V.

Como Luisa conoció que su situacion era desesperada.

Atada llevaron los alguaciles á Luisa, y como ciertamente no creyeron

que fuese una muger, la pusieron en la parte de la cárcel destinada á

los hombres, y la encerraron por calcularla como un loco furioso, en un

calaboso solitario.

Luisa no recordaba sino que habia estado en una pieza oscura y que no

habia comido en mucho tiempo, y despues nada.

En aquella época el diablo era á quien de todo se culpaba, los hechizos

y los encantamientos entraban en todo; y como era caso tan raro en el

que aquella muger se encontraba, juzgose hechizada ó encantada por sus

enemigos.

La historia de aquel nuevo preso referida por los alguaciles á los que

estaban en la cárcel, voló de boca en boca y poco despues todos sabian

que habia allí un negrito que tenia la locura de decirse «la esposa del

corregidor,» y todos los pillos de la cárcel ansiaban por conocerlo y

por reír un rato á su costa dirvirtiendo así el fastidio de la prision.

Luisa tenia hambre, y hasta el medio dia no se abrió la puerta del

calabozo, y dos hombres muy sucios y medio desnudos entraron siguiendo

al carcelero; el uno llevaba un saco grande henchido de trozos de carne

de res cocida, y el otro un canasto de pan.

El carcelero entregó á Luisa una torta y una racion de carne, sin

ceremonia de ninguna especie.

El carcelero y los que le acompañaban se reian maliciosamente, y en la

puerta se apiñaban los otros presos mostrando en sus semblantes la

curiosidad y la burla.

--Tomad, señora correjidora--dijo con marcado sarcasmo el carcelero.

--Oyeme--le dijo Luisa atrayéndolo de una mano--si me consigues que

hable yo siquiera un momento con el Capitan general Don Pedro de

Vergara, y si envias á llamar á Don Melchor Pérez de Varais, prometo

hacerte tan rico como no lo has soñado nunca.

--¿Será muy rica mi señora correjidora?--preguntó el carcelero

sonrriéndose.

--Sí--contestó Luisa--muy rica soy.

--¿Pero muy rica?

--Mucho, mucho--tú lo veras, te daré oro, piedras preciosas, cuanto

quieras, pero envia á llamar de mi parte al Capitan general, y á mi

esposo.

--¿Y vendrán?

--Inmediatamente.

--Bueno, pues ahora mismo voy á llamarles yo.

--¿De veras?

--Ya lo vereis, esperadlos.

El carcelero salió y cerró la puerta. Luisa quedaba muy consolada, pero

sintió helarse su sangre, cuando al través de la puerta oyó que aquel

hombre decia á los que habia allí:

--Este pobre negrito está loco de remate; pero mientras lo tengan aquí

fuerza sera _llevarle el barreno_ para que no se ponga furioso.

A pesar del hambre que la devoraba, Luisa no pudo probar un bocado: se

sentó en un rincon y se puso á llorar de rabia.

La anécdota circuló por la ciudad, y llegó, como era natural, á los

oidos de Don Pedro de Vergara, que gobernaba en nombre de la Audiencia.

Don Melchor creyó que Luisa satisfecha con su venganza, se habia

separado ya de él, segun se lo habia ofrecido, y esperó dos dias; Luisa

no pareció y D. Melchor, de acuerdo con la Audiencia, determinó volverse

á su provincia de Metepec.

Quizo dar su despedida al Capitan general, á quien tanto debia, y se

encaminó á palacio.

Don Pedro de Vergara Gaviria estaba con su secretario en el acuerdo

cuando Don Melchor se presentó.

--Señor Don Melchor--dijo alegremente Don Pedro--cuánto me alegra el

veros por aquí, que hace poco que de vos nos ocupábamos.

--Venia á despedirme y á tomar órdenes de V. E., que pienso salir

mañana, Dios mediante, para la provincia de Metepec.

--Cuánto me alegro--contestó Vergara--y supongo que no llevareis con vos

á vuestra esposa.

Vergara hacia referencia á la anécdota del negro, que suponia al alcance

de Don Melchor; pero éste preocupado con la desaparicion, supuso que

estaba en conocimiento del Capitan general aquel lance, y le turbó de

manera que apenas pudo contestar.

--No......... no señor, me voy solo.........

--Pues es lástima, porque os ha pasado en esto, el lance mas divertido

de que haya memoria: supongo que conocereis todos los detalles del

asunto.

--No......... no señor......... contestó Don Melchor sudando de congoja.

--¡Oh, pues sentaos, que esta historia por curiosa merece que la sepais

de la cruz á la fecha, porque es la de moda en México. Figuraos que

vuestra pretendida esposa--y Don Pedro reía.

--¡Jesús!--pensó Don Melchor--ya averiguaron que Luisa no es mi muger

legítima.

--Pues figuraos--continuó Vergara, dejando de reír--que como os iba

diciendo, vuestra pretendida esposa, que dice llamarse Luisa, tambien es

en este momento la diversion de todos los presos.

--¡Está en la cárcel pública!--esclamó espantado Don Melchor.

--Sí, en la cárcel de los hombres.

--¡De los hombres!--dijo mas asombrado el Corregidor.

--¿Pues en dónde, si ha resultado que es un hombre?

--¡Ave María Santísima!--dijo Don Melchor levantándose, y luego

pensó--¿es un hombre? El demonio anda en esto.

--Sentaos, sentaos, razon teneis para semejante espanto; pero yo creía

que ya lo sabriais todo.

--Nada absolutamente, nada.

--El señor secretario os lo referirá, que aunque yo oí la relacion por

curiosa, me place volver á escucharla, y si quereis luego iremos á la

cárcel á ver á vuestra esposa.........

Y al decir esto el licenciado Vergara reía con todas sus ganas, y Don

Melchor comenzaba á sentirse amostazado.

El secretario tosió, se acomodó bien en su sitial y comenzó á contar al

asombrado Don Melchor cuanto sabia de la historia del negrito que se

decia esposa del Correjidor de México, y Alcalde mayor de la provincia

de Metepec.

Crecia el espanto de Don Melchor al par que la risa de Don Pedro y del

secretario, y lo que para ellos era solo una locura graciosa, para el

Correjidor era una cosa misteriosa é incomprensible, que coincidia con

la desaparicion de Luisa.

El secretario terminó su relacion y Don Melchor quedó pensativo.

--¿Qué os parece?--preguntó el licenciado Vergara.

--Estraño lance--respondió distraido Don Melchor--estraño

lance..........

--Vamos, veo que os preocupa esa tontera.

--No puedo negarlo: hay en todo esto algo de misterioso que yo no puedo

comprender.

--Iremos, si gustais, á la cárcel para ver de cerca á ese negrito.

--Tendria en ello mucho placer, quizá se disiparia esta nube que

envuelve mi pensamiento.

--Pues vamos, seguidme.

El licenciado Vergara se levantó, y seguido del secretario y de Don

Melchor se dirijió á la cárcel que se habia formado en las casas de

cabildo, porque el incendio del dia del tumulto habia destruido la que

estaba en el palacio de los vireyes.

Don Melchor y el licenciado Vergara, llegaron hasta la puerta de la

prision: entonces Don Melchor pensó que tal vez iba á pasar alguna

escena ridícula, que iba él también á servir de diversion á los

carceleros y á los presos y se detuvo.

--Sabe V. E.--dijo al licenciado Vergara--que no creo conveniente

entrar.

--¿Por qué?

--He pensado que quizá algo vaya á pasar y sea yo tambien la fábula de

la ciudad.

--¿Pero qué pudiera ser eso?

--Cualquier lance ridículo. Si V. E. me lo permite prefiero esperar aquí

á que vuelva.

--Como gusteis, pero no veo inconveniente.........

--Esperaré á V. E.

Don Melchor quedó en la puerta, y el licenciado Vergara penetró en las

prisiones.

En medio del silencio mas profundo y respetuoso de los presos, el

Capitan General llegó hasta el calabozo que ocupaba Luisa y que le fué

abierto con mil ceremonias.

Quizá á la luz del dia, sin prevencion, y con los conocimientos de estos

tiempos, Vergara y cualquiera tal vez, hubieran conocido que el color de

Luisa, no era el de un negro, y que aquel color no podia ser natural.

Pero en la penumbra del calabozo, y ya preocupados con la historia del

alcalde y de los alguaciles, todo el mundo se empeñaba en que Luisa era

un negro y se habrian incomodado si se les hubiese querido convencer de

lo contrario.

Ahora tambien, pero mas entonces, era mas fácil convencer al pueblo de

que existia un hecho milagroso, que sacarle de un error, y preferian

buscar la esplicacion de una cosa mejor en lo maravilloso que en las

causas naturales.

Luisa conoció inmediatamente á Don Pedro de Vergara y se arrojó á sus

pies.

--Señor, señor, amparadme, defendedme; me pasa una cosa espantosa, de la

que no hay ejemplo.

--Álzate hijo mió--dijo con venevolencia el licenciado Vergara--¿qué

quieres? ¿qué te pasa?

--Señor, ¿no me reconoceis? yo soy Luisa, Luisa la esposa de Don Melchor

Perez de Varais..........

--Pero hombre como puedes tu ser la esposa de Don Melchor.

--Señor, soy muger, no sé lo que me ha pasado pero soy Luisa, señor.

--¿Tú eres muger?--dijo sonriéndose el licenciado Vergara.

--Os lo juro señor--contestó con desesperacion Luisa.

El licenciado seguia sonriendo.

--Mirad--dijo ella de repente y en un rato de desesperacion abriendo su

ropilla y mostrando al licenciado su seno desnudo ¿dudais aún?

--No en verdad--contestó Vergara, comenzando á vacilar entonces.

--Pues bien, señor, soy Luisa; os daré señas mas exactas, que solo

siendo quien soy puedo saber; ¿recordais nuestras reuniones en el

aposento en que estaba retraido Don Melchor? ¿recordais que os dijo una

noche el señor Arzobispo que era yo una de las mugeres fuertes de la

Biblia, la noche que entré á hablar á solas con él? ¿lo recordais señor?

--Sí--dijo el licenciado Vergara espantado de aquellas reminicencias.

--¿Os acordais señor, tambien, que allí acordamos el modo de promover el

tumulto, y la excomunion del virey, y la presencia de Su Ilustrísima en

la audiencia?

--Sí, sí, ¿pero cómo sabeis vos eso?

--Porque yo soy Luisa, porque allí estaba yo siempre.

--Pero entonces ese cambio de color y de cara ¿cómo me lo esplicais?

--No lo sé, no puedo esplicarlo, se pierde mi razon, recuerdo solo que

me metieron á un aposento oscuro, allí estuve sin comer, dormí y al

despertar estaba yo ya como me veis.

El licenciado quedó pensativo y de repente dijo.

--Que llamen á Don Melchor Perez de Varais que estar debe á la puerta, y

que se le diga que es aquí de suma importancia su presencia.

--¡Ah!--esclamó Luisa, Don Melchor está ahí, que venga, él me conocerá,

yo os lo aseguro.........

--Esperad un poco--dijo el licenciado.

--¿Os vais?--preguntó Luisa tristemente.

--No, afuera esperaré.

Vergara salió á esperar á Don Melchor y Luisa quedó encerrada en el

calabozo.

--¿Qué manda V. E.?--dijo llegando el Corregidor.

--Os he enviado á llamar porque ese que dicen ser negro es una negra, y

no sé qué pensar acerca de ella segun me ha hablado. Tales cosas me

refiere y tales noticias secretas, que fuerza será que esa muger tenga

pacto con el demonio, sino fuera la misma Luisa, pero yo estoy seguro de

que no es ella porque la conocí bien en los dias que estuvisteis en

Santo Domingo.

--¿Y qué dispone V. E.?

--Entrad solo con ella y que os hable, que secretos tales podrá deciros,

que os convenza y vos me direis lo que as parece, que quizá solo vos

podais hallar el hilo de este ovillo.

Don Melchor entró solo al calabozo y la puerta volvió á cerrarse; el

licenciado Vergara quedó afuera esperando con impaciencia el resultado.

Trascurrió así largo tiempo, y comenzaba ya Vergara á impacientarse,

cuando Don Melchor salió del calabozo estraordinariamente pálido y

espantado.

--¿Qué hay?--preguntó Don Pedro.

--Dispénseme á solas una palabra V. E.

Se apartaron los dos de los que les rodeaban, y Don Melchor dijo

conmovido.

--Señor, si Dios no me ayuda creo que voy á volverme loco. Creo que esta

muger no es Luisa, y sin embargo me ha recordado cosas tan secretas de

mi vida íntima, que ella sola podria saber. ¿Dígame V. E. puede una

persona tener pacto con un demonio que le rebele secretos tan ignorados?

--Evidentemente, ¿pero estais seguro de que no es Luisa?

--Sí señor, y aun que algunas veces creía yo reconocer sus facciones, su

voz, sus maneras, todo, todo, temblaba al considerar que pueden estas

ser tambien artes y amaños del demonio.

--Puede ser así.

--Entonces, señor, ¿qué hacemos?

--Pues lo mas prudente me parece irnos de aquí á consultar directamente

con el señor inquisidor mayor, para descargo de nuestra conciencia y

mejor servicio de Dios.

--Tiene razon V. E.

--Pues vamos.

Y los dos se dirijieron á la inquisicion, y el calabozo volvió á

cerrarse á pesar de los gritos de Luisa que se oian en toda la prision.

Monja y casada, vírgen y mártir · 第 81 / 161 题