En donde se prueba que un Arzobispo podia sacar una ánima del
Purgatorio, pero no un acusado de la Inquisicion.
Por dar una muestra de simpatía á sus partidarios, y por exaltar mas los
ánimos en el pueblo, el Arzobizpo se aprovechó de la noticia de Luisa.
Dispuso hacer magníficas exequias al Ahuizote, probando con esto el alto
aprecio en que tenia á los que habian tomado parte contra el virey.
El entierro del Ahuizote fué verdaderamente escandaloso.
El cajon en que iba el cadáver fué llevado en hombros hasta el
cementerio por los principales amigos del Arzobispo, marcharon tras él
las hermandades, las comunidades religiosas, multitud de personajes del
clero, y la misma carroza del Arzobispo acompañó aquel duelo.
Cualquiera persona que hubiera llegado aquel dia á México, hubiera
creido, cuando menos, que aquel cadáver era el de un obispo.
Con menos pompa se enterraron tambien en sagrado, todos los que murieron
en el motin, peleando del lado de los sublevados, pero el Arzobispo negó
sepultura eclesiástica á los que habian perecido en la defensa de
palacio; y solo alcanzaron sus deudos sepultarles en un cementerio á
costa de algunos sacrificios pecuniarios.
El pueblo creyó firmemente que el Arzobispo libraba de culpa y pena en
la otra vida, á aquellos de sus partidarios que habian muerto en su
defensa, y el prelado celebró una solemne funcion de honras, con la que
sacó á todas aquellas ánimas del purgatorio.
Teodoro y Martin no quedaron satisfechos con esto, el santo oficio se
habia apoderado de sus mugeres y ellos necesitaban sacarlas de sus
garras.
La influencia del Arzobispo no era dudosa, y ellos tenian derecho de
usar de esta influencia, para conseguir lo que deseaban.
Martin conduciendo á Teodoro entró al Arzobispado, y conocedor de los
usos y costumbres del palacio y del prelado, no tardó en encontrarse
cerca de Don Juan Perez de la Cerna.
Martin podia serle todavía muy útil al Arzobispo, y por eso éste
procuraba grangearle; así es que apenas le vió le llamó, y le hizo
sentar á su lado.
--¿Qué andas haciendo tú por aquí?--dijo el Arzobispo.
--Venimos--contestó Martin--Teodoro y yo, á ver á V. S. Ilustrísima,
para un negocio muy grave que nos ha ocurrido.
--¿Y quién es Teodoro?
--Aquel negro que fué esclavo de Doña Beatriz de Rivera, (que en paz
descanse) y de quien su Señoría Ilustrísima ha de haber oido hablar
mucho, porque mucho tambien es lo que ahora nos ha ayudado.
--En efecto, valiente muchacho; ¿conque necesitais hablarme?
--Sí señor, y quisiera que su Señoría Ilustrísima le permitiera entrar y
nos concediera un rato de audiencia.
--¿Y por qué no? hasle que pase, y decidme ambos á lo que venís.
Martin salió á llamar á Teodoro, y entrando despues los dos á la cámara
en que estaba el Arzobispo, entornaron cuidadosamente la puerta.
--Ahora, decidme--les dijo el prelado, haciéndoles seña para que se
sentasen.
--Pues señor, es el caso--dijo Martin--que el santo Oficio tiene en
prisiones á mi muger y á la de Teodoro, y queriamos valernos del respeto
de su señoría, para ver si conseguiamos su libertad.
--¿Y por qué están presas?--preguntó el Arzobispo.
--Si se ha de decir la verdad--contestó Martin--toda la culpa es
nuestra, por haber dado asilo, en nuestras casas, á una monja que se
habia fugado de su convento.
--Gravísima falta es ella--dijo el prelado--pero calculo, que si no es
mas que eso, facilmente podré conseguir lo que deseais á condicion de
que hayan pasado las cosas, tales como me las habeis referido.
--Para no engañar á su señoría Ilustrísima--dijo Teodoro, debo
advertirle que la dicha monja tuvo un novio.
--¡Ah! entonces ya la cosa es mas séria.
--También es preciso contarle á su señoría, que la dicha monja contrajo
matrimonio con el tal novio.
--¡Oh! entonces la cosa es grave.
--Y finalmente--dijo Teodoro--sabrá vuestra señoría Ilustrísima como el
tal novio, llegó á hacer armas contra los ministros del Santo Oficio
para impedirles en una vez que prendiesen á la monja.
--Vamos, el caso es sumamente grave; sin embargo, no hay que
desesperarse que aun supuesto todo eso, poca culpa deben tener en ello
vuestras mugeres. ¿Cuánto tiempo hace que están presas?
--Desde la víspera del dia del tumulto.
--¿Y cómo se llama esa monja y ese amante?
--La monja--dijo Martin--es Sor Blanca, la hermana de Don Pedro de
Mejía, y el amante Don Cesar de Villaclara.
--¡Ah!--pensó el Arzobispo--conozco esta historia perfectamente, es la
que me refirió Luisa la muger de Don Melchor, y la misma que yo denuncié
al inquisidor mayor, creo que no me costará trabajo dar gusto á estos
hombres, y luego dirijiéndose á ellos, les dijo.
--¿Cómo se llaman esas muchachas presas?
--María, una muda que es mi muger, y Sérvia la esposa de Teodoro.
--Bien--dijo el Arzobispo, apuntando los nombres--esta noche hablaré con
el señor inquisidor mayor y mañana me vereis temprano, creo que todo se
consiguirá.
Martin y Teodoro, se levantaron y se retiraron llenos de esperanza.
El Arzobispo se preparaba en la noche para salir en busca del inquisidor
mayor Don Juan Gutierrez Flores, cuando éste se hizo anunciar en el
Arzobispado.
El prelado vió como milagrosa su venida, saludáronse cortesmente, y el
Arzobispo entró en materia temeroso de que álguien llegase á
interrumpirle.
--En busca de su señoría--dijo el prelado--iba á salir en estos
momentos, que le necesito á su señoría para el empeño de unos mis
servidores, á quienes trato de favorecer en un negocio.
--Su Ilustrísima debe estar satisfecho--contestó el inquisidor--que es
para mí buena ocasion toda la que sea de servirle.
--Se trata--dijo el Arzobispo--de suplicar á su señoría, en favor de dos
jóvenes, negra una y muda la otra, que segun he sabido por sus maridos
están en las cárceles del Santo Oficio, por haber dado asilo á Sor
Blanca, la monja prófuga del convento de Santa Teresa.
--¿Y qué deseaba Su Ilustrísima, respecto de esas dos mugeres?
--Aun cuando yo no las conozco, pero hánme servido muy bien sus maridos,
y con verdadero riesgo de sus vidas, que son ellos quienes positivamente
han sostenido á la Iglesia contra los desmanes del marqués de Gelves.
--Méritos grandes, en verdad--contestó hipócritamente el inquisidor--y
en cuanto valga mi humilde persona con Su Majestad, que Dios guarde, me
empeñaré, si así lo dispone su señoría Ilustrísima, porque á esos dos
hombres se les premie como merecen; pero respecto á las mugeres, aunque
de riguroso secreto son las causas que están sometidas á nuestro
conocimiento, por respeto y atencion al carácter de su señoría
Ilustrísima, le descubriré que no es tan sencilla la acusacion que pesa
sobre esas dos mugeres.
--¿De qué se las acusa pues?
--En cuanto á la negrilla, es seguro que no solo prestó auxilio á la
llamada Sor Blanca, sino que ha sido el principal agente y cómplice en
el sacrílego matrimonio que celebró ella con Don Cesar de Villaclara; de
tal manera que esa consideracion sola podrá convencer á Su Ilustrísima
de que no es fácil, aunque se deseara, concederle su libertad. En cuanto
á la otra, es decir la muda, esa sí efectivamente no hizo sino dar
entrada en su casa á Sor Blanca sin conocer sus antecedentes, y ya
despues de celebrado el matrimonio sacrílego.
El Arzobispo pensó, que supuesto que la muda era la esposa de Martin,
que era por quien abrigaba verdadero interes, y ya que no podia sacar á
las dos de las garras del Santo Oficio, por contento deberia darse si
conseguia la libertad siquiera de una, y así determinó dejar á Sérvia
que corriese la suerte que Dios le deparara, y hacer todo el esfuerzo
posible en favor de María.
--Pues siendo así como dice su señoría--dijo--creo que la pobre muda
puede muy pronto ser dada por libre.
--Lo seria, en efecto, pero hay que advertir que la tal muda ha sido
denunciada ante el Santo Oficio como hechicera.
--¿Cómo hechicera?--¿Pero de dónde pueden inferirlo?
--Viósela de muy jóven amansar y tratar con suma confianza, serpientes y
otros animales venenosos.
--Lo cual no prueba maleficio de ninguna especie, que las serpientes son
fáciles de amansar por artes naturales, por ejemplo con el canto y la
música; recuerde su señoría que dice Petronio: _Hircanique Tigres etc._,
y Virgilio, en la Egloga octava, _Frigidos impratis_ cantando, etc.
Lucano en su Farsalia, libro sesto dice: _Hunanoque cadit serpens_,
etc.; y finalmente, Silius Italico ha dicho: _Serpentes dico exarmare
veneno_.
--En verdad que Su Ilustrísima tiene razon; pero autores son esos
profanos cuyas doctrinas no pueden valer en la Iglesia. La muda por su
propio defecto no puede haber cantado á las serpientes, y el
encantamiento y mansedumbre de estos animales debe tenerse siempre por
sospechoso, como se infiere de lo que enseña el gran padre San Agustin
en el lib. 11 In Génesis, cap. 28. Jeremías en el cap. 8º dice aquellas
célebres palabras: «Yo os enviaré serpientes, basiliscos, contra los
cuales no valdrán los encantamientos,» y el Salmo LVII espresa: «que hay
una que no escuchó la voz de los encantadores.» Todo esto es una
robustísima prueba de que el comercio con esta clase de animales, indica
el ejercicio de artes reprobadas por la religion, como juzga muy bien el
sabio Martin del Rio en su libro 6º de las artes mágicas.
--Efectivamente que puede ser sospechosa esa conducta de la muda, pero
quizá sin conocimiento de causa ejerceria tales actos, siendo por ellos
inculpable, y esto puede saberse por las declaraciones que de ella hayan
podido conseguirse.
--Ningunas declaraciones se han obtenido hasta hoy; que á ella nada se
le ha podido sacar, y por razon de su misma enfermedad no se le ha
aplicado el tormento: que conforme á las doctrinas de Ghirlando Carerio
y del maestro Antonio Gomez, citados por el licenciado Don Francisco de
Torreblanca y Villalpando, á los mudos no puede ni aplicárseles el
tormento, ni aun aterrorizarles; de manera que nada ha podido
conseguirse en este punto.
--Crea su señoría que tengo para mí que quizá sea esta pobre muda mas
bien víctima de alguna ilusion, que verdaderamente culpable, que ya su
señoría sabe á cuánta discusion y argumento ha dado lugar aquel párrafo
del Concilio de Ancira en el cap. 26, cuest. 5ª en que casi se declara
que estos delitos de mágia, mas son sueños é ilusiones del demonio que
consistencia de verdad y materia de juicio, y está condenado por el
mismo Concilio y refutado por Alciato en el libro 8º, cap. 22.
--No puedo condescender con la opinion de usía Ilustrísima, porque aun
confesando que el tal capítulo citado, fuera del Concilio de Ancira,
solo habla de algunas mugeres ilusas, y éstas tambien deben ser
castigadas con el mismo rigor; de manera que la pena se les aplicará no
porque corporalmente hayan tenido tratos con el demonio, que el Santo
Oficio _está convencido muchas veces de que no lo han tenido, sino
porque han creido tenerlo y han gozado con esta creencia_.
El Arzobispo comprendió que nada podria obtener, y varió la materia de
la conversacion; persuadido firmemente de que era mas fácil sacar una
ánima del Purgatorio, que un acusado de las garras del Santo Oficio.