XVIII.

En que se cuenta lo que pasó á Don Melchor y á Blanca.

Los enmascarados que rodearon á Don Melchor terminaron tranquilamente su

tarea, ataron los caballos de los que custodiaban á Doña Blanca, y de

los criados de Perez, y luego á este le acomodaron tambien con Blanca y

echaron á caminar llevándose el carro con tanta confianza como si no

dejaran amarrados á los agentes de la justicia.

Anduvieron así hasta muy cerca de anochecer, sin que Perez hubiera

comprendido cuales eran sus intenciones, y á cosa de la oracion llegaron

á una hacienda y entraron al patio de la casa.

Allí fué donde aquellos hombres apercibieron que habia otra persona mas

en el interior del carro.

Blanca durante el viaje, ni habia hablado una palabra, ni se habia

descubierto el rostro; acostada y casi sin moverse habia pasado todo el

camino, quejándose solo algunas veces porque el movimiento la hacia

pasar terribles dolores. La fiebre habia vuelto á apoderarse de ella, y

la agitacion de su espíritu y los acontecimientos por los que habia

tenido que pasar, eran superiores ya á sus fuerzas.

--Aquí hay una muger--dijo un enmascarado, luego que hicieron bajar á

Don Melchor y le obligaron á entrar en una habitacion.

--Será alguna criada ó esclava del corregidor, contestó otro.

--Haber, háblale--dijo un tercero.

--Señora, señora, está durmiendo creo.

--Pues muévela que se despierte.

--Señora, nada, creo que viene enferma.

--Sube al carro y descúbrele la cara.

El hombre subió al carro y descubrió el rostro pálido y desfigurado de

Blanca.

--Es una enferma--dijo.

--¿Pues qué hacemos?

--La hubiéramos visto allá, allá la dejamos.

--Pero ahora ya no es posible.

--Entonces si viene con su señoría, de su familia debe ser; la bajaremos

y la acostamos en una cama en la misma habitacion, que las órdenes de Su

Excelencia son que se le guarden á él y á los que le acompañan toda

clase de miramientos.

--Por eso los dejaste en el camino amarrados y mirándose unos á los

otros.

--Deja de chanzas, y baja á esa señora.

El que estaba adentro tomó cuidadosamente á Doña Blanca entre sus brazos

y la llevó hasta una de las piezas del alojamiento destinado á Don

Melchor.

Doña Blanca se quejaba, pero no decia una sola palabra; miraba por todas

partes con ojos estraviados, y dejaba que hicieran con ella cuanto

quisiesen.

Don Melchor estaba como soñando; nada le habian dicho, y aquellos

enmascarados le trataban más como á su gefe que como á su prisionero.

Les vió entrar conduciendo á Blanca y colocarla en su mismo aposento, y

creció su admiracion.

Los hombres se retiraron y Don Melchor quedó solo con la enferma,

meditando en la estraña aventura que le pasaba.

La curiosidad le hizo acercarse al lecho en que gemia Blanca.

La jóven le miró fijamente, pero sin dar el menor indicio de admiracion

ni de disgusto.

Perez acercó su mano á una de las mejillas encendidas de Blanca.

--Terrible calentura tiene esta pobre muger; ¿será un tabardillo? mal

estoy entonces aquí, pudiera contagiarme.

Y se retiró precipitadamente.

Blanca comenzó á disvariar, y entre frases cortadas á pronunciar los

nombres de Don Cesar, de Teodoro, de Luisa y de Don Melchor.

Éste al principio paró poco la atencion en lo que la jóven hablaba.

--Malo--dijo--disvaria.

Pero Blanca pronunció el nombre de Luisa y el de Don Melchor, y la cosa

le pareció á él digna de atencion.

--Calle--dijo--parece que la presa me conoce bien y á Luisa, ¿pues quién

será?

A pesar de su miedo volvió á acercarse, y á examinar su rostro, pero en

vano, tanto habia variado la pobre Sor Blanca á quién el conoció en el

convento de Santa Teresa, que le hubiera sido imposible recordarla.

--Teodoro--decia Blanca--Teodoro......... nos alcanzan..... hay

vienen......... muy cerca......... La pobre negrita me deja salir en su

lugar.................................................

¡Qué cosa tan horrible es el tormento, cómo tengo los brazos.........

mirad!

Don Melchor vió los brazos que descubria Blanca aún con las terribles

huellas del tormento.

--Es mi esposo......... sí, por eso le amo......... no soy

monja......... no soy......... no soy......... Don Melchor Perez de

Varais y su esposa......... hoy me lo han dicho......... vinieron ¡qué

buenos!......... señora Luisa ¿es verdad que el Papa relaja mis.........

mis......... mis......... ¿cómo se llaman?........ Teodoro nos alcanzan.

Don Melchor la miraba fijamente, y procuraba encontrar entre sus

recuerdos algo que parecia cruzar por su imaginacion.

Por fin, dándose una palmada, en la frente esclamó:

--¡Ah! ya caigo--esta es, ¿pero será posible? la monja, la protegida de

Luisa, la hermana de Don Pedro de Mejía, ¿cómo se llamaba? ¿Beatriz? no,

¿Estela? tampoco......... Sor....... Sor.......... Blanca, Blanca, eso

es Blanca, ¿pero será ella? veremos.

Y acercándose á la enferma, le dijo dulcemente.

--Blanca, Sor Blanca, Sor Blanca.

--¿Quién me habla? ya no soy Sor Blanca, soy la esposa de Don Cesar de

Villaclara. ¿Quién es?

--Blanca, Blanca, ¿me oís?

--Sí, ¿quién sois? no os conozco.

--Yo soy Don Melchor Perez de Varais.

--Mi protector, ¡ah sí! me acuerdo, ¿dónde está Doña Luisa mi

protectora? ¿A dónde está?

Los batientes de la puerta sonaron, Don Melchor volvió el rostro, y vió

entrar á varios enmascarados que depositaron sobre una mesa todo lo que

podia necesitar para hacer una buena comida.

Se retiraron despues, y solo quedó uno allí para servirla.

Don Melchor quiso por él averiguar alguna cosa y comenzó á interrogarle.

--Hombre, supuesto que estamos solos, decirme podras, ¿con qué objeto se

me ha traido aquí, qué se pretende conmigo?

--Nada sé, señor.

--¡Cómo! ¿Pues qué órdenes has recibido?

--Solo servir á su señoría en cuanto pida y necesite.

--¿Pero quién te ha dado esas órdenes?

--Eso es lo que no puedo revelar.

--Pero yo te daré por ello lo que me pidas.

--No pida su señoría lo que no me es posible darle.

--¿Dices que tienes órdenes para darme cuanto yo necesite?

--Sí señor.

--¿Y si yo quisiera una persona que viniese á curar á esta señora

enferma?

--Se haria venir inmediatamente.

--Pues por ahora es lo que mas necesito, pero que sea muy pronto.

--Tan luego como acabe de servir á su señoría, iré á buscar esa persona.

--Entonces puedes ir, pues no te ocuparé ya para nada.

El hombre obedeciendo inmediatamente salió y Don Melchor volvió á

acercarse á la cama de la enferma.

Blanca parecia dormir, y estaba menos inquieta.

Habia cerrado ya la noche cuando el criado volvió á entrar conduciendo á

una muger anciana.

--Señor--le dijo á Don Melchor--por aquí no hay ni físicos ni cirujanos,

y esta es una _componedora de huesos_ y herbolaria, que sabe muchas

medicinas y por eso la traigo.

--Venga vd. por acá, señora--dijo Pérez--vea vd. á esta enferma, haber

qué puede hacerle.

La vieja se acercó al lecho de Blanca, comenzó á examinarla, la miró

cuidadosamente las contusiones y heridas de los brazos, y luego con

grande aplomo dijo:

--Yo la sanaré muy pronto, no se necesita sino _quitarle el molimiento_,

por eso está ahora hecha un _vivo fuego_, voy á traer unos menjurges,

¿podré ir para venir despues á quedarme aquí con ella toda la noche?

Don Melchor no contestó, pero se quedó mirando al hombre de la máscara y

éste dijo.

--Puede vd.

La vieja salió, se estuvo fuera una hora y volvió despues trayendo un

hornillo con lumbre, vasijas, yerbas y redomillas.

Don Melchor se encerró en un aposento y la vieja comenzó sus curaciones.

Monja y casada, vírgen y mártir · 第 94 / 161 题