Como Luisa dió unas malas noticias á Sor Blanca, y lo que ésta determinó
hacer.
A la mañana siguiente Luisa se presentó en el convento de Santa Teresa
para hablar con Sor Blanca, y despues de algunas dificultades lo
consiguió.
--Sor Blanca--le dijo Luisa--tengo que comunicaros una mala noticia.
Sor Blanca palideció horriblemente. Aquella jóven estaba de tal manera
afectada, que todo lo que tuviera relacion con el negocio de su
libertad, le hacia un efecto estraordinario.
--¿Y qué noticia es esa?--preguntó, pudiendo hablar apenas.
--Ayer mi esposo Don Melchor Perez de Varais, huyendo de la venganza del
virey que le persigue por ser amigo del Arzobispo, ha tenido que tomar
asilo en el convento de Santo Domingo.
--¿Y entonces?
--Entonces vos, pobre jóven, quedais por culpa del virey sin protector y
sin amparo.
--¿Pero el señor Arzobispo nada hará?
--Oídme, Sor Blanca, no quiero engañaros: es preciso que procureis
personas que hablen al Arzobispo, á fin de que pronto despache vuestro
asunto: van corridos ya siete meses del término dentro del cual puede
relajar vuestros votos: en estas turbulencias con el virey es muy fácil
que os olvide, y en ese caso ya os podeis suponer lo que será de vos.
Sor Blanca con la cabeza inclinada lloraba.
--Señora--dijo--pero si no tengo mas amparo que Don Melchor, vuestro
esposo. Mi hermano Don Pedro de Mejía se opone á que yo salga de aquí;
es poderoso, tiene gran influencia con el virey, y si él llegara á saber
que el Arzobispo tiene facultades de Su Santidad y que vuestro esposo me
ha protegido, seguramente echaria por tierra todos nuestros planes,
apoyándose en su valimiento. Esta es, señora, la razon de porque no
puedo ocurrir á nadie, y porque temo tanto la publicidad.
--Y teneis razon: ¿qué haremos?
--Es para mí, señora, una sentencia de vida ó de muerte. De cualquier
modo, yo saldré de el convento.
--Pronunció estas palabras Sor Blanca con tanta exaltacion y
demostrando tan terrible fuerza de voluntad, que Luisa misma se admiró,
y comprendiendo que la monja tenia ya tomada de tal manera su
resolucion, que arrostraria por todo antes que permanecer en el
convento.
--Haced lo que mejor os parezca, Sor Blanca--dijo--pero en todo caso os
ruego que conteis conmigo.
Luisa se volvió á su casa, y Sor Blanca profundamente preocupada se
dirijió á su celda.
--Es necesario--esclamó--es necesario salir de aquí, sí, saldré, y si al
fin el Arzobispo relaja estos vínculos que yo por mi voluntad no he
formado, mejor, si no, viviré ignorada, desconocida, pero libre, yo no
tengo ya obligacion de estar aquí, el Pontífice ha dicho que si los
votos me fueron arrancados por la fuerza y contra mi voluntad, sea yo
libre, y nadie mejor que yo sabe cuánto esfuerzo me ha costado tomar el
velo. La condicion del Papa está cumplida, y yo soy libre aunque mil
obstáculos se pongan por los hombres: el derecho de salir de aquí me lo
da Su Santidad, el verificarlo corre de mi cuenta, y será. Veamos qué
tales están mis preparativos.
Sor Blanca cerró por dentro la puerta de su celda, abrió una alacena que
estaba embutida en una de las paredes y corrió la última tabla.
Una especie de caja oculta apareció, y Sor Blanca comenzó á sacar de
allí algunos objetos.
Todo aquello, el secreto, la caja, la tabla con que se cerraba, lo que
allí se contenia, todo era obra de la misma Sor Blanca, fruto de su
perseverancia y de su firme resolucion de escapar del convento.
Sor Blanca tomó de entre los objetos que habia sacado del secreto, un
espejo. Lo puso encima de su reclinatorio y colocó en frente de él dos
bujías de cera.
Se arrodilló enfrente del espejo y comenzó á quitarse la toca. Una
maravillosa trasformacion pareció entonces verificarse. De debajo de la
toca de la religiosa una negra y rizada cabellera desprendió sus
brillantes anillos de ébano, y vino á formar como una cascada que corria
por los blancos y torneados hombros de Blanca, por sus espaldas y por su
cuello. Aquella no era ya una monja, era una deidad. Mucho tiempo hacia
que con un cuidado y una paciencia admirables, Sor Blanca dejaba crecer
y cuidaba su hermosa cabellera: era como la esperanza cierta que
alimentaba del dia de su libertad.
Sor Blanca se despojó despues de los sayales y se vistió un soberbio
traje de brocado blanco; cubrió sus manos y su cuello de soberbias
alhajas; oprimió sus delicados piés en unos borceguies de tafilete rojo
bordado de oro, y sus cabellos en una redecilla de seda y oro, y luego
como una niña comenzó á pasearse gravemente por su celda, procurando
mirarse en su pequeño espejo.
Si las otras monjas hubieran logrado verla al través de una cerradura,
sin duda que hubieran dicho que un arcángel visitaba por las noches la
celda de Sor Blanca.
--Verdaderamente soy hermosa--decia la pobre mirándose en su
espejo--¡ay! ¡qué papel tan brillante podria yo hacer en el mundo! ¡Ha
de ser tan bello tener un hombre que nos ame, que siempre se esté
mirando en nuestros ojos! ¡qué grato será oir en su boca palabras
dulces, amorosas, así como dice en el cantar de los cantares, «amada
mia!» Jamas he tenido quien me diga «amada mia.» Si este santo deseo es
pecado, ¿por qué Dios permite que no se aparte de mí? Además, yo soy
libre, el Papa lo manda, y el Papa representa á Jesucristo sobre la
tierra. Qué gusto dará oir las once por ejemplo, á esa hora viene el que
nos ama, Dios mio, y lo que deberá sentirse al verle llegar: en las
noches las músicas, las serenatas, nuestro galan rondando embozado
frente á nuestras ventanas, esperando una flor, un suspiro, una palabra.
Con qué placer se le dirá, «yo os amo!» ¡Ah! yo quiero amar á alguno que
me ame, aunque sea un esclavo, aunque sea un mendigo, pero no puedo
vivir sin amor; aquí mi corazon me quema, me abraza, se me figura que me
apasiono de cualquiera que veo dos ó tres veces en el templo, y quisiera
hablarle y que me hablara, y cuando deja de venir estoy triste, y luego
amo á otro y me sucede lo mismo; y esos hermosos ángeles que están en
los cuadros del claustro me parece que me miran algunas veces con
aficion, que se animan, y paso delante de ellos muchas veces para verles
porque de repente me parece que viven. Uno de los cuadros que representa
á Gabriel, lo bajaron de la pared y lo pusieron en el suelo, y en mi
delirio creí que era providencial, milagroso, que él mismo se habia
bajado para estar mas cerca de mí, y entonces pasé á su lado, nadie me
observaba, me acerqué al cuadro y puse mi boca en los lábios del
Arcángel y le besé: yo no comprendo lo que sentí, me pareció que tambien
él me habia besado y me puse encendida, y tuve miedo de pasar por allí
otra vez, entre tanto me figuré que un jóven que venia á la iglesia veia
al coro y me veia á mí, creo que le amé y olvidé á mi Arcángel, pero el
jóven no volvió mas. Dios mio, yo necesito salir de aquí porque siento
necesidad de amar y de ser amada, es fuerza, y saldré.
Sor Blanca comenzó á quitarse el traje y sus galas, y á guardar todo en
el cofrecito en que las tenia ocultas, cuando se oyeron en la puerta
cuatro golpecitos seguidos, pero aplicados con suma precaucion. Sor
Blanca ocultó apresuradamente todos los objetos, se cubrió con sus tocas
y abrió.
--Buenas noches, madrecita--dijo entrando una muger como de treinta
años, que por su traje parecia una criada.
--Buenas noches, Felisa--dijo Sor Blanca, volviendo á cerrar por dentro
la celda--¿qué te pasa?
--Madrecita, que todo está preparado ya, y esta misma noche nos podemos
salir del convento.
--Pero ¿cómo? ¿de qué manera?
--Oígame su reverencia: ya su reverencia sabrá como yo soy hija del tio
Nicolás; que el tio Nicolás es cochero del Sr. Arzobispo, que en el
Arzobispado vivia yo con mi señor padre, y viniendo dias me pretendió
uno de los señores colegiales que venian á ver á su Ilustrísima, creo
que decia mi señor padre que para que los _desaminaran_, y como yo tuve
que decirle que sí, y mi señor padre cayó en la cuenta, dispuso su
merced meterme aquí de criada, porque me cojió en mi baul letras del
colegial; y cierto y verdad que nos queriamos, pero no pasó de allí.
Pues ha de estar su reverencia para saber que me encajó aquí mi señor
padre, como su reverencia recordará, hace mas de cuatro años, y ni mas
razon de mi colegial, hasta que hace cosa de ocho dias que supo su
reverencia que habia sacristan primero nuevo y cátese su reverencia que
voy viendo al sacristan nuevo, ¡y que ni mas ni menos que mi colegial!
me conoció, me hizo señas, nos hablamos cuando me mandaban las
madrecitas á llevar algunas cosas á la Iglesia, y él me dijo:--por qué
no te sales y nos vamos, al cabo no eres monja.--y me convenció, y le
dije yo que otra criada tambien queria salirse conmigo--no será
monja--me preguntó--porque eso es de riesgo--no, le dije--es
criada--bueno--me contestó--que salga; pero con la condicion que
llegando á la calle, cada uno por su lado, y nosotros no pararnos hasta
las Chiapas, en donde tengo unos tios.--Ya tenemos todas las llaves
desde aquí hasta la calle, y en desta mañana me dijo--que esta misma
noche á las doce nos esperaba en la Iglesia--conque alístese su
reverencia.
--Tengo miedo.
--Tiene miedo, y hace mas de un año que no hace mas que platicarme de
salirse de aquí y contarme lo bonito del mundo, ¡vaya esa era buena, que
yo me saliera, y se quedara su reverencia! Pues si se desperdicia esta
ocasion, no hay otra.
--Dices bien--dijo derrepente Blanca--van á ser las doce, ¿dónde están
las llaves?
--Aquí las traigo.
--¿Las conoces y las has probado?
--No tenga vd. cuidado.
--Toma, llévame esta cajita, déjame vestir.
Sor Blanca entregó á Felisa la caja de sus alhajas, y en un instante se
vistió una saya y una toca negra de viuda, se cubrió con un velo, y
ocultó en el secreto de la alacena lo que no pudo llevar.
--Vamos--dijo Sor Blanca.
Felisa caminaba por delante, llevando una linterna y la cajita de las
alhajas de la monja, que la seguia temblando.
A cada momento se detenian espantadas y ocultaban la luz. El ruido del
viento que movia un cuadro ó una puerta, que arrastraba una hoja ó un
papel, les parecia el eco de unos pasos que las seguian; aplicaban el
oido á las cerraduras de las celdas, y nada, todo estaba tranquilo.
Atravesaban con precaucion los claustros, abrian y volvian á cerrar con
cuidado las puertas, y así llegaron hasta la Iglesia.
Santa Teresa no era aun ese templo suntuoso que hoy vemos, era una
capilla grande, pero bastante humilde.
Las dos mugeres avanzaron en la nave, y de repente un bulto se encaminó
hácia ellas.
Sor Blanca estuvo á punto de gritar, pero Felisa le tapó la boca.
--Es él, no tengais miedo.
--Felisa, Felisa--dijo el hombre que se acercaba.
--Yo soy--contestó la criada.
--¿Vienen las dos?
--Sí.
--Pues vámonos, dejen el farol.
El sacristan tomó de la mano á Felisa, y esta á Sor Blanca, y así, casi
entre las tinieblas avanzaron hasta la puerta del templo, el sacristán
abrió, y Sor Blanca se encontró en la calle, y sintió el aire de la
libertad en su rostro, alzóse el velo para respirar mejor, y lanzó un
suspiro que ella misma no sabia si era de pena ó de contento.
Mil pensamientos confusos luchaban en su cerebro, ¿seria este paso el
principio de su felicidad ó de su desgracia? ¿habia hecho bien ó mal?
Habia momentos en que se arrepentia y momentos en que se sentia mas
animada.
Caminaron los tres unidos hasta llegar á la esquina de la calle del
Hospicio de San Nicolás, llamada de las Atarazanas.
--Aquí cada uno por su lado--dijo el amante de Felisa.
--Adios--decia la muchacha á Sor Blanca, cuando el sacristan esclamó:
--¡Una ronda, huyamos!
Y echó á huir seguido de su novia, que sin pensarlo siquiera, se llevaba
las alhajas de la monja.
Sor Blanca se quedó parada un momento, y luego le faltaron las fuerzas,
y se sentó en una puerta.
La ronda oyó el ruido que hacian en la fuga Felisa y su amante, y echó á
correr tras ellos, gritándoles: «ténganse á la justicia,» y pasando
cerca de Sor Blanca sin mirarla siquiera.
Sor Blanca permaneció allí mucho tiempo, y luego se levantó y tiritando
de frio y temblando de miedo, comenzó á caminar procurando alejarse del
centro de la ciudad.
La mañana comenzó á aclarar y la primera persona que vió Blanca, fué un
muchachito pobre que caminaba descalzo, y envuelto en una pequeña manta.
--Oye, niño--le dijo Blanca--¿á dónde vas?
--A comprar el desayuno para mi padre.
--Díme: ¿qué no conoces ninguna casa por aquí, de señoras solas y que me
pudieran recibir?
--Sí--dijo el niño con una viveza encantadora--¿quieres que te lleve en
casa de Doña Cleofitas?
--¿Quién es Doña Cleofitas?--preguntó Sor Blanca.
--Una señora pobrecita, muy fea, que vive solita, aquí adelante.
--¿Me recibirá?
--Cómo no; vamos, que no quiero que me regañe mi padre.
Sor Blanca siguió al niño, y llegaron á una accesoria pobre, pero que
estaba ya abierta, á pesar de ser tan temprano.
Una muger muy vieja, y con el aire de limosnera barria el interior.
--Esta es--dijo el muchacho, y ya me voy, y sin esperar mas, echó á
correr.
--¿Qué se os ofrece?--preguntó la muger á Sor Blanca.
--Que me ampareis, que me deis un asilo en vuestra casa; un
rincon......
--Soy muy pobre--contestó la vieja.
--Mas pobre soy yo, que no tengo ni donde guarecerme del sol, ni de la
noche.
--Pero.........
--Por Dios, no me arrojeis así, os lo pido por vuestra salvacion.
--Vaya, entrad, que Dios os envía aquí, y Él sabe lo que hace.