Adonde fué á dar Blanca y lo que allí le aconteció, y de lo que pasó á
Don Melchor en México.
Al salir de la hacienda la camilla en que llevaban á Blanca, la vieja
guió en direccion del Norte; pero apenas perdió de vista la casa se
salieron del camino y contramarcharon tomando un rumbo tan enteramente
diverso, que vinieron á resultar á poco al Sur de donde habian partido:
esta precaucion les salvó. Los jinetes que salieron en su persecucion se
dirijieron por el mismo camino que les habian visto tomar, y á medida
que en él mas se avanzaban, mas lejos se ponian de los fugitivos.
Cruzando por veredas casi intransitables, y por medio de bosques
desiertos, Blanca llegó al anochecer á una pequeña casa que estaba
situada en la hondonada de un barranco, y á la cual era preciso tener
mucho conocimiento en el terreno para llegar.
--Vamos--dijo la vieja--ya aquí estais en completa seguridad, aquí nadie
os buscará, ni aun cuando os buscaran os encontrarian; para llegar hasta
aquí no hay mas camino que el que hemos traido, y creo que no es de lo
mas fácil encontrarlo; á esta casa traigo yo á curar á algunos enfermos
y heridos que necesitan secreto, ahora solo tengo aquí un negro que ese
vino caído del cielo y yo no le traje.
--¿Cómo caído del cielo?
--Sí: figuraos, señora, que por allá arriba pasa una vereda que apenas
es transitable, pues yo no sé que iba haciendo este pobre negro, quizá
borracho, porque se desprendió de allá arriba y vino rodando hasta que
cayó en el arroyo..............
Apenas Blanca conservaba una idea vaga de la caida de Teodoro, pero se
figuró luego que seria él.
--¿Y en dónde está? ¿Se murió?
--No, no murió, casi estaba exánime; pero le recojí, le asistí muy bien,
y aunque no puede decirse que está salvado, sí hay ya mucha esperanza.
--¿Pero á dónde está?
--Por allá adentro, ¿quereis verle?
--Sí, sí.
--Bien, ¿podeis andar algo? Apoyaos en mi hombro y vamos.
Blanca se paró con inmensas dificultades, y sosteniéndose de la vieja
comenzó á andar.
--Figuraos--decia la anciana--que yo curo á todos los que andan huyendo
de la justicia, y hasta ahora ni uno me han pizcado. ¿Se tendrá
confianza en que no os encuentren á vos?
Llegaron á una puerta que abrió la vieja, y en el fondo, en un jergon,
Blanca pudo descubrir á Teodoro que estaba acostado contra la pared y
con la cara y la cabeza llena de vendas y de parches.
Teodoro por su parte la reconoció tambien.
--Señora, dijo, queriendo inútilmente levantarse.
--Teodoro--contestó Doña Blanca intentando en vano apresurar el paso.
--Vamos, vamos, quietos--dijo la vieja--nada de imprudencias: ¿conque
ustedes son conocidos?
--Mucho, mucho--contestó Blanca estrechando una mano de Teodoro.
--Mucho--agregó éste besando la mano de Blanca.
--Cuánto me place--dijo la curandera--siquiera así no se desconfiarán
los dos, porque la señora viene aquí tambien á curarse; ¿lo entendeis?
--Sí, contestó Teodoro.
--Entonces puesto que sois conocidos, aquí se queda la señora mientras
voy á disponerle su lecho.
Doña Blanca quedó á solas con Teodoro y le refirió cuanto le habia
pasado, sin poder entre ambos esplicarse todo lo que aquello
significaba.
La vieja sin duda tenia relaciones con toda la gente perdida, porque en
la noche dos ó tres veces llegaron algunos hombres á darle recados y á
recibir de ella frascos y yerbas que indudablemente eran remedios; y aun
llegó á pasar por allí una partida de hombres á caballo que sin disputa
podia asegurarse que no eran tropas del rey, porque departieron un rato
con la vieja y se fueron luego.
En otras circunstancias todo esto hubiera espantado á Blanca, pero habia
pasado por tantas peripecias, que ya todo le parecia indiferente; sentia
además, cierta confianza por encontrarse tan cerca de Teodoro, en quien
veia una especie de protector á pesar del estado de postracion en que él
se encontraba.
Aquella noche la vieja curó cuidadosamente á Doña Blanca.
* * * * *
* * * * *
Don Melchor Perez de Varais tomó la direccion que le indicaron, y á
pocas horas comenzó ya á descubrir á lo lejos el caserío de México, sus
arboledas y las torres y cúpulas de sus iglesias, que aunque no eran en
tanto número como hoy, pero ya indicaban una ciudad poblada y religiosa.
Don Melchor tenia, como todos los alcaldes mayores de aquellos tiempos,
una casa dispuesta siempre en la ciudad para recibirlo. Todos eran una
especie de señores feudales, que hacian grandes gastos y vivian con toda
especie de comodidades, sosteniendo la servidumbre de dos ó tres casas
distintas que tenian en diversos puntos de la Nueva España.
Don Melchor, merced á la proteccion de la Audiencia que le habia
concedido ser á la vez alcalde mayor de Metepec y Corregidor de México,
estaba muy rico, y en su casa de Metepec y en la de México no solo
estaba siempre lista la servidumbre, sino que se servia la comida á las
horas de costumbre como si él estuviera presente, y en algunas veces por
medio de cartas invitaba á algunos amigos para que fuesen á comer á su
casa, encargando á uno de ellos que hiciese en su nombre los honores á
los convidados.
Tales eran las fastuosas costumbres de aquellos personajes, á quienes
tan poco trabajo costaba reunir grandes riquezas.
Llegó á su casa Don Melchor, y como si solo se hubiese separado de allí
para dar un paseo en algunas horas, sus criados le presentaron sus
vestidos de córte y le pusieron la cena.
Don Melchor no quiso salir aquella noche y se contentó con enviar á su
mayordomo con un atento recado al Capitan general Don Pedro de Vergara
Gaviria, notificándole de su llegada y suplicándole le escusase si no
pasaba á verle inmediatamente por estar muy cansado y un poco enfermo.
Vergara sabia por su parte muy bien que aquella noche debia de estar ya
en México Don Melchor.
A la mañana siguiente, cuando el Capitan general hacia su despacho, le
anunciaron al señor Don Melchor Perez de Varais.
Vergara le recibió con las mayores muestras de cariño, y antes de darle
tiempo á otra cosa, hizo recaer la conversacion sobre Luisa.
--Escribí á su señoría--le dijo--sobre lo que por el señor inquisidor se
habia descubierto.
--Y eso me trae mas que de prisa--contestó Don Melchor.
--Témome que tengais un desengaño bien triste.
--¿Por qué? ¿acaso se engañaria S. E. y no seria esa muger la pobre
Luisa?
--Desgraciadamente ella es, y desgraciadamente digo, porque las artes de
que fué víctima, aunque descubiertas, no han podido ser hasta hoy
contrariadas; la pobre señora sigue tanto peor en su naturaleza fisica,
cuanto en su estado moral.
--¿Hase llegado á afectar su inteligencia?
--De una manera grave; quizá por sus muchos sufrimientos, y por la misma
naturaleza del hechizo, no es ni la sombra de lo que fué en otros
tiempos; está casi en el estado de imbecilidad.
--¡Pobre Luisa!--dijo Don Melchor profundamente conmovido.
--Juzga el señor inquisidor que quizá el cuidado y las atenciones, y
algo que tambien pueda influir vuestra presencia, volverán algun dia á
esa pobre señora á su primitivo estado.
--Dios lo quiera; ¿pero nada se ha podido averiguar respecto de los
autores del delito?
--Nada, por mas que el señor inquisidor y yo nos hemos empeñado en
descubrirlo.
--Sea por Dios, ¿y dónde está Luisa?
--En la inquisicion.
--¿En la inquisicion?
--Sí, y no os admire, que no está en calidad de presa.
--Bien, pero como vos me escribisteis tenerla ya en vuestro
poder..........
--Así se habia acordado, pero supuso el señor inquisidor que siendo ya
el lance tan público, hubiera sido dar pábulo á la curiosidad haberla
sacado del Santo Oficio, mientras vos no estuvierais aquí para
recojerla.........
--¿Y cuándo podré ir por ella?
--Ahora mismo, y porque veais qué empeño tengo en este negocio, quiero
acompañaros yo mismo, aunque suspenda por ahora el acuerdo: ¿habeis
venido en vuestra carrosa?
--En el patio me espera.
--Bien, vamos.
Tomó el licenciado su sombrero y bajó en compañía de Don Melchor,
montaron en la carrosa y se dirijieron á la inquisicion.
El inquisidor mayor, prevenido por Don Pedro de Vergara, esperaba ya la
visita y les recibió con mucha ceremonia.
--Verdaderamente--dijo--me apena la desgracia del Señor Don Melchor
Perez de Varais, y espero que Su Divina Majestad dará á su esposa el
alivio, y á él el consuelo que tanto necesitan.
--Y solo de Él le espero--contestó Don Melchor--que cosas hay que
parecen no tener remedio sobre la tierra.
--¿Quereis ver ya y recibir á vuestra esposa?
--Sí señor.
--Pues vendrá, pero armaos de valor porque el golpe va á ser muy fuerte
para vos.
--Tendré resignacion.
El inquisidor ajitó la campanilla, y dió en voz baja algunas órdenes á
un familiar.
Poco despues se abrió la puerta, y entre dos ministros del Santo Oficio
penetró en la sala una negra.
Los familiares se retiraron y la negra siguió avanzando.
La estatura y el cuerpo tenian mucha semejanza con el de Luisa, tenia
como ella cortado el pelo, pero la fisonomia en ningun caso podia
confundirse con la de aquella.
Aquellos ojos con su mirar bajo, aquella boca, siempre entre abierta,
aquel aire profundamente estúpido, no podian dar ni un indicio de la
viva é inteligente fisonomía de la esposa de Don Pedro de Mejía.
Don Melchor la miró con fijeza, se puso densamente pálido, y sin decir
una palabra, se cubrió el rostro con las manos y se puso á llorar.
--Aquí teneis á vuestro esposo, al señor Don Melchor--la dijo en voz
alta el inquisidor.
La negra en lugar de contestar, se puso á reir estúpidamente,
produciendo una especie de gruñido.
--Cada dia está peor--dijo con hipocresía el licenciado Vergara--Don
Melchor, tened paciencia.
--La tendré--contestó con resolusion--y luego levantándose se dirijió á
la negra.
--Luisa, Luisa, me conoces.
La negra volvió á reir.
--Me la llevo si me lo permite su señoría--dijo Don Melchor.
--Como gusteis.
--¿Tendrá su señoría la bondad de ordenar que me presten una silla de
manos para llevarla á mi carroza?
--Sí, contestó el inquisidor y sonó la campanilla.
Entró un portero, el inquisidor le dió sus órdenes y poco despues dos
familiares llegaron con una silla de manos.
Don Melchor hizo entrar á la negra que obedeció como una niña.
--Señor, adios--dijo Don Melchor--dispensen su Excelencia y su señoría
que les deje así; pero ya pueden considerar mi situacion.
--Sí, id y que Dios os consuele.
Don Melchor salió lloroso tras de su silla, y el licenciado y el
inquisidor se quedaron riendo de su dolor.