XV.

En donde se vé como volvieron á encontrarse dos antiguos conocidos.

Los sabuesos de la inquisicion se pusieron en movimiento. Los fugitivos

no podian ir muy lejos segun los cálculos de los inquisidores, á quienes

se dió parte de la evasion, y en la madrugada por todas partes se

encontraban en las calles rondas y familiares.

Martin y Don Cesar que tomaron camino fuera de la ciudad, no pudieron

observar este movimiento, pero Teodoro y su muger lo conocieron

inmediatamente.

A cada instante tenian que ocultarse ó variar de direccion, porque

sentian rumor de gente ó descubrian algun farolillo á lo lejos que venia

aproximándose.

A medida que avanzaban mas hácia el centro de la ciudad, notaban mayor

agitacion entre las gentes de justicia: una fuga de las cárceles del

Santo Oficio era una cosa casi fabulosa que causaba admiracion, que

pocos se atreverian á creer, y que sin embargo de todo habia costado muy

poco trabajo á Don Cesar y á las dos mugeres.

Continuó Teodoro avanzando con Sérvia, hasta que llegó á una calle

larga, estrecha y oscura que le pareció la mas propia para transitar.

Iban ya cerca de la mitad de la calle cuando por el frente observaron

una patrulla que desembocaba; Teodoro creyó prudente retroceder y no

encontrarse con ella: así lo hizo, pero entonces advirtió que por el

otro estremo entraba tambien gente de justicia.

La situacion de Sérvia y de Teodoro era angustiosa: no podian ni avanzar

ni retroceder sin encontrarse con alguna de las dos rondas; y permanecer

allí era entregarse irremisiblemente en manos de la justicia.

Felizmente para ellos la noche era muy oscura todavía, y aun no podian

haber sido descubiertos.

Teodoro se puso á buscar alguna salida, pero no habia por allí ninguna

puerta compasiva que se abriera. Casi desesperado levantó la cabeza, y á

poca altura vió un balconcillo.

Entonces pensó que aquel era su último recurso, alzó con sus robustos

brazos á Sérvia que se asió del balcon y pasó dentro del barandal, luego

saltó él mismo, y asegurándose de la reja pasó tambien á colocarse al

lado de su muger.

Ya era tiempo porque la claridad de los faroles de la ronda comenzaba a

invadir el lugar en que ellos estaban.

Sin embargo, el balconcillo estaba muy bajo y podian verles, y entonces

si no habia otro remedio, Teodoro y su muger se finjirian vecinos que

salian atraidos por la curiosidad; pero Teodoro quiso probar antes si

las puertas del balcon estaban cerradas, las impulsó suavemente, y

contra todo lo que él se figuraba, las puertas, cediendo al impulso, se

abrieron suavemente sin producir ninguna clase de ruido. En estos

momentos se encontraban las dos rondas al pié del balcon.

La estancia en que penetraron Teodoro y Sérvia estaba alumbrada: cerca

de una gran mesa cargada de libros, de frascos y de retortas, un anciano

leía á la luz de un mechero de aceite.

El anciano al sentir que se abria el balcon volvió hácia allí el rostro,

alzando su mano para cubrirse el resplandor del mechero que le

deslumbraba.

Teodoro se quedó parado, y Sérvia se arrodilló poniendo un dedo sobre

sus labios y como implorando silencio y socorro.

Ni una palabra dijo el anciano, y luego despues de haber reflexionado un

poco hizo una seña para que se acercasen.

Teodoro y Sérvia obedecieron, y llegaron hasta cerca de la mesa.

El anciano los seguia examinando en silencio y con grandísima atencion;

su rostro se iba animando poco á poco hasta que al fin, como dudando,

esclamó:

--¡Teodoro!

Teodoro no contestó, y miró de hito en hito al anciano.

--¡Teodoro!--repitió el anciano--¿eres tú?

--Sí, señor. ¿Pero vos quién sois, que así me conoceis?

--¿No te acuerdas de mí, hijo mio?

--No señor--dijo Teodoro vacilando.

--Don José, yo soy Don José de Abalabide, hijo mio......

Apenas pudo concluir el anciano, porque Teodoro se habia arrojado á su

cuello, y lloraba, como lloraba tambien el viejo.

--Teodoro, decia Don José--no me conocias, hijo mío, ingrato; tú el

único que no me olvidó en mi desgracia.........

--Sérvia, Sérvia--decia Teodoro conmovido: mira, mira, éste es nuestro

padre de quien tanto te hablaba.--Señor, es mi muger, la madre de mis

hijos......... Abraza á Don José, Sérvia, abrázale: señor, permitidle

que os abrace; es negrita, pero muy buena y os ha querido siempre.

--Y Don José abrazaba á la negrita que, mirando á los dos tan

emocionados, lloraba tambien.

--Vamos, vamos, calmaos--decia Don José--que ya es mucho y pueden

dañarme tantas emociones: siéntate Teodoro, siéntate hija. ¿Qué andais

haciendo así, entrando por los balcones? Supongo que tú Teodoro no te

habrás vuelto un perdido, hijo mio.

--Ah, no señor--respondió Teodoro--soy rico porque recojí todos vuestros

bienes ocultos, y en lugar de disminuir han aumentado: sí, señor, Dios

nos bendijo, y puedo entregaros buenas cuentas de todo; están vuestros

intereses mejor que antes.........

--Vamos, vamos--dijo Don José pasando su mano por la cabeza de Teodoro

como podia haberlo hecho un padre con un hijo.--Vamos, loco, ¿quién

habla aquí de intereses, ni qué tienes tú que darme á mí cuenta de

dinero que es tuyo? Si ha disminuido, por tí lo siento; y si por el

contrario aumentó, como tú me dices, me alegro, y que Dios te haga muy

feliz con él; que todo lo mereces, porque eres agradecido y bueno, y

tienes el corazon grande y limpio.

Teodoro conmovido besaba la mano del viejo. Sérvia lloraba.

--Vamos, cálmate--continuó Don José--cálmate y cuéntame que andais

haciendo, entrando así por los balcones y á estas horas.

--Señor--dijo Teodoro--veniamos huyendo perseguidos por la justicia.

--Por la justicia ¿pero qué habeis hecho vosotros?

--¿Qué? á vos nada puedo ocultaros, mi esposa señor se ha fugado esta

noche de las cárceles de la inquisicion.

--¡Fugado de la inquisicion! ¡pero eso es maravilloso! ¿cómo?

--Con ayuda de un amigo, que tambien tenia allí presa á su muger.

--¿Y os han visto?

--No señor, la calle estaba oscura, y aunque las dos rondas venian á

encontrarnos en medio, Dios me inspiró la idea de asaltar este balcon, y

ya lo veis, nos hemos salvado.

--Es necesario cerciorarse de que nada observó la justicia, asómate, y

yo ocultaré la luz para que no te vayan á descubrir.

Abalabide ocultó la luz detrás de la carpeta que cubria la mesa, y

Teodoro con gran precaucion y casi arrastrándose se asomó á la calle.

Las dos rondas se habian encontrado y habian retrocedido juntas, apenas

se distinguia á lo lejos la luz de los farolillos.

--Estamos salvados--dijo Teodoro, se han ido.

--Bien, ¿y qué pensais hacer ahora?

--Volvernos--dijo Teodoro por donde hemos venido, que necesito al menos

por algunos dias, tener oculta á mi muger, mientras, se calma la

persecucion.

--¿Pero á dónde vas á ocultarla?

--Yo no sé, pero buscaré adonde.

--Mira hijo, lo mejor será que la dejes aquí unos dias, esta casa es

grande y no puede ser sospechosa.

--¿Es vuestra señor?

--Como si lo fuera es de un caballero amigo mio que se llama Don Cárlos

de Arellano.

--¡Don Cárlos! el amante de Luisa; el que denunció la

conspiracion...........................

Llamaron á la puerta y Teodoro calló repentinamente.

--Ocultaos allí en ese aposento--dijo en voz baja Don José, pero

pronto..........

Teodoro y Sérvia obedecieron sin replicar.

Habian vuelto á llamar á la puerta.

--Pasen--dijo Don José, procurando dar á su rostro un aire indiferente.

Don Cárlos de Arellano entró mirando curiosamente á todos lados.

--Habia creido--dijo--que hablabais con álguien.

--Tengo algunas veces, como sabeis, la costumbre de estudiar en alta voz

y en este momento me sucedia que entusiasmado con un trozo de Alberto

Magno casi declamaba, ¿pero qué novedad os trae por acá á estas horas?

--Una grande y secreta: acabo de llegar de la casa de Don Pedro de

Mejía.

--¿Y bien?

--Que Don Pedro ha sabido muy secretamente por uno de los secretarios

del Capitan General, que su hermana Blanca presa en la inquisicion se ha

fugado.

--¿Se ha fugado?--dijo Don José pensando que tal vez habia salido con

la muger de Teodoro.

--Sí, mirad como estuvo la cosa. Luisa que estaba en el calabozo con

ella consiguió por medio del Capitan general salir de la inquisicion,

pero á la hora de la salida, Blanca tomó su lugar y ella fué y no Luisa

la que consiguió la libertad.

--¡Caso mas raro!

--Pues aun hay mas: Blanca debia sufrir esa noche la pena de garrote, y

como Luisa habia quedado en su lugar, ella la sufrió y la han ahorcado.

--¡Jesús! dijo Don José.

--Y hay mas aún.

--¿Qué? decidme que estoy espantado.

--Descubierto todo, el inquisidor llamó al licenciado Vergara, le

refirió el hecho y dispuso, que vuelva Sor Blanca á la inquisicion, para

que sufra tambien la muerte á que estaba sentenciada.

--¡Pobre muger! pero eso ya es demasiado y Don Pedro ¿qué dice?

--Aquí en confianza, Don Pedro tiene un negro corazon, y ni se afecta

con la muerte de Luisa, ni se apura por la suerte que aguarda á su pobre

hermana.

--¿Pero ese hombre es un tigre?

--Creo que sí ¡pobre Blanca!

--¡Pudiéramos salvarla!

--Ojalá.

--Decidme está ya en la inquisicion.

--No, pero hoy antes que salga la luz la conduciran para allá.

--Quizá haya esperanza de hacer algo por ella.

--Como á estas horas no tenemos de quien valernos y el negocio es muy

peligroso.

--¿Quién podrá ayudarnos, quién?

--Yo--dijo Teodoro presentándose.

Don Cárlos retrocedió, llevando la mano al puño de su espada.

--¿Quién es este hombre? ¿Qué quiere aquí?--dijo.

--Calmaos--contestó Don José: es casi mi hijo y á vos esplicaré despues,

por ahora decidle lo que pensais respecto á Blanca, y él os comprenderá

y os ayudará, yo le fio.

--Bien está--dijo sosegándose Don Cárlos--has oido ya de lo que se

trata.

--Sí señor.

--¿Y qué te parece?

--Me parece que todo se puede hacer muy fácilmente.

--¿Cómo?

--¿Decís que hoy deben llevar á Doña Blanca á la inquisicion?

--Sí, antes que haya luz.

--¿En dónde está ahora?

--En la cárcel de la ciudad.

--Entonces voy á esperar que la saquen, la sigo y en donde me sea

posible se las quito á los alguaciles y la salvo. En ese caso, ¿á dónde

podré llevarla?

--A mi casa de la Estrella, ¿sabes?

--Sí señor.

--Allí estará segura.

--Pues no hay que perder el tiempo. Me voy, adios, encomendadme á Dios;

en todo caso, señor, os dejo á mi pobre muger.

--Confia en mí--contestó Don José.

Teodoro besó la mano del viejo y se dirijió al balcon, abrió las

puertas, y saltó lijero á la calle.

Don Cárlos se asomó y permaneció allí hasta que se perdió el eco de las

pisadas de Teodoro.

Monja y casada, vírgen y mártir · 第 91 / 161 题