VIII.

De lo que pasó en las cárceles del Santa Oficio.

En las celdillas de la cárcel de la inquisicion se encerraban siempre

uno ó dos presos, cuidando de que fuesen de aquellos cuyos delitos

tuvieran alguna semejanza.

Luisa fué introducida á un calabozo, en uno de cuyos ángulos, observó á

una muger acostada que se quejaba dolorosamente.

Al principio su situacion no le permitió pensar mas que en sí misma.

Apartada del mundo vió lentamente y de un modo tan inesplicable, y para

ella tan maravilloso, que era muy natural que si en aquello intervenia

algo de encantamiento ó hechicería tuviera necesariamente que venir á

desenlasarse todo en el Tribunal de la Fé; pero ella se consideraba

víctima inocente. ¿Porqué se la trataba allí como á culpable? esto era

lo que tampoco podia llegar á comprender, y en aquellos momentos, la

muger perdida que solo habia pensado en saciar todas sus pasiones, se

acordó de Dios, se volvió creyente y cayó de rodillas y sollozando en el

ángulo opuesto del calabozo al que ocupaba la muger que se quejaba

dolorosamente.

Mas de una hora permaneció Luisa con la cara cubierta con sus manos

orando y llorando al mismo tiempo, y dejando correr al través de sus

dedos, el torrente de lágrimas que brotaba de sus ojos.

Un gemido mas fuerte y mas agudo la sacó de aquella situacion. Volvió la

cara y vió á la pobre muger que dando señales de sufrir horriblemente,

procuraba incorporarse en el húmedo lecho de paja para tomar un jarro de

agua que estaba cerca de ella.

Luisa enmedio de sus sufrimientos se habia vuelto caritativa.

¡El corazon mas empedernido se ablanda con el dolor y con la desgracia!

La caridad es la flor que brota en el corazon llagado por los pesares;

donde ya ningun humano sentimiento ha dejado el fuego de la desgracia,

viene la caridad á cubrir las heridas, como la yerba que brota sobre el

campo arrasado por una tormenta.

Luisa se levantó precipitadamente para auxiliar á la pobre enferma.

Aquella muger estaba devorada por la fiebre. Debajo del sucio y roto

lienzo que le servia de abrigo, descubria un brazo blanco y torneado,

pero lleno de manchas moradas, azules, cárdenas y rojas, y de escaras

sangrientas ó negras.

Luisa se horrorizó al mirar aquel brazo; sin que nadie se lo dijera

comprendió que aquella desgraciada habia sufrido el tormento, y se

estremeció de pavor considerando que quizá aquella misma suerte le

estaba preparada.

--¿Quereis agua?--le preguntó arrodillándose á su lado.

--Si--murmuró penosamente la enferma abriendo apenas los ojos.

Luisa la sostuvo con una mano mientras que con la otra tomó la pequeña

vasija que contenia el agua, y la levantó para darle á beber.

Entonces aumentó mas su horror y al mismo tiempo su compasion, los

labios de la enferma estaban hinchados y abiertos por muchas partes; en

su rostro se conservaban aun señales de sangre que habia corrido sobre

él, quiso tomar el agua y Luisa observó que algunos de sus dientes

estaban rotos, y que su lengua estaba herida y comenzaba á hincharse.

Poco á poco y con trabajo aquella desgraciada pudo beber algunos tragos,

movió después la cabeza y Luisa dejando la vasija en el suelo, volvió á

acostarla con tanta delicadeza, como podria haberlo hecho una madre con

un hijo enfermo, la cubrió cuidadosamente, se quedó contemplándola por

un instante, y volvió á llorar pero aquellas lágrimas eran ya de

compasion.

Era la primera vez que el corazon corrompido de la esclava de Don José

de Abalabide, sentia la inspiracion de ese santo dolor que hace llorar

al hombre sobre las desgracias de sus semejantes.

Aquellas primeras lágrimas eran precursoras de una redencion; aquella

alma comenzaba á purificarse en el martirio.

Sonó la cerradura de la puerta del calabozo, y Luisa tembló, era

seguramente á ella á quien venian á buscar.

Tres hombres enteramente cubiertos con sus capuchones, penetraron al

calabozo, y Luisa se refugió en uno de los ángulos.

Uno de los hombres llevaba una linterna, los otros dos algunas piezas de

ropa de muger.

--Vamos negra--dijo con desprecio el del farol--aquí están estos trapos

para que te quites esas indecentes ropas de hombre, que ya verás lo que

te van á costar.

--Bueno--dejádmelas ahí--contestó Luisa temblando--que yo me mudaré

dentro de un momento.

--¿Cómo se entiende?--dijo el del farol--cambiarás ahora mismo el traje

que no estás aquí para hacer tu voluntad.

--¿Pero delante de vosotros?--dijo Luisa casi indignada de lo que se

atrevian á proponerle.

--Vaya, y por qué no, bonitos remilgos son esos para una negra

hechicera; mugeres hermosas de veras han tenido que quedarse delante de

nosotros completamente desnudas, y si no pregúntale á esa buena moza que

duerme en aquel rincon; con que vete acostumbrando, que pronto te

llegará la hora del tormento, y no andarás entonces con esas niñerías.

--¿Dios mio! ¿qué me darán tormento? ¿por qué? ¿yo qué he hecho?

--Yo no sé, ni venimos aquí á esplicaciones, ¿te desnudas, ó no?

--¿Pero cómo?...

--Cambiadle la ropa dijo el del farol á los que le acompañaban.

Los dos asieron á Luisa de los brazos.

--No, por Dios, dejadme, yo me vestiré sola--gritó Luisa. La enferma

alzó la cabeza, y dijo con una angustia profunda.

--¿Qué? otra vez el tormento, yo diré, yo diré todo, pero que no me

vuelvan á atormentar.

--Cállate bruja--dijo bruscamente el carcelero, miren á la monja casada

como escarmentó.

La enferma habia vuelto á acostarse.

Luisa se desnudaba precipitadamente, y recibia en cambio de sus ropas de

hombre, otras de muger viejas y maltratadas.

Una camisa y unas enaguas de manta, un vestido de vellorí pardo, y un

justillo semejante, viejos y llenos de agujeros, que no eran ni con

mucho de las medidas de su cuerpo.

--Vaya--dijo el carcelero--ni mandada hacer está la ropa, era de una

bruja que mandó quemar el santo oficio, en el último auto de fé, á ver

si á tí te toca la misma suerte.

Luisa se estremeció y el carcelero despues de aquella infernal

chanzoneta, salió con sus compañeros, cerrando el calabozo, y dejando á

Luisa mas aterrada que antes.

Con el vestido que la habian dado no traia calzado, y hacia mucho tiempo

que ella no habia andado descalza; sus piés se habian vuelto delicados,

y el piso frio, disparejo y húmedo del calabozo, comenzó á molestarla,

pero no habia remedio, era preciso acostumbrarse. La idea del tormento y

de la hoguera, no se apartaban un momento de su imaginacion, y

naturalmente al pensar en el tormento, pensaba en la muger que gemia en

su calabozo; y al pensar en la hoguera, recordaba á la desgraciada que

habia llevado el vestido, que ahora le servia de abrigo.

--Debe ser una cosa horrible la hoguera--pensaba Luisa--el fuego, el

humo, ardores espantosos, sofocacion, ¡Dios mio! ¡Dios mio! que dichosos

deben ser los que no mueren en la hoguera, ¡Jesus! que miedo tengo, que

pavor; y luego el tormento......... ¿cómo será? ¿qué le harán á uno?

Deben sentirse cosas horrorosas, ¡ay! ¿qué haré yo, qué haré para que no

me vayan á atormentar? ¿confesaré todo? ¿pero qué? si no he sabido lo

que me pasa, si no tengo que confesar y entonces no me creerán, y me

atormentarán, ¿qué haré? ¿qué haré?

¡Oh! Le preguntaré á esa muger, quizá ella sabrá, quizá podrá

aconsejarme, me dirá al menos lo que se siente, veremos, porque es tan

horrible lo desconocido, ¿qué será muy grande el dolor? ¿podré yo

resistirlo? A ver probaré, probaré.......

* * * * *

* * * * *

Y Luisa tomaba una de sus manos con la otra, y procuraba torcérsela

hasta causarse dolor, para probar su sufrimiento, pero la dejó caer

tristemente esclamando:

--¡Dios mio! ¡Dios mio! soy muy débil, y muy cobarde para el dolor,

mándame la muerte, antes que el tormento, y que la hoguera.

La enferma devorada por la ardiente sed de la calentura, volvia á

incorporarse en su lecho, para buscar agua.

Luisa quiso aprovechar aquel momento para hablarla, y despues de darla

el agua, le dijo dulcemente.

--¿Cómo os llamais señora? ¿por qué estais aquí?

La enferma abrió los ojos, y miró á Luisa, largo rato, casi sin

pestañar, pero sin contestarle tampoco.

Luisa volvió á repetir su pregunta.

Entonces la enferma le contestó penosamente.

--Yo no sé nada, nada, nada mas, que lo que os he dicho.

--Volved en vos señora, es una voz amiga la que os habla: ¿cómo os

llamais? ¿por qué estais aquí? ¿por qué os dieron tormento?

--¡Tormento!--repitió la enferma estremeciéndose y enderesándose con

una rapidez increible, en el estado de postracion en que se encontraba.

--¡Tormento! ¡tormento! no, yo os diré todo, todo lo confesaré.

--Espantoso debe ser el tormento--pensó Luisa.

--Tengo sed--dijo la enferma--dadme de beber y hablaré.

Luisa volvió á darle agua, y antes de acabar de beber apartó la boca del

jarro, y dijo, con una voz que parecia salir de su corazon.

--Yo soy Doña Blanca de Mejía, y cayó desmayada.

--¡Doña Blanca!--gritó Luisa, dejando caer en el suelo la vasija del

agua, que se hizo mil pedazos, con que es decir ¿qué yo soy la causa de

las desgracias de esta muger? ¿con que estoy encerrada aquí, al lado de

la víctima de mi denuncia, y mirando en ella, los tormentos que me

esperan? ¡Dios mio! ¿cómo puedo esperar compasion si aun está vivo mi

delito? ¡Oh! yo no sabia lo que era un remordimiento, y es peor, sí, es

peor, que todos los tormentos de la inquisicion.

¡Ah!--dijo arrodillándose cerca de Blanca y tomando una de sus

manos--Perdóname, perdóname, pobre criatura, ¡cuánto te he hecho

padecer! Yo he sido una pantera, pero me arrepiento. ¡Dios mio! me

arrepiento, quisiera mil veces sufrir lo que sufre esta desgraciada,

primero que haber cometido los crímenes que llevo sobre mi conciencia:

¡Jesus, y qué negra está la noche de mi conciencia, y cuántos cadáveres

he regado en mi camino! Don José Abalabide, Don Manuel de la Sosa, los

esclavos ajusticiados en la Pascua......... quizá por eso Dios me ha

castigado, y mi color se ha vuelto negro..................

--Agua, agua, que me ahogo, que me abraso--dijo Doña Blanca volviendo en

sí--agua.

--¿Agua?--dijo Luisa--¿agua? y yo he roto la vasija en que estaba

¿conque yo he de atormentar á esta infeliz en todas partes?

--Agua--decia Blanca--agua. Luisa como una loca se lanzó á la puerta

del calabozo, y comenzó á golpear con las manos furiosamente, pero el

ruido que sus manos delicadas, producian sobre aquella macisa puerta se

escuchaba apenas dentro del mismo calabozo.

Blanca volvió á quedar en silencio, y Luisa con las manos hechas

pedazos, cayó de rodillas junto á la misma puerta.

Monja y casada, vírgen y mártir · 第 84 / 161 题