En donde se vé como volvieron á encontrarse dos antiguos conocidos.
Los sabuesos de la inquisicion se pusieron en movimiento. Los fugitivos
no podian ir muy lejos segun los cálculos de los inquisidores, á quienes
se dió parte de la evasion, y en la madrugada por todas partes se
encontraban en las calles rondas y familiares.
Martin y Don Cesar que tomaron camino fuera de la ciudad, no pudieron
observar este movimiento, pero Teodoro y su muger lo conocieron
inmediatamente.
A cada instante tenian que ocultarse ó variar de direccion, porque
sentian rumor de gente ó descubrian algun farolillo á lo lejos que venia
aproximándose.
A medida que avanzaban mas hácia el centro de la ciudad, notaban mayor
agitacion entre las gentes de justicia: una fuga de las cárceles del
Santo Oficio era una cosa casi fabulosa que causaba admiracion, que
pocos se atreverian á creer, y que sin embargo de todo habia costado muy
poco trabajo á Don Cesar y á las dos mugeres.
Continuó Teodoro avanzando con Sérvia, hasta que llegó á una calle
larga, estrecha y oscura que le pareció la mas propia para transitar.
Iban ya cerca de la mitad de la calle cuando por el frente observaron
una patrulla que desembocaba; Teodoro creyó prudente retroceder y no
encontrarse con ella: así lo hizo, pero entonces advirtió que por el
otro estremo entraba tambien gente de justicia.
La situacion de Sérvia y de Teodoro era angustiosa: no podian ni avanzar
ni retroceder sin encontrarse con alguna de las dos rondas; y permanecer
allí era entregarse irremisiblemente en manos de la justicia.
Felizmente para ellos la noche era muy oscura todavía, y aun no podian
haber sido descubiertos.
Teodoro se puso á buscar alguna salida, pero no habia por allí ninguna
puerta compasiva que se abriera. Casi desesperado levantó la cabeza, y á
poca altura vió un balconcillo.
Entonces pensó que aquel era su último recurso, alzó con sus robustos
brazos á Sérvia que se asió del balcon y pasó dentro del barandal, luego
saltó él mismo, y asegurándose de la reja pasó tambien á colocarse al
lado de su muger.
Ya era tiempo porque la claridad de los faroles de la ronda comenzaba a
invadir el lugar en que ellos estaban.
Sin embargo, el balconcillo estaba muy bajo y podian verles, y entonces
si no habia otro remedio, Teodoro y su muger se finjirian vecinos que
salian atraidos por la curiosidad; pero Teodoro quiso probar antes si
las puertas del balcon estaban cerradas, las impulsó suavemente, y
contra todo lo que él se figuraba, las puertas, cediendo al impulso, se
abrieron suavemente sin producir ninguna clase de ruido. En estos
momentos se encontraban las dos rondas al pié del balcon.
La estancia en que penetraron Teodoro y Sérvia estaba alumbrada: cerca
de una gran mesa cargada de libros, de frascos y de retortas, un anciano
leía á la luz de un mechero de aceite.
El anciano al sentir que se abria el balcon volvió hácia allí el rostro,
alzando su mano para cubrirse el resplandor del mechero que le
deslumbraba.
Teodoro se quedó parado, y Sérvia se arrodilló poniendo un dedo sobre
sus labios y como implorando silencio y socorro.
Ni una palabra dijo el anciano, y luego despues de haber reflexionado un
poco hizo una seña para que se acercasen.
Teodoro y Sérvia obedecieron, y llegaron hasta cerca de la mesa.
El anciano los seguia examinando en silencio y con grandísima atencion;
su rostro se iba animando poco á poco hasta que al fin, como dudando,
esclamó:
--¡Teodoro!
Teodoro no contestó, y miró de hito en hito al anciano.
--¡Teodoro!--repitió el anciano--¿eres tú?
--Sí, señor. ¿Pero vos quién sois, que así me conoceis?
--¿No te acuerdas de mí, hijo mio?
--No señor--dijo Teodoro vacilando.
--Don José, yo soy Don José de Abalabide, hijo mio......
Apenas pudo concluir el anciano, porque Teodoro se habia arrojado á su
cuello, y lloraba, como lloraba tambien el viejo.
--Teodoro, decia Don José--no me conocias, hijo mío, ingrato; tú el
único que no me olvidó en mi desgracia.........
--Sérvia, Sérvia--decia Teodoro conmovido: mira, mira, éste es nuestro
padre de quien tanto te hablaba.--Señor, es mi muger, la madre de mis
hijos......... Abraza á Don José, Sérvia, abrázale: señor, permitidle
que os abrace; es negrita, pero muy buena y os ha querido siempre.
--Y Don José abrazaba á la negrita que, mirando á los dos tan
emocionados, lloraba tambien.
--Vamos, vamos, calmaos--decia Don José--que ya es mucho y pueden
dañarme tantas emociones: siéntate Teodoro, siéntate hija. ¿Qué andais
haciendo así, entrando por los balcones? Supongo que tú Teodoro no te
habrás vuelto un perdido, hijo mio.
--Ah, no señor--respondió Teodoro--soy rico porque recojí todos vuestros
bienes ocultos, y en lugar de disminuir han aumentado: sí, señor, Dios
nos bendijo, y puedo entregaros buenas cuentas de todo; están vuestros
intereses mejor que antes.........
--Vamos, vamos--dijo Don José pasando su mano por la cabeza de Teodoro
como podia haberlo hecho un padre con un hijo.--Vamos, loco, ¿quién
habla aquí de intereses, ni qué tienes tú que darme á mí cuenta de
dinero que es tuyo? Si ha disminuido, por tí lo siento; y si por el
contrario aumentó, como tú me dices, me alegro, y que Dios te haga muy
feliz con él; que todo lo mereces, porque eres agradecido y bueno, y
tienes el corazon grande y limpio.
Teodoro conmovido besaba la mano del viejo. Sérvia lloraba.
--Vamos, cálmate--continuó Don José--cálmate y cuéntame que andais
haciendo, entrando así por los balcones y á estas horas.
--Señor--dijo Teodoro--veniamos huyendo perseguidos por la justicia.
--Por la justicia ¿pero qué habeis hecho vosotros?
--¿Qué? á vos nada puedo ocultaros, mi esposa señor se ha fugado esta
noche de las cárceles de la inquisicion.
--¡Fugado de la inquisicion! ¡pero eso es maravilloso! ¿cómo?
--Con ayuda de un amigo, que tambien tenia allí presa á su muger.
--¿Y os han visto?
--No señor, la calle estaba oscura, y aunque las dos rondas venian á
encontrarnos en medio, Dios me inspiró la idea de asaltar este balcon, y
ya lo veis, nos hemos salvado.
--Es necesario cerciorarse de que nada observó la justicia, asómate, y
yo ocultaré la luz para que no te vayan á descubrir.
Abalabide ocultó la luz detrás de la carpeta que cubria la mesa, y
Teodoro con gran precaucion y casi arrastrándose se asomó á la calle.
Las dos rondas se habian encontrado y habian retrocedido juntas, apenas
se distinguia á lo lejos la luz de los farolillos.
--Estamos salvados--dijo Teodoro, se han ido.
--Bien, ¿y qué pensais hacer ahora?
--Volvernos--dijo Teodoro por donde hemos venido, que necesito al menos
por algunos dias, tener oculta á mi muger, mientras, se calma la
persecucion.
--¿Pero á dónde vas á ocultarla?
--Yo no sé, pero buscaré adonde.
--Mira hijo, lo mejor será que la dejes aquí unos dias, esta casa es
grande y no puede ser sospechosa.
--¿Es vuestra señor?
--Como si lo fuera es de un caballero amigo mio que se llama Don Cárlos
de Arellano.
--¡Don Cárlos! el amante de Luisa; el que denunció la
conspiracion...........................
Llamaron á la puerta y Teodoro calló repentinamente.
--Ocultaos allí en ese aposento--dijo en voz baja Don José, pero
pronto..........
Teodoro y Sérvia obedecieron sin replicar.
Habian vuelto á llamar á la puerta.
--Pasen--dijo Don José, procurando dar á su rostro un aire indiferente.
Don Cárlos de Arellano entró mirando curiosamente á todos lados.
--Habia creido--dijo--que hablabais con álguien.
--Tengo algunas veces, como sabeis, la costumbre de estudiar en alta voz
y en este momento me sucedia que entusiasmado con un trozo de Alberto
Magno casi declamaba, ¿pero qué novedad os trae por acá á estas horas?
--Una grande y secreta: acabo de llegar de la casa de Don Pedro de
Mejía.
--¿Y bien?
--Que Don Pedro ha sabido muy secretamente por uno de los secretarios
del Capitan General, que su hermana Blanca presa en la inquisicion se ha
fugado.
--¿Se ha fugado?--dijo Don José pensando que tal vez habia salido con
la muger de Teodoro.
--Sí, mirad como estuvo la cosa. Luisa que estaba en el calabozo con
ella consiguió por medio del Capitan general salir de la inquisicion,
pero á la hora de la salida, Blanca tomó su lugar y ella fué y no Luisa
la que consiguió la libertad.
--¡Caso mas raro!
--Pues aun hay mas: Blanca debia sufrir esa noche la pena de garrote, y
como Luisa habia quedado en su lugar, ella la sufrió y la han ahorcado.
--¡Jesús! dijo Don José.
--Y hay mas aún.
--¿Qué? decidme que estoy espantado.
--Descubierto todo, el inquisidor llamó al licenciado Vergara, le
refirió el hecho y dispuso, que vuelva Sor Blanca á la inquisicion, para
que sufra tambien la muerte á que estaba sentenciada.
--¡Pobre muger! pero eso ya es demasiado y Don Pedro ¿qué dice?
--Aquí en confianza, Don Pedro tiene un negro corazon, y ni se afecta
con la muerte de Luisa, ni se apura por la suerte que aguarda á su pobre
hermana.
--¿Pero ese hombre es un tigre?
--Creo que sí ¡pobre Blanca!
--¡Pudiéramos salvarla!
--Ojalá.
--Decidme está ya en la inquisicion.
--No, pero hoy antes que salga la luz la conduciran para allá.
--Quizá haya esperanza de hacer algo por ella.
--Como á estas horas no tenemos de quien valernos y el negocio es muy
peligroso.
--¿Quién podrá ayudarnos, quién?
--Yo--dijo Teodoro presentándose.
Don Cárlos retrocedió, llevando la mano al puño de su espada.
--¿Quién es este hombre? ¿Qué quiere aquí?--dijo.
--Calmaos--contestó Don José: es casi mi hijo y á vos esplicaré despues,
por ahora decidle lo que pensais respecto á Blanca, y él os comprenderá
y os ayudará, yo le fio.
--Bien está--dijo sosegándose Don Cárlos--has oido ya de lo que se
trata.
--Sí señor.
--¿Y qué te parece?
--Me parece que todo se puede hacer muy fácilmente.
--¿Cómo?
--¿Decís que hoy deben llevar á Doña Blanca á la inquisicion?
--Sí, antes que haya luz.
--¿En dónde está ahora?
--En la cárcel de la ciudad.
--Entonces voy á esperar que la saquen, la sigo y en donde me sea
posible se las quito á los alguaciles y la salvo. En ese caso, ¿á dónde
podré llevarla?
--A mi casa de la Estrella, ¿sabes?
--Sí señor.
--Allí estará segura.
--Pues no hay que perder el tiempo. Me voy, adios, encomendadme á Dios;
en todo caso, señor, os dejo á mi pobre muger.
--Confia en mí--contestó Don José.
Teodoro besó la mano del viejo y se dirijió al balcon, abrió las
puertas, y saltó lijero á la calle.
Don Cárlos se asomó y permaneció allí hasta que se perdió el eco de las
pisadas de Teodoro.