De lo que arregló Teodoro, y de lo que hizo Martin.
Como Martin y Teodoro se convencieron de que nada habia de hacer por
ellos el Arzobispo, determinaron por sí mismos y á toda costa libertar á
sus mugeres.
Teodoro pensó en Santiago, su viejo conocido, el que lo habia
introducido en las cárceles para ver á Don José de Abalabide, y se
dirigió en su busca.
Santiago vivia aún, y seguia siendo uno de los miembros del secreto.
Teodoro comenzó á conversar con él, indicándole su objeto y ofreciéndole
cuanto quisiese.
--Quizá se descubra, ¿y qué me sucederá?
--Pero si yo os prometo que vos no os mezclareis para nada si no solo
para aconsejarnos.
--Bien, pero si os pillan, y os dan tormento cantais de seguro.
--¿Y si os damos lo suficiente para huir muy lejos de aquí?
--Aun cuando lograra escapar, siempre la conciencia.......
--Tanto dinero os dariamos que podriais emprender viaje hasta Roma, para
pedir el perdon del mismo Papa.
--No, siempre yo no os he de decir nada de que podais echarme la culpa;
mirad, yo que estoy en un riesgo y con el Jesus en la boca por falta de
seguridad en las prisiones. ¡Dios quiera que pronto se arregle el
edificio como debe estar! figuraos que hay una gran atargea que sale
debajo del convento de Santo Domingo hasta la calle, y que por allí
puede meterse un hombre y salirse cualquier preso.
--¿Y mi muger en dónde está encerrada?
--Precisamente está con la mudita, encima de esa atargea, en el calabozo
que queda encima, no mas que no es en el primer piso si no en el
segundo.
--Y en el calabozo del primer piso ¿quién está?
--Un caballerito que se llama Don Cesar.
--Y á ese Don Cesar podria yo hablarle ó escribirle.
--En cuanto á eso sí no me pareceria dificil.
--¿Cuándo me llevais?
--Esta noche.
--¿Cómo la otra ocasion?
--Así.
En la noche Teodoro estuvo puntual: al pasar por la espalda de la cárcel
del Santo Oficio, Santiago dijo á Teodoro:
--Mirad--del otro lado de esta acequia está la atargea que os dije, y
detrás de ese muro, sin estar dividido de la calle mas que por el mismo
muro, están arriba los calabozos de tu muger y de la muda, y abajo el
de Don Cesar.
Teodoro marcó perfectamente el lugar; conoció que lo que Santiago queria
era enseñarle todo aquello indirectamente, y que él pudiese sin
comprometerse, salvar á su muger.
Entraron sin dificultad hasta la prision de Don Cesar, y Santiago dejó á
Teodoro solo con él.
--Don Cesar--dijo Teodoro.
--Teodoro, ¿vos aquí?
--Sí, pero silencio--vengo á libertaros, y á libertar á mi esposa.
--¿Cómo?
--Mirad, la noche de mañana si sentís golpes aquí en el pavimento,
procurad rascar tambien por encima vos; y nada mas, adios.
--Pero.........
--Nada mas; adios.
Teodoro volvió á salir y ya desde ese momento Don Cesar no pudo estar
tranquilo ni un instante. Le parecia eterno el dia, y hubiera comenzado
á oradar si no hubiera sido una imprudencia.
Sí procuró encontrar con que ayudarse, y solo encontró un hueso; pero un
hueso en sus manos podia servir de mucho.
Pasó por fin el dia, y luego la noche.
Entonces sí que ya no pudo contenerse, y determinó comenzar su tarea.
Pero ¿por dónde? ¿Sabia él por qué lado llegarian sus libertadores?
--Si vienen tarde no alcanzará el tiempo--pensaba Don Cesar ¿qué hacer?
De repente se estremeció, habia sonado en el piso un golpesito
subterraneo, y luego otro.
Don Cesar se arrojó contra el suelo y comenzó á rascar con desesperacion
con el hueso, con las manos; en un instante consiguió apartar la tierra
hasta llegar á unas grandes lozas que servian de bóveda á la atargea por
donde se habia introducido Teodoro.
Don Cesar, le quito cuanta tierra y escombros tenia encima y procuraba
levantarla cuando la vió moverse, y alzarse, Teodoro con sus robustas
espaldas la hacia salir de su centro y dejar una ancha entrada.
Don Cesar le ayudó á separar la loza, y salieron de aquel agujero,
Teodoro y Garatuza, casi desnudos y llenos de lodo.
--¡Vámonos! dijo Don Cesar.
--Aun falta que hacer otra cosa--contestó Teodoro.
Entre Martin y Teodoro, hecharon á la puerta del calabozo para impedir
la entrada, cuantos escombros habia en el cuarto; y luego como los
techos eran muy bajos Teodoro se subió sobre la mesa que habia en el
calabozo, y con una pequeña barra de acero, comenzó á horadar el techo.
La operacion era difícil, pero Teodoro era muy fuerte, y trabajaba con
entusiasmo, el sudor bañaba ya su frente y por la parte de arriba se
percibia que tambien le ayudaban. Pasó una hora en esta fatiga, y por
último la horadacion se comunicó de un calabozo al otro por el techo.
--Sérvia--dijo Teodoro por el agujero.
--Aquí estoy--contestó Sérvia.
Continuó el trabajo con mas actividad y media hora despues ya Sérvia y
María habian bajado por allí al calabozo de Don Cesar.
Se habia hecho todo procurando el mayor silencio.
--Ahora sí vámonos--dijo Teodoro--yo guiaré.
Teodoro entró por delante en la atargea que salia para la calle y todos
le siguieron.
Aquella atargea era un conducto subterraneo, por donde apenas podia
comunicarse un hombre casi arrastrándose: estaba húmeda y fria, y en
algunas partes se habian formado depósitos de arena y agua corrompida.
Al salir de allí estaba la acequia que pasaba por la espalda de la
inquisicion y era adonde salia á desaguar aquella atargea.
Era preciso atravesar aquella acequia con el agua mas arriba de la
cintura.
Teodoro salió el primero, y tomó á María que le seguia inmediatamente
sobre sus espaldas, luego Martin que hizo lo mismo con Sérvia, y en
seguida apareció Don Cesar.
La noche estaba tan oscura que estando todos tan inmediatos apenas se
distinguian unos á los otros.
Atravesaron la acequia y salieron del otro lado, entonces sin hablar
Martin echó á caminar por delante y los demás en su seguimiento; y por
calles solitarias y estraviadas lograron salir hasta fuera de la traza á
un gran edificio que tenia el aspecto de una vieja casa de campo.
Allí estaba ya todo dispuesto, habia caballos ensillados, y hombres á
propósito para esa clase de caminatas.
Desde que el marqués de Gelves, habia dejado el gobierno de la Nueva
España, los ladrones, habian vuelto á sus antiguas costumbres, y habia
cesado la seguridad en las ciudades y en los caminos, y toda la clase de
gente perdida estaba contentísima y se cantaba por todas partes una
cancion que comenzaba:
Vivimos en nuestra ley,
_Que ya se acabó el virey_.
A Martin indudablemente no le podian faltar auxiliares de esta clase, y
á ellos debia ocurrir en semejante lance.
Los fugitivos comenzaron á disponer y arreglar sus planes.
Martin determinó tomar el camino de Acapulco, llevando en su compañía á
Don Cesar.
Y Teodoro prefirió ocultar á Sérvia dentro de la ciudad, y permanecer él
en ella como si nada hubiera acontecido.
Todo esto se determinó en un momento, y poco tiempo despues, salian de
la casa todos, Martin, María, y Don Cesar á caballo para comenzar la
peregrinacion, y Teodoro y su muger á pié para buscar un refugio en
donde ocultar á esta última.
Serian las tres de la mañana y era seguro que la evasion no se
advertiria en las cárceles del Santo Oficio hasta las siete, que era la
hora en que se acostumbraba entrar á los calabozos para llevar á los
presos el alimento y agua para todo el dia, y hacer el registro de
costumbre.
Los fugitivos contaban con cuatro horas cuando menos de tranquilidad, y
en cuatro horas se puede hacer mucho.........
* * * * *
* * * * *
Santiago, habia ayudado y favorecido como hemos dicho la fuga de Don
Cesar y de las dos mugeres, y habia recibido una fuerte suma de mano de
Teodoro, pero su conciencia de carcelero, y de hermano de la cofradía
del glorioso San Pedro Mártir no estaba enteramente tranquila, y á
medida que avanzaba la noche, y que se figuraba, que ya llegaba el
momento de la evasion, comenzaban á ser mas y mas fuertes sus
remordimientos y sentir miedo por los resultados.
Santiago no podia sosegar, no se acostaba, ni podia estar un momento
tranquilo; á cada instante se acercaba á la puerta de su casa esperando
algo nuevo, temiendo que lo mandasen llamar del Santo Oficio, que todo
se hubiese descubierto allí, y en fin que los inquisidores conocieran la
parte que habia tenido él en todo.
Era ya la media noche, y Santiago no pudo resistir, tomó su capa y su
sombrero y se dirijió á la inquisicion.
Como allí nunca dejaba de estar en pié una guardia de familiares que de
dia y de noche asistian al Tribunal, Santiago tuvo con quien hablar
inmediatamente.
El hermano que estaba de guardia vió entrar á Santiago, y en el rostro
demudado del antiguo ministril, conoció que algo extraordinario le
acontecia.
--¿Qué pasa?--le preguntó.
--Una novedad--contestó Santiago: acaban de hacerme la denuncia de que
unos reos quieren hacer fuga en esta misma noche.
--¿Cómo?
--No lo dudeis, que así será como me lo han referido, que de persona muy
veraz tengo la noticia y me he apresurado á traerosla, por lo que
pudiera importar.
--¿Pero en qué parte de la prision se intenta esa fuga? ¿por quiénes?
¿qué pormenores teneis de eso?
--Nada mas os puedo decir, que otra cosa no sé--dijo Santiago, no
atreviéndose á dar mayores datos contra sus amigos.
--Entonces, ¿qué os parece que hagamos?
--Pues creo, que debia comenzarse por pasar ahora mismo una visita á
todos los calabozos.
--Seria alborotar la prision, y si no hay nada.........
--¿Y si por desgracia hubiere, y vos por negligencia fuerais culpable?
--Os sobra razon--acompañadme, y vamos á practicar la visita.
El hermano comisario de guardia y Santiago tomaron dos faroles, y
avisando á los carceleros comenzaron á esa hora un escrupuloso registro
general en todos los calabozos.
Todos los reos despertaban espantados: allí donde se temia la muerte y
el tormento á cada instante, un rumor á media noche, una visita
inesperada de los carceleros y del comisario, eran para estremecer á
cualquiera.
Los reos se incorporaban en sus pobres lechos de paja y con ojos
inquietos miraban á esas horas que los ministros del Santo Oficio
buscaban por todas partes, removian la paja de las camas, tocaban en las
paredes, y luego que estaban satisfechos, se retiraban sin hablar una
palabra.
Llegaron por fin las pesquizas hasta el calabozo que ocupaba Don Cesar.
El carcelero dió Vuelta á la llave y Santiago se puso á temblar porque
habia llegado el momento supremo, iba ó á descubrirse la fuga, ó á
impedirse que tuviera efecto y Santiago no sabia que era lo que deseaba
que sucediera mejor.
El carcelero dió vuelta á las llaves, corrió los cerrojos y empujó la
puerta, pero la puerta no cedió, redobló sus esfuerzos y la puerta
permaneció cerrada; indudablemente habia por dentro un fuerte obstáculo
que impedia abrirse.
--¿Qué sucede?--preguntó el comisario.
--No puede abrirse--contestó el carcelero--aquí sí hay alguna cosa
sospechosa.
--¿Quién está preso aquí?
--Don Cesar de Villaclara--contestó Santiago.
--Es preciso abrir y pronto--agregó el comisario.
Y todos reunieron sus esfuerzos y empujaron aquella maciza puerta que
tenia por el interior nada menos que la loza que le habia puesto
Teodoro.
Resistió por mucho tiempo la puerta, pero al fin cedió abriéndose con
extraordinaria violencia.
Los familiares penetraron y reconocieron el calabozo.
--¡Vacio! dijo uno.
--¡Vacio! contestaron todos.
El comisario se puso á examinar el agugero que habia en el suelo.
--Por aquí fué la fuga--esclamó; y luego mirando horadado el techo: ¡y
los de arriba tambien, esto es muy sospechoso!
Santiago no podia ni respirar del miedo.