Lo que pasó á dos personas que quizá baya olvidado el lector.
Como dicen vulgarmente, que cuidados mayores quitan menores, por seguir
el hilo de nuestra historia hemos abandonado desde hace mucho tiempo á
dos personas que no por su poca representacion dejan tambien, como dicen
los modernos políticos, de haber contribuido con su «grano de arena.»
Tal vez el lector no recuerde ya á Felisa, la muchacha del convento de
Santa Teresa, y al sacristan su novio, á quienes abandonamos en los
momentos mismos en que la ronda se cansaba en su persecucion.
Les abandonamos en el momento del peligro, pero esto es en estos tiempos
cosa muy comun.
Los dos fugitivos eran jóvenes, fuertes, y agitados por el miedo
parecian tener alas en los piés como Mercurio: los corchetes que no
tenian mucha prisa por dar con su humanidad en tierra, y que iban
estorbados por las capas y las espadas y las varas, perdian ya las
esperanzas de hacer la presa.
El sacristan y su adorada dieron vuelta por la calle del Arzobispado y
llegaban ya cerca de la entrada de Santa Teresa, cuando de la plaza
vieron venir otra ronda.
Los perseguidores comenzaron á gritar «atajen á esos» «atajen á esos» y
el refuerzo se puso en movimiento.
Los fugitivos esquivaron el encuentro tomando por la calle cerrada de
Santa Teresa, y llevando no muy de cerca á sus enemigos, lograron llegar
á la puerta del templo por donde habian salido con Blanca hacia poco.
Felisa no podia ya correr, el cansancio y la fatiga, unidos con el
terror, no la permitian dar un paso.
Por mas que su amante la instaba, la pobre muchacha no podia moverse.
El sacristan creia ya llegada su última hora cuando una idea luminosa
cruzó por su cerebro, buscó en sus bolsillos y sacó precipitadamente una
llave--era la de la iglesia.
En esos momentos abrió la puerta, y empujando para dentro del templo á
Felisa se entró detras de ella y cerró cuidadosamente procurando no
hacer ruido.
La ronda pasó por frente á la iglesia sin pensar siquiera que allí se
habian refugiado los fujitivos.
El sacristan miraba por una hendidura de la madera, y Felisa habia caido
de rodillas. Así trascurrió cosa de media hora.
--Se han ido ya--dijo muy bajo el sacristan--vámonos.
--No--contestó Felisa--Dios me ha hecho volver milagrosamente á su casa
de donde habia yo huido, y no saldré ya de ella.
--Pero mi vida, por Dios, ¿y tanto trabajo para que salieras, y las
llaves?
--Las llaves que por fortuna no he perdido, me servirán para volverme
por donde vine, y si Dios permite que nada hayan observado las madres,
me guardaré por siempre el secreto de lo que ha pasado en esta noche
como si fuera un sueño. Dios haga muy feliz á Sor Blanca, ya que me hizo
á mí tan dichosa de haber podido volver aquí sin que otra novedad me lo
hubiera impedido. Adios, y ojalá que á tí te sirva esto de leccion como
á mí.
Y Felisa con toda la resolucion de las pasiones fanáticas que en cada
acontecimiento miran un aviso de la Providencia, no quiso detenerse y
sacando un manojo de llaves, se entró al interior del convento, dejando
al amante sumerjido en la meditacion mas profunda.
--¡Quizá sea mejor así!--dijo el sacristan, no hay mal que por bien no
venga; aun es casi media noche, bueno será dormir ya que salimos con
bien. Abrió uno de los confesonarios y se acomodó dentro. Media hora
despues roncaba.
Felisa entró temblando al convento, felizmente para ella nadie habia
notado aun su falta. Reinaba en el convento el mismo silencio.
Felisa se dirijió á la celda de Sor Blanca, y dejó en ella la caja de
las alhajas que se habia traido, y luego cerró la puerta.
Nadie supo nunca que aquella muger habia pasado unas horas fuera del
convento.
El sacristan siguió como siempre siendo muy del agrado de sus monjitas
por su actividad y limpieza.