X.

Salvarse en una tabla.

Luisa quedó casi desmayada junto á la puerta del calabozo. Con el

silencio que allí reinaba podia escucharse su débil suspirar, y la

respiracion agitada y penosa de Doña Blanca.

Así permanecieron largo tiempo las dos, hasta que el ruido de la llave

que entraba en la cerradura hizo volver en sí á Luisa, que se levantó

precipitadamente: los carceleros le causaban horror, hubiera preferido

morir á sentirse tocada por ellos.

Se abrió la puerta y dos familiares cubiertos con sus capuchas,

penetraron en el calabozo.

--La llamada Luisa--dijo uno de ellos.

--Señor--contestó Luisa temblando.

--Síganos.

--¿A dónde?

--No le importa; obedezca.

Luisa siguió sin replicar mas á sus guardianes, no sin volver el rostro

tristemente hácia el rincon en que estaba la pobre Sor Blanca; quizá no

volveria á verla.

En aquel momento recordó que la pobre no tenia agua, y que por razon de

la fiebre que la devoraba debia de tener una sed intensa: olvidó por un

instante el pavor que le causaban los carceleros, y se detuvo antes de

salir del calabozo.

--¿Qué sucede?--preguntó uno de los hombres.

--Que esta pobre señora no tiene agua y se muere de sed.

--Que se muera, á ella le importa solo: deje de cuidar vidas agenas.

--Pero mirad que está muy enferma.

--Vamos--contestó bruscamente uno de los hombres.

--Agua, agua--murmuró débilmente Blanca.

--¿Lo oís?--dijo Luisa--dadle agua, está enferma.

Sin contestarle volvieron los carceleros á cerrar la puerta del

calabozo, y llevaron á Luisa al través de largos y oscuros callejones

hasta la sala de audiencia, en que esperaban el inquisidor y el

escribano.

Luisa estaba mas espantada ante el aparato de aquella sala, que en el

anterior de su negro calabozo; algo de terriblemente siniestro veia en

aquellos rostros frios y severos; aquellos eran para ella algo mas que

hombres: comprendia instintivamente que en aquellos corazones se

embotaria la súplica y el llanto; que no tenia esperanza sino en Dios.

Como siempre, el nombre de Dios y la señal de la cruz fueron el

principio del interrogatorio.

Luisa pensó que si el tormento era para arrancar la confesion, ella

debia confesarlo todo para huir del tormento, aunque tuviese segura la

muerte; que la misma muerte le parecia dulce despues de haber visto el

estado que guardaba Sor Blanca.

Sin vacilar, sin turbarse, Luisa refirió toda su historia al inquisidor,

no omitiendo ni el menor detalle ni la mas pequeña circunstancia; pero

cuando llegó al cambio de su color, á los acontecimientos que

precedieron inmediatamente á ese cambio, no pudo esplicar nada, porque

ella misma no los comprendia.

El inquisidor escuchó atentamente la relacion de aquella vida tan

estrañamente tejida entre los crímenes y los placeres, y con su natural

desconfianza y suspicacia, no quizo creer ni por un momento en que Luisa

no tenia parte en su transformacion.

--Supuesto que habeis confesado--la dijo--todos vuestros crímenes, ¿por

qué os deteneis? ¿cómo no decis tambien el diabólico artificio de que os

habeis valido para cambiar el color de vuestra piel, con objeto sin

duda, de engañar al mundo y libertaros de la justicia, ó tener mas

facilidad de seguir en el camino de vuestras maldades?

--Señor, juro á su señoría, por Dios y por su Santísima Madre, que

ignoro como ha pasado esto, que ha sido obra sin duda de mis enemigos, ó

castigo de su Divina Majestad.

--No pretenda engañar con falsos juramentos, declare la verdad, y mire

que ello le importa mas de lo que cree.

--Señor, cuanto tengo dicho es la verdad, nada sé; si he declarado cosas

que puedan costarme la vida, ¿por qué habia de ocultar eso que no seria

por cierto el peor delito de los que yo hubiera cometido?

--¿Insiste en no decir la verdad?

--La verdad he dicho, señor.

--Entonces, á vuestra obstinacion culpad si se os sujeta por este santo

Tribunal á cuestion de tormento.

--¡Oh, no señor!--dijo Luisa cayendo de rodillas--no, por Dios, no me

atormenteis, no, yo sé lo que es el tormento; ¿pero qué puedo deciros

allí, señor, por mas que me hagais pedazos mi cuerpo, si nada mas sé, y

lo mas que consiguireis será que os diga una mentira?

--¡Una mentira!--esclamó furioso el inquisidor--ésta muger se burla del

Santo Oficio; haber, llevadla á la sala del tormento.

Al sonido de la campanilla, dos carceleros se presentaron y se

apoderaron de Luisa.

--¡Perdon! señor, no quise decir lo que vos entendisteis

perdon............

Pero sin escuchar sus quejas la arrastraron fuera de la sala de la

Audiencia, por la puerta que daba entrada á la sala del tormento.

En el momento en que desapareció Luisa, el inquisidor quedó tan sereno

como si nada hubiera pasado, y el escribano con la misma impasibilidad

siguió dando cuenta con otra causa.

Llamaron á la puerta suavemente, y luego un portero se presentó

anunciando, que su Excelencia el señor Licenciado Don Pedro de Vergara

Gaviria deseaba hablar con el señor inquisidor general.

--Que pase Su Excelencia--dijo el inquisidor.

--¿Me retiro?--preguntó el escribano.

--Nó, que ser debe algun negocio de los que median entre la Audiencia y

el marqués de Gelves, que no pueden tener el carácter de secretos.

Don Pedro de Vergara entró y el inquisidor le hizo sentar á su lado.

--Si el negocio de que quiere V. E. que hablemos, es secreto, puede

retirarse el señor escribano--dijo el inquisidor.

--Nó--contestó Don Pedro--que de autos debe constar el asunto que

traigo, y que sin duda va á pareceros muy estraño.

--Dígame V. E.

--¿Recuerda su señoría, la negrita de que venimos á hablarle Don Melchor

Perez de Varais y yo, y que fué remetida por mí á este Santo Tribunal?

--La tengo tan presente que en este momento acabo de recibir su

declaracion.

--¿Y dijo algo respecto al cambio de su color?

--Permitiéndome V. E. que no le refiriera pormenorizadamente su

declaracion, solo le diré que respecto á ese punto permanece en el mas

obstinado silencio.

--¿Pero cómo lo esplica?

--Nada dice, protesta su ignorancia, y ni reflexiones ni amenazas pueden

nada con ella; y dice á todo que nada sabe que será obra tal vez de sus

enemigos.

--Puede que tenga razon.

--¿Cómo? sabe algo V. E.

--Un indicio que para otro cualquiera que no tuviese la práctica que yo

en los negocios, seria insignificante, á mí me ha impresionado de tal

modo que vengo á comunicároslo, á vos que sois el juez y podeis tener

antecedentes del caso.

--¿Pues qué ha sabido V. E.?

--Escuche su señoría: en la mañana de hoy celebrose junta para consultar

los ánimos de las principales personas y corporaciones de esta ciudad, y

para conocer su disposicion respecto á la vuelta del marqués de Gelves

al gobierno, á cuya junta tuve el honor de invitar á su

señoría..................

--Mis graves ocupaciones me privaron de asistir............

--Está bien, pero en esa junta ocasion tuve de hablar con Don Pedro de

Mejía, persona de gran caudal y amigo íntimo y favorito del de Gelves.

--Le conozco--dijo el inquisidor comenzando á interesarse en el relato

del licenciado por lo que Luisa le acababa de referir.

--Pues como os iba diciendo, hablé á este Don Pedro, y le advertí sobre

una de las cejas, no sé si sobre la izquierda ó la derecha, tres manchas

ó lunares negros, que no le habia yo visto nunca; tuve la indiscrecion

de preguntarle que cosa era aquello, y me contestó sencillamente que era

una pintura; como estaba yo preocupado con la historia de la negrilla,

no sé por qué, pero cruzó por mi alma la sospecha de que aquellas

manchas tenian algo que ver con esta historia, y variando de

conversacion repentinamente, preguntéle si sabia de Luisa la esposa de

Don Melchor Perez de Varais. Tal fué la turbacion que noté entonces en

su semblante, que mis sospechas se convirtieron en certidumbre, y no lo

dudeis, esa señora ha sido víctima de un crímen; si esas manchas no han

podido borrarse de la frente de ese hombre, la tinta que las produjo

debe ser muy firme, capaz de cambiar el color de una persona en donde

quiera que se la aplique, y Luisa puede haber sido de alguna manera

privada de sentido y desfigurada de ese modo; y Don Pedro si no ejecutó

la operacion debe por lo menos, haberla presenciado. ¿No parecen

racionales á su señoría estas inducciones?

--Verdaderamente V. E. me dá en que pensar, porque yo tengo mis razones

para pensar que Don Pedro de Mejía, esperaba un momento para vengarse de

esa muger.

--Como que fué esta señora una de las personas que mas activa parte ha

tomado contra el de Gelves, amigo y protector de Mejía como sabeis.

El inquisidor no contestó, estaba pensativo; por fin, despues de un rato

de silencio dijo al licenciado Vergara.

--¿Sabe V. E. que la ocasion de salir de nuestras dudas no puede tardar?

--¿Por qué?

--Don Pedro de Mejía está citado para venir aquí á tratar de negocios

relativos á su hermana Blanca que está presa en las cárceles del Santo

Oficio.

--¿Y á qué hora?

--No tardará, si es que aun no viene, y le haremos entrar, y entonces no

creo muy dificil que deje de arrancársele el secreto si existe

verdaderamente, veremos.

El inquisidor agitó la campanilla.

--Que si ha llegado Don Pedro de Mejía pase á esta sala, dijo á un

portero que se presentó--y vos, señor, escribano, salid, pero no os

alejeis que podemos necesitaros.

Don Pedro de Mejía entró á pocos momentos, y el escribano se retiró.

Mejía fué recibido con mucho agrado.

--Os he hecho venir--dijo el inquisidor--que hablaros necesito acerca de

la causa de vuestra hermana, presa en las cárceles de este santo

Tribunal.

--Y aquí me tiene su señoría.

--Supongo que sabreis que esa señora está convicta y confesa del delito

de sacrílego matrimonio, de herejía y de pacto esplícito con el diablo.

--Su señoría me lo dice.

--Y que como es natural, tenga que sufrir la última pena.

--El santo Tribunal de la Fé sabe lo que hace, y mi hermana, (que por

desgracia lo es) culparse debe á sí de lo que le acontezca, que yo

ponerla he procurado siempre en el buen camino.

--Es verdad, pero en obsequio vuestro he querido llamaros, porque

siempre en una familia, grave cosa es y dura para la descendencia, tener

una persona que haya sido ajusticiada publicamente por un delito.

--Pena es esa que no me ha dejado descansar hace muchos dias, y que

diera algo por quitármela de encima.

--Doña Blanca vuestra hermana podria muy bien ser ejecutada dentro de

las mismas cárceles, escusándose el bochorno de verla salir en el auto

general de fé; pero esto demandaría costas y gastos que deseaba yo saber

si vos abonariais, porque el Santo Oficio no puede hacerlos hoy.

--Su señoría dispone de mi hacienda, y no tiene si no que decirme el

monto total, que satisfaré luego y antes que ver el nombre de mi familia

con semejante mancha.

--Muy bien, y ahora que decis mancha, permitidme que os pregunte, ¿esas

que teneis sobre la ceja, son naturales?

Tentado estuvo Don Pedro de contestar que sí, pero estaba allí el

licenciado Vergara que le habia preguntado lo mismo y no quiso caer en

contradiccion.

--No señor--dijo--es una tinta.

--Muy firme debe ser supuesto que no os las habeis podido quitar, siendo

como me habeis dicho, que las teneis hace varios dias.

--En efecto es muy firme tinta--dijo contrariado Don Pedro, del giro que

tomaba la conversacion.

--Conozco esa tinta--dijo el inquisidor, y tambien el remedio con que se

quita y vuelve el natural color.

--¿Conoce su señoría el remedio?

--Sí, y es muy sencillo y probado; con él volví á su natural figura y

color á Dª Luisa la muger de Don Melchor Perez de Varais que estaba

manchada así como vos, con la misma tinta.

Mejía se demudó, y comenzó á moverse como indicando que estaba para

retirarse.

--¿Y sabeis quién pintó á Doña Luisa?--preguntó con torbo ceño el

licenciado Vergara.

Mejía mas y mas turbado contestó:

--No señor, lo ignoro.

--Pues ella asegura que fuisteis vos, en venganza de antiguos

agravios--agregó con dureza el inquisidor.

Mejía perdió el aplomo.

--Señor, no la creais.

--Dice haberlo visto todo--dijo el licenciado Vergara.

--Imposible, si estaba privada--contestó imprudentemente Mejía.

--Señor Don Pedro--dijo el licenciado Vergara, en vano negais; vuestra

conciencia os denuncia, vuestro delito os vende.

--Yo aseguro á V. E..................

--Estais preso de órden del Santo Oficio--dijo con severidad el

inquisidor.

Don Pedro dejó caer el sombrero que tenia en las manos, y se cubrió la

cara.

El inquisidor sonó la campanilla y se presentó el portero.

--Don Pedro de Mejía queda preso de órden del Santo Oficio, entregadle

en las cárceles--dijo el inquisidor.

El portero hizo seña á Don Pedro que le siguiera, y él completamente

anonadado le siguió, sin recojer siquiera su sombrero y como

maquinalmente.

--Tenia razon Su Excelencia--dijo el inquisidor, esa muger ha sido

víctima de una venganza.

--Supongo que saldrá en libertad.

--Tiene algunos pecadillos, pero corresponde su castigo al brazo

secular; mande por ella V. E. esta noche á una ronda, yo la entregaré y

V. E. dispondrá de ella.

--Muy bien.

El licenciado se retiró radiante de placer, salvaba á una amiga y perdia

á un enemigo.

El inquisidor decia sentenciosamente al escribano:

--Son inescrutables los designios de la Providencia.

Monja y casada, vírgen y mártir · 第 86 / 161 题