Dios lo ha dispuesto.
Luisa quedó gimiendo en su calabozo: veamos ahora lo que habia
acontecido con Blanca y con Don Pedro de Mejía.
El licenciado Vergara tan luego como salió de la inquisicion se dirijió
á la Audiencia y envió á llamar al alcalde, ordenándole que á la media
noche enviase á la inquisicion una ronda que fuese á recojer una muger
que en aquellas cárceles debian entregar, y que esa muger fuese puesta
en un separo y con toda clase de consideraciones. Despues de esto
escribió á Don Melchor Perez de Varais todo lo acontecido,
preguntándole, supuesto que tenia tanto deseo de servirle, qué queria
que se hiciese con su Luisa.
La carta salió inmediatamente «con un propio» como se les llamaba á los
correos particulares, y Don Pedro de Vergara tranquilo ya, y teniendo
segura á Luisa segun creia, determinó no perder ya mas su tiempo en
aquel negocio y dedicarse á los asuntos del gobierno de la Nueva España.
El alcalde cumplió exactamente con el encargo del Capitan general, y
aquella misma noche Blanca quedó en uno de los separos de la cárcel de
la ciudad.
Como ninguno de los carceleros ni de los empleados de la prision tenia
antecedentes del negocio, porque el licenciado Vergara nada les habia
dicho, no hubo objecion ninguna respecto á la persona de Blanca, y
conforme á las órdenes recibidas se comenzó á tratarla con todo género
de consideraciones.
El estado de su salud era delicado, pero el cambio de habitacion, de
alimentos y de trato, produjo en ella resultados tan satisfactorios, que
muy pronto se sintió aliviada y comenzó en ella el estado de
convalescencia.
Lo único que le preocupaba era el desenlace que podia tener todo
aquello, y los resultados que tanto para ella como para la pobre Luisa
que se habia mostrado tan generosa, vendrian en el dia en que tarde ó
temprano llegase todo á descubrirse.
Cuando pensaba en esto tenia miedo, pero procuraba olvidarlo y
entregarse ciegamente á su destino.
El inquisidor habia llamado á Don Pedro de Mejía, que estaba detenido en
la inquisicion.
--En verdad señor de Mejía--dijo el inquisidor, que estais envuelto en
negocio que puede llegar á tener fatales concecuencias.
--Puedo asegurar á V. S.--contestó Don Pedro que si he de hablar lo que
siento, cuando tengais conocimiento de todo lo que ha ocurrido, su
señoría se convencerá de que si algo hay aquí punible, es sin duda el
que yo no haya dado parte á la justicia de todo lo que me ocurrió en mi
matrimonio.
--Ciertamente, pero ¿cómo podeis esplicarme? porque vos sois sin duda
alguna, el autor de todo ese cambio en el color de Doña Luisa, que nos
ha hecho pensar en que fuera por artes mágicos y reprobados.
--¡Oh! señor, nada menos que eso, su señoría debe creer que en esto no
hay mas mal, que el uso que se hizo de una pintura, compuesta con yerbas
y metales y en cuya combinacion para nada intervinieron ni las
hechicerias ni el demonio, que si algo hay en ella de notable es la
firmeza con que se adhiere á la piel.
--¿Podríais probar eso?
--Tan facilmente, que bastariame enviar á V. S. un frasco con esa tinta,
que tan útil puede ser para el uso malo, que yo le dí, como para
escribir.
--Bien, ¿y qué teneis que decir en vuestro abono respecto de lo que
hicisteis con Luisa?
--Respecto de eso, señor, Luisa por medio de mil intrigas, hízose mi
muger, y en la misma noche de mi boda, descubrí su conducta indigna y
sus infamias, arrojela de mi casa, y ella en vez de ir á ocultar su
vergüenza, se unió publicamente, á Don Melchor Perez de Varais, y
procuró tomar venganza contra mí, atizando el fuego de la sedicion
contra el virey, y así queriéndola yo castigar he tomado la justicia por
mi mano, en lo que confieso humildemente á V. S. que hice mal, pero si
V. S. estuviese en pormenores, conoceria que soy muy disculpable.
--Conozco estos antecedentes y toda esa historia, Don Pedro, y creo que
en efecto mal habeis hecho en quereros, ó mas bien dicho en haceros
justicia por vuestra mano, pero supuestos vuestros antecedentes, y pura
ascendencia cristiana, os dispenso por lo que á la fé toca, pero os
aconsejo que deis alguna limosna digna de ser agradable á los ojos de
Dios.
--Señor ¿os parece que funde una ó dos capellanias?
--Sí, y si quereis mayor seguridad haced esa fundacion dando el
patronato, de ellas á la santa inquisicion.
--Haré como decis.
--Y en cuanto á vuestra hermana Blanca supuesto que en lo humano no hay
ya remedio, yo os libertaré del deshonor del escándalo, haciendo que la
ejecucion se verifique dentro de las mismas cárceles del Santo Oficio.
--Gracias señor, y yo para mostrar mi gratitud ofrezco para la fábrica
de la nueva casa que se va á fabricar al santo Tribunal la suma de diez
mil duros.
--Dios os premiará por ello, podeis retiraros.
El inquisidor hizo una reverencia y Don Pedro salió contentísimo, porque
viviendo Blanca aun era fácil que consiguiera que el Pontífice relajara
sus vínculos con la Iglesia y que saliera al mundo, y que le reclamara
la parte de su herencia, pero muerta ella toda su fortuna estaba
asegurada.
Como el inquisidor ignoraba lo acontecido en el calabozo de Blanca, y
el carcelero tuvo muy buen cuidado de no decir una palabra, la sentencia
se mandó ejecutar con presencia solo del escribano y testigos que debian
de dar fé de la ejecucion.
Siendo el escribano de diligencias distinto del secretario del tribunal
que daba cuenta con las causas, de aquí resultaba que si éste conocia á
Blanca y á Luisa, aquel no podia guiarse si no por lo que le decian el
carcelero y los demas empleados de la prision.
Luisa esperaba en la tarde que volvieran á verla, que se hubiera dado
cuenta de lo ocurrido á los inquisidores, en fin, algo, algo, aun cuando
no fuera sino un confesor para arreglar su conciencia; comenzaba á
temblar ante la muerte, y á arrepentirse de su ligereza al haber
cambiado de papel con Doña Blanca.
La tarde pasó entre angustias y esperanzas, entre llanto y
desesperacion, no sabia si el tiempo corria demasiado lento ó con mucha
precipitacion; hubiera querido salir, presentarse ante el inquisidor,
pedir justicia, pero nadie venia.
En vano golpeó la puerta del calabozo y gritó hasta enronquecerse, nadie
vino, nadie la hizo caso.
Entonces pegó el oido á la puerta para escuchar algo, para convencerse
de si alguien venia.
Algunas veces oia pasos en el corredor, los pasos se iban acercando, el
corazon de Luisa palpitaba violentamente, parecia que le iba á ahogar;
se escuchaban distintamente las pisadas en el corredor, y hasta parecia
detenerse en la puerta una persona. Luisa se retiraba pensando que iban
ya á abrir, pero nada, el rumor de los pasos se alejaba y se perdia, y
todo volvia á quedar en silencio.
Pasó tambien así una gran parte de la noche: serian las doce, cuando
Luisa sintió un gran ruido en la puerta, que se abrió, y penetró en el
calabozo una estraña comitiva.
Varios hombres enmascarados, con cirios encendidos en las manos y
conduciendo un aparato, que tenia algo de siniestro: era un sillon que
depositaron en el centro del calabozo.
Aquel sillon tenia una forma estraña, era de madera, toscamente
fabricado y pesado en estremo, el respaldo era maciso y alto, y en el
centro tenia á diversas alturas agugeros por donde pasaba un cable
delgado, que correspondia á una especie de cruz de aspas iguales que
estaba sujeta por detrás al respaldo del sillon.
Toda aquella comitiva murmuraba salmos y oraciones y fué invadiendo el
calabozo paulatinamente.
Luisa aterrada de aquello se refugió en uno de los ángulos del cuarto.