De como Luisa sufrió una gran desgracia.
En uno de los aposentos de la casa de Arellano se encontraban reunidos
el viejo Don José de Abalabide, Don Pedro de Mejía, y Don Cárlos de
Arellano.
En las facciones del anciano Don José podia advertirse una agitacion
febril, volvia con impaciencia las hojas de un grueso libro forrado en
pergamino que tenia colocado en una mesa delante de sí; á su lado á
pocos pasos en una gran retorta de cristal, colocada dentro de una
vasija de agua, que hervia al fuego lento de un brasero, habia un
líquido negro, pero trasparente y que daba, de cuando en cuando, herido
por los rayos de luz que penetraban por una gran ventana, destellos
rojos ó dorados. Don Pedro y Don Cárlos le contemplaban casi con
respeto.
--Este secreto es un tesoro--esclamó por fin el viejo.--La receta es
infalible, y solo una inspiracion pudo habérmela hecho encontrar.
--De manera--dijo Don Cárlos--que vos la juzgais infalible.
--Y tanto como juzgais vos, que habrá luz siempre que haya sol.
--Pues entonces--dijo Don Pedro--estando todo dispuesto, ¿hay sino
aplicarlo? ¿En qué nos detenemos?
--Creo que nada debe detenernos--dijo el viejo.--¿En dónde está Luisa?
--Allá abajo--contestó Don Cárlos--desde ayer en la mañana esta ahí.
--¿Duerme ya?--preguntó el viejo.
--Profundamente--contestó Don Cárlos--no supo ni adonde habia entrado,
ni quien la habia metido allí; encerrada todo el dia en un aposento
oscuro, se negó tenazmente á tomar alimento, hasta que hoy en la mañana
vencida por la sed, ha bebido un vaso de agua, en el que yo habia
mezclado de antemano el licor que vos me habiais dado; pocos momentos
despues se recostó en el suelo y se durmió profundamente.
--Muy bien--contestó Abalabide--ese sueño, segun la cantidad, que os
dije que mezclárais en el agua, debe durar veinticuatro horas, tiempo
mas que suficiente para terminar nuestra operacion que debe hacerse en
esta misma sala; de manera que creo que debemos comenzar.
--¿Me permitireis que esperemos á Don Alonso de Rivera, á quien he
prometido que presenciaria esta ejecucion?--dijo Don Pedro.
--¿Tardará mucho?--preguntó Don Cárlos.
--Allí está--contestó Mejía.
La puerta se abrió y Don Alonso de Rivera entró al aposento.
--Ahora sí, cuando gusteis--dijo Mejía.
--Pues vamos agregó Arellano--Don Pedro y yo, iremos á traer á Luisa,
Don Alonso, nos hará favor de quitar todo lo que hay sobre aquella gran
mesa, para que allí se verifique la operacion, y entretanto Don José
preparará lo necesario.
Mejía y Arellano salieron y Don Alonso comenzó á quitar de encima de una
gran mesa, que estaba en la mitad del aposento, todo cuanto habia en
ella.
Abalabide aunque con suma dificultad se paró, sacó la retorta que
contenia el líquido negro de la vasija de agua, la acercó á la mesa y
trajo en seguida una gran palangana de plata y dos gruesas brochas como
las que sirven á los pintores, sacó despues una gran cantidad de lienzos
blancos, y los colocó tambien al pié de la mesa.
Don Pedro y Arellano volvieron conduciendo á Luisa, y la colocaron
encima de la mesa sin que ella hubiese hecho el menor movimiento.
Luisa estaba en un estado de insensibilidad tan completo, que á no haber
sido por su respiracion tranquila, y por el calor y la flexibilidad de
sus miembros, se hubiera creido que era un cadáver.
Los cuatro hombres rodearon la mesa.
--Es preciso desnudarla--dijo Don José.
Todos sin hablar una palabra comenzaron á desnudar á Luisa, y muy pronto
quedó terminada la operacion.
--Ahora--dijo Don José tomando unas grandes tijeras--despeinadla.
Don Cárlos de Arellano deshizo el sencillo tocado de Luisa, y los negros
cabellos de ésta quedaron flotando á un lado de la mesa. Don José cortó
aquella hermosa mata de pelo de un solo tijeretazo, y despues siguió
recortando hasta dejar aquella cabeza como la de un lego de convento.
--Ya está esto--dijo el viejo--vamos á la otra operacion: cada uno de
vosotros, Don Pedro y Don Cárlos tomareis una de estas brochas que
empapareis en el líquido, que voy á verter en esa palangana, y untareis
todo el cuerpo de esa muger. Don Alonso nos hará favor de ir
envolviendo con esos lienzos conforme se vaya untando el cuerpo. Cuidado
señores con que os caiga una sola gota, porque esa mancha Dios solo es
capaz de borrarla.
Don José vertió cuidadosamente el líquido que habia en la retorta, y
Mejía y Arellano tomaron cada uno su brocha. Luisa seguia profundamente
dormida.
--Vamos en nombre de Dios--dijo Don José.
Las dos brochas se empaparon en el líquido y comenzaron á recorrer el
cuerpo de Luisa.
--Hermosa muger--dijo Don Cárlos.
Don José volvió á mirarla, y sus ojos parecian de fuego. Don Cárlos se
calló y continuó la operacion.
No parecia sino que se trataba de barnisar una estátua, segun el cuidado
y la delicadeza con que trabajaban aquellos dos hombres.
Los torneados miembros de Luisa tomaban el color negro y brillante del
ébano, el líquido se secaba inmediatamente, y Don Alonso iba envolviendo
en los lienzos, que le habia dado Don José, todas las partes del cuerpo.
Llegó por fin la pintura al rostro y á la cabeza y entonces se observó
que el pelo se retorcia y se encrespaba, y que la nariz se recojia un
poco, dilatándose mas sus poros. Don Alonso cubrió la cabeza y Mejía y
Arellano dejaron las brochas.
--Os advertí--dijo Abalabide á Don Pedro--que cuidárais mucho en no
mancharos, y la brocha seguramente os ha salpicado, porque teneis tres
lunares nuevos en la frente.
Don Pedro se acercó á un espejo y se miró en efecto tres manchas de
aquella tinta encima de la ceja izquierda, sacó su pañuelo y procuró
limpiarse.
--Es inútil cualquiera diligencia, vuestro cadáver llevará todavía esas
tres manchas--dijo Don José.
Media hora despues Abalabide dijo á los demas.
--Es necesario volver á vestir á esa muger.
Se acercaron á la mesa, y separando los lienzos volvieron á ver á Luisa.
Era imposible figurarse un cambio mas completo; no solo su color habia
variado, sino que tenia todo el aspecto de una negra: su pelo pequeño,
crespo y duro, sus labios hinchados y salientes, su nariz gruesa y
achatada, todo le daba un aspecto estraño.
--¡Negra!--dijo Arellano.
--Y para siempre--contestó Abalabide--vestidla.
Sin replicar volvieron todos á vestir á Luisa.
--¡Horrible castigo!--esclamó Don Alonso.
--Y que nunca sabrá ella de dónde le ha venido--contestó Don Pedro.
Luisa estaba completamente vestida.
--Llevadla--dijo Don José--y cuidad Don Cárlos de ponerla en la calle,
tan pronto como sea de noche, procurando conducirla lo mas lejos que sea
posible.
--Me parece bien--contestó Don Cárlos--ahora que vaya á acabar de dormir
por allá abajo.........
* * * * *
* * * * *
A la mañana siguiente una ronda que venia ya de retirada percibió con la
escasa claridad de la aurora á un hombre acostado en una de las aceras
de palacio.
--¿A ver quién es ese?--dijo el alcalde.
Uno de los alguaciles se bajó á examinarle.
--Es un negrito que duerme--contestó.
--Pues muévele--dijo el alcalde--no vaya á ser que esté muerto.
El alguacil movió á aquel hombre que volvió en sí, como atarantado de un
sueño penoso y largo.
--¿Qué sucede?--le dijo el alcalde--¿qué haces aquí?
--Pues no sé--contestó levantándose.
--¿Cómo te llamas?
--Luisa--contestó instintivamente--soy la muger del corregidor Don
Melchor Perez de Varais.
Una alegre carcajada del alcalde y de los alguaciles fué la única
respuesta.
--Vamos--dijo el alcalde--ó éste negro está loco, ó quiere burlarse de
nosotros, le llevaremos á que vuelva en sí á la cárcel, no vayan á decir
que no hemos hecho nada en toda la noche.
Luisa creía volverse loca al mirarse tratada así.
De repente miró sus manos y lanzó un grito de espanto.
Estaba negra, completamente negra, se descubrió un brazo. se tentó la
cabeza, y no habia duda, alguna cosa horrible la habia pasado; ó estaba
soñando ó se habia vuelto loca.
El alcaide que nada comprendia se volvió á los alguaciles y les dijo.
--Lo dicho, este negrillo está loco y furioso á lo que parece,
aseguradle antes de que vaya á correr.
El alcalde no hablaba con sordos, ni los alguaciles habian echado en
olvido su oficio, y antes que Luisa comprendiera lo que iba á pasar, ya
tenia los brazos fuertemente atados por detrás, ó como se decia en el
lenguaje de los corchetes, «codo con codo» y caminaba á empujones para
la cárcel de cíudad.