XIV.

Dios lo ha dispuesto.--Concluye.

Como nuestros lectores estarán impacientes por saber lo que habia

acontecido á Luisa, y nos hemos adelantado un dia por seguir á Teodoro y

á Martin, vamos á volverlos á llevar á la inquisicion.

El estraño cortejo se colocó en derredor del sillon, y sin interrumpir

su rezo.

Un hombre con el mismo saco y capucha de los familiares, pero con los

brazos descubiertos, atravesó el círculo que formaban los de las velas,

y acompañado de otros dos que lo seguian, se dirijió al ángulo en que se

habia refugiado Luisa y se apoderó de ella.

Hasta aquel momento Luisa no se habia atrevido ni á pronunciar una

palabra, le parecia que soñaba; aquellos hombres entraron y se colocaron

sin fijarse al parecer en ella, como si ella fuera estraña á lo que iba

á pasar allí.

Cuando Luisa se sintió asir por aquellos tres hombres, lanzó un grito y

quiso desprenderse de ellos, pero fué imposible; quiso resistirse, pero

en vano.

--¿Qué se va á hacer conmigo? tengo miedo señores, por Dios, ¿qué me van

á hacer?--decia procurando resistir.

Nadie le contestaba, y los tres hombres la arrastraban con

extraordinaria facilidad hasta el fatal sillon.

--Pero por nuestro Señor Jesucristo, ¿qué pretendeis? ¿Es acaso para

darme tormento? ¿Quereis matarme? Yo lo diré todo, todo, contestadme

siquiera señores; á un cristiano no se le niega el habla; ¡por Dios!

siquiera que me respondan.

Los de las velas continuaban rezando en voz alta, y en un tono triste y

monótono.

Habian sentado á Luisa y comenzaban á atarla fuertemente contra el

aparato los piés, los brazos y la cintura, sin que valieran en nada sus

esfuerzos.

--¡Ay!--decia Luisa, ¡ay Dios mio, que me matan! ¡Señores que vais á

cometer una grande injusticia! Señores, por la salvacion de vuestras

almas, yo no soy la muger destinada á muerte, yo no soy Doña Blanca, yo

soy Luisa, soy Luisa.....

--Ponle una mordaza--dijo por lo bajo un carcelero á otro, no vaya á ser

la desgracia que se aparezca el inquisidor, ó alguno de estos hermanos

vaya á creer lo que dice esta loca y vayamos á tener que sentir.

El carcelero sacó violentamente de debajo de su hábito una mordaza de

esas que tenian la figura de una pera, y cuando Luisa abrió la boca para

gritar, se la introdujo tan perfectamente y con tanta rapidez que podria

asegurarse que tenia gran práctica en aquella operacion.

Los verdugos nada dijeron, pero la voz de Luisa se apagó repentinamente,

y solo por los lados de la mordaza se escapaba una especie de silbido.

Los hermanos de la «cofradía de San Pedro Mártir» seguian en su rezo

como si nada estuviera pasando allí.

Luisa estaba completamente asegurada, y solo tenia movimiento en los

ojos que volvia suplicantes á todos lados, sin encontrar ni un rostro ni

una mirada compasiva; al través de los capuchones se adivinaban rostros

feroces, ó sonrisas sarcásticas.

En aquel momento quizá pensó Luisa en la esclava ejecutada en la plaza

mayor, y de quien ella se habia reido.

Los verdugos pasaron una cuerda al derredor del cuello de Luisa y por

detrás la aseguraron al centro de las aspas.

Uno de los hermanos hizo una seña y todos se arrodillaron; los verdugos

con una rapidez extraordinaria, comenzaron á voltear las aspas.

Luisa abrió por un instante los ojos espantosamente, su seno se agitó

con extraordinaria violencia, gruesas gotas de sudor se desprendieron

del nacimiento de sus cabellos, se estremeció convulsivamente, inclinó

la cabeza dejando salir de su boca la lengua larga y amoratada, y luego

no se movió mas.

Estaba muerta.

Los verdugos seguian volteando las aspas, y los hermanos rezando, hasta

que á una señal del gefe de aquellos hombres todos se pusieron de pié y

en silencio.

En este momento se presentó en la puerta el inquisidor mayor, Don Juan

Gutierrez Flores.

--¿Habeis concluido?--preguntó.

--Todo ha pasado--contestó el escribano.

--Dios la haya perdonado--agregó el inquisidor, haciendo un movimiento

para retirarse; pero de repente miró la cara de la muerta que le habian

ocultado intencionalmente los hermanos, y lanzando una esclamacion se

dirijió á ella.

--¿Qué habeis hecho? ¡Esta no es Doña Blanca!

--Señor--contestó el escribano--es la misma á quien he notificado en

esta mañana la sentencia.

--Pero esta muger debia estar libre, ó por lo menos en poder de la

justicia ordinaria; esta era Luisa.

--Señor, eso decia ella--dijo el escribano.

--Pero ¿por qué no me avisásteis nada?

--No podia yo mas que asentar la apelacion si interponia el recurso;

pero no admitir escepciones, ni dilatorias, ni perentorias..........

--¿Pero cuando esta infeliz os hacia notar vuestro error?

--No hacia fé en juicio su declaracion.

--¿Y á dónde está Sor Blanca, la otra muger que estaba presa con ésta?

--Recibí órden de su señoría para que fuera entregada á la ronda que

debia venir por ella.

--¿Conque es decir que todo lo habeis trastornado? Mañana mismo es

preciso levantar sobre todo esto un proceso, porque no puede quedarse

así. ¡Pobre muger! agregó mirando á Luisa. La Providencia te ha

castigado: debias estar muy lejos de aquí. En fin, Dios lo ha dispuesto

así...

* * * * *

* * * * *

Al dia siguiente el inquisidor envió á llamar muy temprano al licenciado

Vergara Gaviria, para un negocio muy importante.

Aunque Vergara tenia la investidura de Capitan general, con la

inquisicion se andaba muy sumiso, tanto por el poder y la influencia que

tenia ese Tribunal, como por lo que los inquisidores podian informar al

rey bien ó mal del tumulto contra el marqués de Gelves.

Don Pedro de Vergara asistió muy puntual al llamado del inquisidor.

--¿Ha visto V. E.--le dijo éste--á la muger que le remití?

--No--contestó Don Pedro--que tanto me preocupan los negocios del Estado

que no he tenido tiempo para ello.

--Pues de saber tiene Su Excelencia que ha pasado aquí un lance, que me

ha parecido en estremo desagradable y me obliga á llamaros.

--¿Qué hay, pues?--dijo espantado Vergara.

--Que los encargados de cumplir las órdenes no enviaron á Luisa, sino

que en su lugar dejaron salir á una muger sentenciada á la pena de

garrote vil.

--Pues nada hay perdido, porque la muger está segura en las prisiones de

la ciudad.

--Pero es que en el lugar de ella quedó Luisa y.........

--¿Y qué?.........

--Que ha sufrido anoche la última pena.

--¡Jesus nos ampare! esclamó pálido como un muerto Vergara. ¿Y qué

hacemos?

--Reflexione V. E. que no se puede hacer aquí otra cosa sino guardar

silencio respecto á Luisa, y que me remita V. E. la muger que le mandé

entregar para que sufra la pena á que fué condenada.

Monja y casada, vírgen y mártir · 第 90 / 161 题