De donde se habia refugiado Doña Blanca y de lo que aconteció con
Teodoro, la misma noche del 10 de Enero.
Teodoro al sentir que comenzaba el combate entre Don Cesar y los
familiares, llegó hasta las tapias de la casa que daban al campo, y
valido de su hercúlea fuerza, pasó primero á Blanca y luego á Servia, y
huyó con ellas hacia el centro de la ciudad.
Blanca estaba tan débil que podia apenas caminar, y habia ratos en que
Teodoro tenia que llevarla acuestas como un niño.
Tardaron por esto mucho para llegar hasta cerca de la alameda, porque
Teodoro habia pensado llevar á Blanca á que se refugiase en su casa.
Caminaban así lentamente y sin llamar la atencion, porque en medio del
gran tumulto que habia en las calles á consecuencia del toque de
entredicho, las gentes no paraban la atencion unas en las otras.
Cerca del puente de San Francisco, Teodoro sintió que le tocaban un
hombro, volvió el rostro y reconoció á Garatuza.
--Don Martin--le dijo deteniéndose.
Teodoro--contestó Martin--¿qué andais haciendo así, sin sombrero, á
estas horas y con esas dos damas?
--Me ha pasado--contestó Teodoro, no queriendo decir la verdad--un lance
desagradable con una cuadrilla de amigos del virey, que encontré por
esas calles adonde salí por la novedad del entredicho: perdido mi
sombrero me dirijia para mi casa, y esto es cuanto ha sucedido.
--Pues oidme--dijo Martin hablando muy bajo--seria prudente que no
fueseis allá.
--¿Por qué?--preguntó Teodoro.
--La justicia--contestó Garatuza--ha allanado vuestra casa, os busca.
Teodoro quedó pensativo.
Si quereis seguir un consejo, esperemos un poco, ó vamos á dejar á estas
damas, que será lo mejor, á mi casa y luego vendremos los dos solos á
rondar por la vuestra á inquirir lo que ha sucedido.
--¿Y vivis lejos?
--No, muy cerca de aquí, y á un lado del monasterio de San Francisco.
--Vamos.
Teodoro refirió á Blanca y á Sérvia lo que le habia contado Garatuza, y
todos se dirijieron á la casa de éste, adonde llegaron á pocos momentos.
En la casa de Garatuza no estaba mas que la muda María, todavía jóven;
pero mas bella y mas graciosa que antes, y un niño, hijo de ella y de
Martin, hermoso como un ángel y que podia tener unos cinco años.
¿Cómo habia vuelto á unirse María con Martin? La cosa es muy fácil de
comprender.
Martin al salir de la casa de la Sarmiento, en donde estuvo oculto por
la muerte del Oidor Quesada, estaba ya convencido de que él y el Oidor,
y Doña Beatriz y María, habian sido víctimas de una infernal comedia
preparada por la Sarmiento: buscó á María y cuando esta salió en
libertad, por no habérsele podido probar culpabilidad alguna en la
muerte de Don Fernando la volvió á llevar á su lado, y la trató en lo de
adelante con mas cariño que antes.
Teodoro y Garatuza permanecieron como media hora en la casa de éste, y
luego dejando allí á Sérvia y á Blanca se dirijieron á ver lo que habia
pasado con la justicia en la casa de Teodoro.
Desde una esquina ocultos en la sombra estuvieron observando, y cuando
ellos llegaron allí, el alcalde, la ronda, el virey y Don Cesar habian
salido, y solo quedaban dentro el comisario y los alguaciles del santo
oficio que á poco rato salieron de la casa y pasaron casi rosándose con
Teodoro y con Garatuza.
El comisario decia á uno de los familiares:
--Si roban la casa por haber quedado abierta, culpa será de los del
virey............
Y no pudo escucharse mas, porque se alejaban.
--Esta no es la justicia ordinaria--dijo Teodoro.
--Nó--contestó Martin.--La inquisicion que tambien ha tomado parte,
segun parece, vamos á ver.
--Nó, esperemos un poco mas.
Y despues de estar en acecho cerca de una hora, y mirando que
nadie se movia, se decidieron uno en pos de otro á entrar á la
casa....................
Por mas que Teodoro procuró buscar á Don Cesar no le fué posible
encontrarle.
Teodoro no podia salir libremente á la calle, por temor de ser conocido
y aprehendido.
Don Cesar en aquellos dias de alarma, no podia separarse del virey, la
amistad le obligaba á no abandonarle ni un momento. Allí supo que el
virey habia encargado la prision de Teodoro, del cual ademas de lo muy
conocido que era en México, se dieron á los alcaldes señas muy
especiales. Teodoro era reputado como el gefe de toda la gente de color,
adicto y comprometido en la causa del Arzobispo y muy á propósito para
causar una sedicion.
Una de las noches en que el virey salia á rondar y que era precisamente
la del 10 de Enero, Teodoro salió tambien en busca de Don Cesar.
La casualidad ó la desgracia hizo que el virey descubriese á Teodoro en
una de las calles, y que á pocos pasos encontrase una ronda.
El virey no hubiera descendido hasta prender personalmente á un hombre,
pero era muy natural que viéndole tan cerca, y teniendo á mano á la
ronda, hubiera dado la órden para prenderle, y así sucedió; y Teodoro
que iba completamente desprevenido se encontró á pocos momentos rodeado
de alguaciles, y conducido á las cárceles de palacio.
Garatuza y todas las mugeres de la casa, pasaron la noche mas inquieta
esperando á Teodoro.
Martin salió varias veces con objeto de averiguar su paradero, y lució
por fin la mañana sin que nada hubiera podido saber.
En esa misma mañana Don Cesar supo en el palacio que en la noche
anterior, habia sido conducido á las cárceles el pobre Teodoro, y que el
virey estaba dispuesto á hacer con aquel hombre uno de los ejemplares
que acostumbraba, mandándole ahorcar en medio de la plaza.
Don Cesar conocia el carácter inflexible del marqués de Gelves, y no
concebia ni la mas remota esperanza de salvarle, porque todo el mundo le
señalaba como al hombre mas peligroso entre los negros y la gente de
color, y en aquellos tiempos una sublevacion de la gente de color ó de
los indios hacia estremecer á todo el inundo.
--¿No cree V. E.--dijo Don Cesar al virey afectando la mayor
naturalidad--que el preso de anoche pueda hacer algunas revelaciones
importantes?
--Lo dudo--contestó el virey--pocas veces se consigue saber nada en los
juicios.
--Pero quizá el temor de la muerte.
--No lo creais, porque todos convienen en que este preso es hombre de
una resolucion indomable, y de una energía verdaderamente salvaje.
--Quizá con buen modo podria sacársele algo.
--¿Pero quién vá á probarlo?
--Yo, si V. E. me lo permite.
--¿Y por qué no? ¿Teneis alguna esperanza?
--Sí tengo, que le conocí, siendo yo muy jóven y puede muy bien suceder
que alcance yo algo de él.
--Bien, id á probar, y aquí tenis una órden.
Y el virey con su misma mano puso su sello en un papel, y escribió con
su puño y letra la órden para que se permitiese á Don Cesar hablar con
Teodoro que estaba rigurosamente incomunicado.
Don Cesar guardó la órden bajo de su ropilla, y se dirijió á la cárcel
en busca de Teodoro........................
Don Pedro de Mejía y Don Alonso de Rivera, conversaban en la casa del
primero en la misma noche en que acontecia la prision de Teodoro.
--En verdad--decia Don Pedro--que mi situacion no puede ser mas
espantosa y no me queda mas recurso que realizar aquí todos mis
intereses, aunque sea con gran pérdida, y marcharme á España.
--No calculo yo que sea la cosa tan urgente, y tan mala, como la quereis
suponer.
--Sí Don Alonso, el edicto de los inquisidores contra mi hermana Doña
Blanca por su fuga del convento, y por su matrimonio, me deshonran, y
esas voces esparcidas por todas partes y que me hacen aparecer como
causa de la miseria pública por mi codicia, me han causado tal número de
enemistades que ya lo veis, no me atrevo ni á salir á la calle, sin
contar con que el virey sabiendo lo que se dice de mí, y que á él se le
culpa tambien de protejerme, con su genial franqueza me ha ordenado, que
no vuelva á poner los piés en palacio. En todo esto descubro las manos
de mis enemigos, de Luisa, de esa muger infernal á quien es preciso
castigar, de una manera terrible.
--¿Y ha llegado á veros Don Cárlos de Arellano, á quien enviasteis á
llamar?
--Sí, y el me ha propuesto un medio de venganza, que aun cuando á mí no
me parece tan terrible, como yo deseara, sin embargo, él me asegura que
lo será.
--¿Y cuál es?
--Permitidme, que no os le diga, prometiéndoos solamente que asistireis
á la ejecucion.
--Y hablando de otra cosa, ¿sospechais quién pueda ser el hombre que se
atrevió á casarse con Doña Blanca?
--No, pero para mayor deshonra nuestra, creo que será algun villano,
quizá un mulato de esos que no tienen temor ni á Dios, ni al diablo.
--Pues mirad lo que son las cosas, que yo héme fijado sin saber por qué,
en Don Cesar de Villaclara.
--Si fuera así, necesitariase castigar á Don Cesar terriblemente; pero
mas me figuro, que mas os habeis fijado en eso á causa del rencorcillo
que le guardais, por aquella estocada de marras.
--De ninguna manera, que al volver de su destierro, nos hemos encontrado
y apesar de que ni él ni yo hemos olvidado el lance, os juro que
hablamos como si nunca de antes nos hubiesemos conocido.
--¿De manera, que le perdonais aquella mala pasada?
--Tanto así no podre aseguraros, que me la pagará tan luego como pueda,
pero lo que sí os respondo es, que en nada me ha preocupado aquel
recuerdo para sospechar que él es el marido de vuestra hermana, quizá
muy pronto llegue á averiguarlo, y entonces vereis como el corazon no me
ha engañado: entretanto no os descuideis vos con las asechanzas de
Luisa, que ciertamente es el mas poderoso de vuestros enemigos.
--Perded cuidado, que muy pronto la vereis castigada.