino suyo encargado de este asunto en particular,
continuó con mas brio, y con mayor empeño armando y equipando gente.
La audiencia de México como todo usurpador, veia en todo un amago á su
seguridad, y una conspiracion contra su poder: la noticia de la gente
que se armaba y disponia en Acapulco, llegó á la capital de la Colonia,
y se aumentó y se comentó la noticia; se representó aquella gente como
un ejército dispuesto á marchar ya sobre México á derribar á la
audiencia y á restablecer en el vireinato al marqués de Gelves.
En consecuencia, salieron órdenes disponiendo que se suspendiera todo
apresto.
Cuando Don Cesar llegó á la plaza de Acapulco, habia en ella una curiosa
animacion.
Españoles, indios, negros, chinos, mulatos, todos cruzaban por las
calles, alegres y conversando en voz alta en sus diferentes idiomas, los
soldados y los marineros que iban á partir se despedian, los que se
quedaban en tierra se empeñaban á porfia en ofrecer á los que se
marchaban, frutos de la tierra que muchos de ellos no debian volver á
probar en su vida.
En la bahia se balanceaban majestuosamente en medio de una mar tranquila
y azulada, los bajeles de la flota que iba á partir para Filipinas.
Todos esperaban con terror ó con ilusion aquella partida, y en medio de
aquel rumor, se aguardaba á cada momento escuchar el cañonazo que
anunciara la marcha.
Don Cesar se dirijió á uno de los soldados que encontró en la calle.
--¿Podriais indicarme señor soldado--le dijo--en donde me seria posible
presentarme para tomar lugar en vuestras filas?
--Mirad allá--donde está la banderita del rey, vive el intendente; pero
si quereis yo os conduciré, que en la compañía en que sirvo y debe
partir hoy, tenemos vacante.
--Me hareis señalado servicio con acompañarme.
--¿Sabeis leer y escribir?
--Sí que sé.
--¿Conoceis el servicio?
--Conózcolo.
--¿De mar y tierra?
--De mar y tierra.
--En ese caso, puede que llegueis muy pronto á ser oficial.
--Dios lo quiera.
El soldado llevó á Don Cesar ante el intendente. Don Cesar era bien
apersonado, sabia leer, y conocia el servicio, y un soldado así no le
podia perder Su Magestad.
En un momento se facilitó todo, se le hizo jurar bandera y se le puso
listo.
Poco despues sonó en la bocana un cañonazo al que contestó, una inmensa
gritería: era el momento.
Comenzó el embarque de la tropa, que se prolongó demasiado hasta entrar
ya la noche. El viento soplaba favorable, las velas se tendieron, los
buques se aparejaron para partir, y levantaron las anclas.
Don Cesar en medio de un grupo de soldados, contemplaba las luces del
castillo y de las casas del puerto, que iban desapareciendo entre las
sombras de la noche al alejarse las embarcaciones.
A la mañana siguiente, el mar desierto ya azotaba las playas del puerto:
á la animacion habia sucedido, el silencio, á la vida, el sueño, y solo
como un punto blanco se divisaba á lo lejos uno de los bajeles de la
flota.