Dios lo ha dispuesto.--Concluye.
Como nuestros lectores estarán impacientes por saber lo que habia
acontecido á Luisa, y nos hemos adelantado un dia por seguir á Teodoro y
á Martin, vamos á volverlos á llevar á la inquisicion.
El estraño cortejo se colocó en derredor del sillon, y sin interrumpir
su rezo.
Un hombre con el mismo saco y capucha de los familiares, pero con los
brazos descubiertos, atravesó el círculo que formaban los de las velas,
y acompañado de otros dos que lo seguian, se dirijió al ángulo en que se
habia refugiado Luisa y se apoderó de ella.
Hasta aquel momento Luisa no se habia atrevido ni á pronunciar una
palabra, le parecia que soñaba; aquellos hombres entraron y se colocaron
sin fijarse al parecer en ella, como si ella fuera estraña á lo que iba
á pasar allí.
Cuando Luisa se sintió asir por aquellos tres hombres, lanzó un grito y
quiso desprenderse de ellos, pero fué imposible; quiso resistirse, pero
en vano.
--¿Qué se va á hacer conmigo? tengo miedo señores, por Dios, ¿qué me van
á hacer?--decia procurando resistir.
Nadie le contestaba, y los tres hombres la arrastraban con
extraordinaria facilidad hasta el fatal sillon.
--Pero por nuestro Señor Jesucristo, ¿qué pretendeis? ¿Es acaso para
darme tormento? ¿Quereis matarme? Yo lo diré todo, todo, contestadme
siquiera señores; á un cristiano no se le niega el habla; ¡por Dios!
siquiera que me respondan.
Los de las velas continuaban rezando en voz alta, y en un tono triste y
monótono.
Habian sentado á Luisa y comenzaban á atarla fuertemente contra el
aparato los piés, los brazos y la cintura, sin que valieran en nada sus
esfuerzos.
--¡Ay!--decia Luisa, ¡ay Dios mio, que me matan! ¡Señores que vais á
cometer una grande injusticia! Señores, por la salvacion de vuestras
almas, yo no soy la muger destinada á muerte, yo no soy Doña Blanca, yo
soy Luisa, soy Luisa.....
--Ponle una mordaza--dijo por lo bajo un carcelero á otro, no vaya á ser
la desgracia que se aparezca el inquisidor, ó alguno de estos hermanos
vaya á creer lo que dice esta loca y vayamos á tener que sentir.
El carcelero sacó violentamente de debajo de su hábito una mordaza de
esas que tenian la figura de una pera, y cuando Luisa abrió la boca para
gritar, se la introdujo tan perfectamente y con tanta rapidez que podria
asegurarse que tenia gran práctica en aquella operacion.
Los verdugos nada dijeron, pero la voz de Luisa se apagó repentinamente,
y solo por los lados de la mordaza se escapaba una especie de silbido.
Los hermanos de la «cofradía de San Pedro Mártir» seguian en su rezo
como si nada estuviera pasando allí.
Luisa estaba completamente asegurada, y solo tenia movimiento en los
ojos que volvia suplicantes á todos lados, sin encontrar ni un rostro ni
una mirada compasiva; al través de los capuchones se adivinaban rostros
feroces, ó sonrisas sarcásticas.
En aquel momento quizá pensó Luisa en la esclava ejecutada en la plaza
mayor, y de quien ella se habia reido.
Los verdugos pasaron una cuerda al derredor del cuello de Luisa y por
detrás la aseguraron al centro de las aspas.
Uno de los hermanos hizo una seña y todos se arrodillaron; los verdugos
con una rapidez extraordinaria, comenzaron á voltear las aspas.
Luisa abrió por un instante los ojos espantosamente, su seno se agitó
con extraordinaria violencia, gruesas gotas de sudor se desprendieron
del nacimiento de sus cabellos, se estremeció convulsivamente, inclinó
la cabeza dejando salir de su boca la lengua larga y amoratada, y luego
no se movió mas.
Estaba muerta.
Los verdugos seguian volteando las aspas, y los hermanos rezando, hasta
que á una señal del gefe de aquellos hombres todos se pusieron de pié y
en silencio.
En este momento se presentó en la puerta el inquisidor mayor, Don Juan
Gutierrez Flores.
--¿Habeis concluido?--preguntó.
--Todo ha pasado--contestó el escribano.
--Dios la haya perdonado--agregó el inquisidor, haciendo un movimiento
para retirarse; pero de repente miró la cara de la muerta que le habian
ocultado intencionalmente los hermanos, y lanzando una esclamacion se
dirijió á ella.
--¿Qué habeis hecho? ¡Esta no es Doña Blanca!
--Señor--contestó el escribano--es la misma á quien he notificado en
esta mañana la sentencia.
--Pero esta muger debia estar libre, ó por lo menos en poder de la
justicia ordinaria; esta era Luisa.
--Señor, eso decia ella--dijo el escribano.
--Pero ¿por qué no me avisásteis nada?
--No podia yo mas que asentar la apelacion si interponia el recurso;
pero no admitir escepciones, ni dilatorias, ni perentorias..........
--¿Pero cuando esta infeliz os hacia notar vuestro error?
--No hacia fé en juicio su declaracion.
--¿Y á dónde está Sor Blanca, la otra muger que estaba presa con ésta?
--Recibí órden de su señoría para que fuera entregada á la ronda que
debia venir por ella.
--¿Conque es decir que todo lo habeis trastornado? Mañana mismo es
preciso levantar sobre todo esto un proceso, porque no puede quedarse
así. ¡Pobre muger! agregó mirando á Luisa. La Providencia te ha
castigado: debias estar muy lejos de aquí. En fin, Dios lo ha dispuesto
así...
* * * * *
* * * * *
Al dia siguiente el inquisidor envió á llamar muy temprano al licenciado
Vergara Gaviria, para un negocio muy importante.
Aunque Vergara tenia la investidura de Capitan general, con la
inquisicion se andaba muy sumiso, tanto por el poder y la influencia que
tenia ese Tribunal, como por lo que los inquisidores podian informar al
rey bien ó mal del tumulto contra el marqués de Gelves.
Don Pedro de Vergara asistió muy puntual al llamado del inquisidor.
--¿Ha visto V. E.--le dijo éste--á la muger que le remití?
--No--contestó Don Pedro--que tanto me preocupan los negocios del Estado
que no he tenido tiempo para ello.
--Pues de saber tiene Su Excelencia que ha pasado aquí un lance, que me
ha parecido en estremo desagradable y me obliga á llamaros.
--¿Qué hay, pues?--dijo espantado Vergara.
--Que los encargados de cumplir las órdenes no enviaron á Luisa, sino
que en su lugar dejaron salir á una muger sentenciada á la pena de
garrote vil.
--Pues nada hay perdido, porque la muger está segura en las prisiones de
la ciudad.
--Pero es que en el lugar de ella quedó Luisa y.........
--¿Y qué?.........
--Que ha sufrido anoche la última pena.
--¡Jesus nos ampare! esclamó pálido como un muerto Vergara. ¿Y qué
hacemos?
--Reflexione V. E. que no se puede hacer aquí otra cosa sino guardar
silencio respecto á Luisa, y que me remita V. E. la muger que le mandé
entregar para que sufra la pena á que fué condenada.