XIII.

De lo que arregló Teodoro, y de lo que hizo Martin.

Como Martin y Teodoro se convencieron de que nada habia de hacer por

ellos el Arzobispo, determinaron por sí mismos y á toda costa libertar á

sus mugeres.

Teodoro pensó en Santiago, su viejo conocido, el que lo habia

introducido en las cárceles para ver á Don José de Abalabide, y se

dirigió en su busca.

Santiago vivia aún, y seguia siendo uno de los miembros del secreto.

Teodoro comenzó á conversar con él, indicándole su objeto y ofreciéndole

cuanto quisiese.

--Quizá se descubra, ¿y qué me sucederá?

--Pero si yo os prometo que vos no os mezclareis para nada si no solo

para aconsejarnos.

--Bien, pero si os pillan, y os dan tormento cantais de seguro.

--¿Y si os damos lo suficiente para huir muy lejos de aquí?

--Aun cuando lograra escapar, siempre la conciencia.......

--Tanto dinero os dariamos que podriais emprender viaje hasta Roma, para

pedir el perdon del mismo Papa.

--No, siempre yo no os he de decir nada de que podais echarme la culpa;

mirad, yo que estoy en un riesgo y con el Jesus en la boca por falta de

seguridad en las prisiones. ¡Dios quiera que pronto se arregle el

edificio como debe estar! figuraos que hay una gran atargea que sale

debajo del convento de Santo Domingo hasta la calle, y que por allí

puede meterse un hombre y salirse cualquier preso.

--¿Y mi muger en dónde está encerrada?

--Precisamente está con la mudita, encima de esa atargea, en el calabozo

que queda encima, no mas que no es en el primer piso si no en el

segundo.

--Y en el calabozo del primer piso ¿quién está?

--Un caballerito que se llama Don Cesar.

--Y á ese Don Cesar podria yo hablarle ó escribirle.

--En cuanto á eso sí no me pareceria dificil.

--¿Cuándo me llevais?

--Esta noche.

--¿Cómo la otra ocasion?

--Así.

En la noche Teodoro estuvo puntual: al pasar por la espalda de la cárcel

del Santo Oficio, Santiago dijo á Teodoro:

--Mirad--del otro lado de esta acequia está la atargea que os dije, y

detrás de ese muro, sin estar dividido de la calle mas que por el mismo

muro, están arriba los calabozos de tu muger y de la muda, y abajo el

de Don Cesar.

Teodoro marcó perfectamente el lugar; conoció que lo que Santiago queria

era enseñarle todo aquello indirectamente, y que él pudiese sin

comprometerse, salvar á su muger.

Entraron sin dificultad hasta la prision de Don Cesar, y Santiago dejó á

Teodoro solo con él.

--Don Cesar--dijo Teodoro.

--Teodoro, ¿vos aquí?

--Sí, pero silencio--vengo á libertaros, y á libertar á mi esposa.

--¿Cómo?

--Mirad, la noche de mañana si sentís golpes aquí en el pavimento,

procurad rascar tambien por encima vos; y nada mas, adios.

--Pero.........

--Nada mas; adios.

Teodoro volvió á salir y ya desde ese momento Don Cesar no pudo estar

tranquilo ni un instante. Le parecia eterno el dia, y hubiera comenzado

á oradar si no hubiera sido una imprudencia.

Sí procuró encontrar con que ayudarse, y solo encontró un hueso; pero un

hueso en sus manos podia servir de mucho.

Pasó por fin el dia, y luego la noche.

Entonces sí que ya no pudo contenerse, y determinó comenzar su tarea.

Pero ¿por dónde? ¿Sabia él por qué lado llegarian sus libertadores?

--Si vienen tarde no alcanzará el tiempo--pensaba Don Cesar ¿qué hacer?

De repente se estremeció, habia sonado en el piso un golpesito

subterraneo, y luego otro.

Don Cesar se arrojó contra el suelo y comenzó á rascar con desesperacion

con el hueso, con las manos; en un instante consiguió apartar la tierra

hasta llegar á unas grandes lozas que servian de bóveda á la atargea por

donde se habia introducido Teodoro.

Don Cesar, le quito cuanta tierra y escombros tenia encima y procuraba

levantarla cuando la vió moverse, y alzarse, Teodoro con sus robustas

espaldas la hacia salir de su centro y dejar una ancha entrada.

Don Cesar le ayudó á separar la loza, y salieron de aquel agujero,

Teodoro y Garatuza, casi desnudos y llenos de lodo.

--¡Vámonos! dijo Don Cesar.

--Aun falta que hacer otra cosa--contestó Teodoro.

Entre Martin y Teodoro, hecharon á la puerta del calabozo para impedir

la entrada, cuantos escombros habia en el cuarto; y luego como los

techos eran muy bajos Teodoro se subió sobre la mesa que habia en el

calabozo, y con una pequeña barra de acero, comenzó á horadar el techo.

La operacion era difícil, pero Teodoro era muy fuerte, y trabajaba con

entusiasmo, el sudor bañaba ya su frente y por la parte de arriba se

percibia que tambien le ayudaban. Pasó una hora en esta fatiga, y por

último la horadacion se comunicó de un calabozo al otro por el techo.

--Sérvia--dijo Teodoro por el agujero.

--Aquí estoy--contestó Sérvia.

Continuó el trabajo con mas actividad y media hora despues ya Sérvia y

María habian bajado por allí al calabozo de Don Cesar.

Se habia hecho todo procurando el mayor silencio.

--Ahora sí vámonos--dijo Teodoro--yo guiaré.

Teodoro entró por delante en la atargea que salia para la calle y todos

le siguieron.

Aquella atargea era un conducto subterraneo, por donde apenas podia

comunicarse un hombre casi arrastrándose: estaba húmeda y fria, y en

algunas partes se habian formado depósitos de arena y agua corrompida.

Al salir de allí estaba la acequia que pasaba por la espalda de la

inquisicion y era adonde salia á desaguar aquella atargea.

Era preciso atravesar aquella acequia con el agua mas arriba de la

cintura.

Teodoro salió el primero, y tomó á María que le seguia inmediatamente

sobre sus espaldas, luego Martin que hizo lo mismo con Sérvia, y en

seguida apareció Don Cesar.

La noche estaba tan oscura que estando todos tan inmediatos apenas se

distinguian unos á los otros.

Atravesaron la acequia y salieron del otro lado, entonces sin hablar

Martin echó á caminar por delante y los demás en su seguimiento; y por

calles solitarias y estraviadas lograron salir hasta fuera de la traza á

un gran edificio que tenia el aspecto de una vieja casa de campo.

Allí estaba ya todo dispuesto, habia caballos ensillados, y hombres á

propósito para esa clase de caminatas.

Desde que el marqués de Gelves, habia dejado el gobierno de la Nueva

España, los ladrones, habian vuelto á sus antiguas costumbres, y habia

cesado la seguridad en las ciudades y en los caminos, y toda la clase de

gente perdida estaba contentísima y se cantaba por todas partes una

cancion que comenzaba:

Vivimos en nuestra ley,

_Que ya se acabó el virey_.

A Martin indudablemente no le podian faltar auxiliares de esta clase, y

á ellos debia ocurrir en semejante lance.

Los fugitivos comenzaron á disponer y arreglar sus planes.

Martin determinó tomar el camino de Acapulco, llevando en su compañía á

Don Cesar.

Y Teodoro prefirió ocultar á Sérvia dentro de la ciudad, y permanecer él

en ella como si nada hubiera acontecido.

Todo esto se determinó en un momento, y poco tiempo despues, salian de

la casa todos, Martin, María, y Don Cesar á caballo para comenzar la

peregrinacion, y Teodoro y su muger á pié para buscar un refugio en

donde ocultar á esta última.

Serian las tres de la mañana y era seguro que la evasion no se

advertiria en las cárceles del Santo Oficio hasta las siete, que era la

hora en que se acostumbraba entrar á los calabozos para llevar á los

presos el alimento y agua para todo el dia, y hacer el registro de

costumbre.

Los fugitivos contaban con cuatro horas cuando menos de tranquilidad, y

en cuatro horas se puede hacer mucho.........

* * * * *

* * * * *

Santiago, habia ayudado y favorecido como hemos dicho la fuga de Don

Cesar y de las dos mugeres, y habia recibido una fuerte suma de mano de

Teodoro, pero su conciencia de carcelero, y de hermano de la cofradía

del glorioso San Pedro Mártir no estaba enteramente tranquila, y á

medida que avanzaba la noche, y que se figuraba, que ya llegaba el

momento de la evasion, comenzaban á ser mas y mas fuertes sus

remordimientos y sentir miedo por los resultados.

Santiago no podia sosegar, no se acostaba, ni podia estar un momento

tranquilo; á cada instante se acercaba á la puerta de su casa esperando

algo nuevo, temiendo que lo mandasen llamar del Santo Oficio, que todo

se hubiese descubierto allí, y en fin que los inquisidores conocieran la

parte que habia tenido él en todo.

Era ya la media noche, y Santiago no pudo resistir, tomó su capa y su

sombrero y se dirijió á la inquisicion.

Como allí nunca dejaba de estar en pié una guardia de familiares que de

dia y de noche asistian al Tribunal, Santiago tuvo con quien hablar

inmediatamente.

El hermano que estaba de guardia vió entrar á Santiago, y en el rostro

demudado del antiguo ministril, conoció que algo extraordinario le

acontecia.

--¿Qué pasa?--le preguntó.

--Una novedad--contestó Santiago: acaban de hacerme la denuncia de que

unos reos quieren hacer fuga en esta misma noche.

--¿Cómo?

--No lo dudeis, que así será como me lo han referido, que de persona muy

veraz tengo la noticia y me he apresurado á traerosla, por lo que

pudiera importar.

--¿Pero en qué parte de la prision se intenta esa fuga? ¿por quiénes?

¿qué pormenores teneis de eso?

--Nada mas os puedo decir, que otra cosa no sé--dijo Santiago, no

atreviéndose á dar mayores datos contra sus amigos.

--Entonces, ¿qué os parece que hagamos?

--Pues creo, que debia comenzarse por pasar ahora mismo una visita á

todos los calabozos.

--Seria alborotar la prision, y si no hay nada.........

--¿Y si por desgracia hubiere, y vos por negligencia fuerais culpable?

--Os sobra razon--acompañadme, y vamos á practicar la visita.

El hermano comisario de guardia y Santiago tomaron dos faroles, y

avisando á los carceleros comenzaron á esa hora un escrupuloso registro

general en todos los calabozos.

Todos los reos despertaban espantados: allí donde se temia la muerte y

el tormento á cada instante, un rumor á media noche, una visita

inesperada de los carceleros y del comisario, eran para estremecer á

cualquiera.

Los reos se incorporaban en sus pobres lechos de paja y con ojos

inquietos miraban á esas horas que los ministros del Santo Oficio

buscaban por todas partes, removian la paja de las camas, tocaban en las

paredes, y luego que estaban satisfechos, se retiraban sin hablar una

palabra.

Llegaron por fin las pesquizas hasta el calabozo que ocupaba Don Cesar.

El carcelero dió Vuelta á la llave y Santiago se puso á temblar porque

habia llegado el momento supremo, iba ó á descubrirse la fuga, ó á

impedirse que tuviera efecto y Santiago no sabia que era lo que deseaba

que sucediera mejor.

El carcelero dió vuelta á las llaves, corrió los cerrojos y empujó la

puerta, pero la puerta no cedió, redobló sus esfuerzos y la puerta

permaneció cerrada; indudablemente habia por dentro un fuerte obstáculo

que impedia abrirse.

--¿Qué sucede?--preguntó el comisario.

--No puede abrirse--contestó el carcelero--aquí sí hay alguna cosa

sospechosa.

--¿Quién está preso aquí?

--Don Cesar de Villaclara--contestó Santiago.

--Es preciso abrir y pronto--agregó el comisario.

Y todos reunieron sus esfuerzos y empujaron aquella maciza puerta que

tenia por el interior nada menos que la loza que le habia puesto

Teodoro.

Resistió por mucho tiempo la puerta, pero al fin cedió abriéndose con

extraordinaria violencia.

Los familiares penetraron y reconocieron el calabozo.

--¡Vacio! dijo uno.

--¡Vacio! contestaron todos.

El comisario se puso á examinar el agugero que habia en el suelo.

--Por aquí fué la fuga--esclamó; y luego mirando horadado el techo: ¡y

los de arriba tambien, esto es muy sospechoso!

Santiago no podia ni respirar del miedo.

Monja y casada, vírgen y mártir · 第 89 / 161 题