XV.

De donde se habia refugiado Doña Blanca y de lo que aconteció con

Teodoro, la misma noche del 10 de Enero.

Teodoro al sentir que comenzaba el combate entre Don Cesar y los

familiares, llegó hasta las tapias de la casa que daban al campo, y

valido de su hercúlea fuerza, pasó primero á Blanca y luego á Servia, y

huyó con ellas hacia el centro de la ciudad.

Blanca estaba tan débil que podia apenas caminar, y habia ratos en que

Teodoro tenia que llevarla acuestas como un niño.

Tardaron por esto mucho para llegar hasta cerca de la alameda, porque

Teodoro habia pensado llevar á Blanca á que se refugiase en su casa.

Caminaban así lentamente y sin llamar la atencion, porque en medio del

gran tumulto que habia en las calles á consecuencia del toque de

entredicho, las gentes no paraban la atencion unas en las otras.

Cerca del puente de San Francisco, Teodoro sintió que le tocaban un

hombro, volvió el rostro y reconoció á Garatuza.

--Don Martin--le dijo deteniéndose.

Teodoro--contestó Martin--¿qué andais haciendo así, sin sombrero, á

estas horas y con esas dos damas?

--Me ha pasado--contestó Teodoro, no queriendo decir la verdad--un lance

desagradable con una cuadrilla de amigos del virey, que encontré por

esas calles adonde salí por la novedad del entredicho: perdido mi

sombrero me dirijia para mi casa, y esto es cuanto ha sucedido.

--Pues oidme--dijo Martin hablando muy bajo--seria prudente que no

fueseis allá.

--¿Por qué?--preguntó Teodoro.

--La justicia--contestó Garatuza--ha allanado vuestra casa, os busca.

Teodoro quedó pensativo.

Si quereis seguir un consejo, esperemos un poco, ó vamos á dejar á estas

damas, que será lo mejor, á mi casa y luego vendremos los dos solos á

rondar por la vuestra á inquirir lo que ha sucedido.

--¿Y vivis lejos?

--No, muy cerca de aquí, y á un lado del monasterio de San Francisco.

--Vamos.

Teodoro refirió á Blanca y á Sérvia lo que le habia contado Garatuza, y

todos se dirijieron á la casa de éste, adonde llegaron á pocos momentos.

En la casa de Garatuza no estaba mas que la muda María, todavía jóven;

pero mas bella y mas graciosa que antes, y un niño, hijo de ella y de

Martin, hermoso como un ángel y que podia tener unos cinco años.

¿Cómo habia vuelto á unirse María con Martin? La cosa es muy fácil de

comprender.

Martin al salir de la casa de la Sarmiento, en donde estuvo oculto por

la muerte del Oidor Quesada, estaba ya convencido de que él y el Oidor,

y Doña Beatriz y María, habian sido víctimas de una infernal comedia

preparada por la Sarmiento: buscó á María y cuando esta salió en

libertad, por no habérsele podido probar culpabilidad alguna en la

muerte de Don Fernando la volvió á llevar á su lado, y la trató en lo de

adelante con mas cariño que antes.

Teodoro y Garatuza permanecieron como media hora en la casa de éste, y

luego dejando allí á Sérvia y á Blanca se dirijieron á ver lo que habia

pasado con la justicia en la casa de Teodoro.

Desde una esquina ocultos en la sombra estuvieron observando, y cuando

ellos llegaron allí, el alcalde, la ronda, el virey y Don Cesar habian

salido, y solo quedaban dentro el comisario y los alguaciles del santo

oficio que á poco rato salieron de la casa y pasaron casi rosándose con

Teodoro y con Garatuza.

El comisario decia á uno de los familiares:

--Si roban la casa por haber quedado abierta, culpa será de los del

virey............

Y no pudo escucharse mas, porque se alejaban.

--Esta no es la justicia ordinaria--dijo Teodoro.

--Nó--contestó Martin.--La inquisicion que tambien ha tomado parte,

segun parece, vamos á ver.

--Nó, esperemos un poco mas.

Y despues de estar en acecho cerca de una hora, y mirando que

nadie se movia, se decidieron uno en pos de otro á entrar á la

casa....................

Por mas que Teodoro procuró buscar á Don Cesar no le fué posible

encontrarle.

Teodoro no podia salir libremente á la calle, por temor de ser conocido

y aprehendido.

Don Cesar en aquellos dias de alarma, no podia separarse del virey, la

amistad le obligaba á no abandonarle ni un momento. Allí supo que el

virey habia encargado la prision de Teodoro, del cual ademas de lo muy

conocido que era en México, se dieron á los alcaldes señas muy

especiales. Teodoro era reputado como el gefe de toda la gente de color,

adicto y comprometido en la causa del Arzobispo y muy á propósito para

causar una sedicion.

Una de las noches en que el virey salia á rondar y que era precisamente

la del 10 de Enero, Teodoro salió tambien en busca de Don Cesar.

La casualidad ó la desgracia hizo que el virey descubriese á Teodoro en

una de las calles, y que á pocos pasos encontrase una ronda.

El virey no hubiera descendido hasta prender personalmente á un hombre,

pero era muy natural que viéndole tan cerca, y teniendo á mano á la

ronda, hubiera dado la órden para prenderle, y así sucedió; y Teodoro

que iba completamente desprevenido se encontró á pocos momentos rodeado

de alguaciles, y conducido á las cárceles de palacio.

Garatuza y todas las mugeres de la casa, pasaron la noche mas inquieta

esperando á Teodoro.

Martin salió varias veces con objeto de averiguar su paradero, y lució

por fin la mañana sin que nada hubiera podido saber.

En esa misma mañana Don Cesar supo en el palacio que en la noche

anterior, habia sido conducido á las cárceles el pobre Teodoro, y que el

virey estaba dispuesto á hacer con aquel hombre uno de los ejemplares

que acostumbraba, mandándole ahorcar en medio de la plaza.

Don Cesar conocia el carácter inflexible del marqués de Gelves, y no

concebia ni la mas remota esperanza de salvarle, porque todo el mundo le

señalaba como al hombre mas peligroso entre los negros y la gente de

color, y en aquellos tiempos una sublevacion de la gente de color ó de

los indios hacia estremecer á todo el inundo.

--¿No cree V. E.--dijo Don Cesar al virey afectando la mayor

naturalidad--que el preso de anoche pueda hacer algunas revelaciones

importantes?

--Lo dudo--contestó el virey--pocas veces se consigue saber nada en los

juicios.

--Pero quizá el temor de la muerte.

--No lo creais, porque todos convienen en que este preso es hombre de

una resolucion indomable, y de una energía verdaderamente salvaje.

--Quizá con buen modo podria sacársele algo.

--¿Pero quién vá á probarlo?

--Yo, si V. E. me lo permite.

--¿Y por qué no? ¿Teneis alguna esperanza?

--Sí tengo, que le conocí, siendo yo muy jóven y puede muy bien suceder

que alcance yo algo de él.

--Bien, id á probar, y aquí tenis una órden.

Y el virey con su misma mano puso su sello en un papel, y escribió con

su puño y letra la órden para que se permitiese á Don Cesar hablar con

Teodoro que estaba rigurosamente incomunicado.

Don Cesar guardó la órden bajo de su ropilla, y se dirijió á la cárcel

en busca de Teodoro........................

Don Pedro de Mejía y Don Alonso de Rivera, conversaban en la casa del

primero en la misma noche en que acontecia la prision de Teodoro.

--En verdad--decia Don Pedro--que mi situacion no puede ser mas

espantosa y no me queda mas recurso que realizar aquí todos mis

intereses, aunque sea con gran pérdida, y marcharme á España.

--No calculo yo que sea la cosa tan urgente, y tan mala, como la quereis

suponer.

--Sí Don Alonso, el edicto de los inquisidores contra mi hermana Doña

Blanca por su fuga del convento, y por su matrimonio, me deshonran, y

esas voces esparcidas por todas partes y que me hacen aparecer como

causa de la miseria pública por mi codicia, me han causado tal número de

enemistades que ya lo veis, no me atrevo ni á salir á la calle, sin

contar con que el virey sabiendo lo que se dice de mí, y que á él se le

culpa tambien de protejerme, con su genial franqueza me ha ordenado, que

no vuelva á poner los piés en palacio. En todo esto descubro las manos

de mis enemigos, de Luisa, de esa muger infernal á quien es preciso

castigar, de una manera terrible.

--¿Y ha llegado á veros Don Cárlos de Arellano, á quien enviasteis á

llamar?

--Sí, y el me ha propuesto un medio de venganza, que aun cuando á mí no

me parece tan terrible, como yo deseara, sin embargo, él me asegura que

lo será.

--¿Y cuál es?

--Permitidme, que no os le diga, prometiéndoos solamente que asistireis

á la ejecucion.

--Y hablando de otra cosa, ¿sospechais quién pueda ser el hombre que se

atrevió á casarse con Doña Blanca?

--No, pero para mayor deshonra nuestra, creo que será algun villano,

quizá un mulato de esos que no tienen temor ni á Dios, ni al diablo.

--Pues mirad lo que son las cosas, que yo héme fijado sin saber por qué,

en Don Cesar de Villaclara.

--Si fuera así, necesitariase castigar á Don Cesar terriblemente; pero

mas me figuro, que mas os habeis fijado en eso á causa del rencorcillo

que le guardais, por aquella estocada de marras.

--De ninguna manera, que al volver de su destierro, nos hemos encontrado

y apesar de que ni él ni yo hemos olvidado el lance, os juro que

hablamos como si nunca de antes nos hubiesemos conocido.

--¿De manera, que le perdonais aquella mala pasada?

--Tanto así no podre aseguraros, que me la pagará tan luego como pueda,

pero lo que sí os respondo es, que en nada me ha preocupado aquel

recuerdo para sospechar que él es el marido de vuestra hermana, quizá

muy pronto llegue á averiguarlo, y entonces vereis como el corazon no me

ha engañado: entretanto no os descuideis vos con las asechanzas de

Luisa, que ciertamente es el mas poderoso de vuestros enemigos.

--Perded cuidado, que muy pronto la vereis castigada.

Monja y casada, vírgen y mártir · 第 69 / 161 题