De lo que combinaron el Corregidor Don Melchor Perez de Varais y el
Arzobispo Don Juan Perez de la Cerna.
El Arzobispo de México usaba de las armas de la Iglesia contra sus
enemigos, excomulgando á los jueces, y á los guardas de su protegido el
Corregidor de México Don Melchor Perez de Varais, objeto ó mas bien
dicho pretesto de todas aquellas grandes discuciones; pero sus enemigos,
encontraron tambien en la misma Iglesia, armas que volver contra el
pecho del Arzobispo, tornando golpe por golpe, censura por censura, y
anatema contra anatema.
El Papa Gregorio XIII, por Bula especial, habia nombrado para casos
semejantes, en los que alguno se sintiese agraviado por la autoridad del
Arzobispo, Juez Apostólico delegado al Obispo de la Puebla de los
Angeles.
A él acudieron los quejosos.
El Arzobispo se reveló contra su autoridad, y el Delegado confirió por
delegacion todo su poder á un religioso de Santo Domingo.
El Sub-delegado Apostólico se armó de energia y escudado con su
nombramiento, y seguido por los religiosos de su Orden, y apoyado por el
virey, y por la Audiencia y por sus partidarios, comenzó á luchar contra
el Arzobispo.
Las censuras se cruzaban de un púlpito al otro, y cada iglesia se
convertia en un palanque en que desde lo alto de la cátedra del
Evangelio, se anatematisaban los contendientes, se alzaban ó se imponian
excomuniones á los jueces, y se predicaban doctrinas en pró y en contra
de la potestad de las jurisdicciones, de lo cierto y falso de las
proposiciones que cada parte defendia.
Los fieles estaban aterrados y cada uno seguia el bando á que le
inclinaban sus pasiones, mas bien que los razonamientos, que sin
comprender escuchaba en los púlpitos.
El Arzobispo predicó su entredicho en la Misa Mayor despues del
Evangelio, haciendo salir una procesion con muchos clérigos revestidos,
llevando una cruz alta, cubierta con un velo negro, y, al decir de un
cronista de aquellos tiempos, «haciendo otras ceremonias nunca vistas,»
destilando en el corazon de todos _un horror inquieto, lleno de
confusion y desconsuelo, provocándolos con esto, á una general
indignacion contra quienes les daban á entender eran causa de ello_.
El toque de entredicho continuaba todos los dias y todas las noches, y
el Arzobispo á pesar de su desavenencia con los religiosos de Santo
Domingo, insistia todas las noches en sus visitas á Don Melchor,
retraido en aquel mismo convento.
Luisa con su disfraz de mancebo no faltaba jamas allí.
La noche del miércoles 10 de Enero estaban reunidos, en el aposento que
ocupaba Don Melchor, éste, el Arzobispo, el Oidor Don Pedro de Vergara
Gaviria y Luisa, que por la costumbre de acudir allí, y por su decision
en la causa, se la atendia en todas las deliberaciones.
Los dias se pasan--decía Don Pedro de Vergara,--sin que hállamos hasta
ahora logrado encontrar oportuna coyuntura para levantar al pueblo.
--Coyuntura no ha faltado--decia Su Ilustrísima--que mas favorable nunca
pudo haberse presentado; pero, ó vuestros agentes no cumplen, ó este
pueblo necesita como Santo Tomas, ver para creer.
--Perdóneme V. S. Ilustrísima--contestó Luisa interrumpiendo al
Arzobispo--que nuestros ajentes han cumplido lealmente, porque yo, que
en todos los grupos me he mezclado, y que estoy al tanto de todas sus
operaciones, asegurar puedo á Su Ilustrísima que todo está dispuesto, y
que se espera solo una señal para comenzar el tumulto.
--Con demasiada prudencia camina el de Gelves--dijo Don Melchor--y si Su
Señoría Ilustrísima no le compromete á dar un paso que le desconcierte,
pasos llevamos de seguirnos entendiendo perpetuamente con jueces y con
notarios.
--Tal es mi opinion--agregó Don Pedro de Vergara Gaviria--y si su
Ilustrísima quisiera, en momentos estamos de poder llegar al fin.
--¿Y cómo?--preguntó el Arzobispo.
--El subdelegado ha levantado las censuras, ha mandado cesar el toque de
entredicho, y Su Ilustrísima ha mandado que en lo sucesivo no se dé
ningún toque, ni aun el de oraciones; ¿es verdad?
--Sí--contestó el Arzobispo.
--Este silencio profundo de las campanas--continuó Gaviria, aterra y
alarma mas á los fieles que el mismo toque de entredicho; si mañana Su
Ilustrísima sale de su palacio aparentando ir en secreto, pero caminando
en realidad de manera que todo el mundo le conozca, y se dirije á la
Audiencia á pedir públicamente justicia sin separarse de la sala, hasta
que la obtenga, cosa que no llegará nunca á suceder, el pueblo, la
audiencia y el virey se verán precisados á dar un paso, y nuestros
ajentes aprovecharán la oportunidad. ¿Parece bien á Su Ilustrísima?
--Perfectamente: lo haré mañana tal como lo decis.
--Y yo--agregó Luisa--respondo de que todo se hará como está prevenido.
Separáronse aquella noche, quedando todo dispuesto y arreglado para el
escándalo que se esperaba al dia siguiente.
La noche estaba pavorosa, el profundo silencio de las campanas como
habia dicho muy bien Don Pedro de Vergara Gaviria, producia efectos mas
terribles en la ciudad que el clamoreo del entredicho, y así como antes
la gente se precipitaba en las calles en busca del objeto que causaba la
novedad, al cesar el tañido, todo el mundo se recojió en su casa y
apenas se miraba una que otra persona que atravesaba temblando por la
plaza principal.
Luisa caminaba á pié acompañada del Ahuizote.
--Mañana--decia Luisa--es necesario que estés dispuesto, y no vayamos á
dar el golpe tan en vago, como la noche que trataron de aprehender á
Doña Blanca.
--Por culpa mia no fué--contestó el Ahuizote--que yo como denunciante de
la casa fuí entre los familiares y solo sentí no haber llevado una
espada, porque puede que entonces no se hubiera resistido tanto el tal
Don Cesar, que con aquellos pobres cuervos de familiares, se puso á sus
anchas. Figuraos que muchos de ellos no han en su vida tentado mas arma
que el rosario.
--Bien ¿pero ahora, qué hacemos?
--Ni el mismo Don Cesar sabe hasta ahora en donde está Doña Blanca,
porque yo le he hecho seguir por todas partes, y por mas que ronda no
encuentra absolutamente lo que busca.
--Si tu no abandonas el hilo, darás con el ovillo.
--Tan no lo abandono, que por ser Don Cesar el que me debe guiar en este
laberinto, porque á él mandarale avisar mas tarde ó mas temprano su
habitacion Doña Blanca, y de esta manera yo también la sabré, no os he
vengado ya de él, que buenas oportunidades se me han presentado.
--Apruebo tu conducta, y sigue como hasta aquí.
Y los dos entraron á la casa de Luisa.