De lo que pasó con Don Cárlos de Arellano, y cómo volvió él á ver á
Luisa.
Don Cárlos de Arellano, á quien hemos dejado en el momento en que un
criado que venia á caballo preguntaba por él, recibió con ese criado dos
cartas de México.
La una era del virey, y la otra de Don Pedro de Mejía.
Con el virey cultivaba corta amistad á pesar de ser uno de sus grandes
partidarios, y con Don Pedro de Mejía, á resultas de todo lo acontecido
con Luisa, no tenia relaciones de ninguna especie.
Don Cárlos se admiró de recibir aquellas dos cartas, y sobre todo, la de
Mejía: en ambas lo solicitaban para que fuese á la capital.
Arellano antes de resolverse quiso consultar con Chema, que era su
maestro, y á quien habia llegado á tener en alta estimacion.
--Don José, Don José--dijo Arellano despertando al viejo, que habia
quedado durmiendo.
--¿Que hay?
--Dos cartas que tengo aquí de México, sobre las que quisiera saber
vuestra opinion.
--¿Y qué dicen?
--Me invitan á ir para allá, y ambas por razones bien distintas; oíd, la
una es del virey.
Don Cárlos leyó la primera carta.
«Para el mejor servicio de Su Majestad (Q. D. G.) deseara que viniéseis
á México á tener vista conmigo, para tratar de algunos negocios
importantes del reino, y de la provincia de que sois Alcalde Mayor; esto
es de la mayor urgencia.
Dios os guarde muchos años.