--¿Y bien?--preguntó Don José--¿qué habeis pensado hacer?
--Queria consultaros, si supuesto el estado en que se hallan las cosas,
debiera yo de ir.
--Creo que seria una imprudencia, cuando no una locura, el iros á meter
así en el fuego, estando aquí tan libre. «El que busca el peligro en él
perece.»
--Teneis razon, no iré.
--¿Y la otra carta?
--Es un negocio particular que tengo ya casi olvidado, y que no seria
por sí solo capaz de obligarme á emprender un viaje. Escuchad, es de un
caballero rico de la ciudad llamado Don Pedro de Mejía.
«Señor Don Cárlos de Arellano.
«Muy respetado amigo y señor. Hace ya algunos años que dejé de cultivar
vuestra amistad por motivos que espero hayais echado en olvido, pero que
son los mismos que ahora me obligan á dirijiros ésta.
«Es el caso que entonces por razones que alguna vez os diré, tuve de
contraer matrimonio con Luisa, la viuda de Don Manuel de la Sosa
ignorando que habia estado en vuestra casa de donde se fugó, y que era
una esclava antigua de un Don José de Abalabide. Súpelo despues de la
boda y la arrojé de mi casa.
«Hoy ha vuelto esta muger pasando por esposa legítima del correjidor de
México Don Melchor Perez de Varais, enemigo encarnizado del virey y uno
de los mas ardientes trastornadores de la pública paz.
«Os ruego que vengais para ayudarme á confundir á esa muger que es el
ajente mas poderoso y mas activo del Correjidor.
«Dios os guarde por muchos años, como se lo pide vuestro amigo y
servidor
«DON PEDRO DE MEJÍA.»
Chema habia escuchado esta carta con un interes y una escitacion
creciente, su semblante se habia puesto encendido, sus ojos brillaban y
su respiracion era desigual y fatigosa.
--¿Qué pensais?--dijo Don Cárlos--A la verdad que para castigar á esa
muger basta su marido, que si buena y juiciosa le hubiera salido á Don
Pedro, nada me hubiera tocado á mí, como ahora que es mala é inquieta me
viene á querer perturbar.
--Os engañais--dijo Chema con una voz ronca--es preciso que vayais, ó
mejor dicho, que vayamos para confundir á esa víbora, yo os acompañaré.
--¡Vos! ¿la conoceis acaso?
--Ojala no la hubiera conocido, ella ha sido la causa de todas mis
desgracias, porque yo soy Don José de Abalabide.
--¡Vos Don José de Abalabide! el rico comerciante que desapareció una
noche arrebatado por el Santo Oficio, y de quien se cuentan tantos
padecimientos?
--El mismo, Don Cárlos, el mismo, y en el camino os instruiré de todo y
os convenceré de que es un deber nuestro castigar á esa muger. Disponed,
os ruego, vuestro viaje, y salgamos mañana mismo de esta casa.
--Saldremos--dijo Don Cárlos.
A la siguiente mañana una pesada carroza de camino se dirigia á la
capital de la Nueva España. Ocho poderosas mulas tiraban de ella, y en
el interior se veian á Don Cárlos de Arellano y á Don José de Abalabide
que hablaban con mucho calor; era que el viejo referia su historia.
A las dos de la tarde los viajeros habian llegado á México y se alojaban
en una casa que Don Cárlos habia conservado amueblada y dispuesta en la
ciudad, porque solia antiguamente pasar allí algunas temporadas.
Don José fué bajado de la carroza en los brazos de los lacayos.
En aquellos momentos la ciudad estaba en alarma, grupos de gentes de
todas clases cruzaban por las calles, bulliciosos los unos, graves y
taciturnos los otros; allí se preparaba algo: eran aquellos para el
menos inteligente presagios de una tempestad.
Don Cárlos se dirigió inmediatamente á palacio para averiguar qué era
aquello, y encontró allí la misma confusion que en las calles; pero allí
ya comprendió todo.
Don Melchor Perez de Varais retraido en el convento de Santo Domingo, no
pretendia hacer fuga como decian sus enemigos, pero sí auxiliado del
Arzobispo que lo visitaba diaria y secretamente, atizaba el fuego de la
sedicion y provocaba un alzamiento. Sus jueces como hemos visto,
mandaron ponerle guardias en el convento.
Don Melchor se quejó de esto al Arzobispo diciendo, que se violaba la
inmunidad del asilo, y el prelado que no esperaba sino una oportunidad
para dar un escándalo, miró esta como venida del cielo.
Con el juicio de censuras se dió principio á este escándalo, y el
Arzobispo por medio de su Provisor procedió contra los guardias y contra
los jueces hasta declararlos excomulgados.
El Provisor comprendia y secundaba perfectamente las ideas del
Arzobispo, y las notificaciones á los excomulgados se hacian con el
mayor escándalo posible á todas horas, sin distinguir las del dia de
las de la noche.
El clerigo que hacia de notario iba de una á otra casa y de uno á otro
tribunal, y atravesando las calles seguido de un concurso numerosísimo
ocasionando por toda la ciudad alarma y tumulto.
La Audiencia absolvió á los excomulgados, y el Arzobispo entonces se
volvió contra la Audiencia.
Don Cárlos de Arellano llegó á palacio á la sazon que entraba tambien á
él un clérigo notario del Arzobispo, que seguido de una multitud inmensa
entre la cual se veian muchos clérigos, iba á notificar al secretario de
dicha Audiencia la entrega de los autos de este ruidosísimo negocio.
El virey estaba en la Audiencia con los oidores, y el notario del
arzobispado llegó con su acompañamiento hasta la puerta de dicha
audiencia, en donde habia quedado esperando tambien Don Cárlos.
--¿Qué ruido es ese?--Preguntó adentro el virey.
--Señor--contestó pálido el oficial mayor--El notario del provisorato me
notifica que se entreguen los autos sobre absolucion de las censuras de
los jueces y guardias de Don Melchor Perez de Varais, bajo pena de
escomunion y publicacion en las tablillas de las iglesias.
--Vive Dios, y perdonadme señores mi violencia--dijo el virey--que mucha
es la audacia y desacato de ese notario.--Decid señor oficial mayor, á
ese notario, que aguarde hasta que termine la audiencia.
El oficial mayor salió inmediatamente á llevar el recado de S. E.
Apenas el notario oyó el recado, cuando sin respeto de ninguna clase, y
atropellando al oficial mayor, se dirijió á la puerta de la audiencia.
Los alguaciles trataron de impedirselo y entonces allí mismo se trabó la
lucha.
Como por encanto salieron á lucir multitud de armas, que llevaban
ocultas los clerigos que acompañaban al notario, y comenzaron á caer
heridos algunos de los dos bandos.
Don Cárlos tiró de su espada, y se puso del lado de la justicia.
En medio de aquel tumulto, un jóven elegantemente vestido con un
sombrero hundido hasta el entrecejo y adornado con hermosas plumas
blancas, animaba y exaltaba á los partidarios del arzobispo y con el
estoque en la mano, procuraba herir al oficial mayor.
Arellano se arrojó sobre este jóven en el momento en que un movimiento
de la multitud hacia caer su sombrero, dejando complemente descubierta
su cabeza. Dos esclamaciones se escucharon en aquel acto, la una era de
Don Cárlos de Arellano que gritó.
--¡Luisa!
La otra partió de la boca de Don Cesar, que llegaba al lugar del
escándalo, y que tambien la reconoció.
En este instante se abrió la puerta de la audiencia, y la figura severa
del marqués de Gelves, apareció calmando la tempestad.
Los alborotadores huyeron espantados, y solo quedaron allí Don Cesar,
Arellano, y los alguaciles, unos buenos y otros heridos.
Don Cárlos levantó el sombrero que Luisa habia abandonado en su fuga.
El virey con los brazos cruzados contempló á la turba que huia, y luego
con una calma inconcebible en su carácter violento y altivo, dijo á Don
Cesar y á Don Cárlos de Arellano.
--Pasad Señores.
Los dos caballeros siguiendo al marqués, entraron á la sala de la
audiencia.
Los Oidores estaban pálidos, pero serenos; la Audiencia se habia dado
por terminada y se hablaba ya en confianza.
--Admírome señor--dijo Don Cesar--como S. E. ha podido contener su
natural fogoso ante semejantes desacatos.
--Creed Don Cesar, que he necesitado hacer un grande esfuerzo, porque
los gobernantes muchas veces tenemos necesidad de disimular nuestros
naturales instintos é inclinaciones.
--Tiene V. E. mucha razon--dijo Don Cesar.
--Pero ya la justicia tendrá su lugar alguna vez, que ahora conozco que
solo de precipitarme se trata, para dar motivo á culparme de cualquier
desgracia, y no lo conseguirán.
--Quizá no ignore V. E.--dijo Don Cárlos de Arellano, la cabeza y el
brazo que dirigen estos disturbios.
--¿Y quién los desconoce? solo vos Don Cárlos que venis tan pocas veces
á México, y os pasais la vida encerrado en vuestra casa de la Estrella,
y sin embargo, ved como os favorece la fortuna, acabais de llegar y ya
teneis en vuestras manos un trofeo.
--Es verdad, E. S.--contestó Arellano, levantando por lo alto el
sombrero de Luisa que llevaba en la mano--este trofeo tiene la doble
recomendacion de pertenecer á una dama.
--¿A una dama?
--Que venia entre la multitud vestida de hombre, y que se daba tambien
su modo de acuchillar á los alguaciles.
--¿Y quién era, esa mi hermosa enemiga?
--Hermosa verdaderamente, y que segun entiendo, es la que pasa por
esposa de Don Melchor Perez de Varais.
--He oido hablar de ella, ¿pero por qué decis que pasa por su esposa,
acaso no lo es realmente?
--Ni puede serlo; bien pronto conocerá V. E. lo que es esa muger por las
pruebas que tendré el honor de presentarle. Entre tanto, permítame V. E.
que no le diga mas.
--Como gusteis.
Don Cesar no dió para nada á entender que conocia á Luisa y el virey y
los Oidores siguieron comentando á su manera los acontecimientos que
habian tenido lugar..............
* * * * *
Aquella misma noche el Arzobispo entraba al aposento que ocupaba en
Santo Domingo Don Melchor Perez de Varais.
Luisa con su traje de hombre acompañaba á Don Melchor. El prelado debia
ya conocer quién era, porque la saludó como á señora.
Luisa besó respetuosamente el pastoral del Arzobispo.
--En esta tarde--dijo Don Melchor--creí que el marqués hubiera hecho una
de las suyas acuchillando al pueblo, lo que hubiera precipitado
ventajosamente para nosotros el lance.
--Así debió de suceder--contestó el Arzobispo--y no comprendo qué pudo
detenerle.
--Mi esposa que estuvo presente, me ha contado que el virey no hizo
siquiera impulso de arrojarse á la pelea.
--¿Será cobarde?--dijo el prelado.
--No lo piense V. S. I., pero está muy prevenido.
--¿Conque vos anduvísteis, señora--dijo el Arzobispo--en medio del
peligro?
--Cuando se trata de la causa de Dios y de la Iglesia--contestó
hipócritamente Luisa--la criatura mas débil es fuerte.
--Sois digna imitadora--dijo el Arzobispo--de Judit, de Estér y de
Dévora.
--Señor Ilustrísimo.........--esclamó Luisa fingiendo ruborizarse.
--Y no crea Su Ilustrísima--agregó Don Melchor con cierto orgullo--no
cesa de trabajar; esta noche me ha dado parte de que se ha encontrado á
un antiguo criado suyo de gran influencia entre el pueblo, y muy útil, á
quien llaman por mal nombre el Ahuizote.
--¡El Ahuizote! ¡el Ahuizote!--yo recuerdo ese nombre.
--Tal vez le haya conocido en otro tiempo Su Señoría.
--Puede, ¿con que es muy útil?
--Para todo.
--Pues va ya á necesitarse pronto porque el virey me exige que le envie
al notario que en esta tarde fué á notificar al secretario de la
Audiencia.
--¿Y qué hará Su Señoría Ilustrísima?
--¿Qué puedo hacer? entregarle, pero esto dará el motivo que se necesita
para poner el entredicho y excomulgar al virey.
--¡Excomulgarlo!--esclamaron á un tiempo Luisa y Don Melchor.
--Sí, ya vereis que naturalmente van para allá las cosas y muy pronto.
--Y nosotros entre tanto ¿qué haremos?
--Seguir excitando y preparando al pueblo para la hora del combate.
--Estamos dispuestos--dijo Don Melchor--¿nos avisará Su Ilustrísima?
--Sí, si es posible; si no hay tiempo, las campanas que toquen el
entredicho serán la señal.
Pocos momentos despues Luisa se despidió, en la puerta por donde
ocultamente entraba y donde la aguardaba ya el Ahuizote. Luisa subió en
su carroza y el Ahuizote trepó á la saga.