En que se sabe cosa que es increible, pero muy verdadera.
Luisa fué sacada de la sala del tormento en el momento en que esperaba
que iba á comenzar su martirio, y conducida ante el inquisidor, oyó con
verdadera sorpresa que aquella misma noche saldria de la inquisicion.
Haberse salvado así milagrosamente del tormento, y luego recibir la
noticia de que esa noche saldria libre, eran para Luisa mas de lo que
podia esperar; de manera que volvió á su calabozo verdaderamente feliz.
Al llegar allí encontró á Sor Blanca que habia vuelto en sí, y que
sentada en su lecho esperaba que álguien llegara por su calabozo para
pedir agua.
Los carceleros trataban á Luisa ya con algunas mas consideraciones,
porque el cambio operado en el inquisidor venia tambien á efectuarse en
ellos. Luisa consiguió que trajesen agua á Sor Blanca; la pobre jóven
estaba menos mala, la fiebre era menos intensa y podia hablar y conocia.
--Señora, dijo Luisa, presentándola el agua, aquí está la agua que hace
tanto tiempo deseais.
--Dios os lo premie--contestó Blanca tomando el agua, y despues--señora,
¿qué os han traido nuevamente aquí, ú os han cambiado solo de calabozo?
--No señora, hace poco que me han traido porque voy á salir.
--¡Dichosa sois, quién estuviera en vuestro lugar!
--¿Quién? Vos estareis si os decidis--dijo Luisa herida por una idea
repentina--vos.
--¿Cómo?
--Sí, Sor Blanca, vos no podeis conocerme en este momento; pero yo estoy
en obligacion de hacer por vos cuanto me sea posible; yo os salvaré, ó
lo intentaré al menos: si quereis seguir mi consejo esta noche saldreis.
--Salir, ¡Dios mio! salir: solo el pensarlo me da la vida.
--Pues oídme que me ha ocurrido un medio; pero es preciso que os armeis
de resolucion.
--Decidlo.
--Esta noche debo ser puesta en libertad; pues bien, vos tomareis mi
lugar y saldreis.
--¡Imposible!
--¡Imposible! ¿Por qué? Mirad, somos casi de la misma estatura y
teniendo cuidado de cubriros es muy fácil; además si se descubre quedais
como ahora, y nada habeis perdido.
--Pero dejar así que una persona se pierda por salvarme, y cuando á esa
persona apenas la conozco, ¡oh, imposible! ¿qué seria de vos?
--Mirad, Doña Blanca, no me pierdo, porque sé que hago una buena accion
y que Dios no me abandonará; además, aunque vos apenas me conoceis yo sí
os conozco, ¡ay! demasiado para los remordimientos de mi alma. Aceptad,
aceptad, y vamos á probar fortuna, os lo ruego por vida de Don Cesar.
--¡Ah, Don Cesar! ¿Vos conoceis á Don Cesar? ¿Sabeis que le amo? ¿Quién
sois, decidme, decidme?
--Dejad por ahora eso, que lo que importa es que os decidais á partir;
mas adelante si Dios nos hace volvernos á encontrar en este mundo, os
contaré mi historia que es bien triste, por ahora preparaos, vamos.
Luisa hizo levantar á Blanca de su lecho y procedió á hacerla andar un
poco dentro del calabozo: la sola esperanza de libertad habia vuelto de
tal manera á la vida á aquella pobre jóven, que le parecia que no sentia
los dolores de su cuerpo.
Luisa cambió traje con ella, le cubrió la cabeza con un pañuelo y la
envolvió en una de las sábanas de la cama, para que no pudiesen
descubrir que no era negra.
Entonces se pusieron á esperar. Luisa con aquella alegría propia del que
por primera vez hace una accion noble en su vida; Blanca con el temor
consiguiente al paso que iba á dar.
Pasaron en espera mucho tiempo, debia ser ya muy noche, cuando se oyeron
pasos en el pasillo de la prision. Luisa y Blanca se abrazaron, Luisa se
acostó precipitadamente en el lugar que ocupaba Blanca, y ésta quedó en
medio del cuarto cubriéndose el rostro.
Los carceleros entraron y sin mas ceremonia, creyendo que era Luisa,
dijeron á Blanca:
--Vamos.
Blanca sin hablar echó á caminar tras ellos con la cabeza inclinada.
Luego que hubo salido, el segundo carcelero cerró la puerta del
calabozo.
Luisa se estremeció, su sacrificio estaba consumado, se levantó entonces
temblando y con las lágrimas en los ojos se puso de rodillas en el
suelo.
--¡Dios mio! esclamó: recibe este sacrificio en descargo de mis culpas.
Cuando el corazon siente el arrepentimiento es capaz de todo lo bueno,
como lo ha sido de todo lo malo, porque de la pecadora Magdalena á la
santa, no hay mas que el paso de la noche á la aurora.
Blanca siguiendo á los carceleros llegó á la puerta de la calle, allí
creyó que la pondrian libre, pero se encontró con algunos embozados que
traian una silla de manos.
--Aquí está--dijo uno de los que llevaban á Blanca.
--Acercad la silla--contestó uno de los que aguardaban.
Acercaron la silla, y el que habia hablado al último le dijo: entrad.
Blanca sin replicar entró en la silla y se puso en marcha aquella
comitiva.
Blanca no comprendia adonde podrian llevarla, pero en todo caso á
cualquier parte era mejor con solo salir de la inquisicion.
De repente se detuvieron y penetraron en un edificio grande y sombrío;
Blanca creyó que era la misma inquisicion.
Subieron una escalera y llegando á un aposento oyó que sus conductores
hablaban con otras personas, luego se dirijieron á ella:
--Bajad--dijo un hombre--y seguidme.
Blanca obedeció, la condujeron por un corredor largo, se detuvieron
frente á una pequeña puerta, la abrieron, Blanca entró y la puerta
volvió á cerrarse. Blanca se encontró en otro calabozo y en otra cárcel,
pero en fin, siquiera ella comprendia que no estaba ya en la
inquisicion.
Luisa permaneció despierta gran parte de la noche, y temiendo á cada
momento escuchar el ruido de la puerta, y ver entrar á Blanca,
descubierto todo el engaño: ya cerca de la madrugada la venció el sueño
y se durmió.
Muy avanzada la mañana despertó, cuando entraba á su calabozo el
carcelero, trayendo el alimento y el agua que se llevaba allí todos los
dias para Blanca.
Luisa se cubrió la cabeza mientras estuvo el hombre allí, para que no
advirtiese nada; cuando salió y volvió á cerrar, Luisa se levantó y
comió con apetito.
Desde la víspera sentia ella tan variado su corazon, tan diversos sus
sentimientos, que se creía feliz en medio de todas sus desgracias; hasta
entonces no comprendió ni lo que se sufre con un remordimiento, ni lo
que se goza con una buena accion.
Segun sus cálculos, si Blanca no era descubierta, el carcelero no debia
volver al calabozo hasta el dia siguiente por la mañana, y en este
intermedio Blanca podria salvarse, y Luisa á la hora en que el
inquisidor saliese del error, diria sencillamente que los familiares
habian sacado á Blanca y dejádola á ella en el calabozo, en lo cual no
tenia culpa.
Pensando en esto, y saboreando por decirlo así, el orgullo de su accion,
Luisa permaneció todo el dia, hasta que en la tarde, y contra todo lo
que ella esperaba, escuchó el rumor de los cerrojos y de las llaves del
calabozo.
Temerosa de que todo se hubiera descubierto, se acostó violentamente y
se cubrió la cabeza.
Penetraron en el calabozo, un escribano y tres ó cuatro familiares, y el
escribano dirijió la palabra á Luisa llamándola «Sor Blanca.»
Luisa comprendió que aun seguia el engaño, se obstinó en cubrirse la
cabeza, y contestó débilmente:
--Mande su señoría.
--¿Me escucha?--dijo el escribano.
--Sí, señor.
--Pues atienda con recojimiento, que va á escuchar su sentencia.
Luisa tembló, aquello se iba poniendo serio.
El escribano se caló unas enormes gafas, sacó unos autos y comenzó a
leer la sentencia á la luz de un farolillo que acercó uno de los
testigos.
El santo Tribunal condenaba á Sor Blanca, por los enormes delitos de
herejía y pacto esplícito con el demonio, segun _su espontanea_
confesion á ser quemada en la hoguera; pero en atencion á ser confesa, y
que habia abjurado de sus herrores, ésta sentencia se ejecutaria despues
de haberse dado garrote á Sor Blanca y en su cadáver: además, para
probar la benevolencia y misericordia de aquel santo Tribunal, se
dispensaba á Sor Blanca de salir en el solemne auto de fé que se
preparaba, y la sentencia se ejecutaria aquella misma noche en las
cárceles del Santo Oficio.
Luisa sintió helarse de pavor su sangre al escuchar aquella sentencia;
pero era por Sor Blanca, porque no creía jamás que en ella se ejecutara.
Sin embargo, habia llegado el momento, y era preciso hacer entender al
Santo Oficio que ella no era Blanca.
Al terminar la lectura de la sentencia, Luisa se incorporó en el lecho y
dijo al escribano:
--Creo que hay en esto una equivocacion, que ni yo soy Sor Blanca, ni mi
conciencia me remuerde de cosas como las que V. S. ha dicho.
El escribano se volvió á mirar al carcelero que asombrado, comenzaba ya
á comprender lo que habia acontecido.
--¿No me dijisteis--dijo el escribano, que aquí estaba Sor Blanca y ésta
era?
El carcelero vaciló, su pérdida total era aquello, y pensó que un rasgo
de audacia podia salvarle.
--Sí señor--contestó--he dicho que aquí está Sor Blanca y aquí la teneis
presente.
--Pero ella niega que lo es, ¿no lo habeis oido?
--Señor si venis á creer lo que os digan todos los reos, encontrareis en
estas cárceles puros inocentes.
--Pero sin embargo, esta muger sostiene que no es ella la acusada.
--Y yo sostengo que es ella y tengo fé en virtud de mi oficio, y vos no
teneis sino notificar la sentencia; ahora si otra cosa haceis esto sera
bajo vuestra responsabilidad, que yo daré parte.
--Teneis razon.
--No señor, por Dios, que no tiene--dijo Luisa, levantándose, miradme yo
no soy Sor Blanca, yo soy Luisa la esposa de Don Melchor Perez de
Varais.
--El carcelero tiene razon, y estais notificada, preparaos á sufrir
vuestra pena.
--Pero señor por Dios que es una gran injusticia, sino soy Doña Blanca
¿tengo yo de sufrir la muerte por ella?
--¿Qué decis?--preguntó al carcelero el escribano.
--Señor, si vais á escuchar sus tonteras no saldremos de aquí jamás.
--Vaya, bien dicho, vámonos.
--Señor, señor, por vuestra vida--decia Luisa asiéndose al escribano, no
consintais semejante injusticia.
--Ea dejadme.
--No os dejaré, no por Dios..................
--Apartad á esta muger.
--El carcelero y un ayudante apartaron á Luisa y la retuvieron mientras
salió el escribano.
--Señor, señor, gritaba con desesperacion la infeliz, me asesinan, me
asesinan injustamente señor, señor, señor.
Pero el escribano habia salido ya.
--Sí creo que de veras no es esta--dijo el ayudante.
--¿Y qué nos importa? tenemos que ejecutar una ésta noche, si la otra se
fué por culpa nuestra es preciso cubrir el espediente, sino, lo menos
nos cuesta el destino.
Luisa seguia gritando y forcejando.
--Vamos--dijo el carcelero, al fin esto no tiene ya remedio, conformidad
y encomiéndate á Dios.
--Pero esto es una infamia.
--Infamia ó no, no tiene remedio y lo peor es que sino te sosiegas te
pongo esposas y grillos, con que ya te digo, resignacion y encomiéndate
á Dios.
Luisa vió que nada conseguiria sino que le pusieran esposas, y se
tranquilizó, repentinamente pensaba que no era posible que aconteciera
semejante cosa. Esperaba que Dios hiciese un milagro con ella, porque
olvidaba la cadena de crímenes de su vida, y le parecia imposible que la
hiciesen morir en manos de un verdugo.
Los carceleros salieron dejándola mas tranquila.
--Ahora--dijo el carcelero al ayudante, lo que importa para nosotros es
que nadie pueda ya hablarla, y que ésta noche solo el verdugo y sus
ayudantes entren.........
--Y si quiere confesarse, y por el confesor se sabe todo......
--Diremos que se rehusa á recibir al padre, y es mejor.
--¿Pero si se condena?
--Que mas condenada ha de estar una hechicera como lo es esta negra,
sino por esto por otra cosa merece el garrote, ya la deberia.