De como Teodoro no “reparaba en pelillos” como decia el refran.
La mañana comenzaba ya á blanquear el horizonte; comenzaba ya á
sentirse ese ruido que constituye, por decirlo así, la vida de una
ciudad. Las campanas de los templos llamaban á la primera misa, y los
muy devotos y los hombres trabajadores se levantaban á toda prisa y se
lanzaban á la calle como las avejas atraidas por el sonido de las
campanas.
Cerca de la puerta de la casa Municipal, Teodoro se paseaba impaciente;
pronto iba á ser ya de dia y no habia aparecido la silla de manos en que
debian conducir á Doña Blanca á la inquisicion.
Teodoro estaba desesperado, si tardaba mas Doña Blanca ya no era posible
llevar á efecto el plan que habia meditado.
Teodoro hubiera arremetido contra diez alguaciles en medio de la
oscuridad, y se sentia con ánimo para hacerles huir, pero en pleno dia y
en calles tan concurridas como las que tenian que atravesarse de la casa
de la ciudad á la inquisicion, le parecia mas que locura.
Por fin, las puertas de la prision se abrieron y apareció una silla de
manos conducida por dos presos, y custodiada por dos alguaciles.
No habia mas dificultad que en lo avanzado de la hora; pero Teodoro
determinó jugar la partida y esponer el todo por el todo.
La silla tomó el camino de la inquisicion y Teodoro la siguió á una
regular distancia; aun habia muy poca gente y apenas paraban la atencion
en lo que conducian los alguaciles.
Llegando cerca de la esquina de Tacuba, Teodoro avivó el paso y alcanzó
á los alguaciles que conversaban descuidadamente, asió con cada mano á
cada uno de ellos por el cuello, y dándoles un movimiento de oscilacion
les lanzó con toda la fuerza de sus poderosos brazos á una distancia
increible.
Los dos alguaciles cayeron en tierra espantados, pero era tal el impulso
que les habia dado Teodoro, que anduvieron aún de narices un largo
trecho, dejando en el suelo restos empolvados de la ropilla y de las
calzas.
Los presos que llevaban la silla al ver aquel lance, la pusieron en
tierra, y aprovechando la ocasion echaron á correr con toda la fuerza de
sus piernas.
Teodoro abrió la puerta de la silla y dijo á Doña Blanca que le miraba
espantada.
--Salid, Doña Blanca, huyámos.
Doña Blanca se sonrió tristemente.
--No es posible, contestó, no puedo andar; el tormento me ha dejado
baldada.
Teodoro comprendió todo y no contestó, sino que inclinándose tomó á
Blanca entre sus brazos como hubiera podido hacerlo con un niño, y
atropellando á los curiosos que se habian reunido allí tomó el rumbo de
la Alameda, por la calle que se llamaba ya de Tlacopan, ó Tacuba.
Los alguaciles habian vuelto en sí de su sorpresa, y comenzaban á
apellidar socorro, sin atreverse á ir ellos en persecucion de los
fugitivos.
Teodoro aunque sin correr apresuraba el paso, y llegó sin ser perseguido
hasta atravesar la Alameda. Ganando el campo se creia seguro.
Estaba ya fuera de la ciudad, cuando observó que venian á lo lejos
algunos jinetes.
--Nos siguen--dijo Doña Blanca.
--Pero no nos alcanzarán--contestó Teodoro y abandonando el camino
real, tomó entre unos sembrados de maiz, que por desgracia no tenian
bastante altura para cubrirle.
Los jinetes comenzaron á galopar, por que advirtieron la marcha que
habia seguido Teodoro.
--¡Por Dios, Teodoro! que están ya muy cerca.
--No temais, Doña Blanca, yo os salvaré.
Los perseguidores no encontraron paso para entrar á los sembrados y
fueron á dar vuelta: Teodoro comenzó á correr.
--Déjame, déjame--decia Doña Blanca--sálvate tú y no te comprometas más;
déjame seguir mi desgraciada suerte.
Teodoro no contestaba y seguia corriendo.
Los jinetes habian encontrado ya el paso, y aunque caminaban con
dificultad entre los surcos, avanzaban, sin embargo, con una rapidez
desesperante para Teodoro y para Blanca.
Llegaron á una de esas grandes cercas de piedra que cierran en México
las heredades, y Teodoro bendijo á Dios porque aquel obstáculo, dificil
de salvar por sus perseguidores, era poca cosa para el que iba á pié;
pasó primero á Doña Blanca y luego pasó él, volvió á tomarla entre sus
brazos y siguió corriendo.
Sucedió lo que él habia pensado: los que venian á caballo necesitaron
buscar un portillo para salvar la cerca y él ganó entre tanto mucho
terreno. Pero los caballos salvaron muy pronto aquella distancia y se
veian ya muy cerca.
Blanca rogaba á Teodoro que la abandonase, pero era imposible que él
hiciese semejante cosa.
Teodoro comenzaba ya á fatigarse, su respiracion era muy agitada, su
frente estaba cubierta de sudor, y su marcha era cada vez mas lenta.
Comenzaba á desesperar; oia ya el rumor lejano de los pasos de los
caballos de sus perseguidores.
De repente Teodoro se animó: á lo lejos vió un hombre que venia en un
caballo; encontrarle pronto era salvarse; avivó el paso y muy pronto
estuvo al lado del viajero.
Teodoro puso á Doña Blanca en tierra, y antes que el viajero se
apercibiese se arrojó sobre él y le derribó del caballo.
El hombre se espantó, de modo que no opuso resistencia, y Teodoro se
apoderó inmediatamente del caballo, que no era un animal notable pero
que sin embargo debia servirle porque él se encontraba ya incapaz de
seguir conduciendo á Doña Blanca en sus hombros.
Entre tanto los perseguidores venian ya muy cerca y podian escucharse
sus gritos de ¡ténganse al rey, dénse á la justicia!
Teodoro subió á Doña Blanca en el caballo y él se colocó en las ancas
del animal, y echaron á caminar, pero el dueño del caballo vió tan cerca
el refuerzo que se animó á hacer algo ya de su parte por no perder su
propiedad, y se afianzó de una pierna de Teodoro.
--Soltad--dijo el negro.
--Nunca, nunca, ladron, negro, deja mi caballo.
--Soltad, que yo os pagaré diez veces lo que vale el caballo.
El hombre no soltaba, y la situacion era comprometida.
--Pues no sueltas--dijo Teodoro--toma.
Y levantando la mano descargó sobre la frente del viagero un puñetazo
capaz de derribar un buey; el hombre lanzó un gemido sordo, y rodó entre
el polvo como un muerto.
Teodoro puso entonces á escape su caballo.
El animal no tenia trazas de aguantar mucho, y su carrera no era ni
firme ni ligera.
--Teodoro, déjame aquí--decia Doña Blanca--déjame, sálvate, que ya nos
alcanzan.
--No temais señora aun hay esperanzas, repetia el negro. El demonio
parecia conducir á los que perseguian á Blanca, porque á cada momento
estaban mas y mas cerca, ya se percibia el aliento fatigoso de sus
caballos, y se escuchaban perfectamente las voces.
Se habia perdido el camino y Teodoro corria por un sendero angosto y
sembrado de árboles que estaba al lado de un barranco profundo.
A lo lejos se descubrió un puente de madera, llegar á ese puente,
atravesarlo, y derribarlo despues, era la ilusion de Teodoro, si lo
conseguia estaba salvado.
Aguijó al caballo y estaba ya muy cerca del puente cuando el animal
tropezando cayó del lado del barranco.
Perseguidos y perseguidores todos lanzaron un grito de espanto; Teodoro
lanzado violentamente rodó por aquella pendiente entre los matorrales y
las piedras, y se oyó el ruido de su cuerpo al caer en el arroyo que
cruzaba por el fondo.
Doña Blanca desprendiéndose de la silla quedó prendida por la falda al
tronco de un árbol y suspendida sobre una inmensa profundidad.
Los perseguidores llegaban en este momento al lugar de la desgracia.