Lo que hablaron el virey y Don Cesar de Villaclara, y lo que aconteció
despues.
--Tengo que haceros una confidencia, Don Cesar--dijo el virey--que á no
tener de vos tanta confianza, no os abriera mi pecho tan francamente.
--Puede V. E. depositar en mí su secreto, que solo en un sepulcro
pudiera estar mejor guardado.
--Lo sé, y por eso os le fio: oíd.
--Hable V. E., que es para mí mucha honra.
--Don Cesar, anoche he salido á rondar como sabeis que tengo de
costumbre en algunas noches, y en la calle que está derecho de San
Hipólito he visto una muger, Don Cesar, cuya imágen poco tiempo presente
ante mis ojos, no se borrará, ni se ha borrado un instante de mi mente.
--¿Tan bella es?
--Tan bella como un ángel, luz despiden sus brillantes ojos, perlas son
sus dientes, coral sus labios, rizos de negra seda juegan sobre sus
espaldas y sobre sus hombros, que envidiara la hembra mas hermosa de
Castilla.
--Pero ¿quién es tan peregrina belleza?
--Pluguiese al cielo, que alcanzado hubiera la dicha de saber su
nombre; esa muger no debe tener nombre sino entre los ángeles: muchos
años han cruzado ya sobre mi frente, y la nieve de la edad blanquea mi
cabeza ya sin que el fuego de los arcabuces haya podido derretirla, pero
ni nunca tal garrida belleza he visto, ni nunca impresion tan estraña se
ha apoderado de mí; este es el favor que os exijo; este es el servicio
que espero de vuestra amistad, saber el nombre, la clase y el estado
siquiera de esa dama.
--Señor, procuraré ayudar á V. E., pero ¿á dónde vive?
--No podré deciros mas, sino que la he visto en una ventana que está
cerca de San Hipólito, de donde ví tambien salir varios negros, y en
donde creo habita un negro alto y fornido con traza de rico.
--¡Ah! entonces ya sé adonde es.
--¿A dónde?
--En la casa de Teodoro, el negro liberto de la difunta Doña Beatriz de
Rivera--yo respondo á V. E. que sabrá quién es esa dama.
--Me hareis un distinguido favor; me hareis, que mas os puedo decir, me
hareis feliz. ¿Cuándo creeis saber algo?
--Mañana mismo lo sabré ya todo.
--Bien, id Don Cesar, y Dios os guie en vuestras investigaciones.
Aquella misma tarde rondaba ya Don Cesar por el frente de la casa de
Teodoro.
Pero las ventanas permanecieron obstinadamente cerradas, llegó la noche
y sucedió lo mismo.
--Volveré á la media noche--pensó Don Cesar, y se retiró.
Sor Blanca no salia á sus rejas durante el dia por temor de ser vista y
conocida; sin embargo, al través de algunas hendiduras de las puertas
miraba la calle.
Don Cesar pasaba en la tarde y Blanca alcanzó á verle. Don Cesar estaba
algo variado, pero habia sido la única ilusion y el único amor de
Blanca, y le reconoció; habia pensado tanto en él que no era posible que
le hubiera olvidado.
Blanca se sintió desfallecer al mirarle, y luego se apoderó de ella un
desaliento horrible: tal vez Don Cesar la habia olvidado, estaba ya
unido, amaba á otra, y aun cuando no fuese así, ¿no habia entre ellos ya
el abismo inmenso de sus votos monásticos, que el Arzobispo aun no habia
relajado?
Don Cesar volvió á pasar y Blanca advirtió que miraba para la casa y que
se detenia enfrente, y luego aquellos paseos se repitieron, y no habia
duda: Don Cesar rondaba aquella habitacion. ¿La buscaria á ella? ¿Sabria
que allí estaba?
En una de las veces Don Cesar pasó junto á la ventana, y se detuvo
buscando un modo de ver para adentro.
Blanca le veia, no estaban divididos mas que por la reja y por la
puerta, tenia el rostro de aquel hombre á una distancia tan corta, que
podia haber escuchado un suspiro, sintió un vértigo, quiso abrir y
presentarse, pero en aquel momento D. Cesar convencido sin duda de que
nada conseguia, se retiró.
Toda la tarde penó Blanca en lucha con su deseo, por fin llegó la noche
y no vió ya á Don Cesar.
Don Cesar salió á cosa de las once á proseguir sus investigaciones; no
solamente su amistad con el virey, sino su amor propio y su curiosidad
estaban interesados en descubrir á la dama misteriosa.
La noche no estaba completamente oscura, y al llegar cerca de la casa de
Teodoro creyó notar un bulto.
Como acostumbrado á esta clase de aventuras, se dirijió al bulto para
reconocer si era un hombre y alejarle de allí, aun cuando tuviese que
andar para ello á estocadas.
Por su parte el hombre que estaba frente á la casa, se puso en guardia
al ver acercarse á Villaclara.
--¿Quién va?--preguntó el hombre.
--¿Su Excelencia aquí?--contestó Villaclara descubriéndose.
--Callad, Don Cesar, que no seria prudente que nadie me conociera--dijo
el virey.
--¿Ha descubierto algo esta noche V. E.?
--Nada, á pesar de que se descubre luz, las ventanas han permanecido
cerradas; ¿y vos habeis alcanzado algo?
--Nada tampoco, toda la tarde he permanecido por aquí.
--¿Y qué pensabais hacer ahora?
--Venia á continuar mis rondas hasta descubrir algo.
--Bien, entonces quedaos, que yo tengo que hacer en palacio.
--Como lo mande V. E.
--Quedaos, adios, y mañana os espero.
El virey se embozó y echó á caminar, perdiéndose á poco entre las
sombras densas de los árboles de la Alameda.
La noche se pasó tambien, y á la hora del almuerzo contaba Don Cesar al
virey que se habia perdido el tiempo.
--Pero supongo que no desmayareis--dijo el marqués de Gelves.
--Imposible, contestaba Don Cesar, yo cumpliré á V. E. lo prometido, y
sabremos quién es esa dama.
En la tarde Blanca esperaba, y Don Cesar no tardó en venir y comenzar
sus paseos.
Blanca luchó algo, pero al fin no pudo resistir, y abriendo su ventana
se mostró á la vista del joven.
--Es un ángel, es una diosa, es algo que no pertenece al mundo sino al
cielo--esclamó Don Cesar--y este rostro no me es desconocido, lo he
visto, vive en mis recuerdos: ¡me mira! ¡me sonrie! ¡Dios mio,
alúmbrame! ¡alúmbrame! ¿Quién es esta muger?
Don Cesar entre el torbellino del mundo habia perdido la imágen de
Blanca, que como un recuerdo volvia á levantarse delante de él.
Si Blanca hubiera comprendido que Don Cesar no la recordaba, su corazon
hubiera sangrado de dolor porque la pobre jóven soñaba con su candor de
niña, que como ella amaba así era amada.
Un grupo de jente venia por la calle y Blanca cerró precipitadamente su
ventana, y en vano esperó el jóven toda la tarde que no volvió ya á
abrirse.
Llegó la noche y se retiró sin poder olvidar á la dama, y sin recordar
tampoco en dónde la habia visto.
--Dios mio--decia--¿quién es esta muger tan bella y que me mira de una
manera para mí tan estraña?
El virey en cuanto pudo desprenderse de sus negocios en la noche, volvió
á la calle de San Hipólito.
Serian las diez y la calle estaba desierta, y el de Gelves creyó
observar la primera vez que pasó, que la ventana de su bella desconocida
estaba abierta y el aposento oscuro.
Volvió á pasar y se confirmó en su observacion, y se detuvo entonces en
frente de la reja: oyó ruido en el interior, los pasos de una persona
que se acercaba á la ventana, y luego una voz hechicera que decia:
--¿Sois vos?
--Yo soy--contestó el de Gelves comprendiendo que en todo caso decia una
verdad.
--Os he visto rondar mi casa, y vos debeis comprender que vuestro amor y
vuestras pretensiones son imposibles.
--¡Imposibles! ¿Por qué?
--Porque Dios ha puesto entre nosotros una inmensa barrera, que una
muger cristiana no puede salvar; idos, y si me habeis amado, si me ameis
aún, no trateis de perder una alma que en gran riesgo está ya por
desgracia.
--Señora......
--Os lo ruego, olvidadme, que harto sabeis que no puedo ser vuestra.
Adios.
Y la ventana se cerró con violencia antes que el marqués hubiera podido
articular una palabra.
--¡Dios mio, Dios mio!--decia Doña Blanca sollozando en el interior de
su aposento--acepta mi sacrificio en descargo de mis grandes culpas; tú
ves, mi Dios, qué inmenso esfuerzo me ha costado despedirle para
siempre; pero que no vuelva, que no vuelva, Dios mio, porque entonces,
sí, no me sentiria con resolucion para tanto.
El marqués se quedó un momento reflexionando, y luego casi en alta voz
pensó:
--Tiene razon esta dama; á mi edad, un hombre casado como yo, porque
ella debe saberlo, y conocer á la vireina como casi toda la
ciudad....... tiene razon, aún es tiempo de cortar esta pasion que,
quizá mas tarde, me hubiera avergonzado.... pero yo la iba queriendo
demasiado......... no, no volveré mas; mucho tengo en que ocuparme para
andar á mis años en rondas y en amoríos.........
El marqués seguia caminando, y vió á un embozado que se acercaba.
--Debe de ser Don Cesar.
En efecto era él, que venia á seguir por su parte la comensada empresa.
--Don Cesar--dijo el virey aproximándose.
--Señor--contestó Don Cesar.
--¿A dónde vais?
--A la calle de San Hipólito.
--No es necesario ya, acompañadme á palacio y os referiré lo que me ha
pasado con esa dama misteriosa.
--¿La ha visto V. E?
--Aun mas que eso: la he hablado.
--¿Hablado?
--Sí, venid, y os contaré.
Don Cesar se sintió contrariado, pero tuvo necesidad de acompañar al
virey y escuchar toda la relacion de su boca, y comprendió que la dama
habia hablado al marqués creyendo que era él, y sintió renacer sus
esperanzas.
--¿Es decir que V. E. prescinde de la empresa completamente?
--Sí, Don Cesar, esa dama me ha recordado lo que yo nunca debiera haber
perdido de vista.
Don Cesar guardó silencio, pero se alegró en su interior y juró ser él
quien continuara persiguiendo á la jóven.
Aquella noche comprendió ya que era infructuoso su paseo, y se retiró.
Pero á la siguiente tarde pasó y volvió á pasar, hasta que volvió á
abrirse la ventana y Blanca volvió á presentarse.
Ella lo habia dicho: si él volvia, quizá no podia resistir.
Don Cesar procuró aprovechar la ocasion, y pasando junto á la ventana
dejó caer, por decirlo así, estas palabras:
--Hasta la noche.
--Sí--dijo Blanca encendida de rubor y cerrando, y luego agregó en su
interior.
--¿Cómo será posible no amarle? ¡Oh, Dios mio! tú me abandonas á mis
propias fuerzas, y yo me siento débil para luchar con este amor.
--¿Quién será esta dama, que cada vez que la miro me parece que estoy
mas seguro de haberla conocido? ¿Lo habré soñado quizá? Esta noche
saldré de esta penosa duda, y si S. E. ocupó anoche mi lugar, es justo
que yo me aproveche de la conversacion que él habia comenzado: pagar es
corresponder.
Cuando Don Cesar volvió en la noche, Doña Blanca esperaba ya.
Aquella imaginacion ardiente, aquella naturaleza vigorosa y pura, aquel
corazon vírgen y amante, no habian podido resistir el encanto de un
primer amor. Blanca estaba apasionada de Don Cesar, porque era el único
hombre que la habia manifestado su amor, y porque ella habia soñado en
ese amor como en un imposible durante los largos años de su encierro en
el cláustro.
Blanca estaba resuelta á todo; pero temerosa con la escena que le habia
pasado con Cleofas, queria declarárselo todo á Don Cesar para saber si
él tambien arrostraba por todo.
Don Cesar se iba acercando; sus pasos resonaban en el silencio de la
calle, y Blanca le adivinaba, vacilante y conmovida, apoyándose en las
rejas de su ventana.
El jóven llegó, y como es natural que se apoyase en la misma reja, su
mano tocó por casualidad la mano de Blanca, que se estremeció con aquel
contacto, pero que no se retiró.
Don Cesar lo advirtió, y contó ya segura su conquista.
Hay cosas que parecen insignificantes, pero que entre personas que se
aman equivalen á una declaracion, ó á una correspondencia: una mirada
fija, ó á escusas; una mano que se detiene ó que oprime mas de lo comun
á otra; dos brazos que se tocan y no se separan; cualquiera cosa es para
los amantes una declaracion mas larga que un libro, mas clara que la luz
del medio dia.
--Señora--dijo cortesmente Don Cesar--perdonadme si por desgracia he
tardado mas de lo que quisiera.
--No, Don Cesar, siempre llegareis á tiempo.
--¿Conoceis mi nombre?--dijo Don Cesar asombrado.
--¿Acaso no conoceis vos tambien el mio?
--¿Creeis que si vuestro corazon no me olvida, el mio pudiera haberos
olvidado?
Don Cesar naufragaba en un mar de conjeturas: ¿quién era aquella muger
que así le hablaba? ¿Qué iba á hacer, si, como era natural, se
prolongaba la conversacion sin que él pudiera recordar su nombre? Era
preciso esquivar aquel escollo.
--Señora--dijo Don Cesar para dar otro jiro á la conversacion, y
recordando lo que le habia contado el virey--¿Por qué me habeis
rechazado tan cruelmente anoche?
--Don Cesar, porque hay entre nosotros un abismo que puede arrastrarnos
á infinitos males, y no quiero esponeros por mi causa.
--¿Y creeis señora, que tema yo algo, tratándose de vos? ¿creeis que
sacrificio alguno me parezca grande por obtener un amor como el vuestro?
--Es que quizá hasta la salvacion eterna de vuestra alma puede peligrar.
--Habladme señora, decidme que peligros son esos, ya ansio por
arrostrarlos, para probaros cuanto os adoro.
--Don Cesar, sabeis que mi hermano Don Pedro de Mejía me hizo entrar en
un convento, y profesar por fuerza, soy monja, vínculos de acero me átan
al claustro, y si yo los he roto y he escapado de allí huyendo de una
vida que no puedo soportar, buscando aire y libertad, y esponiéndome á
todas las calamidades que esto podria atraer sobre mi cabeza, no quiero
por mas que os ame envolveros en mi desgracia, y comprar mi dicha á
costa de vuestra felicidad.
--Doña Blanca--dijo Don Cesar, que la habia reconocido, Doña Blanca ¿eso
decis? ¿Eso podeis pensar de mí? Yo os amo, vuestra imágen me siguió á
mi destierro y me acompañó siempre al traves de los mares, si vuestro
hermano os condujo al convento, si allí pronunciasteis esos votos que
vuestro corazon rechazaba, Dios no puede haber recibido esos votos, no
Blanca, vuestro corazon era mio, nada mas que mío y Dios no puede haber
querido que dos de sus criaturas fuesen desgraciadas, por un sacrificio
que su misma bondad desaprueba y rechaza.
--¡Oh Don Cesar! cuanto bien me haceis; seguid, seguid, decidme que me
amais, que no os espanta mi situacion.
--¿Espantarme? Alma de mi alma, espantarme? ¿y por qué? Os amo con toda
la pasion de mi alma, y si los hombres nos persiguieran, si tubiera yo
que sufrir los mas horribles tormentos, los aceptaría contento, feliz,
porque era por vos, por vuestro amor; Dios no se ofenderá porque en vos
le amo á Él, porque nunca pudo su grandeza exigir que se ahogase el amor
en el corazon de sus criaturas que Él formó destinadas para el amor. ¡Oh
Blanca! os adoro, pero decidme, ¿vos me amais?
--Don Cesar todo el amor de mi vida, toda la pasion de que soy capaz,
todo es para vos, desde que os ví en Jesus María, no se aparta vuestro
recuerdo de mí, os amo, y si es necesario ser desgraciada, morir en la
hoguera por vuestro amor, moriré contenta y feliz. Oidme, ayer aun tenia
temores, aun guardaba remordimientos, porque iba á atropellar con mis
deberes, pero hoy ya nó, haced de mí lo que querais, no soy mas que
vuestra, enteramente vuestra.
Y Blanca en su exaltacion acercó su rostro á la reja, y los labios de
Don Cesar recibieron su primer beso de amor.
--Blanca--dijo Don Cesar--es preciso que salgais de aquí. ¿Estais
resuelta á todo?
--A todo.
--Pues bien, el virey os ha visto aquí, pueden buscaros, voy á procurar
una casa, en donde vivireis oculta, y en donde sereis para mí, y nada
mas para mí. ¿Os agradaría?
--Sí, Don Cesar: vuestro amor, y despues venga lo que Dios quiera.
La conversacion se prolongó por mucho tiempo entre dulcísimos requiebros
y alegres planes para el porvenir, y entre frases de amor y besos de
pasion.
El alba comenzaba ya á despuntar cuando Don Cesar se apartaba de la reja
llevando la felicidad en el corazon, y dejando á Blanca en medio de un
paraiso encantado.
Todo estuvo entre ellos convenido; Blanca se iria á la casa que debia
tomar Don Cesar á ocultar su nombre y su pasion.
Entre amantes se arreglan en una hora cosas mas difísiles y atrevidas,
que en los congresos y en las asambleas en un año.