El gran tumulto de México.
EL Arzobispo habia llegado en su viaje hasta el pueblo de San Juan
Teotihuacan, y allí recibió, por conducto de sus amigos, la órden de la
Audiencia para que se volviese á México; pero aquella órden no hubiera
sido acatada ni obedecida por el alcalde Don Lorenzo de Terrones y por
Don Diego de Armenteros, encargados de su custodia y conduccion, y el
prelado creyó mas prudente no mostrar aún aquella órden, pero sí
conservarla consigo.
Don Pedro de Vergara Gaviria hizo llegar á manos de el prelado, una
esquela en que le decia sencillamente:
«Procure por cualquier motivo su Señoría Ilustrísima no alejarse.»
«DON PEDRO DE VERGARA GAVIRIA.»
El Arzobispo comprendió cuánto esto queria decir, y determinó llevar
adelante el consejo.
Durmió en la noche en San Juan Teotihuacan, y á la mañana siguiente á
la hora de comenzar su marcha se metió violentamente á la iglesia, y
subiendo las gradas del presbiterio tomó en sus manos la custodia que
estaba en el altar, y se volvió á sus guardas diciéndoles.
--No me apartareis ya de este lugar sin tocar con vuestras manos al
Divinísimo Señor Sacramentado.
Los guardas vacilaron y se resolvieron al fin á esperar á que cansado el
Arzobispo de estar alli dejase al Divinísimo en su tabernáculo, porque
nadie se atrevia á tocarle.
Era natural suponerse que el prelado no pudiese estar en el altar y con
el Divinísimo en las manos por muchas horas, y que no tuviera necesidad
de comer, de tomar agua ó satisfacer cualquiera otra necesidad; pero al
Arzobispo no le faltaban partidarios en ninguna parte.
Allí mismo le llevaban de comer y de beber, le leian cartas, escuchaban
y llevaban recados suyos, y cuando él se cansaba dejaba sobre el altar
al Divinísimo y volvia á tomarle en sus manos cuando veia que habia
entre sus guardias algun movimiento.
Trascurrió así un dia entero, y el Alcalde de la Audiencia y Don Diego
de Armenteros determinaron mandar una consulta al virey sobre cómo
debian salir de aquel paso, que para ellos era sumamente comprometido.
El correo salió y el Arzobispo y sus guardas quedaron inquietos por
saber cuál seria la resolucion del violento marqués de Gelves.
Pero estaba de Dios que aquella resolucion no habia de venir...
* * * * *
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Cuando Martin volvió á su casa, encontró las puertas cerradas y
selladas, y á su hijito llorando en la calle. Los familiares del Santo
Oficio no tenian órden de llevarse al niño, y así es que solo
determinaron y llevaron á efecto la prision de todas las personas
grandes.
Por lo que pudo entender del niño, por lo que le dijeron los vecinos, y
por lo que pudo inferir de los sellos colocados en las puertas, Martin
se convenció de que María, Blanca y Sérvia estaban presas en el Santo
Oficio. Entonces comprendió cuánta era la falta que le hacia el
Arzobispo, con cuyo patrocinio podia haber adelantado algo, y determinó
poner cuanto estuviese de su parte para encender el fuego de la rebelion
en la ciudad.
Dirijióse á la casa del Oidor Don Pedro de Vergara Gaviria; éste por su
parte habló con Don Melchor Perez de Varais y con todos los amigos y
demas comprometidos, y se fijó el lúnes 15 de Enero para dar el golpe.
Las cosas estaban verdaderamente en sazon, y todos los ánimos dispuestos
para una gran novedad cuando amaneció el dia señalado para el tumulto.
Desde muy temprano una inmensa cantidad de clérigos se repartió por
todas las iglesias de la ciudad, y entrando en ellas predicaban y
publicaban las excomuniones; procurando para causar mayor escándalo,
interrumpir las misas y los oficios que se celebran, consumiendo el
Sacramento y echando fuera de la iglesia á los fieles con mucho ruido y
alboroto, y diciendo á gritos por todas partes que el marqués de Gelves
habia mandado dar garrote al Arzobispo.
En Catedral publicaron solemnemente el edicto en que se declaraba
excomulgado al virey, y el clérigo que daba lectura exclamó despues de
haber terminado.
--¡Hermanos mios! ¿Consentireis por mas tiempo á este hereje luterano, y
no le hareis pedazos para ejemplar y castigo de sus culpas?
La multitud, entre la cual estaban mezclados Luisa y Martin, y el
Ahuizote y los principales partidarios del Arzobispo, empezó á gritar:
--¡Viva la Fé, viva la Iglesia, viva el Rey! ¡Muera el mal gobierno,
muera el hereje excomulgado!
Martin atravesó desde la sacristia, llevando en la mano la tablilla de
los excomulgados y en la que estaba en grandes letras el nombre del
virey, y la colocó en la puerta de la iglesia.
Entonces eran ya espantosos los gritos de la muchedumbre, y Martin,
seguido de un gran número de gente, se lanzó á la plaza.
En aquellos momentos atravesaba por allí en su carroza el secretario
Cristóbal de Osorio, que habia acompañado al Arzobispo en su destierro
de órden de la Audiencia hasta el Santuario de Guadalupe.
Martin conoció á Osorio, y dirijiéndose á uno de los que iban á su lado:
--Mirad--les dijo--ahí va el secretario del hereje, excomulgado tambien
por el señor Arzobispo.
Inmediatamente la turba se lanzó tirando piedras sobre la carroza de
Osorio.
El cochero que la dirijía espantado avivó los caballos, y á toda carrera
se entraron á palacio. No se detuvo allí el furor de la gente, sino que
se arrojaron tambien sobre los que guardaban la puerta del mismo palacio
y habian amparado y favorecido al secretario Osorio.
El tumulto creció, algunos pocos entraron en auxilio del palacio, y el
virey ordenó que salieran algunos caballeros con alguna de las guardias
para despejar la plaza.
No hicieron sino presentarse en la calle, y delante de la multitud,
cuando ésta se volvió fieramente sobre ellos y les hizo huir,
obligándoles otra vez á encerrarse.
Mas y mas crecia á cada momento el tumulto, y hacian fuego contra las
ventanas y las puertas.
Entonces el virey mandó que desde una de las azoteas se tocase el
clarin, que era la señal que se acostumbraba para llamar á la caballería
á palacio en cualquier acto público. Al sonido del clarin sosegó por un
momento la sedicion; los de afuera temiendo el auxilio que los de
adentro esperaban con tanta necesidad como impaciencia. Pasó un rato, y
nadie acudió al llamamiento, y entonces los sediciosos comprendieron que
el virey en palacio no tenia esperanza alguna de auxilio.
Entonces cobraron nuevo brio, y entre los gritos de «muera el hereje» y
«viva la fé cristiana» volvieron á arrojarse sobre palacio.
La bandera es casi una necesidad entre los soldados que combaten, y por
eso sin duda uno de los que defendian á palacio sacó de la armería una
de las flámulas que habian servido en el túmulo de Felipe III en las
solemnes honras que se le hicieron en México, y la colocó en una
ventana.
Un grito inmenso de los sitiadores acojió la presentacion de aquella
bandera, pero poco despues rompiendo la multitud un grupo conduciendo
una gran escalera, salió de la Catedral y llegó hasta el pié de los
muros de palacio.
La escalera se colocó, y en medio de los aplausos y de los gritos de los
sediciosos, Martin cubierto con una rodela y con una espada desnuda
subió hasta arrancar aquella flámula.
En honor de la verdad deberemos confesar que los defensores de palacio
no hicieron gran cosa para impedirlo.
Entre gritos de triunfo y llevando en la mano el trofeo de su victoria,
Martin fué llevado en brazos de los mas entusiastas hasta dentro de la
misma Catedral y recibió allí las felicitaciones de todo el clero, que
no se atrevia á declararse militante, pero que desde el templo animaba y
escitaba la insurreccion.
A cada momento llegaban á la plaza nuevos grupos de gente, capitaneados
por clérigos á caballo, que llevaban un Crucifijo en una mano y una
espada en la otra.
La gente comenzó á pedir á gritos la libertad de los tres Oidores presos
por la revocacion de los autos dictados contra el Arzobispo, y éstos
prometiendo al virey calmar la sedicion salieron de palacio por la
puerta de la Acequia.
En medio de uno los grandes grupos que habia en la plaza, el Ahuizote
subido sobre un poste, hablaba á la multitud: Luisa á su lado con su
traje de hombre, le indicaba lo que debia de decir.
El Ahuizote vestia como Martin en aquella ocasion, una especie de traje
clerical. El Ahuizote indicó al pueblo, que era preciso acudir á la
inquisicion en busca del pendon de la fé, porque supuesto que la fé era
lo que se defendia, su pendon era de todo punto necesario.
No hay cosa que acoja con mas exaltacion una muchedumbre irritada que un
absurdo; por eso la idea del Ahuizote pareció soberbia á todos los que
llegaron á oirla, y una gran parte de la gente que habia en la plaza se
dirijió á la inquisicion atravesando por las calles de Santo Domingo.
Las turbulencias públicas preocupaban de tal manera á los inquisidores,
que habian abandonado las causas de la fé, por estar en espectativa de
lo que acontecia entre el virey y el Arzobispo, sin haber querido
aparentemente protejer á ninguno de los dos.
Los sediciosos que venian de la plaza llegaron hasta las puertas de la
inquisicion pidiendo á grandes voces que se les entregase el pendon de
la fé, para ir contra la casa del hereje.
No era el Santo Oficio un tribunal capaz de dejarse acobardar por una
sedicion; conocia su fuerza y su poder contra el que apenas se hubieran
atrevido á luchar los reyes y los papas, y por toda contestacion
mandaron los inquisidores que todo el mundo se retirase de allí, bajo la
pena de excomunion y de doscientos azotes al que tardase en obedecer.
Todo el mundo calló y comenzaron á retirarse.
--Este es el momento--le dijo Luisa al Ahuizote--de poner en libertad á
Don Melchor.
El Ahuizote se hizo eco de estas palabras, y la gente se dirigió al
convento de Santo Domingo. Los religiosos espantados habian cerrado las
puertas, pero el pueblo las hizo pedazos, y dirigido por Luisa y por el
Ahuizote llegaron al aposento de Don Melchor Perez de Varais.
Don Melchor se arrojó en los brazos de Luisa, y todos los que le seguian
entusiasmados por aquel abrazo que ellos tomaban por un rasgo de
gratitud, del Corregidor de México hacia sus salvadores, le sentaron en
un sillon; y como en triunfo, en medio de los gritos y aclamaciones, le
condujeron hasta Catedral.
En el entretanto Garatuza no habia descansado tampoco. Conocia que aquel
movimiento necesitaba una cabeza, y determinó comprometer á Don Pedro
Vergara Gaviria á presentarse decididamente en la escena. Con este
objeto se dirijió á su casa con otra gran parte de los sediciosos que
habian quedado en la plaza.
Garatuza dejó á la gente en la calle, y subió hasta los aposentos del
Oidor Gaviria que temblaba al escuchar los gritos, temia las
consecuencias y se espantaba de su misma obra.
--Que el cielo os guarde, Don Martin--dijo Vergara, viendo aparecer á
Garatuza--¿qué venis á hacer por aquí?
--Hácese ya tan necesaria vuestra presencia en la plaza, contestó
Garatuza--que de no acudir vos en auxilio nuestro, fácil será que otros
acudan en el del virey, y que la gente que nada alcanza se retire
dejando al de Gelves dueño del campo.
--¿Pero qué pretendeis?
--Que vengais á poneros á la cabeza de todo el movimiento, que intimeis
al virey á quedar preso, y que reuniendo á la Audiencia os encargueis
del gobierno de la Nueva España.
--¿Pero vos tratais de perderme? Sí, me perdeis sin duda; el Arzobispo
ausente, preso Don Melchor Perez de Varais, todos los demas oidores tan
pocos de ánimo que en nada me querrán auxiliar: ¿qué suponeis que pueda
yo hacer?
--Señor--contestó Martin--si vos tomais decididamente un partido, muy
pronto Don Melchor Perez de Varais estará libre y á vuestro lado; muy
pronto su Señoría Ilustrísima habrá vuelto á México, y los oidores no
vacilarán en hacer con vos causa comun, si comprenden que teneis la
energía suficiente para resistir á la tempestad siquiera por seis horas.
--¡Don Pedro de Vergara!--¡que salga Don Pedro!--gritaba en la calle la
impaciente muchedumbre.
--¿Lo oís señor?--¿lo oís?--decia Garatuza.--El pueblo os aclama, la
ciudad os pide, ayudadla á salvarse.
--Pero si salimos mal........... si nada se consigue............
--¡Que venga Don Pedro!--seguia gritando la turba.
--Vamos señor, vamos, ya no es posible escusarse, vos nos habeis traido
á este terreno, y vos mismo podeis comprender qué será de la ciudad si
las cosas siguen, y falta una cabeza que dirija, un brazo que enfrene á
esa multitud.
--Pero...
--Nada de obstáculos, todavía ahora es tiempo, quizá dentro de poco ya
no lo será. Vamos.
Y Martin casi á fuerza sacó á Don Pedro de Gaviria de su casa.
--Me vais á perder, me vais á perder--repetia el Oidor en medio de las
atronadoras esclamaciones con que fué recibida su presencia.
Don Pedro vacilante y pálido llegó hasta la puerta de palacio, allí se
adelantó solo, llamó, le abrieron, penetró en el interior y la puerta
volvió á cerrarse despues pesadamente.
Los sediciosos quedaron en espectativa del resultado que daria aquella
conferencia del Oidor Don Pedro de Vergara Gaviria con el marqués de
Gelves.
Se habian suspendido las hostilidades...........................