XX.

Adonde fué á dar Blanca y lo que allí le aconteció, y de lo que pasó á

Don Melchor en México.

Al salir de la hacienda la camilla en que llevaban á Blanca, la vieja

guió en direccion del Norte; pero apenas perdió de vista la casa se

salieron del camino y contramarcharon tomando un rumbo tan enteramente

diverso, que vinieron á resultar á poco al Sur de donde habian partido:

esta precaucion les salvó. Los jinetes que salieron en su persecucion se

dirijieron por el mismo camino que les habian visto tomar, y á medida

que en él mas se avanzaban, mas lejos se ponian de los fugitivos.

Cruzando por veredas casi intransitables, y por medio de bosques

desiertos, Blanca llegó al anochecer á una pequeña casa que estaba

situada en la hondonada de un barranco, y á la cual era preciso tener

mucho conocimiento en el terreno para llegar.

--Vamos--dijo la vieja--ya aquí estais en completa seguridad, aquí nadie

os buscará, ni aun cuando os buscaran os encontrarian; para llegar hasta

aquí no hay mas camino que el que hemos traido, y creo que no es de lo

mas fácil encontrarlo; á esta casa traigo yo á curar á algunos enfermos

y heridos que necesitan secreto, ahora solo tengo aquí un negro que ese

vino caído del cielo y yo no le traje.

--¿Cómo caído del cielo?

--Sí: figuraos, señora, que por allá arriba pasa una vereda que apenas

es transitable, pues yo no sé que iba haciendo este pobre negro, quizá

borracho, porque se desprendió de allá arriba y vino rodando hasta que

cayó en el arroyo..............

Apenas Blanca conservaba una idea vaga de la caida de Teodoro, pero se

figuró luego que seria él.

--¿Y en dónde está? ¿Se murió?

--No, no murió, casi estaba exánime; pero le recojí, le asistí muy bien,

y aunque no puede decirse que está salvado, sí hay ya mucha esperanza.

--¿Pero á dónde está?

--Por allá adentro, ¿quereis verle?

--Sí, sí.

--Bien, ¿podeis andar algo? Apoyaos en mi hombro y vamos.

Blanca se paró con inmensas dificultades, y sosteniéndose de la vieja

comenzó á andar.

--Figuraos--decia la anciana--que yo curo á todos los que andan huyendo

de la justicia, y hasta ahora ni uno me han pizcado. ¿Se tendrá

confianza en que no os encuentren á vos?

Llegaron á una puerta que abrió la vieja, y en el fondo, en un jergon,

Blanca pudo descubrir á Teodoro que estaba acostado contra la pared y

con la cara y la cabeza llena de vendas y de parches.

Teodoro por su parte la reconoció tambien.

--Señora, dijo, queriendo inútilmente levantarse.

--Teodoro--contestó Doña Blanca intentando en vano apresurar el paso.

--Vamos, vamos, quietos--dijo la vieja--nada de imprudencias: ¿conque

ustedes son conocidos?

--Mucho, mucho--contestó Blanca estrechando una mano de Teodoro.

--Mucho--agregó éste besando la mano de Blanca.

--Cuánto me place--dijo la curandera--siquiera así no se desconfiarán

los dos, porque la señora viene aquí tambien á curarse; ¿lo entendeis?

--Sí, contestó Teodoro.

--Entonces puesto que sois conocidos, aquí se queda la señora mientras

voy á disponerle su lecho.

Doña Blanca quedó á solas con Teodoro y le refirió cuanto le habia

pasado, sin poder entre ambos esplicarse todo lo que aquello

significaba.

La vieja sin duda tenia relaciones con toda la gente perdida, porque en

la noche dos ó tres veces llegaron algunos hombres á darle recados y á

recibir de ella frascos y yerbas que indudablemente eran remedios; y aun

llegó á pasar por allí una partida de hombres á caballo que sin disputa

podia asegurarse que no eran tropas del rey, porque departieron un rato

con la vieja y se fueron luego.

En otras circunstancias todo esto hubiera espantado á Blanca, pero habia

pasado por tantas peripecias, que ya todo le parecia indiferente; sentia

además, cierta confianza por encontrarse tan cerca de Teodoro, en quien

veia una especie de protector á pesar del estado de postracion en que él

se encontraba.

Aquella noche la vieja curó cuidadosamente á Doña Blanca.

* * * * *

* * * * *

Don Melchor Perez de Varais tomó la direccion que le indicaron, y á

pocas horas comenzó ya á descubrir á lo lejos el caserío de México, sus

arboledas y las torres y cúpulas de sus iglesias, que aunque no eran en

tanto número como hoy, pero ya indicaban una ciudad poblada y religiosa.

Don Melchor tenia, como todos los alcaldes mayores de aquellos tiempos,

una casa dispuesta siempre en la ciudad para recibirlo. Todos eran una

especie de señores feudales, que hacian grandes gastos y vivian con toda

especie de comodidades, sosteniendo la servidumbre de dos ó tres casas

distintas que tenian en diversos puntos de la Nueva España.

Don Melchor, merced á la proteccion de la Audiencia que le habia

concedido ser á la vez alcalde mayor de Metepec y Corregidor de México,

estaba muy rico, y en su casa de Metepec y en la de México no solo

estaba siempre lista la servidumbre, sino que se servia la comida á las

horas de costumbre como si él estuviera presente, y en algunas veces por

medio de cartas invitaba á algunos amigos para que fuesen á comer á su

casa, encargando á uno de ellos que hiciese en su nombre los honores á

los convidados.

Tales eran las fastuosas costumbres de aquellos personajes, á quienes

tan poco trabajo costaba reunir grandes riquezas.

Llegó á su casa Don Melchor, y como si solo se hubiese separado de allí

para dar un paseo en algunas horas, sus criados le presentaron sus

vestidos de córte y le pusieron la cena.

Don Melchor no quiso salir aquella noche y se contentó con enviar á su

mayordomo con un atento recado al Capitan general Don Pedro de Vergara

Gaviria, notificándole de su llegada y suplicándole le escusase si no

pasaba á verle inmediatamente por estar muy cansado y un poco enfermo.

Vergara sabia por su parte muy bien que aquella noche debia de estar ya

en México Don Melchor.

A la mañana siguiente, cuando el Capitan general hacia su despacho, le

anunciaron al señor Don Melchor Perez de Varais.

Vergara le recibió con las mayores muestras de cariño, y antes de darle

tiempo á otra cosa, hizo recaer la conversacion sobre Luisa.

--Escribí á su señoría--le dijo--sobre lo que por el señor inquisidor se

habia descubierto.

--Y eso me trae mas que de prisa--contestó Don Melchor.

--Témome que tengais un desengaño bien triste.

--¿Por qué? ¿acaso se engañaria S. E. y no seria esa muger la pobre

Luisa?

--Desgraciadamente ella es, y desgraciadamente digo, porque las artes de

que fué víctima, aunque descubiertas, no han podido ser hasta hoy

contrariadas; la pobre señora sigue tanto peor en su naturaleza fisica,

cuanto en su estado moral.

--¿Hase llegado á afectar su inteligencia?

--De una manera grave; quizá por sus muchos sufrimientos, y por la misma

naturaleza del hechizo, no es ni la sombra de lo que fué en otros

tiempos; está casi en el estado de imbecilidad.

--¡Pobre Luisa!--dijo Don Melchor profundamente conmovido.

--Juzga el señor inquisidor que quizá el cuidado y las atenciones, y

algo que tambien pueda influir vuestra presencia, volverán algun dia á

esa pobre señora á su primitivo estado.

--Dios lo quiera; ¿pero nada se ha podido averiguar respecto de los

autores del delito?

--Nada, por mas que el señor inquisidor y yo nos hemos empeñado en

descubrirlo.

--Sea por Dios, ¿y dónde está Luisa?

--En la inquisicion.

--¿En la inquisicion?

--Sí, y no os admire, que no está en calidad de presa.

--Bien, pero como vos me escribisteis tenerla ya en vuestro

poder..........

--Así se habia acordado, pero supuso el señor inquisidor que siendo ya

el lance tan público, hubiera sido dar pábulo á la curiosidad haberla

sacado del Santo Oficio, mientras vos no estuvierais aquí para

recojerla.........

--¿Y cuándo podré ir por ella?

--Ahora mismo, y porque veais qué empeño tengo en este negocio, quiero

acompañaros yo mismo, aunque suspenda por ahora el acuerdo: ¿habeis

venido en vuestra carrosa?

--En el patio me espera.

--Bien, vamos.

Tomó el licenciado su sombrero y bajó en compañía de Don Melchor,

montaron en la carrosa y se dirijieron á la inquisicion.

El inquisidor mayor, prevenido por Don Pedro de Vergara, esperaba ya la

visita y les recibió con mucha ceremonia.

--Verdaderamente--dijo--me apena la desgracia del Señor Don Melchor

Perez de Varais, y espero que Su Divina Majestad dará á su esposa el

alivio, y á él el consuelo que tanto necesitan.

--Y solo de Él le espero--contestó Don Melchor--que cosas hay que

parecen no tener remedio sobre la tierra.

--¿Quereis ver ya y recibir á vuestra esposa?

--Sí señor.

--Pues vendrá, pero armaos de valor porque el golpe va á ser muy fuerte

para vos.

--Tendré resignacion.

El inquisidor ajitó la campanilla, y dió en voz baja algunas órdenes á

un familiar.

Poco despues se abrió la puerta, y entre dos ministros del Santo Oficio

penetró en la sala una negra.

Los familiares se retiraron y la negra siguió avanzando.

La estatura y el cuerpo tenian mucha semejanza con el de Luisa, tenia

como ella cortado el pelo, pero la fisonomia en ningun caso podia

confundirse con la de aquella.

Aquellos ojos con su mirar bajo, aquella boca, siempre entre abierta,

aquel aire profundamente estúpido, no podian dar ni un indicio de la

viva é inteligente fisonomía de la esposa de Don Pedro de Mejía.

Don Melchor la miró con fijeza, se puso densamente pálido, y sin decir

una palabra, se cubrió el rostro con las manos y se puso á llorar.

--Aquí teneis á vuestro esposo, al señor Don Melchor--la dijo en voz

alta el inquisidor.

La negra en lugar de contestar, se puso á reir estúpidamente,

produciendo una especie de gruñido.

--Cada dia está peor--dijo con hipocresía el licenciado Vergara--Don

Melchor, tened paciencia.

--La tendré--contestó con resolusion--y luego levantándose se dirijió á

la negra.

--Luisa, Luisa, me conoces.

La negra volvió á reir.

--Me la llevo si me lo permite su señoría--dijo Don Melchor.

--Como gusteis.

--¿Tendrá su señoría la bondad de ordenar que me presten una silla de

manos para llevarla á mi carroza?

--Sí, contestó el inquisidor y sonó la campanilla.

Entró un portero, el inquisidor le dió sus órdenes y poco despues dos

familiares llegaron con una silla de manos.

Don Melchor hizo entrar á la negra que obedeció como una niña.

--Señor, adios--dijo Don Melchor--dispensen su Excelencia y su señoría

que les deje así; pero ya pueden considerar mi situacion.

--Sí, id y que Dios os consuele.

Don Melchor salió lloroso tras de su silla, y el licenciado y el

inquisidor se quedaron riendo de su dolor.

Monja y casada, vírgen y mártir · 第 96 / 161 题