De cómo Tirios y Troyanos, iban todos á parar á la Inquisicion.
Doña Blanca volvió de su desmayo, y se sentó espantada sobre la mesa.
Casi no recordaba nada de lo que le habia pasado, miró á su alrededor, y
sintió lleno de dolores su cuerpo, bajó los ojos y advirtió su desnudez.
La memoria le volvió tambien y dió un grito, y buscó algo para cubrirse
porque á pocos pasos estaban sus verdugos contemplándola.
--Ha vuelto en sí--dijo uno de los carceleros.
El inquisidor y el escribano se dirijieron á ella: Blanca los miraba
espantada.
--Recuerde lo que ha sufrido por su obstinacion en no confesar--dijo el
escribano, y piense que la misericordia de Dios y la bondad del Santo
Tribunal de la fé son tan grandes que tiempo la dan aún de arrepentirse,
y de confesar sus culpas antes de verla padecer mas de lo padecido.
Doña Blanca callaba.
--Reflexione que nada ha sufrido en comparacion de lo que le falta,
continuó el escribano; que aun puede libertarse con la franca confesion
de sus pecados y la abjuracion de sus culpas.
--Doña Blanca estaba como fuera de sí, miraba sucesivamente á todos los
que la rodeaban y permanecia muda.
--Por última vez--dijo el escribano--considere que va á sufrir la
cuestion del tormento estraordinario si no confiesa, y que á sí, y no á
la justicia, debe imputar lo que padeciere.
Sus exhortaciones no obtuvieron respuesta alguna, se volvio á ver al
inquisidor y éste con gran solemnidad, dijo:
--Pues ella lo ha querido, á cargo sea de su conciencia, que se proceda
á la diligencia.
Los verdugos se apoderaron de Doña Blanca que apenas hizo resistencia,
pero que exhalaba quejas sintiendo renovarse los dolores de su cuerpo
con aquellos tratamientos bruscos; y la colocaron encima de otra mesa
que era una especie de plano inclinado y en el que la cabeza quedaba un
poco elevada respecto al cuerpo. Habia en la mesa porcion de argollas
clavadas, y con ellas aseguraron á Blanca de tal manera que no tenia
libertad para hacer el menor movimiento.
El escribano comenzó con la formula de costumbre: Se le amonesta á decir
la verdad si no quiere verse en tan duro trance.
Pero como Blanca no contestaba, se procedió á darla el tormento.
Uno de los verdugos trajo una especie de embudo que introdujeron en la
boca de la víctima, y otro vertió en él una medida de agua que
contendria como dos cuartillos.
Los ojos de Blanca se abrieron de una manera horrorosa, su rostro se
puso encendido, y su pecho y su vientre se ajitaron espantosamente, y
sin embargo, tragó toda el agua sin que una sola gota cayese fuera.
Los verdugos retiraron el instrumento de la tortura.
--¡Jesus!--esclamó Blanca--respirando penosamente--señor, ¡por Dios! me
van á ahogar, me sofoco, me muero.
--Se le amonesta á que diga la verdad.
--Pero si no tengo que decir, por María Santísima, por Dios--gritaba con
todas sus fuerzas Blanca, ¡por Dios! ¡piedad señores! ¡por Dios, por
Dios!
El escribano hizo una señal y volvieron á acercar el aparato á la boca
de la infeliz, ella apretó los dientes de una manera terrible pero los
verdugos con una espantosa serenidad la taparon la nariz, y la
introdujeron en la boca una delgada palanca de acero.
Blanca desesperada no queria abrirla pero la palanca obró su efecto, y
Blanca tuvo que ceder.
La sangre corria por sus mejillas, sus lábios estaban hechos pedazos, y
los verdugos la habian roto los dientes. Sin apartar de su boca la
palanca que destrozaba tambien su lengua, volvieron á colocar el embudo
y á vaciar en él otra medida.
Entonces pudo verse materialmente crecer el vientre de aquella
desgraciada, y pudo oirse un ruido siniestro en el interior de aquel
cuerpo.
El tormento del agua era uno de los mas horribles, porque aquella
cantidad que apenas podia contener el estómago, maltrataba, destrozaba
el interior del cuerpo, causando dolores espantosos, ansias mortales.
--Se le amonesta á que diga la verdad.........
--¡Oh! sí, la diré--esclamó Blanca--la diré porque no es posible
resistir, pero por Dios que me quiten de aquí que me dejen sentar porque
me ahogo, tengo la boca hecha pedazos prometo decir todo, todo, pero que
me quiten de aquí; que me quiten.
El inquisidor hizo seña á los verdugos y desataron á Blanca y la
sentaron.
--Comience su declaracion.
--¡Ah! dejadme respirar, mañana lo diré todo.
--No, ahora mismo.
--Si no puedo ahora ni recordar.
--Atadla otra vez, y que siga la diligencia.
--¡No! ¡no! ¡no! voy á hablar, voy á hablar.
--Pues diga, ¿confiesa tener pacto esplícito con el demonio?
--Sí señor, sí señor.
--Y cómo lo hizo, por escrito, ó de palabra.
--De palabra.
--¿Y cómo?
--No recuerdo bien.
--Mirad que si no decís todo sigue la diligencia.
--¡Ah! no señor yo os diré todo.
--Referid sin olvidar nada.
--Pues bien señor, una noche estaba yo en mi celda enfadada de vivir en
el convento, y dije, le daria mi alma al diablo por salir de aquí, y en
ese momento se me presentó el diablo en figura de un caballero jóven de
barba y pelo negro, vestido de encarnado, con sombrero de plumas, solo
que sus piés eran como los de un gallo--y me dijo, «aquí estoy ¿qué me
quieres?» y como me espanté, nada le dije, pero seguí enfadándome y él
visitándome hasta que una noche le declaré mi deseo y él me dijo «si me
das tu alma te sacaré y te haré feliz» y yo le dije que sí; entonces me
hizo dormir y cuando desperte estaba ya en la calle.
--¿Y no la hizo renegar de Dios y de sus santos?
--No señor.
--Diga la verdad y recuerde que solo con la verdad se libra del
tormento.
--¡Ay! no señor, la verdad es que me dijo «que yo esclamara--Reniego de
Dios y de todos sus santos» y yo no queria, pero al fin renegué.
--¿Y ha vuelto á verle despues?
--No señor.
--¿Y confiesa su herejía por haberse casado teniendo tan sagrados votos?
--Sí señor.
--¿Y confiesa haber cometido este pecado con entero conocimiento de lo
que iba á hacer?
--Sí señor.
--Dad fé, señor escribano, de esta confesion: que firme la culpable, y
que se asiente que no ha perdido miembro alguno en el tormento.
El escribano asentó por diligencia que Blanca no habia perdido ningun
miembro, firmaron todos, y el inquisidor y el escribano se volvieron á
la sala de Audiencia, encargando á los carceleros que vistiesen á
Blanca, y la condujesen á su calabozo.
Con gran trabajo la pobre jóven logró vestirse, sus piés y sus manos
estaban terriblemente hinchados, sus labios hechos pedazos, y podia
apenas hablar por la fractura de sus dientes. Como no podia dar un paso,
dos carceleros la levantaron entre sus brazos, y la fueron á dejar á su
calabozo, en donde teniendo en consideracion que era ya confesa, la
pusieron una cama de paja, una luz y algunos alimentos.
Despues que confesaban los reos, fuera voluntariamente, ó fuera por
razon del tormento, comenzaba á tenérseles mas consideraciones,
cualquiera que fuese el resultado que debia tener la causa.
Cuando el inquisidor mayor Don Juan Gutierrez Flores volvió á sentarse
bajo el dosel de la sala de Audiencia, uno de los ministros del Santo
Oficio, le anunció que solicitaban hablarle en lo reservado el Exmo.
Señor licenciado Don Pedro de Vergara Gaviria, y el Corregidor Don
Melchor Perez de Varais.
El inquisidor mayor hizo salir al escribano, y quedando enteramente solo
recibió á aquellos dos señores.
--El asunto que aquí nos trae--dijo el licenciado Vergara, despues de
los saludos de costumbre--es, si no grave para los asuntos temporales de
estos reinos de Su Majestad, sí muy importante para la causa de la Fé,
cuya defensa ha sido encomendada á ese tan sagrado tribunal.
--Perplejo estoy--contestó el inquisidor porque muy grave debe ser ese
negocio, que á V. E. obliga á venir hasta acá, en compañía de mi señor
Corregidor.
--Escuche su señoría, que el lance por lo estraño, es muy digno de ser
conocido. Es el caso que siendo casado Don Melchor Perez de Varais, con
una jóven de estimables dotes, desapareció una mañana de su casa sin que
Don Melchor hubiera podido saber á que atribuir aquella desaparicion.
Dos dias despues la ronda encuentra en las calles, una negrilla con un
traje de caballero, que fué al principio tenida por hombre, y que decia
ser la esposa misma de Don Melchor; él y yo hemos ido al calabozo en que
está la negrilla, y aunque por la figura corporal no hemos podido
reconocerla, por tal esposa de Don Melchor, sin embargo, díjonos cosas
tales de secretos, que solo la dicha señora podia saber, que causando
grande confusion en nuestro ánimo, hemos convenido de concierto, en
veniros á consultar por vuestro conocimiento y práctica, en estos
negocios sobrenaturales, sí creeis que por permision divina, puede el
demonio apoderarse de los secretos de una alma cristiana para
entregarlos á alguno de sus secuaces, ó si por algún hechizo ó
encantamiento provenido de malas artes, puede ser trasformado, de tal
manera el cuerpo de alguna criatura, que desconocido sea aun de los mas
íntimos amigos, y de las personas de mas trato y familiaridad.
--Graves cuestiones son esas que me habeis propuesto, y aunque no se ha
tratado ese caso espresamente por los autores, sin embargo quieroos
decir mi opinion á reserva de estudiar el punto mas detenidamente. En
primer lugar preguntáisme, que si el demonio pudiera dar á alguno de sus
secuaces conocimiento de secretos que parecieran enteramente ocultos.
Debo deciros que conforme á las mas sabias doctrinas recibidas en este
Santo Tribunal, el demonio puede comunicar gran copia de secretos, y
gran vigor á las potencias intelectuales del hombre; así, pues, nos lo
ha enseñado recientemente el eminente Don Francisco de Torreblanca en su
célebre tratado de mágia, y tenemos las pruebas en Roman Ramirez
condenado á la hoguera en Toledo, en el año del Señor de 1600, que
conocia todos los secretos de la medicina por artes diabólicas; y que el
demonio puede enseñar artes y ciencias no solo por internas sujeciones,
sino apareciendo en forma visible y hablando con los hombres, lo enseña
el divino maestro Santo Tomás en la cuestion 96 artículo 1º; y el
demonio puede sin duda alguna volver mas sutíl y mas perfectas las
operaciones del ingenio y del juicio: lo enseña el sabio Rafael de la
Torre en su tratado de vicios contrarios á la religion. Plinio asegura
que Mitridates sabia veinte idiomas, y que Cesar dictaba cuatro cartas á
un mismo tiempo; de la misma manera que los demonios pueden destruir ó
quitar las facultades intelectuales, como aconteció á Mesala Corvino,
orador que perdió repentinamente hasta la memoria de su mismo nombre,
segun dice el mismo Plinio y el gran Damaceno; de manera que en verdad
os digo, Excmo. Sr., que no veria yo grave inconveniente en que el
demonio hubiera comunicado á esa negrilla conocimientos tales, que
pudiera saber cosas que para vosotros fueran enteramente ocultas.
--Pero dígame su señoría--dijo Don Melchor--¿posible habrá sido que por
artes del demonio, se haya mudado el aspecto de mi esposa, hasta quedar
completamente desconocida?
--Ciertamente que no solo tornar á una muger de blanca en negra, seria
cosa fácil para el malo, sino que aun tornarla en bestia y cambiarla el
sexo pudiera hacerlo muy facilmente.
--¿Qué?
--Infinitos ejemplos nos citan los autores de éstas trasformaciones,
Marcelino Donato en su historia de cosas maravillosas, y Ponsan en su
libro de cosas celestiales, hablan de la muger de un pescador que á los
catorce años de casada, se trasformó en hombre, y de otra que habiendo
tenido un hijo se tornó en hombre despues.
Miguel de Montano nos habla de Magdalena Muñoz, monja en la ciudad de
Húbeda, y otros mil ejemplos de esta clase; ahora el diablo puede
tambien hacer aquellas trasformaciones de blanco en negro aun en los
mismos cabellos como lo enseñan Aulo Gelio y otros, de lo cual estoy muy
dispuesto á deciros: que supuesto el prodigio y la maravilla que me
contais, no sabria yo hasta examinar detenidamente á la negrilla, á
quien haceis referencia, si tiene conocimientos de ajenos secretos ó si
ha desfigurado su natural persona para tomar ajena representacion. En
todo caso, negocio es este en el que manifiestamente tiene que estar
mezclado el demonio, que ni por causas naturales, ni con la divina
intervencion, pudo haberse verificado cosa que tanto repugna á la
armonía de los universales efectos, y debeis enviar á esa muger á este
Santo Tribunal.
Edificados salieron Don Melchor Perez de Varais y el licenciado Vergara
con la respuesta del inquisidor, y dispuestos por no gravar su
conciencia á hacer que aquella misma noche trasladasen á Luisa á las
cárceles del Santo Oficio, para dejarla entregada al brazo de su
justicia.
Aquella misma noche al paso que por un lado llegaba Luisa conducida á la
inquisicion por órden del Capitan general, entraba por otro á las mismas
cárceles, Don Cesar á quien se habia perseguido y aprehendido de órden
tambien del Santo Oficio, por complicidad en la causa de Sor Blanca.
La inquisicion tenia un modo de sustanciar los juicios tan enteramente
contrario al de los tiempos modernos, que en vano por lo que vemos
ahora, quisieramos juzgar de lo que pasaba entonces. A los complices de
un mismo delito, se les juzgaba separadamente, de tal manera, que cada
uno de ellos tenia su causa particular; se procedia contra un hombre por
cualquier denuncia, aun cuando esta fuese hecha en un anónimo. El
acusado ni conocia á sus acusadores, ni á los testigos que deponian
contra él, ni tenia la libertad de la defensa, si negaba, la cuestion
del tormento le haria confesar, á no ser que prefiriese morir en la
tortura, porque á pesar de que todos los autores que servian de norma en
sus juicios á los inquisidores, opinaban, que el que resistia la prueba
del tormento sin confesar, debia ser absuelto, no por eso se llevaba
esto á efecto, sino que acumulándose una á otra tortura, llegaba al fin
el momento en que ó la víctima espiraba por la fuerza de los dolores, ó
incapaz ya de resistir, confesaba prefiriendo consumirse en la hoguera á
seguir sosteniendo aquellos bárbaros combates entre el dolor y la
conciencia.
El Tribunal de la inquisicion, llegó hasta el grado de arrojar á los
reos á profundos estanques metidos en un saco, y atados á una gran
piedra, y declarando, que el que se hundia y se ahogaba era culpable.
El mas leve indicio, la menor sospecha, bastaba para prender á un
hombre, y para hacerle atormentar hasta que confesara, y el silencio se
tenia por confesion y era algunas veces el principal motivo para aplicar
la tortura.
El mundo debe al Papa Inocencio III la creacion de este Tribunal en
1216, cuyo primer inquisidor fué Santo Domingo de Guzman, y México en el
año de 1571 recibió del cardenal Espinosa, inquisidor general de España
esa institucion, siendo primer inquisidor Don Pedro Moya de Contreras,
que fué despues Arzobispo de México.
La inquisicion tomaba como modelo de sus juicios, y con arreglo á eso
procedia, del juicio que, segun ellos, formó Dios contra Adan y Eva, y
así lo probaba con mil copias de razones Don Luis de Páramo Boroxense,
Arcediano y canónigo de la santa iglesia de Leon é inquisidor del reino
de Sicilia, cuyo libro gozaba de gran crédito y servia como de texto
para la resolucion de grandes dudas.
Los que niegan que la inquisicion en México quemara multitud de
personas, no tienen sino que ocurrir á los autos de fé que corren
impresos por todas partes. Y se procedia con tanta diligencia, que
habiéndose fundado la inquisicion en México en 1571, en 1574 se celebró
ya el primero y solemne auto de fé, al que se llevaron ochocientos
penitenciados de ambos sexos, quemándose unos en efigie y otros en
cuerpo; unos vivos y otros despues de ajusticiados.
En los límites de una novela no se puede tratar una cuestion de esta
clase; sin embargo, si álguien levantase la voz negando los hechos que
referimos, y defendiendo al Tribunal de la inquisicion, documentos
irreprochables tenemos para confundirles.