XVI.

De como Teodoro no “reparaba en pelillos” como decia el refran.

La mañana comenzaba ya á blanquear el horizonte; comenzaba ya á

sentirse ese ruido que constituye, por decirlo así, la vida de una

ciudad. Las campanas de los templos llamaban á la primera misa, y los

muy devotos y los hombres trabajadores se levantaban á toda prisa y se

lanzaban á la calle como las avejas atraidas por el sonido de las

campanas.

Cerca de la puerta de la casa Municipal, Teodoro se paseaba impaciente;

pronto iba á ser ya de dia y no habia aparecido la silla de manos en que

debian conducir á Doña Blanca á la inquisicion.

Teodoro estaba desesperado, si tardaba mas Doña Blanca ya no era posible

llevar á efecto el plan que habia meditado.

Teodoro hubiera arremetido contra diez alguaciles en medio de la

oscuridad, y se sentia con ánimo para hacerles huir, pero en pleno dia y

en calles tan concurridas como las que tenian que atravesarse de la casa

de la ciudad á la inquisicion, le parecia mas que locura.

Por fin, las puertas de la prision se abrieron y apareció una silla de

manos conducida por dos presos, y custodiada por dos alguaciles.

No habia mas dificultad que en lo avanzado de la hora; pero Teodoro

determinó jugar la partida y esponer el todo por el todo.

La silla tomó el camino de la inquisicion y Teodoro la siguió á una

regular distancia; aun habia muy poca gente y apenas paraban la atencion

en lo que conducian los alguaciles.

Llegando cerca de la esquina de Tacuba, Teodoro avivó el paso y alcanzó

á los alguaciles que conversaban descuidadamente, asió con cada mano á

cada uno de ellos por el cuello, y dándoles un movimiento de oscilacion

les lanzó con toda la fuerza de sus poderosos brazos á una distancia

increible.

Los dos alguaciles cayeron en tierra espantados, pero era tal el impulso

que les habia dado Teodoro, que anduvieron aún de narices un largo

trecho, dejando en el suelo restos empolvados de la ropilla y de las

calzas.

Los presos que llevaban la silla al ver aquel lance, la pusieron en

tierra, y aprovechando la ocasion echaron á correr con toda la fuerza de

sus piernas.

Teodoro abrió la puerta de la silla y dijo á Doña Blanca que le miraba

espantada.

--Salid, Doña Blanca, huyámos.

Doña Blanca se sonrió tristemente.

--No es posible, contestó, no puedo andar; el tormento me ha dejado

baldada.

Teodoro comprendió todo y no contestó, sino que inclinándose tomó á

Blanca entre sus brazos como hubiera podido hacerlo con un niño, y

atropellando á los curiosos que se habian reunido allí tomó el rumbo de

la Alameda, por la calle que se llamaba ya de Tlacopan, ó Tacuba.

Los alguaciles habian vuelto en sí de su sorpresa, y comenzaban á

apellidar socorro, sin atreverse á ir ellos en persecucion de los

fugitivos.

Teodoro aunque sin correr apresuraba el paso, y llegó sin ser perseguido

hasta atravesar la Alameda. Ganando el campo se creia seguro.

Estaba ya fuera de la ciudad, cuando observó que venian á lo lejos

algunos jinetes.

--Nos siguen--dijo Doña Blanca.

--Pero no nos alcanzarán--contestó Teodoro y abandonando el camino

real, tomó entre unos sembrados de maiz, que por desgracia no tenian

bastante altura para cubrirle.

Los jinetes comenzaron á galopar, por que advirtieron la marcha que

habia seguido Teodoro.

--¡Por Dios, Teodoro! que están ya muy cerca.

--No temais, Doña Blanca, yo os salvaré.

Los perseguidores no encontraron paso para entrar á los sembrados y

fueron á dar vuelta: Teodoro comenzó á correr.

--Déjame, déjame--decia Doña Blanca--sálvate tú y no te comprometas más;

déjame seguir mi desgraciada suerte.

Teodoro no contestaba y seguia corriendo.

Los jinetes habian encontrado ya el paso, y aunque caminaban con

dificultad entre los surcos, avanzaban, sin embargo, con una rapidez

desesperante para Teodoro y para Blanca.

Llegaron á una de esas grandes cercas de piedra que cierran en México

las heredades, y Teodoro bendijo á Dios porque aquel obstáculo, dificil

de salvar por sus perseguidores, era poca cosa para el que iba á pié;

pasó primero á Doña Blanca y luego pasó él, volvió á tomarla entre sus

brazos y siguió corriendo.

Sucedió lo que él habia pensado: los que venian á caballo necesitaron

buscar un portillo para salvar la cerca y él ganó entre tanto mucho

terreno. Pero los caballos salvaron muy pronto aquella distancia y se

veian ya muy cerca.

Blanca rogaba á Teodoro que la abandonase, pero era imposible que él

hiciese semejante cosa.

Teodoro comenzaba ya á fatigarse, su respiracion era muy agitada, su

frente estaba cubierta de sudor, y su marcha era cada vez mas lenta.

Comenzaba á desesperar; oia ya el rumor lejano de los pasos de los

caballos de sus perseguidores.

De repente Teodoro se animó: á lo lejos vió un hombre que venia en un

caballo; encontrarle pronto era salvarse; avivó el paso y muy pronto

estuvo al lado del viajero.

Teodoro puso á Doña Blanca en tierra, y antes que el viajero se

apercibiese se arrojó sobre él y le derribó del caballo.

El hombre se espantó, de modo que no opuso resistencia, y Teodoro se

apoderó inmediatamente del caballo, que no era un animal notable pero

que sin embargo debia servirle porque él se encontraba ya incapaz de

seguir conduciendo á Doña Blanca en sus hombros.

Entre tanto los perseguidores venian ya muy cerca y podian escucharse

sus gritos de ¡ténganse al rey, dénse á la justicia!

Teodoro subió á Doña Blanca en el caballo y él se colocó en las ancas

del animal, y echaron á caminar, pero el dueño del caballo vió tan cerca

el refuerzo que se animó á hacer algo ya de su parte por no perder su

propiedad, y se afianzó de una pierna de Teodoro.

--Soltad--dijo el negro.

--Nunca, nunca, ladron, negro, deja mi caballo.

--Soltad, que yo os pagaré diez veces lo que vale el caballo.

El hombre no soltaba, y la situacion era comprometida.

--Pues no sueltas--dijo Teodoro--toma.

Y levantando la mano descargó sobre la frente del viagero un puñetazo

capaz de derribar un buey; el hombre lanzó un gemido sordo, y rodó entre

el polvo como un muerto.

Teodoro puso entonces á escape su caballo.

El animal no tenia trazas de aguantar mucho, y su carrera no era ni

firme ni ligera.

--Teodoro, déjame aquí--decia Doña Blanca--déjame, sálvate, que ya nos

alcanzan.

--No temais señora aun hay esperanzas, repetia el negro. El demonio

parecia conducir á los que perseguian á Blanca, porque á cada momento

estaban mas y mas cerca, ya se percibia el aliento fatigoso de sus

caballos, y se escuchaban perfectamente las voces.

Se habia perdido el camino y Teodoro corria por un sendero angosto y

sembrado de árboles que estaba al lado de un barranco profundo.

A lo lejos se descubrió un puente de madera, llegar á ese puente,

atravesarlo, y derribarlo despues, era la ilusion de Teodoro, si lo

conseguia estaba salvado.

Aguijó al caballo y estaba ya muy cerca del puente cuando el animal

tropezando cayó del lado del barranco.

Perseguidos y perseguidores todos lanzaron un grito de espanto; Teodoro

lanzado violentamente rodó por aquella pendiente entre los matorrales y

las piedras, y se oyó el ruido de su cuerpo al caer en el arroyo que

cruzaba por el fondo.

Doña Blanca desprendiéndose de la silla quedó prendida por la falda al

tronco de un árbol y suspendida sobre una inmensa profundidad.

Los perseguidores llegaban en este momento al lugar de la desgracia.

Monja y casada, vírgen y mártir · 第 92 / 161 题