En que se ve lo que trataba el marqués de Gelves con sus amigos, y otras
cosas que verá el lector.
En una de las estancias del palacio vireinal, ricamente amueblada, el
audaz marqués de Gelves hacia su despacho con su secretario, y le hacian
compañía Don Alonso de Rivera y Don Pedro de Mejía.
En un gran sitial, y debajo de un gran dosel de damasco encarnado, en
cuyo centro recamados de oro y plata se ostentaban los blasones de la
monarquía española, y enfrente de una mesa cubierta de espedientes,
libros y pergaminos, el virey dictaba sus autos y sus acuerdos.
Del otro lado de la mesa su secretario escribia, y al lado de él estaban
Don Pedro y Don Alonso.
El marqués de Gelves hablaba el lenguaje violento y apasionado, propio
de los hombres de su carácter, y mas en aquellos momentos en que la
audacia de los oidores, amigos del Arzobispo, le habia hecho exaltarse.
--Necesario será probarles--decia el marqués de Gelves, que en toda la
Nueva España no deben imperar sino la voluntad de nuestro augusto
soberano y las leyes; si quieren romperlas, sea en buena hora, que eso
no me arredrará, ¡vive Dios! que á correjir las costumbres y á cortar
los abusos me ha enviado Su Magestad, y no será ese puñado de villanos,
por mas que porten la mitra ó la golilla la que me haga faltar á mis
deberes: ¿no es verdad, Don Pedro?
--Cierto, Exmo. Sr. Pero es necesario que V. E. una á la energía y
justificacion, las precauciones necesarias para un caso estremo, porque
segun he sabido no estarán satisfechos hasta provocar una sedicion y un
gran tumulto.
--¿Lo creeis así?
--De creerlo tengo, cuando sus ajentes dia y noche caminan y trabajan; y
lo que mas prueba su audacia, es el lance en que Don Melchor Perez de
Varais ha hecho armas contra la justicia del rey nuestro señor, que
muchos años goce, atropellando por todos respetos hasta tomar asilo en
Santo Domingo.
Villano ha sido el comportamiento, qué poco valor muestra, y pocas
señales de tener noble sangre, quien arremete con espada en mano contra
pobres corchetes y alguaciles; que si armas llevaban serian unas malas
espadas, ó unas varas de justicia.
--Y lo que notan algunos--dijo Don Alonso--es que la justicia pudo ver
en los corredores de la casa de Don Melchor, cuando él escapaba, al
Oidor licenciado Don Pedro Vergara Gaviria.
--Tambien es el tal Oidor--dijo el virey--uno de los mas ardientes
conspiradores desde que le hice prender por sus desacatos; que nombrado
por mi asesor quiso ser el virey, y su Majestad (que Dios guarde muchos
años) tuvo por tan justa mi determinacion, que le condenó á pagar una
multa de dos mil ducados, pero á fé de Marqués de Gelves que no jugarán
mucho tiempo conmigo: ¿Qué leis, señor Secretario?
--«El acusador del Alcalde de Metepec, Don Melchor Perez de Varais, ha
presentado queja á los jueces del negocio, diciendo: que desde el
convento en que está retraido el dicho Alcalde, prepara su fuga y viaje
á España por haber sabido que se le ha sentenciado á pagar sesenta mil
ducados, y ofrecen prueba.»
--¿Y dice lo que hayan proveido los jueces?
--Hanse mandado poner guardias en el Convento para evitar la fuga del
reo.
--Y no se irá: ¿qué horas teneis?
--Van á ser las siete--dijo el Secretario.
--Bien, dejad por ahora el despacho, que quisiera salir esta noche, y
venid temprano mañana.
El Secretario hizo una reverencia y salió.
Don Pedro y Don Alonso se despidieron tambien y se retiraron.
Al salir Don Pedro, en uno de los aposentos del mismo palacio, recibió
un pliego que comenzó á leer, y lanzó un grito de furor.
--¿Qué es eso?--preguntó Don Alonso.
--Mirad, esto es inaudito, Doña Blanca se ha fugado del convento.
--¡Fugado! ¡pero cómo!
--¿Qué voy á saber? Nada me dicen porque tambien lo ignoran en el
convento, pero yo lo averiguaré; pondré cuanto pueda de mi parte, moveré
medio mundo, á la justicia, á la Inquisicion.
--Don Pedro, no digais eso, con eso no se juega: ¿sabeis lo que seria
de Doña Blanca si la Inquisicion llegara á tomar cartas en el asunto?
--Y qué me importa lo que suceda: esa muger me ha burlado, me ha
deshonrado; mi nombre va á ser el objeto de todas las conversaciones.
Apenas se ha logrado despues de tantos años desvanecer el escándalo que
provocó aquella Luisa, y ahora esto viene á despertar todos esos
recuerdos. ¡Maldita sea mi suerte!
--Reportaos, Don Pedro, reportaos, y cuidemos de buscar á Doña Blanca
que no debe de estar muy lejos.
--¡Oh! si yo llegara á encontrarla la mataria.........
--Y hariais muy mal; dejad ese furor y vamos á vuestra casa á meditar lo
que en este caso debe de hacerse: ved que hay quien nos observe y
nuestros enemigos se reirian de nosotros.
--Teneis razon, vamos, pero no me abandoneis porque necesito de un
amigo; esta noticia me ha afectado mas de lo que os podeis figurar.
--Vamos.
Y los dos se encaminaron á la casa de Don Pedro.........
Habia cerrado la noche y estaba oscura y pavorosa.
Pocas jentes andaban por las calles, nada habia que pudiera aun hacer
desconfiar de que la tranquilidad pública se altérase, pero los pueblos
y las ciudades se alarman como por instinto, como por una especie de
espíritu profético, y pocas veces dejan de tener razon.
México estaba en esas noches triste y sus calles casi desiertas.
Por una de las puertas de palacio salió un hombre embozado en una capa
oscura, con el sombrero calado hasta el entrecejo y enteramente solo.
Caminaba resuelto por las calles con el aire de un hombre que á nada
teme, pero con la precaucion del que quiere observarlo todo.
Al mirarle venir los muy pocos transeuntes que de casualidad encontraba,
se hacian á un lado para dejarle pasar, respetando aquel continente
marcial y la larga espada que se descubria bajo su capa cuando
atravesaba frente á la luz que salia de una tienda, ó de la lámpara de
alguna imágen de esas que tan comunes eran en las calles.
Algunos alcanzaban á verle brillar algo en el rostro, eran unos
anteojos, y entonces decian entre sí:
--¡El virey!
El marqués de Gelves como todos los gobernantes de genio y de corazon,
gustaba de salir solo por las noches á rondar la ciudad y estudiar por
sí mismo las necesidades del pueblo, sin encastillarse dentro de los
muros de su palacio.
El marqués aborrecia á los fuertes que humillaban á los débiles, á los
ricos que oprimian á los pobres y á los sábios que esplotaban (aunque
entonces no se usaba la palabra) á los ignorantes.