De lo ocurrido en la ciudad despues del motin.
Gran parte de la noche, del dia en que aconteció el motin, siguió
ardiendo el palacio y se enviaron allí algunos hombres para cortar el
fuego que se habia apoderado, de lo que él llamaba las cajas reales.
El saqueo y la destruccion habian sido completos; en las habitaciones
del virey nada se respetó, y apellidando «religion, y muera el hereje»
los sublevados no dejaron de robarse ni los vasos sagrados, ni los
ornamentos de la capilla.
El marqués de Gelves se refugió con Don Cesar en el convento de San
Francisco, pero el licenciado Don Pedro de Vergara hizo rodear todo el
convento de tropa para impedir que el fugitivo tuviese comunicacion con
algunas personas.
Luisa se retiró con Don Melchor en cuanto hubo cerrado la noche, y les
llegó la noticia de que el pueblo habia allanado palacio y que el virey
se habia retraido á San Francisco.
Luisa ignoraba aún lo que habia acontecido al Ahuizote, y estrañaba que
no hubiera cumplido con sus prevenciones, segun las cuales, si el
tumulto tenia el éxito que se aguardaba, el Ahuizote debia conducir á la
plebe á la casa de Don Pedro de Mejía, incendiarla y buscar á éste para
matarle.
A cada momento Luisa esperaba saber que estaban ya los sediciosos en la
casa de Don Pedro, porque se sabia que ya habian atacado varias, y entre
ellas la de Cristóbal de Osorio el secretario, pero pasó la noche y nada
hubo.
A la mañana siguiente el tumulto habia cesado, pero la alarma era
espantosa en la ciudad, á cada momento habia carreras en las calles, y
portazos y gritos porque circulaban mil noticias á cual mas alarmantes,
ya de que los indios de Santiago venian en son de guerra contra la
ciudad, ya de que los negros bozales bajaban de los montes sobre México.
Luisa vistió muy temprano su traje de hombre, y seguida de cuatro
lacayos, se dirijió á palacio á procurarse noticias del Ahuizote, y
saber porque no habia cumplido con sus órdenes.
Multitud de curiosos invadian la plaza y todo el lugar del combate, y
aun no habia cuidado nadie de hacer levantar los cadáveres que yacian
tirados en las escaleras, en los corredores, y en los mismos aposentos,
entre su misma, sangre; algunos conservaban sus ropas y otros habian
sido desnudados.
Las gentes formaban círculos en derredor de estos cadáveres procurando
averiguar sus nombres si no les conocian, ó comunicándoselos en caso de
saberlos.
Luisa pensó.
--Puede que haya muerto, y comenzó á rejistrar los cadáveres.
Se retiraba ya segura de que no estaba entre ellos el Ahuizote, cuando
oyó decir que en la misma cámara del virey habia otro muerto, y hácia
allá se dirijió.
Una multitud de curiosos rodeaba el desnudo cuerpo de un hombre que
tenia la garganta atravesada por una terrible estocada.
No hizo mas que verle Luisa y le reconoció; pero aquella alma de fiera,
no tuvo ni un dolor, ni un suspiro para el hombre que habia muerto
sirviéndola. Se tapó con disgusto las narices y se retiró diciendo en su
interior:
--¿De quién me valdré ahora?
Al salir de palacio atravesaba el Arzobispo llevado en una silla de
manos, y seguido de muchos clérigos y pueblo que le victoreaban; conoció
á Luisa, y con esa espancion que sienten todos los hombres despues de un
triunfo, la hizo una seña para que se acercase.
--Completo ha sido el triunfo--dijo el prelado.
--Sí señor, completo--contestó Luisa.
--Y con pocas pérdidas.
--Sí señor, aunque yo he tenido una muy grave.
--¿Cuál?
--¿Recuerda Su Ilustrísima aquel hombre de confianza de que le hablé que
le llamaban el Ahuizote?
--Sí que le recuerdo.
--Pues ha muerto.
--Murió, (R. I. P.) ¿y en dónde?
--En la cámara misma del virey, atravesado de una estocada que quizá, el
de Gelves mismo le haya dado.
--Es muy posible; pero ahora es necesario hacer por ese hombre cuanto
sea dable, voy á dar órden de que se le hagan unas honras suntuosas y un
entierro régio; ya vereis si soy agradecido. Dad órden á vuestros
criados de que recojan el cuerpo y le pongan en una caja y le lleven á
depositar á la capilla del Arzobispado: ya vereis señora, ya vereis.
Adios, no se os olvide, y decid á vuestro esposo que le espero esta
tarde para hablar de negocios que importan á la salud del reino.
El prelado sonó la caja de la silla con la mano, y los lacayos que la
llevaban echaron á andar.
Luisa dió órden á sus criados de recojer el cuerpo del Ahuizote, y como
era dia claro y no temia ya el andar sola, quizo por, sí misma ver cuál
habia sido el destrozo en la ciudad.
--Quién podría sustituir al Ahuizote--pensaba, y caminaba tan distraida
que no advirtió en una de las calles solitarias que atravesaba, que una
puerta se entreabria y que una cabeza medio oculta tras ella la
observaba.
Luisa seguia caminando pero al llegar frente á la puerta, ésta se abrió
de repente, dos manos asieron á Luisa del brazo y la atrajeron hacia
adentro, y antes que ella hubiese tenido tiempo de dar un solo grito se
encontró ya en un aposento completamente oscuro, porque la puerta de la
calle habia vuelto á cerrarse.
Todo esto se habia verificado con tanta rapidez, que nadie podria
haberlo observado en la calle aun cuando no hubiera estado
desierta.............
* * * * *
El virey habia seguido retraido en San Francisco, y sin embargo
comenzaba á efectuarse una reaccion en todos los ánimos, y, ó bien por
el temor de lo que podia venir de España, ó bien porque todo el mundo
temblaba por el giro que podian tornar las cosas; lo cierto es, que el
comercio y todas las principales personas trabajaban porque el virey
volviese á gobernar.
El primer dia ninguna de las personas que acompañó al de Gelves, se
atrevió á salir del convento de San Francisco; pero al siguiente
comenzaron á animarse mas.
Los frailes de San Francisco para dar una prueba pública del disgusto
con que habian visto el tumulto del dia 15, castigaron á los hermanos de
la Tercer Orden, que como hemos visto, marchaban á la cabeza de la
columna de los sublevados, que mandaba el licenciado Vergara, y les
quitaron el uso del hábito. Nadie murmuró de esta medida, y los
partidarios del virey comenzaron á alentarse.
El convento de San Francisco continuaba rodeado de centinelas, pero que
no impedian á los amigos del de Gelves la entrada ni la salida.
Don Cesar se habia retraido tambien con el virey, pero la impaciencia le
devoraba, y cuanto antes queria salir en busca de Blanca.
Como no habia podido separarse del de Gelves, ni hablar con Martin, ni
volver á ver á Teodoro, ignoraba completamente lo acontecido con Blanca,
y la creía, si no con mucha comodidad, sí al menos muy tranquila en la
casa de Garatuza.
Despues de meditar mucho, se decidió por fin una noche á salir del
convento, procuró disfrazarse lo mejor que pudo, y envuelto en una larga
capa y con un gran sombrero, salió á la calle atravesando la línea de
los centinelas, sin que nadie, al parecer, le hubiera notado.
Cerca estaba del monasterio de San Francisco la casa que habia servido
de habitacion á Doña Blanca; de manera que podia decirse que los que
vigilaban el monasterio cuidaban tambien de aquella casa.
Don Cesar se dirijió á la puerta, la encontró cerrada y sobre ella vió,
con el mayor espanto, los sellos del Tribunal de la Fé.
En aquel momento no supo ni qué hacer; buscar á Teodoro ó á Garatuza que
debian estar entre los sublevados, era entregarse él mismo en poder del
enemigo; preguntar á los vecinos era hacerse sospechoso; volverse al
convento en aquella incertidumbre, era para él peor que caer en manos de
sus enemigos: inclinó la cabeza y quedó pensativo.
Poco á poco, y sin que él lo sintiera, un grupo de embozados habia
llegado hasta cerca de él y le habia rodeado. Uno de ellos sacó de
debajo de la capa una linterna sorda, que al abrirse bañó con su luz el
rostro de Don Cesar.
El jóven dió un paso atrás y llevó la mano á su espada, creyendo
habérselas con una ronda de los sublevados; pero el hombre del farol sin
hacer uso de sus armas, le dijo gravemente, y tomándole de la mano.
--En nombre del Santo Oficio, Don Cesar de Villaclara, daos á prision.
--¿Yo?--preguntó Don Cesar espantado--¿Y por qué?
--Allá lo sabreis; entregadnos vuestras armas.
Don Cesar no pensó siquiera en resistir: entregó humildemente su espada,
y siguió al comisario rodeado de los familiares. Pensaba en el camino
que quizá podria encontrar á Blanca en las cárceles del Santo Oficio,
servirla de algo, hablarla, verla siquiera; y distraido en estos
pensamientos no volvió en sí hasta que oyó el ruido que hacian al
abrirse las puertas de las cárceles de la inquisicion.