XXII.

En que se sabe lo que habia sido de Martin y de Don Cesar.

Don Cesar, Martin y María, tomaron la misma noche de su fuga de la

Inquisicion el camino de Acapulco.

Siguieron por varios dias su marcha sin interrupcion pasando con nombres

supuestos, que prudentemente se habian dado, hasta llegar á la cañada de

Cuernavaca.

Allí Martin resolvió quedarse.

La Inquisicion no era á él á quien perseguia, su muger podria escapar

fácilmente en los dias primeros de la persecucion, y luego, cuando todo

se hubiera ya calmado, volverian á México, en donde podrian seguir

viviendo cómodamente.

--Cierto que es un excelente plan--dijo Don Cesar cuando lo hubo

oido--pero tiene tantas ventajas para vosotros como inconvenientes para

mí.

--¿Por qué?

--Mirad; que tanto cuanto es fácil para vos tener oculta á María, á mí

me es imposible ocultarme; el Santo Oficio se fijará en mí mas que en

ella, y es casi seguro que á estas horas, exhortos habrá por todos los

pueblos para mi aprehension; así es que cuanto ántes necesito huir y

ponerme muy fuera del alcance del Santo Oficio.

--Entonces, ¿qué pensais hacer?

--Pienso dirijirme al puerto de Acapulco. En estos momentos se apareja

allí la gente de todas armas que el gobierno del virey, marqués de

Gelves, va á enviar á Filipinas; calcúlome llegar hasta allá sin

novedad, presentarme como voluntario en las nuevas tropas del rey,

embarcarme con ellas, pasar á Manila, y pensar allí lo que puedo hacer

para estar libre.

--Acertada es vuestra resolucion.

--Detiéneme, sin embargo, solo una cosa.

--¿Cuál es ella?

--El abandonar á Doña Blanca á su propia suerte.

--Así estaria aun cuando vos permanecieseis por aquí, que en el Santo

Oficio ha caido, y ni esperanzas hay de poderla valer de algo.

--¿Pues cómo nos salvamos, María, yo, y Sérvia?

--Por lo mismo, esos casi son milagros que no se repiten á menudo, y por

haber acontecido éste debeis de tener mas seguro que no sucederá otro

muy pronto. Los ministriles han de estar con tantos ojos abiertos, y se

redoblarán las precauciones á tal grado, que á no ser un verdadero

prodigio, en muchos años no oireis decir de otra fuga.

--Sin embargo, paréceme una ingratitud.........

--Escuchad, Don César, y no os preocupeis; por vos no es posible que

nada alcanceis: ahora, respondedme: ¿os queda algun influjo poderoso que

mover? y en caso que querais procurároslo, ¿no temeis que á los primeros

pasos os prendan y quedeis peor que ántes? El delito de que era acusada

María era leve en comparacion del que se os imputa, yo tenia con el

Arzobispo motivos grandes para pedir una gracia, él se ha empeñado

tambien por su parte, y sin embargo, ¿qué consiguió? nada, nada, y si no

hubiera sido por la astucia de Teodoro, aun tienen en la Inquisicion á

estas desgraciadas. Creedme, D. Cesar, y partid; si en algo necesita de

mí Doña Blanca, le serviré con la lealtad que me conoceis, y tendrá en

mí un apoyo; pero vos, partid.

Don Cesar reflexionó un poco, y por fin, levantando con resolucion la

cabeza, exclamó:

--Partiré ahora mismo--¡pobre Blanca!

--¡Gracias á Dios que os resolveis!

Don Cesar, sin hablar ya mas, se despidió de Martin y de María, y

montando á caballo, tomó el camino de Acapulco; Don Cesar conocia aquel

camino porque lo habia andado cuando salió desterrado por su desafío con

Don Alonso de Rivera, y cuando volvió de ese destierro.

Martin y su muger se internaron por los pueblitos de la tierra caliente

buscando un hogar en donde pudieran pasar algunos meses sin ser

conocidos.

Cosa de doce dias tardó Don Cesar en llegar hasta Acapulco, el camino

habia sido para él una constante lucha: á cada momento intentando

volverse en busca de Blanca, y recordando luego las reflexiones de

Martin, se detenia algunas ocasiones á meditar, y perdido en sus

pensamientos, permanecia una hora entera, en medio del camino sin

moverse.

Por fin llegó al puerto.

Acapulco era en aquellos tiempos, el puerto mas importante de toda la

Nueva España, por allí se hacia el comercio con la China, por allí

entraban todas las mercancías, y por allí salia la gente y los refuerzos

que de Nueva España se remitian á las Filipinas.

Cada virey procuraba que en su tiempo se hiciesen mayores envíos tanto

de dinero á la corona de España como de gente á Manila.

El marqués de Gelves en los dias del tumulto, preparaba una grande

espedicion, que no pudo ver realizada por todos los acontecimientos de

México, pero un sobrino suyo encargado de este asunto en particular,

continuó con mas brio, y con mayor empeño armando y equipando gente.

La audiencia de México como todo usurpador, veia en todo un amago á su

seguridad, y una conspiracion contra su poder: la noticia de la gente

que se armaba y disponia en Acapulco, llegó á la capital de la Colonia,

y se aumentó y se comentó la noticia; se representó aquella gente como

un ejército dispuesto á marchar ya sobre México á derribar á la

audiencia y á restablecer en el vireinato al marqués de Gelves.

En consecuencia, salieron órdenes disponiendo que se suspendiera todo

apresto.

Cuando Don Cesar llegó á la plaza de Acapulco, habia en ella una curiosa

animacion.

Españoles, indios, negros, chinos, mulatos, todos cruzaban por las

calles, alegres y conversando en voz alta en sus diferentes idiomas, los

soldados y los marineros que iban á partir se despedian, los que se

quedaban en tierra se empeñaban á porfia en ofrecer á los que se

marchaban, frutos de la tierra que muchos de ellos no debian volver á

probar en su vida.

En la bahia se balanceaban majestuosamente en medio de una mar tranquila

y azulada, los bajeles de la flota que iba á partir para Filipinas.

Todos esperaban con terror ó con ilusion aquella partida, y en medio de

aquel rumor, se aguardaba á cada momento escuchar el cañonazo que

anunciara la marcha.

Don Cesar se dirijió á uno de los soldados que encontró en la calle.

--¿Podriais indicarme señor soldado--le dijo--en donde me seria posible

presentarme para tomar lugar en vuestras filas?

--Mirad allá--donde está la banderita del rey, vive el intendente; pero

si quereis yo os conduciré, que en la compañía en que sirvo y debe

partir hoy, tenemos vacante.

--Me hareis señalado servicio con acompañarme.

--¿Sabeis leer y escribir?

--Sí que sé.

--¿Conoceis el servicio?

--Conózcolo.

--¿De mar y tierra?

--De mar y tierra.

--En ese caso, puede que llegueis muy pronto á ser oficial.

--Dios lo quiera.

El soldado llevó á Don Cesar ante el intendente. Don Cesar era bien

apersonado, sabia leer, y conocia el servicio, y un soldado así no le

podia perder Su Magestad.

En un momento se facilitó todo, se le hizo jurar bandera y se le puso

listo.

Poco despues sonó en la bocana un cañonazo al que contestó, una inmensa

gritería: era el momento.

Comenzó el embarque de la tropa, que se prolongó demasiado hasta entrar

ya la noche. El viento soplaba favorable, las velas se tendieron, los

buques se aparejaron para partir, y levantaron las anclas.

Don Cesar en medio de un grupo de soldados, contemplaba las luces del

castillo y de las casas del puerto, que iban desapareciendo entre las

sombras de la noche al alejarse las embarcaciones.

A la mañana siguiente, el mar desierto ya azotaba las playas del puerto:

á la animacion habia sucedido, el silencio, á la vida, el sueño, y solo

como un punto blanco se divisaba á lo lejos uno de los bajeles de la

flota.

Monja y casada, vírgen y mártir · 第 98 / 161 题