Salvarse en una tabla.
Luisa quedó casi desmayada junto á la puerta del calabozo. Con el
silencio que allí reinaba podia escucharse su débil suspirar, y la
respiracion agitada y penosa de Doña Blanca.
Así permanecieron largo tiempo las dos, hasta que el ruido de la llave
que entraba en la cerradura hizo volver en sí á Luisa, que se levantó
precipitadamente: los carceleros le causaban horror, hubiera preferido
morir á sentirse tocada por ellos.
Se abrió la puerta y dos familiares cubiertos con sus capuchas,
penetraron en el calabozo.
--La llamada Luisa--dijo uno de ellos.
--Señor--contestó Luisa temblando.
--Síganos.
--¿A dónde?
--No le importa; obedezca.
Luisa siguió sin replicar mas á sus guardianes, no sin volver el rostro
tristemente hácia el rincon en que estaba la pobre Sor Blanca; quizá no
volveria á verla.
En aquel momento recordó que la pobre no tenia agua, y que por razon de
la fiebre que la devoraba debia de tener una sed intensa: olvidó por un
instante el pavor que le causaban los carceleros, y se detuvo antes de
salir del calabozo.
--¿Qué sucede?--preguntó uno de los hombres.
--Que esta pobre señora no tiene agua y se muere de sed.
--Que se muera, á ella le importa solo: deje de cuidar vidas agenas.
--Pero mirad que está muy enferma.
--Vamos--contestó bruscamente uno de los hombres.
--Agua, agua--murmuró débilmente Blanca.
--¿Lo oís?--dijo Luisa--dadle agua, está enferma.
Sin contestarle volvieron los carceleros á cerrar la puerta del
calabozo, y llevaron á Luisa al través de largos y oscuros callejones
hasta la sala de audiencia, en que esperaban el inquisidor y el
escribano.
Luisa estaba mas espantada ante el aparato de aquella sala, que en el
anterior de su negro calabozo; algo de terriblemente siniestro veia en
aquellos rostros frios y severos; aquellos eran para ella algo mas que
hombres: comprendia instintivamente que en aquellos corazones se
embotaria la súplica y el llanto; que no tenia esperanza sino en Dios.
Como siempre, el nombre de Dios y la señal de la cruz fueron el
principio del interrogatorio.
Luisa pensó que si el tormento era para arrancar la confesion, ella
debia confesarlo todo para huir del tormento, aunque tuviese segura la
muerte; que la misma muerte le parecia dulce despues de haber visto el
estado que guardaba Sor Blanca.
Sin vacilar, sin turbarse, Luisa refirió toda su historia al inquisidor,
no omitiendo ni el menor detalle ni la mas pequeña circunstancia; pero
cuando llegó al cambio de su color, á los acontecimientos que
precedieron inmediatamente á ese cambio, no pudo esplicar nada, porque
ella misma no los comprendia.
El inquisidor escuchó atentamente la relacion de aquella vida tan
estrañamente tejida entre los crímenes y los placeres, y con su natural
desconfianza y suspicacia, no quizo creer ni por un momento en que Luisa
no tenia parte en su transformacion.
--Supuesto que habeis confesado--la dijo--todos vuestros crímenes, ¿por
qué os deteneis? ¿cómo no decis tambien el diabólico artificio de que os
habeis valido para cambiar el color de vuestra piel, con objeto sin
duda, de engañar al mundo y libertaros de la justicia, ó tener mas
facilidad de seguir en el camino de vuestras maldades?
--Señor, juro á su señoría, por Dios y por su Santísima Madre, que
ignoro como ha pasado esto, que ha sido obra sin duda de mis enemigos, ó
castigo de su Divina Majestad.
--No pretenda engañar con falsos juramentos, declare la verdad, y mire
que ello le importa mas de lo que cree.
--Señor, cuanto tengo dicho es la verdad, nada sé; si he declarado cosas
que puedan costarme la vida, ¿por qué habia de ocultar eso que no seria
por cierto el peor delito de los que yo hubiera cometido?
--¿Insiste en no decir la verdad?
--La verdad he dicho, señor.
--Entonces, á vuestra obstinacion culpad si se os sujeta por este santo
Tribunal á cuestion de tormento.
--¡Oh, no señor!--dijo Luisa cayendo de rodillas--no, por Dios, no me
atormenteis, no, yo sé lo que es el tormento; ¿pero qué puedo deciros
allí, señor, por mas que me hagais pedazos mi cuerpo, si nada mas sé, y
lo mas que consiguireis será que os diga una mentira?
--¡Una mentira!--esclamó furioso el inquisidor--ésta muger se burla del
Santo Oficio; haber, llevadla á la sala del tormento.
Al sonido de la campanilla, dos carceleros se presentaron y se
apoderaron de Luisa.
--¡Perdon! señor, no quise decir lo que vos entendisteis
perdon............
Pero sin escuchar sus quejas la arrastraron fuera de la sala de la
Audiencia, por la puerta que daba entrada á la sala del tormento.
En el momento en que desapareció Luisa, el inquisidor quedó tan sereno
como si nada hubiera pasado, y el escribano con la misma impasibilidad
siguió dando cuenta con otra causa.
Llamaron á la puerta suavemente, y luego un portero se presentó
anunciando, que su Excelencia el señor Licenciado Don Pedro de Vergara
Gaviria deseaba hablar con el señor inquisidor general.
--Que pase Su Excelencia--dijo el inquisidor.
--¿Me retiro?--preguntó el escribano.
--Nó, que ser debe algun negocio de los que median entre la Audiencia y
el marqués de Gelves, que no pueden tener el carácter de secretos.
Don Pedro de Vergara entró y el inquisidor le hizo sentar á su lado.
--Si el negocio de que quiere V. E. que hablemos, es secreto, puede
retirarse el señor escribano--dijo el inquisidor.
--Nó--contestó Don Pedro--que de autos debe constar el asunto que
traigo, y que sin duda va á pareceros muy estraño.
--Dígame V. E.
--¿Recuerda su señoría, la negrita de que venimos á hablarle Don Melchor
Perez de Varais y yo, y que fué remetida por mí á este Santo Tribunal?
--La tengo tan presente que en este momento acabo de recibir su
declaracion.
--¿Y dijo algo respecto al cambio de su color?
--Permitiéndome V. E. que no le refiriera pormenorizadamente su
declaracion, solo le diré que respecto á ese punto permanece en el mas
obstinado silencio.
--¿Pero cómo lo esplica?
--Nada dice, protesta su ignorancia, y ni reflexiones ni amenazas pueden
nada con ella; y dice á todo que nada sabe que será obra tal vez de sus
enemigos.
--Puede que tenga razon.
--¿Cómo? sabe algo V. E.
--Un indicio que para otro cualquiera que no tuviese la práctica que yo
en los negocios, seria insignificante, á mí me ha impresionado de tal
modo que vengo á comunicároslo, á vos que sois el juez y podeis tener
antecedentes del caso.
--¿Pues qué ha sabido V. E.?
--Escuche su señoría: en la mañana de hoy celebrose junta para consultar
los ánimos de las principales personas y corporaciones de esta ciudad, y
para conocer su disposicion respecto á la vuelta del marqués de Gelves
al gobierno, á cuya junta tuve el honor de invitar á su
señoría..................
--Mis graves ocupaciones me privaron de asistir............
--Está bien, pero en esa junta ocasion tuve de hablar con Don Pedro de
Mejía, persona de gran caudal y amigo íntimo y favorito del de Gelves.
--Le conozco--dijo el inquisidor comenzando á interesarse en el relato
del licenciado por lo que Luisa le acababa de referir.
--Pues como os iba diciendo, hablé á este Don Pedro, y le advertí sobre
una de las cejas, no sé si sobre la izquierda ó la derecha, tres manchas
ó lunares negros, que no le habia yo visto nunca; tuve la indiscrecion
de preguntarle que cosa era aquello, y me contestó sencillamente que era
una pintura; como estaba yo preocupado con la historia de la negrilla,
no sé por qué, pero cruzó por mi alma la sospecha de que aquellas
manchas tenian algo que ver con esta historia, y variando de
conversacion repentinamente, preguntéle si sabia de Luisa la esposa de
Don Melchor Perez de Varais. Tal fué la turbacion que noté entonces en
su semblante, que mis sospechas se convirtieron en certidumbre, y no lo
dudeis, esa señora ha sido víctima de un crímen; si esas manchas no han
podido borrarse de la frente de ese hombre, la tinta que las produjo
debe ser muy firme, capaz de cambiar el color de una persona en donde
quiera que se la aplique, y Luisa puede haber sido de alguna manera
privada de sentido y desfigurada de ese modo; y Don Pedro si no ejecutó
la operacion debe por lo menos, haberla presenciado. ¿No parecen
racionales á su señoría estas inducciones?
--Verdaderamente V. E. me dá en que pensar, porque yo tengo mis razones
para pensar que Don Pedro de Mejía, esperaba un momento para vengarse de
esa muger.
--Como que fué esta señora una de las personas que mas activa parte ha
tomado contra el de Gelves, amigo y protector de Mejía como sabeis.
El inquisidor no contestó, estaba pensativo; por fin, despues de un rato
de silencio dijo al licenciado Vergara.
--¿Sabe V. E. que la ocasion de salir de nuestras dudas no puede tardar?
--¿Por qué?
--Don Pedro de Mejía está citado para venir aquí á tratar de negocios
relativos á su hermana Blanca que está presa en las cárceles del Santo
Oficio.
--¿Y á qué hora?
--No tardará, si es que aun no viene, y le haremos entrar, y entonces no
creo muy dificil que deje de arrancársele el secreto si existe
verdaderamente, veremos.
El inquisidor agitó la campanilla.
--Que si ha llegado Don Pedro de Mejía pase á esta sala, dijo á un
portero que se presentó--y vos, señor, escribano, salid, pero no os
alejeis que podemos necesitaros.
Don Pedro de Mejía entró á pocos momentos, y el escribano se retiró.
Mejía fué recibido con mucho agrado.
--Os he hecho venir--dijo el inquisidor--que hablaros necesito acerca de
la causa de vuestra hermana, presa en las cárceles de este santo
Tribunal.
--Y aquí me tiene su señoría.
--Supongo que sabreis que esa señora está convicta y confesa del delito
de sacrílego matrimonio, de herejía y de pacto esplícito con el diablo.
--Su señoría me lo dice.
--Y que como es natural, tenga que sufrir la última pena.
--El santo Tribunal de la Fé sabe lo que hace, y mi hermana, (que por
desgracia lo es) culparse debe á sí de lo que le acontezca, que yo
ponerla he procurado siempre en el buen camino.
--Es verdad, pero en obsequio vuestro he querido llamaros, porque
siempre en una familia, grave cosa es y dura para la descendencia, tener
una persona que haya sido ajusticiada publicamente por un delito.
--Pena es esa que no me ha dejado descansar hace muchos dias, y que
diera algo por quitármela de encima.
--Doña Blanca vuestra hermana podria muy bien ser ejecutada dentro de
las mismas cárceles, escusándose el bochorno de verla salir en el auto
general de fé; pero esto demandaría costas y gastos que deseaba yo saber
si vos abonariais, porque el Santo Oficio no puede hacerlos hoy.
--Su señoría dispone de mi hacienda, y no tiene si no que decirme el
monto total, que satisfaré luego y antes que ver el nombre de mi familia
con semejante mancha.
--Muy bien, y ahora que decis mancha, permitidme que os pregunte, ¿esas
que teneis sobre la ceja, son naturales?
Tentado estuvo Don Pedro de contestar que sí, pero estaba allí el
licenciado Vergara que le habia preguntado lo mismo y no quiso caer en
contradiccion.
--No señor--dijo--es una tinta.
--Muy firme debe ser supuesto que no os las habeis podido quitar, siendo
como me habeis dicho, que las teneis hace varios dias.
--En efecto es muy firme tinta--dijo contrariado Don Pedro, del giro que
tomaba la conversacion.
--Conozco esa tinta--dijo el inquisidor, y tambien el remedio con que se
quita y vuelve el natural color.
--¿Conoce su señoría el remedio?
--Sí, y es muy sencillo y probado; con él volví á su natural figura y
color á Dª Luisa la muger de Don Melchor Perez de Varais que estaba
manchada así como vos, con la misma tinta.
Mejía se demudó, y comenzó á moverse como indicando que estaba para
retirarse.
--¿Y sabeis quién pintó á Doña Luisa?--preguntó con torbo ceño el
licenciado Vergara.
Mejía mas y mas turbado contestó:
--No señor, lo ignoro.
--Pues ella asegura que fuisteis vos, en venganza de antiguos
agravios--agregó con dureza el inquisidor.
Mejía perdió el aplomo.
--Señor, no la creais.
--Dice haberlo visto todo--dijo el licenciado Vergara.
--Imposible, si estaba privada--contestó imprudentemente Mejía.
--Señor Don Pedro--dijo el licenciado Vergara, en vano negais; vuestra
conciencia os denuncia, vuestro delito os vende.
--Yo aseguro á V. E..................
--Estais preso de órden del Santo Oficio--dijo con severidad el
inquisidor.
Don Pedro dejó caer el sombrero que tenia en las manos, y se cubrió la
cara.
El inquisidor sonó la campanilla y se presentó el portero.
--Don Pedro de Mejía queda preso de órden del Santo Oficio, entregadle
en las cárceles--dijo el inquisidor.
El portero hizo seña á Don Pedro que le siguiera, y él completamente
anonadado le siguió, sin recojer siquiera su sombrero y como
maquinalmente.
--Tenia razon Su Excelencia--dijo el inquisidor, esa muger ha sido
víctima de una venganza.
--Supongo que saldrá en libertad.
--Tiene algunos pecadillos, pero corresponde su castigo al brazo
secular; mande por ella V. E. esta noche á una ronda, yo la entregaré y
V. E. dispondrá de ella.
--Muy bien.
El licenciado se retiró radiante de placer, salvaba á una amiga y perdia
á un enemigo.
El inquisidor decia sentenciosamente al escribano:
--Son inescrutables los designios de la Providencia.