De cómo salió Doña Blanca de la casa de la vieja curandera.
Doña Blanca se restablecia con una facilidad y una rapidez
extraordinarias, en dos dias se habia mejorado ya de tal modo que
comenzaba á andar sin dificultad, y á pesar de su palidez y de la falta
de sus dientes, estaba ya otra vez hermosa.
La vieja salia algunas veces, y estaba fuera varias horas; entonces Doña
Blanca pasaba el tiempo conversando con Teodoro que aun no se podia
mover.
Doña Blanca habia adquirido gran confianza con la vieja curandera; sabia
ya que se llamaba Bárbara, que ejercia en los pueblos y en las haciendas
su oficio honradamente, pero que en aquella casa, abrigaba á los
ladrones heridos, y á todos los que andaban prófugos de la justicia, lo
cual le producia bastante dinero, y buenas relaciones que la ponian á
cubierto de todo peligro á que podia estar espuesta por el aislamiento
de su casa. Ella por su lado la había referido gran parte de su
historia, y la habia confesado que parentezco ninguno la unia con Don
Melchor Perez de Varais, el cual sin duda por solo favorecerla habia
hecho todo aquello.
Doña Blanca tenia pues una gran confianza en Bárbara. Cada vez que venia
alguna gente perdida á la casa, Doña Blanca tenia cuidado de encerrarse
y no salir hasta que todos se habian marchado.
Una noche sin embargo, llegaron á la casa tres hombres á pié y envueltos
en largas capas negras, completamente armados, y con toda la traza de
facinerosos.
Blanca quiso retirarse, pero no era ya tiempo, y aquellos hombres la
vieron.
El que hacia de gefe, la saludó con tanta cortesania, como si fuera un
hombre de buena sociedad. Bárbara le distinguia con el nombre de Guzman;
Blanca permaneció un rato allí y luego viendo que ese hombre la miraba
con tenacidad se retiró.
--Guapa moza teneis aquí, Bárbara--dijo Guzman cuando hubo salido Doña
Blanca.
--¿Os gusta?
--Mal gusto tuviera yo si de ella no gustara, que puede ser la moza de
un rey.
--Pobrecita, anda tambien retraida de la justicia como vosotros.
--¿Debe muerte?
--No, que cosas son de amoríos y enredos.
--Pues cara tiene de una santita.
--Caras vemos, que corazones no conocemos.
--La verdad que me gusta la criatura como un dulce.
--Está linda, y que aun no sana bien.
--¿Pues qué tenia?
--Estaba enferma porque la dieron tormento.
--¿En la _cocina grande_?
--No llameis así al Santo Oficio.
--_Con el rey y la inquisicion chiton_, ¿es verdad? Bueno, ¿y cómo
salió?
--Fugose.
--¿Fugose? pues cada vez me conviene mas. Oid Bárbara y hablemos como
amigos: ¿cuánto quereis por esa moza?
--¿La vendo acaso? ¿ó creis que tenga comercio de eso?
--Vamos, y no os vengais haciendo de las nuevas conmigo, que no habreis
olvidado, que en cien pesos me vendisteis aquella vuestra criada
india.........
--Ah, pero esa era una india, y esta.........
--Será, mas española que una vireina; pero todo lo hace el precio, por
aquella dí cien, y por ésta doscientos.
--No puedo, es de responsabilidad.
--Vaya trescientos.
--Cómo, ¿y si lo saben?
--Cuatrocientos.
--Ella quizá no quiera.
--Por último, quinientos duros y lo arreglais todo.
--Convenido, pero cómo hacer para que ella no se resista.
--Sáquela yo de aquí, y lo demas corre de mi cuenta.
--Pero ¿y para que salga?
--O con engaños, ó la emborrachais, que es fácil.
--Nunca toma ni un trago.
--Si no es fuerza que sea con vino, con teloatzin, con mariguana, con
cualquiera yerba.
--Convenido, pero me dais no quinientos sino seiscientos; sé que estais
muy rico.
--Tendreis los seiscientos, que en el precio no paro para cumplir un
antojo; ¿y cuándo?
--Mañana en la noche.
--Vengo de seguro.
--Venid.
--Hasta mañana.
Guzman se despidió y Bárbara se entro á meditar su plan.
A la mañana del otro dia la vieja comenzó á preparar á Doña Blanca.
--Hija mia--la dijo--¿pensais permanecer aquí toda vuestra vida?
--Por Dios, señora, ¿ya os enfadé?
--Por el contrario hija, deseara veros siempre á mi lado; pero como os
quiero de veras y sois tan jóven, me causais lástima, aquí remontada
como yo que soy una vieja.
--Pero ¿qué he de hacer?
--Algun hombre podria amaros y sacaros de aquí y llevaros muy lejos,
donde nadie os conociera, donde de nada tuviérais que temer.
--Hacedme favor, señora, de no hablarme de eso jamás, si es que no
deseais que me vaya, aunque me aprehenda la justicia.
--Bien, no os incomodeis, y dejemos esa conversacion. ¿Qué tal os sentís
hoy?
--Cada dia mejor, gracias á vos.
--Muy pronto estareis completamente buena, con una bebida que voy á
daros esta noche, y que os hará descansar mucho.
--Tomaré lo que querais, que bien sé lo que son vuestras medicinas.
--Voy á prepararla desde ahora.
La vieja estuvo toda la mañana hirviendo yerbas y probando los
cocimientos hasta que pareció quedar satisfecha.
A cosa de las diez de la noche se llegó á Blanca llevándole una taza con
una bebida.
--Tomad--dijo--y recojeos para que os haga provecho.
Doña Blanca bebió sin desconfianza todo el contenido.
--Está muy amargo--dijo.
--Es medicina, hija, es medicina.
Doña Blanca sintió que comenzaba á faltarle la voz--La vieja salió de la
casa, y con un silbato de barro dió dos silbidos agudísimos.
Se oyó entonces el ruido de un caballo que se acercaba, y luego la voz
de un hombre que decia á Bárbara:
--¿Ya está?
--¿A dónde está primero el dinero?
--Tomadlo, y en oro.
--Bien.
--¿Está privada, ó va con su voluntad?
--Ni uno ni otro.
--¿Pues qué hay entonces?
--Como queriais las cosas tan pronto y yo no tenia otra cosa, le he dado
el toloatzin que la hace disvariar; pero que la deja muda y sin fuerzas
por algun tiempo: aprovechad, que me habeis dicho que saliendo de aquí,
todo corre de cuenta vuestra.
--Vamos, pues.........
Doña Blanca estaba en un estado de somnolencia, de dibilidad, que le
parecia estraño; jamas habia esperimentado síntomas tales; sus brazos se
aflojaban, su cuello se doblaba como negándose ya á sostener la cabeza,
y sus ojos se iban cerrando.
Pero en medio de todo sentia un placer, que no sabia tampoco como
esplicarse, una especie de tranquilidad, de descanso tan agradable, que
sonreía sin querer.
A poco le pareció que se dormia y que comenzaba á soñar: una luz
azulada, iluminaba su aposento, y entre esa claridad, como flotando en
ella, aparecian los séres mas queridos de su corazon, Don Cesar, Doña
Beatriz y Teodoro, y hasta la muger de Don Melchor, la protectora de la
pobre Sor Blanca.
Aquellas figuras fantásticas no tocaban el suelo, se deslizaban, como
una ráfaga de luz en el espacio.
De repente, vió tambien mezclados entre esos séres tan conocidos para
ella otros nuevos: eran Bárbara la vieja curandera, y un hombre que ella
no conocia, pero entre todas aquellas sombras, solo estas dos parecian
tener cuerpos.
Se acercaron, Blanca sintió entonces, que la alzaban del lecho, quiso
gritar y resistirse pero no pudo.
El hombre desconocido cargó con ella y la llevaba, alumbrando la vieja.
Llegaron á la puerta de la casa: se desprendia del cielo una tempestad
horrible; entre la densa oscuridad, que todo lo envolvia cruzaban los
rayos atronando los bosques, y las cañadas: el agua caía á torrentes, y
rugia el viento entre los encinos de la selva.
Una ráfaga de viento apagó la luz que llevaba la vieja. Doña Blanca no
vió mas, pero sintió que pasaba á otros brazos.
--Horrible está la noche señora Bárbara.
--Témome que os vayais á caer por ahí.
--Conocemos muy bien el camino de nuestra casa.
--Pero vais á llegar como una sopa.
--No le hace, ya me pagará esta buena moza estos trabajos.
El hombre soltó una carcajada.
--Y muy pronto--contestó riéndose tambien Bárbara.
--Puede que antes de que amanezca; ya nos vamos.
--¿Estais listos?
--Sí, adiós.
--Que Dios os lleve con bien.
La vieja cerró su puerta.
La tempestad seguia á cada momento mas fuerte: todas las pequeñas
vertientes de la montaña eran rios caudalosos, y los rayos, y el viento
y el agua, formaban un estruendo horrible.
Si se rasgaba la densa oscuridad, con la luz pasajera de algun
relámpago, era para volver mas negra que ántes.
Guzman llevaba á Blanca en la silla, y un criado le seguia; pero apenas
se podia caminar, la tormenta borraba el camino.
--Sotero--dijo Guzman--tú que caminas mas libre pasa por delante para
darme la vereda y reconocer, no vayamos á dar á una barranca.
El hombre pasó adelante y siguieron el camino, paso á paso.
Todos estaban empapados, y Blanca comenzaba á volver en sí, y á
comprender lo que le pasaba.
Las imágenes de su sueño se confundian sin embargo, con la realidad, y
no podia separarlas completamente.
¿Qué iba ella haciendo, en medio de aquella noche tan horrorosa? ¿Quién
la llevaba? ¿A dónde se dirijian?
El movimiento del caballo la molestaba mucho, quiso hablar, no le fué
posible, quiso alzar un brazo, y tampoco.
Seguía lloviendo: de repente el guía se detuvo.
--¿Qué sucede? preguntó Guzman con impaciencia.
--Que creo que hemos estraviado el camino.
--¡Maldita sea mi suerte!--gritó Guzman acompañando estas palabras con
horribles juramentos, que hicieron estremecer de pavor á Doña Blanca--á
ver, baja de tu caballo, reconoce el terreno, mas de tres años hace que
andas conmigo por aquí.........
El hombre bajó del caballo, y procuró adivinar el camino.
--¿No encuentras nada?
--No, señor.
--¡Maldita sea tu raza! ven acá á tenerme á esta muger mientras yo
reconozco en donde estamos; cuidado que te se vaya á caer, porque á tí y
á ella os arrojo á la barranca.
Si Blanca hubiera podido, hubiera gritado de espanto; el lenguaje de
aquel hombre la horrorizaba mas que los tormentos de la Inquisicion;
habia llegado á comprender que estaba á disposicion de aquella fiera, y
que no era la muerte la que le esperaba; pero su situacion le parecia
tanto mas desgraciada, cuanto que creia que en lo de adelante no se
podria mover mas, y aquel hombre dispondria de ella como de un sér sin
voluntad.
--¡Simple!--gritó Guzman--¿cómo no has podido reconocer en dónde
estamos? es buen camino.
--¿Buen camino?
--Sí, ¿á que no sabes qué es aquí? mira bien.
--No reconozco.
--Pues aquí está la barranca que pasa por nuestro rancho, y este es el
paso que le llaman de «La Monja Maldita.»
Aquello era una especie de anuncio, de aviso del cielo, entendió Blanca;
el nombre de la «Monja Maldita» despertó en su corazon tantos recuerdos
y tantos temores, que lanzó un débil gemido.
Guzman, que estaba ya cerca, le oyó.
--¡Hola, Sotero! ¿qué estarás haciendo á esa niña?
--Nada, señor.
--¿Nada? ¡ya verás maldecido!
Volvió á subir Guzman á la grupa del caballo en que estaba Blanca, y
continuaron caminando.
Doña Blanca comenzó á quejarse.
--¿Qué tienes, mi vida?--dijo Guzman acariciándole el rostro.
Doña Blanca hubiera deseado morir antes que continuar en aquella
situacion, pero por fin su voluntad comenzó á ser obedecida por sus
miembros, y pudo levantar ya un brazo para apartar de su rostro la mano
de Guzman.
--¿Te haces la desdeñosa?--pues toma, dijo Guzman--y plantó sus labios
sobre la boca de Doña Blanca.
Blanca quiso gritar, y gritó.
Comenzaba á salir de su estado de inmovilidad y de mutismo.
Era ya la mañana, la tempestad habia cesado, y la luz bañaba toda la
montaña, cuando llegaron al rancho de Guzman.