De como llegó á México en busca de su Luisa Don Melchor Perez de Varais,
y de lo que le pasó.
El propio, enviado por el licenciado Vergara Gaviria, llegó á Metepec y
entregó las cartas que llevaba á Don Melchor, que estaba entregado á la
mas profunda melancolía.
Don Melchor habia tenido por Luisa una verdadera pasion, y quizá le
hubiera afectado menos, que ella le hubiera abandonado, que la aventura
que no habia podido esplicarse y de la que él ó Luisa habian sido
víctimas.
La llegada del correo le puso como fuera de sí de placer, inmediatamente
comenzó á disponerlo todo para regresar á México, é hizo volverse en el
acto al correo con una carta en que avisaba al licenciado Vergara que
pronto se ponia en marcha para la Capital, y que tratase á Luisa con
cuantas consideraciones pudiese no escaseando gastos de ninguna especie:
la carta debia llegar á México tres dias antes que Don Melchor.
El licenciado Vergara recibió esa carta, y sin pérdida de tiempo se
dirijió en busca del inquisidor.
Don Juan Gutierrez Flores estaba frenético, hacia muchos años que no se
oía decir de una fuga en las cárceles del Santo Oficio, y en aquellos
dias, sin que pudiese culparse á nadie, se habian fugado Don Cesar,
María y Sérvia, y Doña Blanca habia sido arrebatada en esa mañana misma
á los alguaciles.
Su señoría estaba temible en aquellos momentos.
La visita de Don Pedro Vergara con las noticias que traía no podia ser
mas inoportuna.
El inquisidor fingió una amabilidad tan repugnante, como seria la
sonrisa de un tigre, y Don Pedro nada conoció.
--Acabo de recibir--dijo--noticias de Metepec.
--¿Y qué sabe S. E. de nuevo?--contestó el inquisidor.
--Nada mas, si no que Don Melchor Perez de Varais me anuncia su próxima
llegada á esta Capital.
--Paréceme eso de poca importancia.
--Creo al contrario de su señoría, que es de mucha y muy grave.
--Permítame V. E. que no comprenda............
--Don Melchor viene en pos de Luisa. ¿Y qué podrá decírsele?
--No sé qué derechos pueda alegar para interesarse por ella supuesto que
sabemos que no era su esposa, si no de Don Pedro de Mejía.
--Con derechos ó sin ellos, lo cierto es que como creía yo que me habia
sido remitida, le escribí lo acontecido, y puede ahora interesarse por
ella.
--No tiene derecho alguno, y así se le puede contestar.
--Lo cual no nos salvará de un gran escándalo, que á mi juicio tanto
cede en mengua mia como de la justicia del Santo Tribunal, que ejecuta á
un reo por otro.
--En efecto, dice bien Su Excelencia.
--Pues es necesario dar un paso, si á su señoría le parece.
--Piense V. E. si será mejor detener á Don Melchor en su camino, ó
esperar á que llegue para hacerle aquí desistir de su empresa, y que
deje todo por olvidado ¿cuándo cree S. E. que llegará Don Melchor?
--Segun su exaltacion mañana debe estar aquí.
--En ese caso lo mejor seria detenerle en el camino, mientras disponemos
algo que evite el natural escándalo y menosprecio que causaria la muerte
de Luisa y los estraños acontecimientos que á ella dieron lugar.
--¿Cúal es pues, el plan de su señoría?
--Aun no me fijo perfectamente, pero en primer lugar, es fuerza detener
á Don Melchor, y despues vacilo en decidirme, si le presentamos un
cadáver de negra, diciéndole que es Luisa, que murió de enfermedad
natural, ó una negra viva que le hagamos tambien creer que es ella.
--¿Y será posible que lo crea?
--Todo está en la clase de muger que se le presente.
--Cuidaremos entonces de buscar una muy inteligente.
--Por el contrario, la mas estúpida que podais encontrar, con tal de que
sea jóven y tenga una estatura semejante á la de Luisa, porque diremos á
Don Melchor, que su situacion hizo perder el juicio á la pobre muchacha,
y de esa manera, cualquier cosa que oiga, lo atribuirá á locura. Con
esto no quedará por tierra el honor de la Santa Inquisicion y nadie
podrá descubrir lo que ha pasado en este negocio.
--Me parece un buen plan.
--Si se le presentára un cadáver, Don Melchor seria muy capaz de querer
hacerle honras tan suntuosas que llamarian la atencion, y darian orígen
al escándalo que tratamos de evitar.
--En efecto.
--Bien, pero es necesario que disponga V. E. las cosas, de manera de
detener siquiera el dia de mañana á Don Melchor.
--Eso corre de mi cuenta.
--¿Y cómo?
--Mañana enviaré al camino que debe traer algunos enmascarados que le
detengan, y le lleven prisionero por unos dias á una quinta de los
alrededores, y luego le soltarán.
--Pero pudieran acontecer muchas desgracias, si él se resiste.
--No se resistirá, que enviare tal cantidad de gente que conocerá que
toda resistencia es inútil.
--Así creo que está todo bien combinado ¿y V. E. se encarga de que le
lleven la esclava que debe presentársele á Don Melchor?
--Si su señoría no tiene de quién echar mano.........
--No tengo por ahora, pero mañana cuando venga V. E. para que hablemos,
y que llegue la noticia de haber sido detenido Don Melchor, le diré si
por mi parte he encontrado lo que necesitamos.
--Bueno, voyme á preparar las cosas para mañana, y estaré aquí mañana al
medio dia.
--El licenciado se despidió del inquisidor y cada uno fué á dar por su
parte las órdenes respectivas..........................
* * * * *
* * * * *
Los caminos estaban plagados de malechores, y en aquellos dias era una
cosa muy espuesta viajar sin el acompañamiento de una muy fuerte
escolta, pero tal habia sido la precipitacion, con que Don Melchor habia
salido de Metepec, que apenas se habia hecho acompañar por dos criados.
En aquellos tiempos, Toluca era una poblacion inferior á Metepec y á
Ixtlahuaca; no habia ese comercio, ni esa ancha vía de comunicacion que
atraviesa por medio del Monte de las Cruces: angostas y escabrosas
veredas de herradura daban paso á los que á pié ó á caballo pasaban de
uno á otro de los pueblos, ó á México.
Por lo que se ha dicho se conocerá con que desconfianza caminaban todos,
procurando reunirse en carabanas para ponerse mas á cubierto de los
asaltos de los ladrones.
Don Melchor atravesó sin novedad alguna el monte, y luego el valle de
México sin haber encontrado ni ladrones ni viajeros.
Estaba ya cerca de la ciudad cuando notó que delante de él caminaba un
grupo de gentes á caballo custodiando un carro de dos ruedas: los
hombres tenian trasa de gente de justicia y en el carro no podia
distinguirse lo que llevaban porque iba cubierto con un toldo de
_petates_.
Don Melchor quiso aprovechar aquella compañia, porque aun en las mismas
puertas de la ciudad solian acontecer robos y muertes.
Don Melchor saludó á los que iban á caballo, y ellos le reconocieron
luego como que habia sido por algunos meses corregidor de México.
--¿Y qué llevais en ese carro? preguntó Don Melchor.
--Señor--contestó uno de ellos--nosotros salimos en persecucion de un
negro y una muger que atacaron á la justicia y se fugaron, y nos
hicieron correr mucho, pero el negro cayó del caballo hasta el fondo de
una barranca, y la muger hubiera seguido la misma suerte, pero se atoró
de la falda en una rama y la recogimos; al negro ni modo siquiera de
buscarle.
--¿Y cuándo fué eso?
--Ayer señor, pero nuestros animales estaban cansados, y esta muger no
podia andar, tuvimos que pedir posada, y conseguir un carro para traerla
y ahí va.
--Bien, nos iremos acompañados.
--Como mande su señoría.
Don Melchor caminaba por delante, y paso á paso para que pudiera
seguirle el carro y habian avanzado ya algo, cuando de repente de una
arboleda se desprendieron una porcion de enmascarados que estaban
ocultos allí y rodearon á Don Melchor y á los que le acompañaban.
Ninguno pensó en defenderse, y los enmascarados comenzaron á hacer bajar
á todos de los caballos.