En donde se verá lo que pasó á Sor Blanca, y lo que aconteció al marqués
de Gelves en su ronda nocturna.
Sor Blanca entró en la casita de la vieja, y en aquellos momentos no
sabia que hacer ni que decir; estaba en una situacion verdaderamente
embarazosa. El dia iba aclarando y la vieja comenzaba á disponer su
pobre desayuno.
Era el primer tormento de Blanca: todo lo que ella tenia de valor sobre
la tierra, que eran las joyas que habia sacado de su casa y ocultado en
el convento, se las habia llevado la criada Felisa, al ponerse en fuga
con su amante. Sor Blanca no tenia nada absolutamente que ofrecer á la
pobre anciana que la habia dado hospitalidad.
Sor Blanca se sentó en un banquillo, y no teniendo que hacer se puso á
rezar y á llorar.
La vieja la dejaba sin decirle ni una palabra, y continuaba preparando
su desayuno. Cuando todo estuvo dispuesto se acercó á Blanca, y le dijo
con dulzura.
--Venid á desayunaros, hija mia.
Sor Blanca alzó los ojos y lloró de gratitud: aquella muger miserable y
llena de harapos la habia llamado su hija, esto era para ella el colmo
de la felicidad.
La rica heredera de la casa de Mejía, la hermana del orgulloso Don
Pedro, esa jóven que era en el mundo la esposa mas codiciada, y en el
claustro la monja mas aristocrática y mas respetable, sentia un placer
desconocido cuando una infeliz limosnera la llamaba «hija mia.»
--Venid--volvió á decirle la anciana--estoy segura de que anoche nada
habreis comido, ¿quereis que os traiga vuestro desayuno aquí? Voy porque
estareis tal vez muy fatigada--y la pobre acompañando la accion á las
palabras, llevó en unos humildes trastos un limpio desayuno.
Blanca sollozaba de ternura.
--¡Ay hija mia! ahora estoy muy pobre, pero no siempre he sido lo mismo,
en otros tiempos nada faltaba en mi casita, como que hoy me mantengo, y
no os espanteis, de pedir limosna por las calles, y antes tenia yo muy
buenos protectores, como mi señora Doña Beatriz de Rivera (que en paz
descanse) mi señora Doña Blanca de Mejía.
--¡Doña Blanca de Mejía! ¿pues quién sois vos?
--A mí me han conocido siempre por la beata Cleofas.
--¡Cleofas!--gritó Sor Blanca, dejando caer el pozuelo en que se
desayunaba.
--¿Qué es esto niña? ¿qué os dá? ¿os desmayais? Dios mio, Dios mio, ¿qué
haré?
--No Cleofas, no os espanteis, nada me sucede, pero miradme bien,
miradme, yo soy la desgraciada, yo soy Doña Blanca de Mejía.
--¡Doña Blanca! ¡Sor Blanca!--dijo Cleofas espantándose á su vez,--¿vos?
¿pero como? ¿No habiais profesado? ¿no erais ya monja?
--Sí, pero he huido de esa vida que no me era posible soportar......
--¿Entonces habeis quebrantado la clausura? ¡estais escomulgada! ¡lo
estoy yo tambien por daros asilo! ¡por ocultaros! ¡Dios de los
cristianos! _Miserere mei._
--Calmaos, calmaos.
--¡Calmarme, y estoy escomulgada por vuestra causa! no, yo necesito dar
parte de esto al Comisario del Santo Oficio, para descargo de mi
conciencia!
--¿Pero vos quereis perderme, cuando he sido siempre tan buena para
vos?--dijo con angustia Sor Blanca.
--Como vos quereis perder mi alma, nó; primero mi salvacion, primero mi
salvacion, primero mi salvacion.
Y Cleofas repetia esto casi maquinalmente, y tomaba su manton.
--Por Dios--decia Sor Blanca, procurando impedirle que saliera.
--Primero mi salvacion, primero mi salvacion,--repetia la vieja, y
salió apresuradamente á la calle.
Sor Blanca la miró alejarse: era para ella un momento de angustia:
quedarse allí seria entregarse en las manos del Santo Oficio; era
necesario huir, ¿pero adónde? A nadie conocia y tal vez en cualquiera
otra parte la denunciarian. Blanca, sin embargo, no vaciló, tomó otra
vez su velo, se cubrió con él, tomó de encima de la mesa algunos panes,
porque no sabia si llegaria á encontrar algo que comer en el dia, y
salió resueltamente de la casa comenzando á caminar lo mas aprisa que le
era posible; y hacia bien, porque una hora despues llegaron los
familiares del Santo Oficio conducidos por la beata y registraron todo
el barrio.
Era cerca del medio dia y Blanca no habia dejado de andar, sin saber por
dónde, pero ella seguia adelante, estaba cansada y tenia hambre, se
comió dos de los panecillos y bebió agua en una fuente, pero no tenia
dónde descansar, porque con el traje que llevaba se hubiera hecho
sumamente notable sentándose en una puerta.
Entonces se acordó de la Alameda.
No sabia por qué rumbo estaria, pero buscó con la vista, y á su
izquierda divisó un grupo de árboles, comenzó á caminar en aquella
direccion y á poco reconoció que no se habia engañado.
La Alameda estaba desierta. Sor Blanca se sentó á la sombra de un árbol
y se alzó el velo para respirar con mas libertad. Los recuerdos de su
convento se unieron con las penas que la esperaban, y la jóven comparó,
y sin vacilar miró el porvenir dulce, comparándolo con los sufrimientos
que habia tenido en el claustro.
Oyó por una de las calles de árboles que estaban cerca de ella, los
pasos de un hombre, se cubrió precipitadamente y esperó. Era un negro de
los muchos que habia en México, que se acercaba, y que segun la
direccion que traia debia pasar á su lado.
Al mirarle de cerca, Sor Blanca se estremeció y sin poderse contener
esclamó:
--¡Teodoro!
El negro se volvió con viveza y se acercó á ella.
--¿Quién sois, señora?
--Teodoro--dijo Blanca--¿has olvidado ya á Doña Beatriz de Rivera?
--¿Seriais acaso?--dijo Teodoro temblando, como si la misma Doña Beatriz
se le hubiera aparecido.
--A tí no te lo ocultaré porque eres bueno y tienes el corazon grande, y
tú sí no me venderás: soy Doña Blanca de Mejía.
Y Blanca se apartó el velo.
--¡Doña Blanca! ¡Doña Blanca! la ahijada de mi ama ¡pobrecita! La otra
víctima de Don Pedro y de Don Alonso. ¿Pero habeis huido del
convento.........?
--Sí, Teodoro, y no tengo un asilo.........
--Cómo que no; ¿pues habeis creido que yo vivo en las plazas? mi casita
tengo, y para allá nos vamos en este momento.........
--Pero me persiguen, quizá te comprometas por mí.
--¿Comprometerme? No os encontrarán en mi casa, y además, ¿qué me
importa, no estais en la desgracia? vaya, niña, venid, venid.
--¿Y la Inquisicion.........?
--No tengo yo miedo á nada en el mundo. Vámonos.
Y Teodoro se atrevió á tomar á Blanca de una mano para levantarla del
asiento.
Blanca comenzó á seguir á Teodoro y muy pronto llegaron á la casa de
éste, que era cerca de San Hipólito.
La muger de Teodoro le miraba llegar á la casa con una tapada.
--¿Qué será esto?--pensaba la negrita.
--Sérvia--le dijo su marido--esta señora es mas que si fuera nuestra
ama, es casi la sombra de Doña Beatriz, y viene á vivir con nosotros,
cuidala y quiérela mucho: que nadie sepa que está aquí.
Sor Blanca entró en la casa de Teodoro, recibida como una persona de la
familia que volviera de un largo viaje, inmediatamente le destinaron una
bonita habitacion que tenia para la calle una hermosa ventana.
Sor Blanca tenia sueño y debilidad; en toda la noche no habia dormido, y
apenas habia comido los panecillos que sacó de la casa de
Cleofas.........
El marqués de Gelves comprendia, presentia que se tramaba contra él una
terrible conspiracion, y conocia quienes eran los directores, pero
ignoraba en lo absoluto sus elementos, sus recursos y quienes eran sus
agentes.
En las noches salia por las calles á rondar la ciudad, y á seguir
aquella pista, que desgraciadamente perdia á los primeros pasos.
La noche en que lo hemos visto desprenderse de Don Pedro y de Don Alonso
en el palacio, y salirse á la calle, era sin duda alguna, la noche de
uno de los dias mas agitados de su gobierno: por todas partes habia
recibido denuncias y anónimos, y la parte de la audiencia que no estaba
de acuerdo con los revoltosos, habia estado á darle aviso de que se
observaba en la ciudad algo que indicaba una próxima tempestad.
El de Gelves anduvo en las calles: al principio de la noche no encontró
nada que llamase su atencion; iba ya á retirarse, cuando alcanzó á ver
por la calle de San Hipólito unos hombres que salian furtivamente de una
casa, y que se iban como recatando. El virey creyó que habia encontrado
un rastro, se ocultó á cierta distancia y advirtió que á poco, otros
hombres salian de la misma casa, pasaron cerca de él y pudo notar que
eran negros libertos.
Observó el marqués luz en una de las ventanas de aquella casa y pensó
acercarse para ver si algo lograba descubrir desde allí que aclarase sus
sospechas.
El pequeño postiguillo de una de las ventanas estaba abierto, y aunque
era alto, el marqués subió por la reja y miró para adentro.
Dos mugeres hablaban sentadas en dos sitiales frente una de otra. Una de
ellas tenia la espalda vuelta á la ventana pero por la forma de la
cabeza, y por la figura del peinado se conocia que era una negra, la
otra cuyo rostro podia ver perfectamente el virey, porque lo bañaba
completamente la luz de las bujias, era una de hermosura maravillosa.
El virey no era un jóven, y sin embargo se sintió arrebatado, enamorado
por aquella belleza, y no pudo apartarse de su observatorio, ni
desprender sus ojos de aquella muger cuyos movimientos todos eran tan
encantadores.
Un negro, alto y robusto, vestido con elegancia y sencillez entró en el
aposento y la muger que tenia vueltas las espaldas á la ventana se
levantó.
El de Gelves no se habia engañado, era una negrita.
Hablaron entre sí los tres y la negrita se dirijió á la ventana, el
marqués se alejó para no ser descubierto y á poco el postigo se cerró.
El virey permaneció allí pensativo y preocupado hasta que la luz del
alba y los cantos de los gallos, le anunciaron que era necesario
retirarse.
Habia encontrado en aquella noche dos cosas, que no se apartaban de su
imaginacion, y que no podremos decir cual le afectaba mas: una
conspiracion de negros y la casa adonde se tramaba esta, la muger mas
hermosa que habia visto en la Nueva España.
El marqués de Gelves era hombre que no se quedaba nunca á la mitad de un
camino, pensaba averiguar quien era aquella muger, y saber lo que se
trataba en las reuniones de los negros; pero comprendió que debia
comenzar por la muger por que si comenzaba por el asunto de los negros,
podia desaparecer ella, en caso de que no lograse prenderles á todos, y
que la familia que ocupaba la casa se espantase.
El hombre de las confianzas del virey era un jóven acaudalado de México,
que habia vuelto de Filipinas muy rico, despues de un destierro que se
le impuso á causa de un duelo, por el antecesor del marqués de Gelves.
Este joven, en quien sin duda conocerán nuestros lectores á Don Cesar de
Villaclara, se habia hecho el amigo de confianza del virey por su
talento, su audacia y su carácter franco y amable.
Jamas faltaba á la hora del almuerzo en Palacio, porque el marqués de
Gelves no podia pasarse sin él, y aquella era para el virey la hora de
verdadero descanso y en que olvidaba los negocios del gobierno y de la
política y se entregaba á sus alegres conversaciones familiares.
El dia á que nos vamos refiriendo, Don Cesar encontró al virey, triste y
pensativo.
Concluyó el almuerzo, sin que hubiera pasado aquella nube, y entonces el
virey condujo á Don Cesar á un aposento interior y se encerró con él.