Como siguió el gran tumulto de México.
Don Pedro de Vergara Gaviria subió las escaleras de palacio y en busca
del virey, mas bien con el deseo de observar el número y el ánimo de los
defensores, que con el de procurar el remedio del tumulto.
Con poca gente contaba el marqués de Gelves para la resistencia; sin
prevencion alguna para un lance de aquella naturaleza, el parque para
los arcabuces era escasísimo, y en lo que se llamaba armería no existian
mas que algunas alabardas y picas rotas, y algunas ballestas y arcabuces
completamente inútiles, de tal manera, que el virey no habia podido ni
armar á la servidumbre de palacio.
El Oidor Vergara penetró hasta el aposento del virey.
El marqués de Gelves se paseaba pálido y sombrío en el salon de su
despacho, sin hablar una palabra á nadie, y apretando de cuando en
cuando los puños convulsivamente.
La situacion del marqués de Gelves no podia ser mas violenta ni mas
comprometida. Satisfecho de la justicia de su causa; seguro de las
torcidas intenciones de sus enemigos; dotado de un valor indomable y de
una resolucion á toda prueba, se encontraba reducido á una cruel
estremidad, que lo ponia en la disyuntiva de hacer una capitulacion
vergonzosa con sus enemigos, ó sucumbir abrumado por las fuerzas de sus
contrarios.
Consideraba el pequeño número de los defensores de palacio, y luego
asomándose tras de una cortina contemplaba la inmensa muchedumbre que,
semejante á un mar irritado, se agitaba llenando la plaza, y todas las
calles de los alrededores hasta donde alcanzaba la vista.
De cuando en cuando, de aquella multitud, se levantaban gritos y rujidos
atronadores como el estampido de un rayo, y en las ondulaciones de
aquella inmensa masa humana, el brillo de las armas venia á penetrar por
las ventanas de palacio.
El marqués de Gelves sentia entonces no el desaliento del cobarde que
tiembla del peligro, sino la desesperacion del hombre de valor que se
convence de su impotencia.
El Oidor Vergara se dirijió al virey casi temblando. Aquel hombre
imponia á sus enemigos respeto aún en medio de su desgracia.
--¿Qué anda haciendo en medio de esta tempestad, el señor licenciado Don
Pedro de Vergara Gaviria?--dijo el virey tendiéndole la mano.
--Venia con el objeto de hablar con Su Excelencia para procurar un medio
de calmar esta tempestad--contestó el Oidor,--y luego dijo dirijiéndose
á Don Cesar de Villaclara y al secretario Cristóbal de Osorio, que
conversaban en la misma pieza en el alfeizar de una ventana.--Dios
guarde á vuestras mercedes.
Osorio y Villaclara le contestaron con una ligera inclinacion de cabeza.
--¿Qué me decia el señor Oidor?--preguntó el virey, ofreciendo un
asiento á Don Pedro, y sentándose él á su lado.
--Señor--dijo el Oidor, sin saber verdaderamente por donde comenzar
aquella conferencia--venia á ofrecerle á S. E. mis servicios para calmar
esta sedicion.
--¿Creeis vos poder calmarla?
--Estoy casi seguro de conseguirlo.
--En tal caso, mal habeis hecho en no haberlo ya verificado; que ofensa
es á Dios y á Su Majestad el permitir desacatos como los que ahora se
cometen, pudiendo impedirlos, y tan culpable será quién los promueva,
como el que pudiendo no los evite.
--Señor--tartamudeó el Oidor.
--Si vuestro ánimo es á lo que decis evitar ese escándalo, creo que
debiérais apresuraros, que no será á mí á quién tal servicio presteis,
sino á Su Majestad (que Dios guarde) con la calma y pacificacion de sus
reinos.
--Entonces, si me dais permiso, saldré á procurar que todo el mundo se
retire á su casa.
--Id, señor Oidor, que hace tiempo que esto mismo debiérais haber hecho.
El Oidor se levantó y salió de la sala, haciendo mil reverencias al
virey.
--¡Villanos!--Esclamó el de Gelves, cuando le vió desaparecer--tiemblan
como unos criminales á la presencia de su juez, porque su conciencia
está turbada y con hipócrita falsedad quieren hacerme creer en su
lealtad, y en sus buenas intenciones. ¡Ah! si yo pudiera contar aquí
siquiera con cien jinetes...............
El virey lanzó un suspiro y volvió á continuar en sus paseos.
Entretanto el Oidor Vergara habia llegado á la plaza, agitando su
pañuelo blanco como señal de paz.
Todos los que estaban en las ventanas y con los ojos fijos en las
puertas de palacio vieron las señas de Don Pedro, y en todas partes
comenzaron á agitarse lienzos blancos, y por todas partes comenzaron á
escucharse los gritos de «paz,» «paz.»
La gente se abria para dejar pasar á Don Pedro de Vergara, y á otros
oidores que con él se habian reunido, formándoles una ancha calle, y
ellos en vez de continuar aquietando el tumulto, se entraron á las casas
consistoriales.
El pueblo comprendió que los oidores tomaban partido contra el virey;
desde aquel momento la sedicion se creyó amparada por la ley.
La flámula arrancada de las ventanas de palacio fué quitada de Catedral,
y ofrecida á los oidores como pendon real.
Los sediciosos habian hecho un empuje y comenzaban á arder las puertas
de palacio.
En estos momentos por una de las calles desembocó en la plaza una
soberbia cabalgata, á la cabeza de la cual iba el poderoso marqués del
Valle, descendiente por línea recta del conquistador de México Don
Hernando de Cortés.
El influjo de la familia del conquistador habia sido y era muy grande en
toda la Nueva España, pero principalmente en la capital.
El marqués del Valle atravesó seguido de su comitiva, y habló al pueblo.
Los sediciosos se calmaron, se apagaron las puertas del palacio, y el
marqués entró en el interior de él, dejando á su comitiva como de
guardia en dichas puertas.
El virey y el marqués del Valle conferenciaron largo tiempo, y el del
Valle consiguió por fin una órden del virey para que el Arzobispo
volviese á México.
Con esta órden se creyó calmar al pueblo y sosegar el tumulto. El
marqués envió una carroza y unos criados en busca del Arzobispo
despachándole la órden para su regreso, y salió él mismo á su encuentro
seguido de su comitiva.
La noticia de estas novedades circuló en el pueblo, pero ni un solo
individuo se separó de la plaza, á pesar de que vieron atravesar al
marqués del Valle, al marqués Montemayor, y al inquisidor mayor Don Juan
Gutierrez Flores, que iban al encuentro del Arzobispo.
Los frailes de San Francisco quisieron ayudar al virey, y entraron en la
plaza gritando:--«Paz,» y levantando como bandera un hábito de San
Francisco.
Los clérigos se arrojaron sobre ellos, y los franciscanos volvieron á su
convento llevándose sin embargo á una gran cantidad de indios que les
seguian.
Todo el dia permaneció la gente en la plaza, y ya en la tarde parecia
comenzar á calmarse, cuando se circuló la noticia de que la Audiencia
habia mandado intimar prision al virey.
Por una de las ventanas de la casa de cabildo asomó Don Pedro de Vergara
Gavina, é hizo seña de que queria hablar.
Todos quedaron en profundo silencio.
Don Pedro dijo al pueblo--que el virey estaba destituido por la
Audiencia, que él habia sido nombrado Capitan general de la Nueva
España, y con esa investidura ordenaba á todos que se reuniesen con sus
armas en la Plaza principal de la ciudad.
Los que no tenian armas corrian inmediatamente por ellas, y los que las
tenian, mostrándolas, alzaban una inmensa vocería, que se escuchó en
todos los ángulos de la ciudad.
La campana mayor de la iglesia Catedral tocaba á rebato.
El virey contemplaba tristemente aquella escena, oculto tras una de las
cortinas de las ventanas de palacio.
Una hora despues, el nuevo Capitan general Don Pedro de Vergara Gaviria,
llevando en la mano el baston de general, se dirijia para el rumbo del
convento de San Francisco á la cabeza, de una gran columna de hombres
armados, que segun el decir de algunos cronistas de aquellos tiempos,
ascendería en su número á doce mil.
A la cabeza de esa columna iban los hermanos de la tercera Orden de San
Francisco, llevando en lo alto un Cristo cubierto con un velo negro, y
gritando á grandes voces--«muera el hereje.»
Pero no toda la gente que estaba en la plaza siguió al nuevo Capitan
general, mucha quedo allí, y apenas vieron desprenderse la columna, se
lanzaron sobre palacio llevando el pendon de la ciudad y gritando.
--«Guerra, guerra, cierra, cierra, viva el rey, y muera el mal
gobierno.»
Entonces comenzó verdaderamente el combate. Ardieron las puertas de
palacio, el fuego se comunicó á la cárcel, los presos tomaron parte en
la sedicion, y rompiendo sus prisiones se mezclaron con los asaltantes.
Entre los gritos del combate, se escuchaban las detonaciones de los
arcabuces.
La multitud invadia ya á palacio.
El Ahuizote caminaba por delante matando á cuantos encontraba dentro.
El virey pensó entonces en su salvacion, y embozándose en una capa negra
y seguido de Don Cesar, salia por una de las puertas en el momento en
que el Ahuizote iba á entrar.
--Aquí está......... gritó el Ahuizote conociéndole.
--¡Silencio, miserable!--contestó Don Cesar atravesándole la garganta de
una estocada.
El Ahuizote cayó en tierra, y espiró entre los piés de la multitud, que
no se detuvo al verle allí.
El virey se confundió entre los grupos, y aprovechándose de la oscuridad
de la noche atravesó la plaza y fué á tomar asilo al convento de San
Francisco.....................
Teodoro condenado á muerte por el virey, y que debia haber sido
ejecutado aquel mismo dia, salia libre entre los brazos de Martin que
habia roto los cerrojos de su prision.
El palacio de los vireyes fué completamente saqueado, sin que el nuevo
Capitán general hubiese hecho nada, ni procurado siquiera sofocar el
incendio que habia consumido casi la mitad del edificio.
Desde una de las torres de la Catedral, Luisa y Don Melchor contemplaban
alegremente los efectos de su venganza.
A las nueve de la noche, enmedio de los repiques y de multitud de
cohetes que poblaban el aire, hacia solemnemente su entrada en México el
Ilustrísimo Señor Arzobispo, Don Juan Pérez de la Cerna.