D. Cesar tiró de la espada y los familiares se lanzaron sobre él.

--Pensad á lo que os esponeis resistiendo á la Inquisicion--gritó el

comisario.

--Aunque me cueste la vida--contestó Don Cesar--sálvala, dijo á Teodoro.

El negro tomó entre sus robustos brazos á Blanca que habia vuelto á

desmayarse, y se entró á los aposentos interiores seguido de Sérvia.

Los familiares quisieron ir tras él, pero Don Cesar cubrió la puerta con

su cuerpo y espada en mano, y comenzó una lucha desigual pero terrible.

Los gritos de ¡favor á la Inquisicion! ¡favor al Santo Oficio! se

escuchaban en la calle entre el pavoroso clamoreo de las campanas que

continuaban tocando á entredicho.

Los lacayos habian huido, y en el combate las bujías habian caido y se

habia incendiado una de las colgaduras del aposento en que Don Cesar se

resistia tan valientemente.

En un momento el fuego se apoderó del aposento, y los dependientes del

Santo Tribunal que no querian tener la suerte de sus víctimas, huyeron

por un lado y Don Cesar por otro.

Las llamas lo invadian todo con una rapidez asombrosa; Villaclara

recorrió toda la casa buscando á Teodoro y á Blanca, pero toda estaba

desierta.

Salvó entonces una de las tápias y echó á caminar con rumbo á palacio.

La noche estaba sombría; las campanas seguian tocando, las calles y las

plazas llenas de gente.

Don Cesar volvió el rostro y miró una inmensa columna de fuego que se

levantaba; unas viejas que pasaron á su lado decian:

--Seguramente no quisieron salir los brujos y la Inquisicion los ha

quemado con todo y casa.

Don Cesar se dirigió inmediatamente para la casa de Teodoro, para donde

además de la distancia tenia que atravesar por multitud de grupos que

invadian las calles y las plazas, haciéndole mas dificultoso el camino.

Don Cesar creia que Teodoro conduciendo á Blanca se habria dirigido como

era natural suponerlo, para la casa de la calle de San Hipólito. Caminó

mucho tiempo y al llegar á la esquina del tianguis de San Hipólito,

encontró á uno de los negros que mas frecuentaban la casa de Teodoro y

que reconociendo á Don Cesar ó creyendo reconocerle entre la oscuridad

de la noche á la luz de algunas antorchas y faroles que traian algunos

de los muchos que andaban en la calle, se dirigió hácia él.

--Señor--le dijo.

--¿Qué se ofrece?--preguntó Don Cesar deteniéndose.

--¿Vais á la casa de Teodoro?

--¿Por qué me lo preguntas?

--Es porque acaba de ser ocupada por una multitud de gente que todo lo

embarga y todo lo registra.

--¡La Inquisicion!--esclamó Don Cesar preocupado.

--No señor, son gentes de justicia que han llegado en nombre del virey.

--¿Y Teodoro?

--Nada sé, sino que tienen presos á cuantos han sido encontrados en la

casa y aun están allí.

Desprendióse violentamente Don Cesar de aquel hombre y se dirigió á la

casa de Teodoro; si no era el Santo Oficio y sí gentes del virey, Don

Cesar nada tenia que temer y podria salvar á Blanca y á Teodoro en el

caso de que estuviesen allí.

Pensando en esto y apretando el paso, en un momento se encontró en la

casa.

En efecto, numerosas rondas dirigidas por un alcalde ocupaban el

edificio, y en nombre del virey practicaban el mas escrupuloso

registro.

El alcalde conocia á Don Cesar, le dió razon de cómo habia venido allí

de órden de S. E. porque varias denuncias habian corroborado la idea que

ya S. E. tenia de antemano, de que se trataba allí de una conspiracion

de las gentes de color indispuestas con el virey por las enérgicas

disposiciones que contra ellas habia dictado.

Teodoro no estaba allí, algunos criados que tenia presos la ronda, nada

sabian de él, ni de su muger, ni por supuesto de Doña Blanca.

Mil conjeturas ocurrieron á Don Cesar, y se disponia ya á marcharse para

continuar en sus pesquisas, cuando en aquellos momentos otro comisario

del Santo Oficio se presentó en la casa seguido de gran número de

familiares y en busca tambien de Doña Blanca de Mejía.

El alcalde pretendia que la casa ocupada en nombre del virey y de la

justicia de S. M. el Rey de España, no podia ser atropellada.

El comisario insistia por su parte, y Don Cesar miraba con cierto placer

aquel conflicto que le daba ocasion de vengarse del Santo Oficio,

acuchillando con un pretesto legal á sus familiares.

Como es de suponerse, Don Cesar animaba la cuestion, y ya todos

enardecidos habian echado mano á los estoques preparándose á acometer al

grito tan necesario en todas aquellas circunstancias de «favor al rey»

«favor á la Inquisicion» y «ténganse á la justicia» y «ténganse al Santo

Oficio,» cuando repentinamente todas las espadas se bajaron, todas las

lenguas enmudecieron y se descubrieron todas las cabezas.

El marqués de Gelves apareció en medio de aquel improvisado palenque.

A pesar de los gritos de sedicion, á pesar del desprecio con que

aparentaban tratarle sus enemigos, el marqués de Gelves era la arrogante

figura ante la cual se inclinaban las frentes mas altivas de los grandes

señores de Nueva España, y el Arzobispo mismo no se atrevia en su

presencia ni á arrugar siquiera el entrecejo.

Vestia el virey en aquella noche mas bien un traje de combate que de

Corte.

Bajo su negro ferreruelo se percibia el brillo de la coraza y de la gola

y la ancha tasa de la empuñadura de su espada, que no era indudablemente

la que llevaba de ordinario en su bordado talabarte.

Cubria su cabeza una especie de capacete de acero, y sus calzas de cuero

y sus brillantes espuelas de oro, indicaban que estaba dispuesto á

montar á caballo en el momento que lo creyese necesario. El virey tenia

el continente altivo del antiguo batallador.

--¿Qué pasa aquí?--preguntó el virey.

Nadie se atrevió á contestarle.

--Ea, responded, señor Alcalde.

El Alcalde se adelantó temblando.

--Señor--dijo--por órden de V. E. hemos venido á registrar esta casa, y

á poner en prision á sus moradores.

--¿Y por eso causais este escándalo?

--Señor--contestó el Alcalde--los ministros del Santo Oficio han

despues venido y querídose apoderar de la casa con desprecio de la

justicia de Su Majestad y de las órdenes de V. E.

--¿Habeis encontrado algo?

--Nada, señor, no hemos encontrado mas que algunos sirvientes que

ignoran el paradero de sus señores.

--Entonces retiraos, y dejad que el Santo Oficio cumpla con sus deberes,

y cuidad que en lo de adelante llegueis á provocar semejantes

escándalos.

El Alcalde, humilde y cabizbajo, se retiraba seguido de los alguaciles;

pero al llegar á la puerta se volvió preguntando al virey.

--¿Y los criados?

--Si vos los aprehendisteis--contestó el virey--llevadlos, que son los

prisioneros de quien los toma.

Ni una palabra se atrevió á decir el comisario del Santo Oficio.

A la salida de los alguaciles el virey descubrió á Don Cesar, que habia

permanecido oculto tras ellos en uno de los ángulos de la habitacion.

--¿Vos tambien aquí, Don Cesar?--dijo el virey.

--Sí, señor, contestó Don Cesar--advertí el tumulto en esta casa y me

llegué á ella, atraido por la curiosidad.

--Hacedme favor de acompañarme.

El virey salió embozándose en su ferreruelo y se encaminó á palacio

acompañado de Don Cesar, que rabiaba por separarse de él para volver á

emprender su peregrinacion en busca de Blanca.

El comisario y los familiares convencidos de que no encontrarian á la

persona que buscaban, porque la casa estaba enteramente desierta,

tornaron á dar cuenta de su comision sin meterse en mas averiguaciones,

porque la única mision que llevaban allí era procurar la aprehension de

Doña Blanca.

La casa de Teodoro quedó enteramente sola y abierta.

Dos horas despues un hombre se deslizaba cautelosamente entre las

tinieblas hasta llegar á la casa, y á poco llegó tambien otro que le

seguia.

--Señor Martin--dijo el primero que habia llegado--á no haber sido por

la fortuna que tuve de encontraros, estoy seguro que en este momento me

tendria el virey en las cárceles de palacio.

--Sí, Teodoro--contestó el otro, que como podrá suponerse era

Garatuza--desde las ocho de la noche tenia yo la noticia de que debia

venir aquí la justicia, y casi estoy seguro de quién es el que nos ha

denunciado.

--¿Y de quién sospechais?--preguntó Teodoro.

--De un caballero muy principal que he visto rondar por estas calles

algunas noches; grande amigo del virey, y que se llama Don Cesar de

Villaclara.

--Os engañais Don Martin--replicó Teodoro--mas seguro estoy yo de ese

Don Cesar, que de mí mismo.

--Lo mismo da; ya veremos mas adelante: por ahora lo que importa es que

no volvais á presentaros por esta casa, y que permanezcais oculto por

algunos dias, que supongo que serán muy pocos, porque esta tragedia poco

ha de tardar en desenlazarse: cerrad vuestras puertas y retirémonos, que

así lo aconseja la prudencia.

Teodoro cerró cuidadosamente todas las puertas de la casa, y acompañado

de Martin, se perdió entre la muchedumbre, que aun no se retiraba de las

calles.

Las campanas de todas las iglesias, no habian cesado en su pavoroso

clamoreo.

Monja y casada, vírgen y mártir · 第 67 / 161 题