En que se continúa la materia del anterior.
Los que condujeron á Don Melchor, que como el lector habrá comprendido
eran enviados por el licenciado Vergara de acuerdo con la inquisicion,
enviaron en la misma noche parte de todo lo acontecido al licenciado.
Uno de ellos fué en persona para dar noticia de cuanto habia ocurrido, y
con objeto de consultarle sobre algunas dudas.
El licenciado Vergara quedó sumamente complacido.
--¿Conque no hicieron ninguna resistencia?--preguntó.
--No señor, cayeron como unos pajaritos.
--Mas vale así, que á fé que hubiera yo sentido cualquier desgracia,
cuando solo se trata de detener unos días á Don Melchor sin causarle
daño.
--¿Y dígame V. E. qué se hace con una señora enferma que venia con su
señoría?
--¿Una señora?
--Sí, una dama que le acompañaba.
--¿Y qué dama era esa?
--Debe ser de la familia, aunque apenas pudimos verla, porque venia
enferma y acostada dentro de un carro.
--¿Y qué hicisteis?
--Como supusimos que era de la familia, y no criada, ni esclava, ni cosa
así, por no disgustar á su señoría el señor Don Melchor, la hemos puesto
en su mismo alojamiento.
--¿Y qué dijo él sobre esto?
--Nada absolutamente.
El licenciado se puso á reflexionar, que Don Melchor ni tenia familia,
ni era posible que viniendo á buscar á Luisa, hubiera traido consigo una
muger: esta debia sor alguna enferma que venia sin duda á curarse á
México, y habia aprovechado la marcha de Don Melchor para tener mas
seguridad en el camino; esta idea le pareció muy acertada y se fijó en
ella.
--Todo ha estado muy bien--dijo--volved inmediatamente, y decid de órden
mia, que se siga reteniendo á Don Melchor, tratándole con toda especie
de consideraciones; y sobre todo que nada sepa de la causa de su
detencion, ni que conozco á nadie, ¿lo entendeis?
--Sí Excelentísimo señor--¿y la dama?
--Si quiere permanecer allí que permanezca, pero si por causa de su
salud, pretende seguir su viaje no se lo estorbeis, que nada tiene ella
que ver en todo esto; sin embargo, cuidad de que tampoco ella comprenda
lo que pasa.
--Muy bien, Excelentísimo señor.
El hombre montó á caballo y partió en la misma noche.
Al dia siguiente el licenciado Vergara despachaba en la Audiencia, y al
medio dia se le presentó el alcalde con el rostro triste y compunjido.
--¿Qué nos dice de nuevo el señor alcalde?--dijo el licenciado.
--Traigo malas noticias á S. E.
--¿Malas noticias? ¿Qué ha ocurrido?
--Sabrá V. E. que al conducirse á la Santa Inquisicion, de órden de V.
E. la señora que estaba presa en la cárcel de ciudad, fue quitada á los
alguaciles por un negro.
--Lo sé, pero supongo que debe haber sido reaprehendida, porque un
hombre á pié, y cargado con una muger, como se me refirió que iba, puede
muy pronto ser alcanzado.
--Lo fué en efecto aunque no con mucha facilidad, porque el negro corria
como un venado y tenia la resistencia de un toro.
--Adelante.
--Pues en la persecucion se empleo gran parte de la mañana, y hasta el
dia siguiente, es decir hasta ayer no volvian los alguaciles con la
presa á quien traian en un carro, por estar muy enferma.
--Adelante, adelante--dijo el licenciado comenzando á entreveer algo de
lo que habia pasado.
--En el camino encontraron al Señor Don Melchor Perez de Varais que
venia para la ciudad, y que se acompañó con ellos.--Repentinamente,
todos se encontraron rodeados por una cuadrilla de forajidos, compañeros
sin duda del negro que robó á la presa, y los alguaciles tuvieron que
sucumbir despues de una desesperada resistencia.
--Supongo--dijo el licenciado con una sonrisa maliciosa, que vendrian
muchos heridos, y que habria algunos muertos.
--Dios no lo ha permitido señor, y aunque es cierto que los salteadores
se llevaron á la presa y al Señor Don Melchor, pero no tenemos que
lamentar desgracia alguna.
--Es un milagro; pero hágame su señoría el favor de que se advierta á
esos alguaciles que no han cumplido con su deber, y que si hablan ellos
del negocio y se divulga por culpa suya con mengua del crédito de la
justicia, á quién pone en ridículo este lance, los mando ahorcar á todos
¿lo entiende su señoría?
--Sí Señor Excelentísimo.
--Bueno, y no tomeis ya medidas de ninguna clase, ni os mezcleis para
nada en este asunto, que tomo yo esclusivamente por mi cuenta, para
enseñaros cómo se manejan estas cosas de la justicia; id señor alcalde.
El alcalde hizo una reverencia y salió.
El licenciado se puso á escribir inmediatamente para dar órden de que no
dejaran comunicar ya á Doña Blanca con Don Melchor y que la remitiesen
presa á México inmediatamente.
Quizá ya ella habria referido todo á Perez de Varais, y entonces todo el
plan consertado por el inquisidor era inútil.
Salió el correo en el acto y llevando órdenes de reventar el caballo si
era preciso para llegar pronto.
Veamos entre tanto lo que habia pasado con Blanca.
La vieja curandera habia logrado en una sola noche, mejorar á Blanca de
una manera extraordinaria.
A los que no conocen cuanta inteligencia tienen esos curanderos de los
campos, y cuantos secretos poseen sobre las virtudes maravillosas de
plantas, árboles y piedras, les parecerá verdaderamente una vulgaridad,
el que se crea que sanan algunas ocasiones heridas y enfermedades, con
tanta rapidez como no lo haria el cirujano mas práctico; y sin embargo
nada es mas cierto, y algunos de esos secretos han llegado á ser, como
el huaco, el anacahuite y la raíz de Jalapa, puestos al alcance de la
ciencia, altamente apreciados.
A la mañana siguiente Blanca estaba tan repuesta que conocia á todos, y
pudo dar á Don Melchor noticia de cuanto habia ocurrido.
Don Melchor creyó encontrar alguna relacion entre lo que le referia
Blanca y su situacion, y pensó ante todo salvar á aquella jóven.
Durante su conversacion con Blanca, la vieja curandera dormia, y Don
Melchor la despertó. Comenzaba á aclarar la mañana.
--Señora--le dijo Don Melchor--os estoy tan obligado que mi
reconocimiento no se satisfará con solo daros dinero, sino que haré por
vos cuanto querais, pero quisiera preguntaros una cosa.
--Sí señor.
--Si fuera posible que saliera de aquí esta jóven, ¿podriais llevarla,
pagándoos por supuesto, á un parage seguro y oculto?
--Cómo ¿para ocultarla, de quién?
--¿Sereis capaz de guardar mi secreto?
--El oficio que llevo os lo garantiza.
--Pues bien, para ocultarla de la justicia.
--Podeis confiar.
--¿Con toda seguridad?
--Con toda seguridad.
--Bien, entonces vamos á ver de qué manera la sacamos de aquí, de grado
ó por fuerza ¿sabeis quiénes son nuestros guardianes?
--No señor, yo no vivo lejos de aquí, pero jamas habia visto á estos
hombres, esta finca estuvo casi siempre abandonada, ayer dos
enmascarados han ido por mí, y me han traido, nada mas sé.
Esperaremos que entre alguno de ellos, le hablaré para ver si se
consigue algo por bien, y mientras pondré á Doña Blanca al tanto de
cuanto ocurre y hemos consertado.
El hombre que habia ido á verse con el licenciado Vergara volvió ya al
amanecer y comunicó las órdenes que habia recibido. Doña Blanca era para
los comisionados de Vergara un verdadero estorbo, y por ésto, y por
demostrar buena disposicion á Don Melchor, se apresuraron á darle
noticia de todo.
El que funjia de gefe entró á la cámara de Don Melchor, y cuando éste se
preparaba á decir algo que le indicase la disposicion de ánimo de sus
guardianes con respecto á Doña Blanca, el hombre le dijo:
--Su señoría ha escuchado que por órden de la persona que aquí le
guarda, tendrá su señoría cuanto apetezca, y en lo que á esa dama atañe,
libre es si gusta ella y su señoría lo dispone de seguir su marcha y
atender en otra parte al cuidado de su salud.
Don Melchor llegó á pensar que en todo esto habia una especie de
milagro.
--Gracias--contestó--en tal caso dispondremos que salga luego, que su
situacion peor está á cada momento y témome una catástrofe por la falta
de asistencia.
--Como su señoría lo ordene.
--Pero no pudiendo moverse, supongo que podrá la curandera ir á traer
algunos indios que la lleven cargando.
--No hay inconveniente.
Don Melchor entró precipitadamente.
--Es necesario no perder un instante, todo está arreglado, id por unos
hombres que saquen á la enferma de aquí, y por si no pudiere yo hablaros
luego, procurad tan luego como salgais al campo con ella, estraviar
camino por si quisieren perseguiros.
--Nada temais.
La vieja salió lijera y Don Melchor entró á hablar con Blanca.
--Doña Blanca--la dijo--pronto estareis libre.
--Libre, ¿y cómo?
--He conseguido que estos hombres que no os conocen os dejen salir, la
curandera os lleva y ella ha prometido ocultaros.
--¡Ay señor cuánto os debo! pero creo que todo será inútil, el cielo no
quiere que yo me salve y cuantos esfuerzos se hagan serán inútiles, y yo
no conseguiré si no arrastrar en mi caida á cuantos pretendan impedirla.
--Doña Blanca, tened valor; si el cielo hasta hoy no os ha abandonado,
¿por qué desconfiais de Dios? valor y fé Doña Blanca, y os salvareis, yo
os lo aseguro.
--¡Qué Dios os escuche!
Serian ya las dos de la mañana, cuando volvió la vieja con algunos
hombres que conducian una especie de camilla formada de ramas.
Colocaron en ella á Doña Blanca, y salieron de la casa sin obstáculo de
ninguna especie. La vieja recibió de Don Melchor una cantidad de pesos
que ella no contó pero que le pareció suficiente y siguió alegremente á
la camilla.
De buena gana hubiera solicitado Don Melchor permiso para salir á ver la
direccion que tomaban, pero se guardó muy bien de hacerlo por no
infundir sospechas á sus guardianes.
Haria á lo mas una hora que habia partido Doña Blanca, cuando oyó Don
Melchor gran ruido en el patio, se asomó y vió que ensillaban
precipitadamente sus caballos algunos de los hombres que le custodiaban.
--¿Qué hay novedad?--preguntó.
--Sí señor--contestó el gefe, acaba de llegar violentamente un correo
para que no se permita salir de aquí á la señora que venia con su
señoría.
--Pero ahora ya se fué.
--Salen á caballo algunos á alcanzarla.
--¿Y de quién es la órden? preguntó Don Melchor esperando saber algo por
la respuesta que le dieran.
--De quién puede darla--contestó el hombre.
Esto era lo mismo que nada, pero supuesto que Doña Blanca estaba
perseguida por la justicia, y aquellos hombres tenian órden para
detenerla, claro estaba que ellos recibian órdenes de la justicia:
entonces no eran ni ladrones, ni enemigos suyos particulares; ¿qué era
pues aquello? aunque se hubiera vuelto loco, no lo hubiera adivinado
nunca.
Los hombres salieron en busca de Blanca, y Don Melchor quedó con la
mayor inquietud, aunque siempre con la esperanza de que la vieja hubiera
seguido fielmente sus instrucciones, y que hubiera estraviado camino al
salir.
Trascurrieron así algunas horas, de la mayor ansiedad para Don Melchor
que á cada momento esperaba ver entrar á Blanca.
Oyó de repente las herraduras de un caballo que penetraba en el patio,
se asomó, y era un correo que entregó un pliego á uno de los guardas y
volvió á marcharse: el jefe recibió el pliego, lo leyó y dió despues
algunas órdenes que Don Melchor por mas que hizo no pudo percibir.
Vió entonces que de una cuadra sacaban su mismo caballo, que le
ensillaban con sus mismos arreos, y que ya embridado y listo, un hombre
le tenia en medio del patio y el jefe se dirijia para su aposento.
Don Melchor le salió luego al encuentro.
--Tengo órdenes--dijo el hombre, para que su señoría pueda seguir su
viaje; el caballo está listo y en su misma habitacion recibirá su
señoría todo su equipaje ésta misma noche.
--Pero ¿cómo?
--Nada mas podre decir á su señoría.
--¿Y la señora que fueron á buscar?
--Aun nó vuelven los compañeros.
--¿Podré esperarme hasta saber el resultado?
--No es posible.
--Pues vamos.
Don Melchor montó á caballo, y se puso á caminar en la direccion que le
dijeron que estaba México.