IX.

Lo que hablaron el virey y Don Cesar de Villaclara, y lo que aconteció

despues.

--Tengo que haceros una confidencia, Don Cesar--dijo el virey--que á no

tener de vos tanta confianza, no os abriera mi pecho tan francamente.

--Puede V. E. depositar en mí su secreto, que solo en un sepulcro

pudiera estar mejor guardado.

--Lo sé, y por eso os le fio: oíd.

--Hable V. E., que es para mí mucha honra.

--Don Cesar, anoche he salido á rondar como sabeis que tengo de

costumbre en algunas noches, y en la calle que está derecho de San

Hipólito he visto una muger, Don Cesar, cuya imágen poco tiempo presente

ante mis ojos, no se borrará, ni se ha borrado un instante de mi mente.

--¿Tan bella es?

--Tan bella como un ángel, luz despiden sus brillantes ojos, perlas son

sus dientes, coral sus labios, rizos de negra seda juegan sobre sus

espaldas y sobre sus hombros, que envidiara la hembra mas hermosa de

Castilla.

--Pero ¿quién es tan peregrina belleza?

--Pluguiese al cielo, que alcanzado hubiera la dicha de saber su

nombre; esa muger no debe tener nombre sino entre los ángeles: muchos

años han cruzado ya sobre mi frente, y la nieve de la edad blanquea mi

cabeza ya sin que el fuego de los arcabuces haya podido derretirla, pero

ni nunca tal garrida belleza he visto, ni nunca impresion tan estraña se

ha apoderado de mí; este es el favor que os exijo; este es el servicio

que espero de vuestra amistad, saber el nombre, la clase y el estado

siquiera de esa dama.

--Señor, procuraré ayudar á V. E., pero ¿á dónde vive?

--No podré deciros mas, sino que la he visto en una ventana que está

cerca de San Hipólito, de donde ví tambien salir varios negros, y en

donde creo habita un negro alto y fornido con traza de rico.

--¡Ah! entonces ya sé adonde es.

--¿A dónde?

--En la casa de Teodoro, el negro liberto de la difunta Doña Beatriz de

Rivera--yo respondo á V. E. que sabrá quién es esa dama.

--Me hareis un distinguido favor; me hareis, que mas os puedo decir, me

hareis feliz. ¿Cuándo creeis saber algo?

--Mañana mismo lo sabré ya todo.

--Bien, id Don Cesar, y Dios os guie en vuestras investigaciones.

Aquella misma tarde rondaba ya Don Cesar por el frente de la casa de

Teodoro.

Pero las ventanas permanecieron obstinadamente cerradas, llegó la noche

y sucedió lo mismo.

--Volveré á la media noche--pensó Don Cesar, y se retiró.

Sor Blanca no salia á sus rejas durante el dia por temor de ser vista y

conocida; sin embargo, al través de algunas hendiduras de las puertas

miraba la calle.

Don Cesar pasaba en la tarde y Blanca alcanzó á verle. Don Cesar estaba

algo variado, pero habia sido la única ilusion y el único amor de

Blanca, y le reconoció; habia pensado tanto en él que no era posible que

le hubiera olvidado.

Blanca se sintió desfallecer al mirarle, y luego se apoderó de ella un

desaliento horrible: tal vez Don Cesar la habia olvidado, estaba ya

unido, amaba á otra, y aun cuando no fuese así, ¿no habia entre ellos ya

el abismo inmenso de sus votos monásticos, que el Arzobispo aun no habia

relajado?

Don Cesar volvió á pasar y Blanca advirtió que miraba para la casa y que

se detenia enfrente, y luego aquellos paseos se repitieron, y no habia

duda: Don Cesar rondaba aquella habitacion. ¿La buscaria á ella? ¿Sabria

que allí estaba?

En una de las veces Don Cesar pasó junto á la ventana, y se detuvo

buscando un modo de ver para adentro.

Blanca le veia, no estaban divididos mas que por la reja y por la

puerta, tenia el rostro de aquel hombre á una distancia tan corta, que

podia haber escuchado un suspiro, sintió un vértigo, quiso abrir y

presentarse, pero en aquel momento D. Cesar convencido sin duda de que

nada conseguia, se retiró.

Toda la tarde penó Blanca en lucha con su deseo, por fin llegó la noche

y no vió ya á Don Cesar.

Don Cesar salió á cosa de las once á proseguir sus investigaciones; no

solamente su amistad con el virey, sino su amor propio y su curiosidad

estaban interesados en descubrir á la dama misteriosa.

La noche no estaba completamente oscura, y al llegar cerca de la casa de

Teodoro creyó notar un bulto.

Como acostumbrado á esta clase de aventuras, se dirijió al bulto para

reconocer si era un hombre y alejarle de allí, aun cuando tuviese que

andar para ello á estocadas.

Por su parte el hombre que estaba frente á la casa, se puso en guardia

al ver acercarse á Villaclara.

--¿Quién va?--preguntó el hombre.

--¿Su Excelencia aquí?--contestó Villaclara descubriéndose.

--Callad, Don Cesar, que no seria prudente que nadie me conociera--dijo

el virey.

--¿Ha descubierto algo esta noche V. E.?

--Nada, á pesar de que se descubre luz, las ventanas han permanecido

cerradas; ¿y vos habeis alcanzado algo?

--Nada tampoco, toda la tarde he permanecido por aquí.

--¿Y qué pensabais hacer ahora?

--Venia á continuar mis rondas hasta descubrir algo.

--Bien, entonces quedaos, que yo tengo que hacer en palacio.

--Como lo mande V. E.

--Quedaos, adios, y mañana os espero.

El virey se embozó y echó á caminar, perdiéndose á poco entre las

sombras densas de los árboles de la Alameda.

La noche se pasó tambien, y á la hora del almuerzo contaba Don Cesar al

virey que se habia perdido el tiempo.

--Pero supongo que no desmayareis--dijo el marqués de Gelves.

--Imposible, contestaba Don Cesar, yo cumpliré á V. E. lo prometido, y

sabremos quién es esa dama.

En la tarde Blanca esperaba, y Don Cesar no tardó en venir y comenzar

sus paseos.

Blanca luchó algo, pero al fin no pudo resistir, y abriendo su ventana

se mostró á la vista del joven.

--Es un ángel, es una diosa, es algo que no pertenece al mundo sino al

cielo--esclamó Don Cesar--y este rostro no me es desconocido, lo he

visto, vive en mis recuerdos: ¡me mira! ¡me sonrie! ¡Dios mio,

alúmbrame! ¡alúmbrame! ¿Quién es esta muger?

Don Cesar entre el torbellino del mundo habia perdido la imágen de

Blanca, que como un recuerdo volvia á levantarse delante de él.

Si Blanca hubiera comprendido que Don Cesar no la recordaba, su corazon

hubiera sangrado de dolor porque la pobre jóven soñaba con su candor de

niña, que como ella amaba así era amada.

Un grupo de jente venia por la calle y Blanca cerró precipitadamente su

ventana, y en vano esperó el jóven toda la tarde que no volvió ya á

abrirse.

Llegó la noche y se retiró sin poder olvidar á la dama, y sin recordar

tampoco en dónde la habia visto.

--Dios mio--decia--¿quién es esta muger tan bella y que me mira de una

manera para mí tan estraña?

El virey en cuanto pudo desprenderse de sus negocios en la noche, volvió

á la calle de San Hipólito.

Serian las diez y la calle estaba desierta, y el de Gelves creyó

observar la primera vez que pasó, que la ventana de su bella desconocida

estaba abierta y el aposento oscuro.

Volvió á pasar y se confirmó en su observacion, y se detuvo entonces en

frente de la reja: oyó ruido en el interior, los pasos de una persona

que se acercaba á la ventana, y luego una voz hechicera que decia:

--¿Sois vos?

--Yo soy--contestó el de Gelves comprendiendo que en todo caso decia una

verdad.

--Os he visto rondar mi casa, y vos debeis comprender que vuestro amor y

vuestras pretensiones son imposibles.

--¡Imposibles! ¿Por qué?

--Porque Dios ha puesto entre nosotros una inmensa barrera, que una

muger cristiana no puede salvar; idos, y si me habeis amado, si me ameis

aún, no trateis de perder una alma que en gran riesgo está ya por

desgracia.

--Señora......

--Os lo ruego, olvidadme, que harto sabeis que no puedo ser vuestra.

Adios.

Y la ventana se cerró con violencia antes que el marqués hubiera podido

articular una palabra.

--¡Dios mio, Dios mio!--decia Doña Blanca sollozando en el interior de

su aposento--acepta mi sacrificio en descargo de mis grandes culpas; tú

ves, mi Dios, qué inmenso esfuerzo me ha costado despedirle para

siempre; pero que no vuelva, que no vuelva, Dios mio, porque entonces,

sí, no me sentiria con resolucion para tanto.

El marqués se quedó un momento reflexionando, y luego casi en alta voz

pensó:

--Tiene razon esta dama; á mi edad, un hombre casado como yo, porque

ella debe saberlo, y conocer á la vireina como casi toda la

ciudad....... tiene razon, aún es tiempo de cortar esta pasion que,

quizá mas tarde, me hubiera avergonzado.... pero yo la iba queriendo

demasiado......... no, no volveré mas; mucho tengo en que ocuparme para

andar á mis años en rondas y en amoríos.........

El marqués seguia caminando, y vió á un embozado que se acercaba.

--Debe de ser Don Cesar.

En efecto era él, que venia á seguir por su parte la comensada empresa.

--Don Cesar--dijo el virey aproximándose.

--Señor--contestó Don Cesar.

--¿A dónde vais?

--A la calle de San Hipólito.

--No es necesario ya, acompañadme á palacio y os referiré lo que me ha

pasado con esa dama misteriosa.

--¿La ha visto V. E?

--Aun mas que eso: la he hablado.

--¿Hablado?

--Sí, venid, y os contaré.

Don Cesar se sintió contrariado, pero tuvo necesidad de acompañar al

virey y escuchar toda la relacion de su boca, y comprendió que la dama

habia hablado al marqués creyendo que era él, y sintió renacer sus

esperanzas.

--¿Es decir que V. E. prescinde de la empresa completamente?

--Sí, Don Cesar, esa dama me ha recordado lo que yo nunca debiera haber

perdido de vista.

Don Cesar guardó silencio, pero se alegró en su interior y juró ser él

quien continuara persiguiendo á la jóven.

Aquella noche comprendió ya que era infructuoso su paseo, y se retiró.

Pero á la siguiente tarde pasó y volvió á pasar, hasta que volvió á

abrirse la ventana y Blanca volvió á presentarse.

Ella lo habia dicho: si él volvia, quizá no podia resistir.

Don Cesar procuró aprovechar la ocasion, y pasando junto á la ventana

dejó caer, por decirlo así, estas palabras:

--Hasta la noche.

--Sí--dijo Blanca encendida de rubor y cerrando, y luego agregó en su

interior.

--¿Cómo será posible no amarle? ¡Oh, Dios mio! tú me abandonas á mis

propias fuerzas, y yo me siento débil para luchar con este amor.

--¿Quién será esta dama, que cada vez que la miro me parece que estoy

mas seguro de haberla conocido? ¿Lo habré soñado quizá? Esta noche

saldré de esta penosa duda, y si S. E. ocupó anoche mi lugar, es justo

que yo me aproveche de la conversacion que él habia comenzado: pagar es

corresponder.

Cuando Don Cesar volvió en la noche, Doña Blanca esperaba ya.

Aquella imaginacion ardiente, aquella naturaleza vigorosa y pura, aquel

corazon vírgen y amante, no habian podido resistir el encanto de un

primer amor. Blanca estaba apasionada de Don Cesar, porque era el único

hombre que la habia manifestado su amor, y porque ella habia soñado en

ese amor como en un imposible durante los largos años de su encierro en

el cláustro.

Blanca estaba resuelta á todo; pero temerosa con la escena que le habia

pasado con Cleofas, queria declarárselo todo á Don Cesar para saber si

él tambien arrostraba por todo.

Don Cesar se iba acercando; sus pasos resonaban en el silencio de la

calle, y Blanca le adivinaba, vacilante y conmovida, apoyándose en las

rejas de su ventana.

El jóven llegó, y como es natural que se apoyase en la misma reja, su

mano tocó por casualidad la mano de Blanca, que se estremeció con aquel

contacto, pero que no se retiró.

Don Cesar lo advirtió, y contó ya segura su conquista.

Hay cosas que parecen insignificantes, pero que entre personas que se

aman equivalen á una declaracion, ó á una correspondencia: una mirada

fija, ó á escusas; una mano que se detiene ó que oprime mas de lo comun

á otra; dos brazos que se tocan y no se separan; cualquiera cosa es para

los amantes una declaracion mas larga que un libro, mas clara que la luz

del medio dia.

--Señora--dijo cortesmente Don Cesar--perdonadme si por desgracia he

tardado mas de lo que quisiera.

--No, Don Cesar, siempre llegareis á tiempo.

--¿Conoceis mi nombre?--dijo Don Cesar asombrado.

--¿Acaso no conoceis vos tambien el mio?

--¿Creeis que si vuestro corazon no me olvida, el mio pudiera haberos

olvidado?

Don Cesar naufragaba en un mar de conjeturas: ¿quién era aquella muger

que así le hablaba? ¿Qué iba á hacer, si, como era natural, se

prolongaba la conversacion sin que él pudiera recordar su nombre? Era

preciso esquivar aquel escollo.

--Señora--dijo Don Cesar para dar otro jiro á la conversacion, y

recordando lo que le habia contado el virey--¿Por qué me habeis

rechazado tan cruelmente anoche?

--Don Cesar, porque hay entre nosotros un abismo que puede arrastrarnos

á infinitos males, y no quiero esponeros por mi causa.

--¿Y creeis señora, que tema yo algo, tratándose de vos? ¿creeis que

sacrificio alguno me parezca grande por obtener un amor como el vuestro?

--Es que quizá hasta la salvacion eterna de vuestra alma puede peligrar.

--Habladme señora, decidme que peligros son esos, ya ansio por

arrostrarlos, para probaros cuanto os adoro.

--Don Cesar, sabeis que mi hermano Don Pedro de Mejía me hizo entrar en

un convento, y profesar por fuerza, soy monja, vínculos de acero me átan

al claustro, y si yo los he roto y he escapado de allí huyendo de una

vida que no puedo soportar, buscando aire y libertad, y esponiéndome á

todas las calamidades que esto podria atraer sobre mi cabeza, no quiero

por mas que os ame envolveros en mi desgracia, y comprar mi dicha á

costa de vuestra felicidad.

--Doña Blanca--dijo Don Cesar, que la habia reconocido, Doña Blanca ¿eso

decis? ¿Eso podeis pensar de mí? Yo os amo, vuestra imágen me siguió á

mi destierro y me acompañó siempre al traves de los mares, si vuestro

hermano os condujo al convento, si allí pronunciasteis esos votos que

vuestro corazon rechazaba, Dios no puede haber recibido esos votos, no

Blanca, vuestro corazon era mio, nada mas que mío y Dios no puede haber

querido que dos de sus criaturas fuesen desgraciadas, por un sacrificio

que su misma bondad desaprueba y rechaza.

--¡Oh Don Cesar! cuanto bien me haceis; seguid, seguid, decidme que me

amais, que no os espanta mi situacion.

--¿Espantarme? Alma de mi alma, espantarme? ¿y por qué? Os amo con toda

la pasion de mi alma, y si los hombres nos persiguieran, si tubiera yo

que sufrir los mas horribles tormentos, los aceptaría contento, feliz,

porque era por vos, por vuestro amor; Dios no se ofenderá porque en vos

le amo á Él, porque nunca pudo su grandeza exigir que se ahogase el amor

en el corazon de sus criaturas que Él formó destinadas para el amor. ¡Oh

Blanca! os adoro, pero decidme, ¿vos me amais?

--Don Cesar todo el amor de mi vida, toda la pasion de que soy capaz,

todo es para vos, desde que os ví en Jesus María, no se aparta vuestro

recuerdo de mí, os amo, y si es necesario ser desgraciada, morir en la

hoguera por vuestro amor, moriré contenta y feliz. Oidme, ayer aun tenia

temores, aun guardaba remordimientos, porque iba á atropellar con mis

deberes, pero hoy ya nó, haced de mí lo que querais, no soy mas que

vuestra, enteramente vuestra.

Y Blanca en su exaltacion acercó su rostro á la reja, y los labios de

Don Cesar recibieron su primer beso de amor.

--Blanca--dijo Don Cesar--es preciso que salgais de aquí. ¿Estais

resuelta á todo?

--A todo.

--Pues bien, el virey os ha visto aquí, pueden buscaros, voy á procurar

una casa, en donde vivireis oculta, y en donde sereis para mí, y nada

mas para mí. ¿Os agradaría?

--Sí, Don Cesar: vuestro amor, y despues venga lo que Dios quiera.

La conversacion se prolongó por mucho tiempo entre dulcísimos requiebros

y alegres planes para el porvenir, y entre frases de amor y besos de

pasion.

El alba comenzaba ya á despuntar cuando Don Cesar se apartaba de la reja

llevando la felicidad en el corazon, y dejando á Blanca en medio de un

paraiso encantado.

Todo estuvo entre ellos convenido; Blanca se iria á la casa que debia

tomar Don Cesar á ocultar su nombre y su pasion.

Entre amantes se arreglan en una hora cosas mas difísiles y atrevidas,

que en los congresos y en las asambleas en un año.

Monja y casada, vírgen y mártir · 第 61 / 161 题