XI.

En que se sabe cosa que es increible, pero muy verdadera.

Luisa fué sacada de la sala del tormento en el momento en que esperaba

que iba á comenzar su martirio, y conducida ante el inquisidor, oyó con

verdadera sorpresa que aquella misma noche saldria de la inquisicion.

Haberse salvado así milagrosamente del tormento, y luego recibir la

noticia de que esa noche saldria libre, eran para Luisa mas de lo que

podia esperar; de manera que volvió á su calabozo verdaderamente feliz.

Al llegar allí encontró á Sor Blanca que habia vuelto en sí, y que

sentada en su lecho esperaba que álguien llegara por su calabozo para

pedir agua.

Los carceleros trataban á Luisa ya con algunas mas consideraciones,

porque el cambio operado en el inquisidor venia tambien á efectuarse en

ellos. Luisa consiguió que trajesen agua á Sor Blanca; la pobre jóven

estaba menos mala, la fiebre era menos intensa y podia hablar y conocia.

--Señora, dijo Luisa, presentándola el agua, aquí está la agua que hace

tanto tiempo deseais.

--Dios os lo premie--contestó Blanca tomando el agua, y despues--señora,

¿qué os han traido nuevamente aquí, ú os han cambiado solo de calabozo?

--No señora, hace poco que me han traido porque voy á salir.

--¡Dichosa sois, quién estuviera en vuestro lugar!

--¿Quién? Vos estareis si os decidis--dijo Luisa herida por una idea

repentina--vos.

--¿Cómo?

--Sí, Sor Blanca, vos no podeis conocerme en este momento; pero yo estoy

en obligacion de hacer por vos cuanto me sea posible; yo os salvaré, ó

lo intentaré al menos: si quereis seguir mi consejo esta noche saldreis.

--Salir, ¡Dios mio! salir: solo el pensarlo me da la vida.

--Pues oídme que me ha ocurrido un medio; pero es preciso que os armeis

de resolucion.

--Decidlo.

--Esta noche debo ser puesta en libertad; pues bien, vos tomareis mi

lugar y saldreis.

--¡Imposible!

--¡Imposible! ¿Por qué? Mirad, somos casi de la misma estatura y

teniendo cuidado de cubriros es muy fácil; además si se descubre quedais

como ahora, y nada habeis perdido.

--Pero dejar así que una persona se pierda por salvarme, y cuando á esa

persona apenas la conozco, ¡oh, imposible! ¿qué seria de vos?

--Mirad, Doña Blanca, no me pierdo, porque sé que hago una buena accion

y que Dios no me abandonará; además, aunque vos apenas me conoceis yo sí

os conozco, ¡ay! demasiado para los remordimientos de mi alma. Aceptad,

aceptad, y vamos á probar fortuna, os lo ruego por vida de Don Cesar.

--¡Ah, Don Cesar! ¿Vos conoceis á Don Cesar? ¿Sabeis que le amo? ¿Quién

sois, decidme, decidme?

--Dejad por ahora eso, que lo que importa es que os decidais á partir;

mas adelante si Dios nos hace volvernos á encontrar en este mundo, os

contaré mi historia que es bien triste, por ahora preparaos, vamos.

Luisa hizo levantar á Blanca de su lecho y procedió á hacerla andar un

poco dentro del calabozo: la sola esperanza de libertad habia vuelto de

tal manera á la vida á aquella pobre jóven, que le parecia que no sentia

los dolores de su cuerpo.

Luisa cambió traje con ella, le cubrió la cabeza con un pañuelo y la

envolvió en una de las sábanas de la cama, para que no pudiesen

descubrir que no era negra.

Entonces se pusieron á esperar. Luisa con aquella alegría propia del que

por primera vez hace una accion noble en su vida; Blanca con el temor

consiguiente al paso que iba á dar.

Pasaron en espera mucho tiempo, debia ser ya muy noche, cuando se oyeron

pasos en el pasillo de la prision. Luisa y Blanca se abrazaron, Luisa se

acostó precipitadamente en el lugar que ocupaba Blanca, y ésta quedó en

medio del cuarto cubriéndose el rostro.

Los carceleros entraron y sin mas ceremonia, creyendo que era Luisa,

dijeron á Blanca:

--Vamos.

Blanca sin hablar echó á caminar tras ellos con la cabeza inclinada.

Luego que hubo salido, el segundo carcelero cerró la puerta del

calabozo.

Luisa se estremeció, su sacrificio estaba consumado, se levantó entonces

temblando y con las lágrimas en los ojos se puso de rodillas en el

suelo.

--¡Dios mio! esclamó: recibe este sacrificio en descargo de mis culpas.

Cuando el corazon siente el arrepentimiento es capaz de todo lo bueno,

como lo ha sido de todo lo malo, porque de la pecadora Magdalena á la

santa, no hay mas que el paso de la noche á la aurora.

Blanca siguiendo á los carceleros llegó á la puerta de la calle, allí

creyó que la pondrian libre, pero se encontró con algunos embozados que

traian una silla de manos.

--Aquí está--dijo uno de los que llevaban á Blanca.

--Acercad la silla--contestó uno de los que aguardaban.

Acercaron la silla, y el que habia hablado al último le dijo: entrad.

Blanca sin replicar entró en la silla y se puso en marcha aquella

comitiva.

Blanca no comprendia adonde podrian llevarla, pero en todo caso á

cualquier parte era mejor con solo salir de la inquisicion.

De repente se detuvieron y penetraron en un edificio grande y sombrío;

Blanca creyó que era la misma inquisicion.

Subieron una escalera y llegando á un aposento oyó que sus conductores

hablaban con otras personas, luego se dirijieron á ella:

--Bajad--dijo un hombre--y seguidme.

Blanca obedeció, la condujeron por un corredor largo, se detuvieron

frente á una pequeña puerta, la abrieron, Blanca entró y la puerta

volvió á cerrarse. Blanca se encontró en otro calabozo y en otra cárcel,

pero en fin, siquiera ella comprendia que no estaba ya en la

inquisicion.

Luisa permaneció despierta gran parte de la noche, y temiendo á cada

momento escuchar el ruido de la puerta, y ver entrar á Blanca,

descubierto todo el engaño: ya cerca de la madrugada la venció el sueño

y se durmió.

Muy avanzada la mañana despertó, cuando entraba á su calabozo el

carcelero, trayendo el alimento y el agua que se llevaba allí todos los

dias para Blanca.

Luisa se cubrió la cabeza mientras estuvo el hombre allí, para que no

advirtiese nada; cuando salió y volvió á cerrar, Luisa se levantó y

comió con apetito.

Desde la víspera sentia ella tan variado su corazon, tan diversos sus

sentimientos, que se creía feliz en medio de todas sus desgracias; hasta

entonces no comprendió ni lo que se sufre con un remordimiento, ni lo

que se goza con una buena accion.

Segun sus cálculos, si Blanca no era descubierta, el carcelero no debia

volver al calabozo hasta el dia siguiente por la mañana, y en este

intermedio Blanca podria salvarse, y Luisa á la hora en que el

inquisidor saliese del error, diria sencillamente que los familiares

habian sacado á Blanca y dejádola á ella en el calabozo, en lo cual no

tenia culpa.

Pensando en esto, y saboreando por decirlo así, el orgullo de su accion,

Luisa permaneció todo el dia, hasta que en la tarde, y contra todo lo

que ella esperaba, escuchó el rumor de los cerrojos y de las llaves del

calabozo.

Temerosa de que todo se hubiera descubierto, se acostó violentamente y

se cubrió la cabeza.

Penetraron en el calabozo, un escribano y tres ó cuatro familiares, y el

escribano dirijió la palabra á Luisa llamándola «Sor Blanca.»

Luisa comprendió que aun seguia el engaño, se obstinó en cubrirse la

cabeza, y contestó débilmente:

--Mande su señoría.

--¿Me escucha?--dijo el escribano.

--Sí, señor.

--Pues atienda con recojimiento, que va á escuchar su sentencia.

Luisa tembló, aquello se iba poniendo serio.

El escribano se caló unas enormes gafas, sacó unos autos y comenzó a

leer la sentencia á la luz de un farolillo que acercó uno de los

testigos.

El santo Tribunal condenaba á Sor Blanca, por los enormes delitos de

herejía y pacto esplícito con el demonio, segun _su espontanea_

confesion á ser quemada en la hoguera; pero en atencion á ser confesa, y

que habia abjurado de sus herrores, ésta sentencia se ejecutaria despues

de haberse dado garrote á Sor Blanca y en su cadáver: además, para

probar la benevolencia y misericordia de aquel santo Tribunal, se

dispensaba á Sor Blanca de salir en el solemne auto de fé que se

preparaba, y la sentencia se ejecutaria aquella misma noche en las

cárceles del Santo Oficio.

Luisa sintió helarse de pavor su sangre al escuchar aquella sentencia;

pero era por Sor Blanca, porque no creía jamás que en ella se ejecutara.

Sin embargo, habia llegado el momento, y era preciso hacer entender al

Santo Oficio que ella no era Blanca.

Al terminar la lectura de la sentencia, Luisa se incorporó en el lecho y

dijo al escribano:

--Creo que hay en esto una equivocacion, que ni yo soy Sor Blanca, ni mi

conciencia me remuerde de cosas como las que V. S. ha dicho.

El escribano se volvió á mirar al carcelero que asombrado, comenzaba ya

á comprender lo que habia acontecido.

--¿No me dijisteis--dijo el escribano, que aquí estaba Sor Blanca y ésta

era?

El carcelero vaciló, su pérdida total era aquello, y pensó que un rasgo

de audacia podia salvarle.

--Sí señor--contestó--he dicho que aquí está Sor Blanca y aquí la teneis

presente.

--Pero ella niega que lo es, ¿no lo habeis oido?

--Señor si venis á creer lo que os digan todos los reos, encontrareis en

estas cárceles puros inocentes.

--Pero sin embargo, esta muger sostiene que no es ella la acusada.

--Y yo sostengo que es ella y tengo fé en virtud de mi oficio, y vos no

teneis sino notificar la sentencia; ahora si otra cosa haceis esto sera

bajo vuestra responsabilidad, que yo daré parte.

--Teneis razon.

--No señor, por Dios, que no tiene--dijo Luisa, levantándose, miradme yo

no soy Sor Blanca, yo soy Luisa la esposa de Don Melchor Perez de

Varais.

--El carcelero tiene razon, y estais notificada, preparaos á sufrir

vuestra pena.

--Pero señor por Dios que es una gran injusticia, sino soy Doña Blanca

¿tengo yo de sufrir la muerte por ella?

--¿Qué decis?--preguntó al carcelero el escribano.

--Señor, si vais á escuchar sus tonteras no saldremos de aquí jamás.

--Vaya, bien dicho, vámonos.

--Señor, señor, por vuestra vida--decia Luisa asiéndose al escribano, no

consintais semejante injusticia.

--Ea dejadme.

--No os dejaré, no por Dios..................

--Apartad á esta muger.

--El carcelero y un ayudante apartaron á Luisa y la retuvieron mientras

salió el escribano.

--Señor, señor, gritaba con desesperacion la infeliz, me asesinan, me

asesinan injustamente señor, señor, señor.

Pero el escribano habia salido ya.

--Sí creo que de veras no es esta--dijo el ayudante.

--¿Y qué nos importa? tenemos que ejecutar una ésta noche, si la otra se

fué por culpa nuestra es preciso cubrir el espediente, sino, lo menos

nos cuesta el destino.

Luisa seguia gritando y forcejando.

--Vamos--dijo el carcelero, al fin esto no tiene ya remedio, conformidad

y encomiéndate á Dios.

--Pero esto es una infamia.

--Infamia ó no, no tiene remedio y lo peor es que sino te sosiegas te

pongo esposas y grillos, con que ya te digo, resignacion y encomiéndate

á Dios.

Luisa vió que nada conseguiria sino que le pusieran esposas, y se

tranquilizó, repentinamente pensaba que no era posible que aconteciera

semejante cosa. Esperaba que Dios hiciese un milagro con ella, porque

olvidaba la cadena de crímenes de su vida, y le parecia imposible que la

hiciesen morir en manos de un verdugo.

Los carceleros salieron dejándola mas tranquila.

--Ahora--dijo el carcelero al ayudante, lo que importa para nosotros es

que nadie pueda ya hablarla, y que ésta noche solo el verdugo y sus

ayudantes entren.........

--Y si quiere confesarse, y por el confesor se sabe todo......

--Diremos que se rehusa á recibir al padre, y es mejor.

--¿Pero si se condena?

--Que mas condenada ha de estar una hechicera como lo es esta negra,

sino por esto por otra cosa merece el garrote, ya la deberia.

Monja y casada, vírgen y mártir · 第 87 / 161 题