II.

Cuestion de Tormento.

Por un corredor sombrío y angosto fué conducida Sor Blanca por seis

carceleros, hasta llegar á un aposento grande y cuadrado, que tenia de

la bóveda suspendidos algunos mecheros que derramaban una rojiza é

incierta claridad sobre las negras paredes sobre la estraña multitud de

estraños objetos que habia allí, hacinados por todas partes, y sobre la

figura sombría de dos hombres que estaban sentados silenciosamente en un

banco. No seria posible describir con exactitud aquel antro de la

crueldad humana.

Una atmósfera pesada, fria y húmeda se respiraba en aquella especie de

caja formada de rocas, y de donde el mas agudo gemido de una víctima no

podria ser escuchado.

Por todo el aposento se veian instrumentos horribles de tortura; ruedas,

garruchas, sogas, tenazas, braseros, pero todo tan amenazador, tan

sombrío, que se presentiria para todo lo que aquello servia aunque no se

supiera.

Doña Blanca fué introducida al cuarto del tormento por sus guardas que

la sentaron en un banco.

Los otros dos hombres que allí habia, no se movieron siquiera.

Así trascurrió una media hora, hasta que en el pasillo que conducia á la

sala de Audiencia se oyeron pasos.

Los familiares se pusieron de pié y entraron á la sala del tormento el

inquisidor y el escribano que llevaban consigo su respectivo tintero y

la causa de Doña Blanca.

En el fondo de la sala habia un dosel rojo, con un Cristo debajo en una

plataforma, un sitial para el inquisidor, y mas abajo la mesa y el

sitial para el escribano, de tal manera, que el inquisidor, lo mismo que

el escribano, tenian el rostro vuelto hácia á la víctima, quedando uno

mas elevado que el otro.

Por la misma puerta que habia dado entrada al inquisidor, penetró

despues en la sala el fraile que entonces hacia de confesor de los reos,

que era, por decirlo así, como el jefe de los demas frailes ó clérigos

que acompañaban al suplicio á todos los criminales, y cuya verdadera

mision era atormentar moralmente, y aterrorizar á los desgraciados que

caian en poder del Santo Oficio.

--Acercad á esa muger--dijo el inquisidor, cuando hubo tomado asiento.

Los familiares condujeron á Doña Blanca cerca del juez.

--Mira lo que vas á padecer--le gritaba el confesor que se llamaba Fray

Diego--tus carnes se abrirán, tu sangre goteará y correrá, tus músculos

se harán pedazos, y sentirás todos los tormentos del infierno en esta

vida y en la otra; confiesa desgraciada.........

--Acercaos, y decid ¿continuais sosteniendo lo que habeis dicho, é

insistiendo en vuestra negativa?--Preguntó el inquisidor.

--Señor, por Dios--contesto Blanca--no tengo otra cosa que

decir.........

--Basta, comenzad--dijo el inquisidor.

Todos los familiares rodearon á Doña Blanca y el confesor se apartó un

poco.

Doña Blanca no comprendia por donde iba á comenzar el tormento, pero

temblaba de tal manera que se sostenia en pié, merced al apoyo de los

carceleros.

Con una velocidad increible, y como acostumbrados á esa clase de

operaciones, comenzaron entre todos á desnudar á Blanca: el pudor de la

muger, la indignacion de la vírgen, el orgullo de la señora de alto

rango, todo se sublevó en el corazon de Doña Blanca, cuando comprendió

que se trataba de dejarla enteramente desnuda á presencia de tantas

personas, y de profanarla de aquella manera.

--¡Oh!--esclamó--eso sí que no lo conseguireis nunca, desnudarme,

monstruos; eso no, martirizadme, matadme, pero no me desnudeis ó ¡no!

¡no! ¡eso no! yo no quiero que me descubran, que me desnuden, ¡matadme

mejor! ¡matadme!

Y la desgraciada hacia esfuerzos inútiles, porque casi sin dificultad

iban cayendo una tras otras las piezas que componian su traje y á cada

una de ellas el escribano repetia:

--_Se le amonesta que diga la verdad si no quiere verse en tan gran

trabajo._

Solo quedaba la camisa á aquella pobre muger, y en entonces acudió á la

súplica.

--Señor inquisidor, por Dios que me dejen siquiera esto, por Dios,

señor, por su Madre Santísima, que no me desnuden enteramente señor,

señor; es una vergüenza tan grande, ¡ay! que me la quitan, ¡ay! ¡ay!

señor, señor, señor, por Dios, ¡ay!....

Y lanzó un agudo grito porque los carceleros habian arrancado el último

cendal de su cuerpo y se encontraba enteramente desnuda en medio de

tantos hombres.

Tal vez ni un pensamiento impuro cruzó por la cabeza de aquellos hombres

al contemplar á Blanca, porque estaban muy acostumbrados á esas escenas,

y porque hay cierta especie de lascivia en la crueldad que ahoga todos

los demas sentimientos.

--El ordinario--dijo el inquisidor--y los familiares tomaron á Blanca

que estaba casi desmayada de la vergüenza y en peso la llevaron hasta

uno de los aparatos del tormento.

Era una gran mesa en donde la acostaron, y en los brazos y en las

piernas le pasaron unas sogas, que apretaban conforme daban vuelta á una

de cuatro ruedas que habia á los lados de la mesa, y que correspondian á

cada uno de los brazos ó de las piernas.

En un instante quedó Doña Blanca enteramente sujeta: entonces le parecia

que soñaba, veia á aquellos hombres tocarla por todas partes con sus

toscas manos, sin respeto, sin decencia, sin miramiento alguno, y no

sentia ya ni encenderse su rostro por el rubor: habia casi perdido la

sensibilidad del alma.

El escribano no cesaba de repetir:

--_Se le amonesta á que diga la verdad si no se quiere ver en tan gran

trabajo._

Pero ella no escuchaba nada.

Todos rodearon aquella mesa en donde estaba tendida Blanca, mirando para

todas partes con ojos, no ya de asombro, sino de estupidez.

El inquisidor hizo una seña, llamó á los atormentadores, dió la primera

vuelta á una de las ruedas, y Blanca como volviendo repentinamente en sí

se estremeció y lanzo un grito de dolor.

--Se le amonesta que diga la verdad si no quiere verse en tan duro

trance--dijo impasiblemente el escribano.

Blanca no contestó, estaba espantosamente pálida, volvió los ojos á

donde estaba el inquisidor y dos lágrimas como dos diamantes rodaron de

sus ojos.

El segundo verdugo dió una vuelta á la rueda del brazo izquierdo.

--¡Jesus me acompañe!--esclamó la desgraciada arrojando la voz como de

lo mas hondo de su pecho.

--Se le amonesta que diga la verdad--volvió á repetir el escribano, y

esperó la respuesta.

Los inquisidores no daban un tormento agudo; pero pasagero, se

prolongaba el dolor, se hacia lento, se iba aumentando en intensidad, y

todo para hacerlo mas cruel para conseguir una confesion.

Blanca seguia llorando.

La rueda de la pierna derecha dió una vuelta.

--¡Dios mio! ¡Dios mio! qué dolor tan horrible--decia Blanca.

Pasó un momento y la rueda de la pierna izquierda dió tambien la vuelta.

--¡Madre mia! ¡madre mía!--gritaba Blanca--aquellos cuatro dolores

intensos, horrorosos, hacian temblar sus carnes y comenzaban á agitar su

respiracion.

La rueda del brazo derecho jiró por segunda vez, y entonces la jóven no

pudo contenerse.

--Señor, señores, por Dios, ¡ay! ¡ay! que me rompen los brazos: por

Dios, ¿qué he hecho yo? ténganme compasion ¡ay!

Y sus lágrimas corrian sin cesar.

--Se le amonesta que diga la verdad.

--Pero si ya dije, ya dije, por Dios, por su Madre Santísima--¡ay!

¡ay!--en este momento daba la segunda vuelta la rueda del brazo

izquierdo--me rompen los brazos--gritaba la infeliz--por Dios, déjenme

porque la he dicho la verdad, lo juro--lo juro.

--Se le amonesta á decir la verdad..........

--Pero si ya lo he dicho todo.

La rueda de la pierna derecha jiró segunda vez.

Y jiró tambien la de la izquierda.

Imposible fuera describir la agonia de aquella desgraciada criatura, sus

lágrimas, sus gritos, sus sollozos, sus ruegos y sus lamentos.

Cuando las ruedas acabaron de dar la tercera vuelta, habia trascurrido

media hora de tormento, y Blanca no era ya la jóven hermosa y cándida

que hemos conocido.

Sus ojos estraviados parecian quererse saltar de sus órbitas; rodeados

sus párpados de un círculo morado y azul daban á su rostro

espantosamente pálido un aspecto que horrorizaba; con los labios y la

lengua enteramente secos, con una crispatura repugnante en la boca que

hacia dejar descubiertos sus dientes blanquísimos, con la frente

inundada de un sudor frio y viscoso que hacia pegarse allí sus

cabellos--Blanca que era una hermosura, en aquel momento causaba

espanto.

Su pecho se agitaba como un fuelle, arrojando un aliento pequeño y entre

cortado.

Y nada habia declarado.

Pero tambien ¿qué habia de decir?

Habia quedado ya como desmayada, no gritaba, no se estremecia, no se

quejaba; apenas unos gemidos débiles se escapaban de cuando en cuando

entre su jadeante respiracion.

--Se ha desmayado--dijo el escribano.

--Tal vez sea una astucia, de las que acostumbran tan comunmente los

reos--contestó el inquisidor--Que se dé otra vuelta entera para probar.

Doña Blanca habia cerrado un instante los ojos como vencida por el

sufrimiento.

A la voz del inquisidor las cuatro ruedas giraron simultáneamente.

Los huesos de Blanca produjeron una especie de crujido siniestro. La

jóven como un cadáver galvanisado, se estremeció hasta en sus cabellos,

abrió los ojos estraordinariamente y volvió á todos lados la mirada,

como si fuera á perder la razon y esclamó con una voz que nada tenia de

humana.

--¡Jesus me ampare!

Y quedó desmayada.

--Veis como no estaba desmayada--dijo el inquisidor.

--Se le amonesta á que diga la verdad--repitió el escribano.

Blanca no se movió, y las ruedas volvieron á girar.

Entonces la jóven no dió indicio de haber sentido nada.

--Ahora sí puede suspenderse la diligencia--dijo el inquisidor--para

continuarla cuando vuelva en sí.

Los verdugos soltaron las ligaduras y Blanca continuó insensible.

--Dad fé señor escribano--dijo el inquisidor--de que no tiene ningun

miembro roto ni descompuesto.

El escribano y los verdugos pasearon sus impuras manos por todo el

cuerpo de la infeliz víctima.

El escribano asentó que en la diligencia del tormento no habia Doña

Blanca perdido ningun miembro y se retiraron á descansar al fondo de la

sala mientras que podia continuarse la diligencia.

Blanca quedó abandonada sobre la mesa; desnuda como un cadáver en el

anfiteatro y mostrando las señales de su horrible tormento. Si Don Cesar

pudiera haberla visto habria muerto de dolor.

Monja y casada, vírgen y mártir · 第 78 / 161 题