De cómo Doña Blanca se casó y de lo que sucedió entonces.
El clérigo oidor que habia notificado la excomunion al secretario
Osorio, en la Audiencia, habia sido como indicamos, remitido á Veracruz
para embarcarse para España.
En vano le reclamó el Arzobispo, y en vano amenazó á la Audiencia; la
parte de esta que era fiel al virey permaneció inflexible, y el prelado
determinó dar un grande escándalo para precipitar definitivamente las
cosas.
La ciudad estaba en grandísima alarma. El Arzobispo exijia que en las
tablillas de las puertas de las iglesias estuviesen los nombres de los
que él habia excomulgado, á pesar de que era pasado el tiempo que
debian permanecer allí, y que además estaban ya absueltos por los jueces
á quienes habian ocurrido; pero el Arzobispo se empeñaba en que allí
subsistiesen, y los comisionados por la justicia para quitarlas luchaban
en cada templo para conseguirlo.
Cerraban los curas y los vicarios las puertas de las iglesias, é
intervino entonces «el brazo secular» y se hacian abrir por fuerza, y
esto con escándalo tan grande, que ya nadie atendia á sus negocios ni á
sus naturales ocupaciones, sino que andaban todos por todas partes
inquiriendo noticias y tomando partido.
Así duraron las cosas todo el dia, que lo pasó Don Cesar al lado del de
Gelves, atendiendo solo á las disposiciones que se dictaban para evitar
un tumulto, y prevenir sus resultados en caso de que lo hubiese.
A las oraciones de la noche Don Cesar, Teodoro, su muger, y un anciano
sacerdote llegaron á la casa en que vivia Doña Blanca.
La dispensa obtenida por Don Cesar, contenia, como era natural que él lo
hubiera procurado, la autorizacion á un sacerdote particular y que no
era el cura de su parroquia, para celebrar el matrimonio de Don Cesar de
Villaclara y de Doña Carolina Sandoval, como se llamó Blanca.
La jóven esperaba ya con impaciencia, estaba vestida de blanco, y su
belleza resaltaba mas con aquel traje vaporoso sin adornos y sin
alhajas.
En la sala de la casa debia celebrarse la boda, y el sacerdote se
revistió en una de las piezas inmediatas. Teodoro y Sérvia eran los
padrinos.
Blanca, trémula y confusa, pronunció sus nuevos votos y la bendicion del
anciano sacerdote vagó sobre aquellas dos hermosas cabezas.
Blanca era por fin la esposa de Don Cesar de Villaclara.
Eran las ocho de la noche, y repentinamente se escuchó á lo léjos el
clamor triste de las campanas de la catedral, y luego el de todas las
iglesias de la ciudad, que se elevaba en el silencio de la noche como un
presagio sombriamente siniestro.
--¡Jesus nos ampare!--Esclamó el anciano religioso cayendo de rodillas.
--¿Pues qué es eso señor?--preguntó Blanca mas pálida que un cadáver.
--La maldicion de Dios sobre esta ciudad desgraciada--contestó el
religioso.--Tocan entredicho.
--¡Entredicho!--Repitieron todos espantados.
--¡Jesus nos valga!--dijo Blanca desmayándose.
El anciano salió precipitadamente de la casa y los demas rodearon á
Blanca desmayada.
Las campanas seguian, tocaban pavorosamente á entredicho, y el tumulto
en las calles era espantoso, todos salian á la calle atraidos por la
novedad y la noticia de que la ciudad estaba en entredicho, circulaba
por todas partes helando de espanto á aquellos corazones religiosos y
tímidos.
--Dios mio--decia Blanca volviendo en sí--yo soy quizá la causa de tanta
desgracia. ¡Dios mio, perdóname!
Tres golpes sonaron en la puerta de la calle y todos se miraron entre sí
como espantados. Blanca se refugió en los brazos de Don Cesar.
Un criado abrió la puerta y un comisario del Santo Oficio se presentó en
la estancia seguido de sus familiares.
--¿Quién es aquí--dijo severamente el comisario--Doña Blanca de Mejía?
Todos callaron espantados.
--¿Doña Blanca de Mejía?--volvió á decir el comisario.
El mismo silencio.
--Por última vez y en nombre del Santo Tribunal de la Fé, preséntese
Doña Blanca de Mejía, si no quiere que pare en su mayor perjuicio.
Doña Blanca dió un paso adelante, el comisario se aproximó para
prenderla; pero en este momento Don Cesar se arrojó entre los dos.
--No la tocareis--dijo resueltamente.
--Prended á esa muger--dijo el comisario del Santo Oficio.