V.

La compañía del Bachiller Martin Garatuza comienza á tomar cartas en los

negocios políticos.

Martin salió de la casa del Arzobispo y se dirijió á la de nuestro viejo

conocido Teodoro.

Teodoro libre por la voluntad de Doña Beatriz y rico con el dinero de

Don José de Abalabide, vivia cerca de la traza, pero fuera de ella, por

el rumbo de San Hipólito, que era donde desde el principio comenzaron á

fundarse algunas casas de campo.

Teodoro vivia completamente tranquilo y tenia ya dos hijos; nada habia

interrumpido por mucho tiempo su quietud y le consideraban todos los

negros libres como su protector y su jefe; allí ocurrian en cualquiera

desgracia y estaban seguros de ser socorridos.

Pero la jente negra que habia libre en la Nueva España era muy inquieta

y daba constantemente grandes escándalos, teniendo en alarma las

ciudades, y por eso el marqués de Gelves dictó severas providencias

contra ellos; desde entonces su disgusto fué cada dia en aumento, y

todos ocurrian con sus quejas á Teodoro. Martin que sabia esto,

comprendió que la conquista del antiguo esclavo de Doña Beatriz era el

primero y mas importante de los trabajos que tenia que emprender para

conseguir aquella sublevacion que anhelaban el Arzobispo y la Audiencia.

Cuando Garatuza llegó á la casa, Teodoro en el jardin seguido de sus

hijitos regaba y componia unas plantas, su muger cosiendo bajo un

emparrado les miraba con un placer indecible de cuando en cuando.

Era el cuadro de la felicidad doméstica.

--¡Ola! Don Martin--dijo alegremente Teodoro saliéndole al encuentro y

estrechando su mano--¿qué fortuna es veros por acá?

--No tanta, que mi ausencia antes y mi presencia ahora son motivadas por

causas harto desagradables.

--¿Pero qué os ha acaecido?

--A mí precisamente, nada; pero los negocios del reino van tan

mal.........

--¿Y creeis que seamos nosotros bastante poderosos á impedir que así

sigan?

--¿Y por qué no?

--Somos muy débiles y muy pequeños.

--Nadie es débil ni pequeño cuando tiene el corazón grande y la

resolucion firme.

--¿Y qué se ganaria con tener eso?

--Friolera, figuraos en el caso presente, con unos cuantos hombres como

vos, yo me comprometeria á hacer que se variase el jiro de los negocios,

y aun mas si cuento con vos, me comprometo á hacerlo.

--¿Y cómo hariais aun cuando contáseis conmigo?

--Escuchadme. Los negocios públicos van mal, y todos están disgustados:

¿es cierto?

--Verdad.

--Su Magestad, Felipe IV, pudiera cambiar la suerte de estos reinos con

solo cambiarnos de virey: ¿es verdad?

--Cabalmente.

--Pero él no quiere y se empeña en sostener aquí al de Gelves, que Dios

confunda.

--Y como nosotros nada podemos contra la voluntad del monarca, resulta

que no tenemos mas remedio que sufrir.

--Os engañáis, todo el mundo dice lo mismo, y sin embargo, nada es menos

cierto.

--¿Pues cuál es el remedio?

--Obliguemos á Su Magestad á cambiar de virey.

--¿Y cómo?

--Muy sencillamente, promoviendo una sublevacion por cualquiera motivo,

todo el mundo nos seguirá y todos estarán con nosotros, desde la

Audiencia y el Arzobispo hasta la jente mas pobre y mas infeliz.

--¿Y si no nos ayudasen personas de alta categoría?

--Si vos os comprometiérais yo os lo aseguraria.

--Si me lo asegurarais yo me comprometiera.

--Pero esto es un círculo vicioso en que no hacemos sino perder el

tiempo: mirad, ¿no tendriais inconveniente en ayudarme con todo vuestro

influjo entre la gente de color, para una sublevacion contra el de

Gelves?

--No, si hubiera personas de respeto mezcladas en el negocio.

--Las hay; vengo de hablar con el señor Arzobispo y con la Audiencia, y

ellos mismos me han invitado.

--¿Es verdad, eso?

--Por mi fé de cristiano.

--Entonces contad conmigo: ¿cuál es el plan?

--Preparar á la jente y á los amigos: el Arzobispo y la Audiencia darán

el pretesto ó el motivo, principiará el alboroto y adelante; las cosas

seguirán solas.

--Me parece muy bien pensado, contad con que os ayudaré.

--Y yo os pondré al corriente de lo que ocurra; entre tanto no hay que

dormirse porque tal van los acontecimientos, que el lance puede ser

mañana mismo.

--Estaré listo, descuidad.

Martin se retiró contentísimo, y Teodoro en vez de seguir en su trabajo

se puso su sombrero y salió tambien á la calle.

Martin empleó el restó de la tarde en visitar á sus principales

compañeros de aventuras y que estaban como en receso á causa de las

terribles persecuciones del virey á toda la jente perdida: todos ellos

acogieron con entusiasmo la idea de un motin, y cada uno de ellos se

convirtió en ajente. La rebelion fermentaba sordamente y no se

necesitaba mas que la chispa que encendiera aquel combustible.

Don Melchor Perez de Varais volvió á su casa, y Luisa le esperaba ya con

impaciencia.

--¿Hablásteis al Arzobispo del negocio de Sor Blanca?

--La verdad es alma mia, que se me olvidó.

--Pasos llevais de no sacar jamás á esa desgraciada de la cárcel.

--Negocios tan graves tuvimos que tratar que tiempo nos ha faltado, y

sin embargo, hay para vos una buena noticia.

--¿Cuál es?

--Sabeis que entre el virey y la Audiencia y el Arzobispo, median

grandes y profundos disgustos; que el Arzobispo y la Audiencia tratan de

recrudecer para dar motivo con ello á un tumulto.

--¿Y bien?

--Que uno de los pretestos será el de hacer creer al pueblo, que Don

Pedro de Mejía ha monopolizado las semillas para ganar á costa de la

miseria de la clase pobre: naturalmente la primera víctima será si hay

un motin, Don Pedro de Mejía, y para hacer todo esto mas visible, ya al

salir del Arzobispado me ha dicho su Ilustrísima, que se procurará medio

de excomulgar á Don Pedro fijando su nombre en las iglesias.

--Muy bien.

--Como sabeis, el virey me persigue por la denuncia que se hizo de mí,

imputándome que vendia la justicia en la provincia de Metepec, y luego

por esa causa que ha mandado formar para probarle á la Audiencia que no

puedo ser Corregidor de México y alcalde mayor de Metepec.

--Temóme, Don Melchor, que si antes de que estalle el motin sois

aprisionado, ni se hará nada y vos las pagareis todas.

--Decidido estoy á todo antes que á dejarme prender.

En este momento se presentó el licenciado Vergara, pálido y fatigado.

--Don Melchor--dijo entrando sin saludar á nadie--acaba de proveerse

auto en vuestra causa para que seais arraigado y asegurado.

--¿Cómo?--esclamó Don Melchor demudado.

--Tan cierto es que dentro de un momento estarán aquí para notificaros.

--¿Qué haremos?--dijo Don Melchor.

--Ante todo--contestó él licenciado--importa que no os prendan, porque

todo seria perdido.

--Huiré.

--Ya no es tiempo--esclamó el licenciado Vergara--mirad á la justicia

que viene.

--Don Melchor--dijo Luisa--oidme; armaos, que se arme tambien la

servidumbre, entrad en una carroza é idos á refugiar al convento de

Santo Domingo que es el mas cercano.

--Bien pensado, bien pensado--dijo vivamente Vergara, pero que sea

pronto, he visto allá abajo de la puerta una carroza.

--Voy por mis armas--dijo Don Melchor, y salió por un lado mientras por

el otro desapareció Luisa.

Pocos momentos despues Don Melchor con la espada desnuda en una mano y

un broquel en la otra y seguido de varios lacayos armados, se precipitó

por la escalera que estaba, así como el patio y la calle, invadida por

jente de justicia.

Lo menos que esperaban el escribano y los alguaciles era este ataque

rudo, de manera que la confusion fué espantosa.

--¡Favor al rey! ¡Favor á la justicia!--gritaba el escribano tratando de

animar á su jente.

--¡Favor al rey! ¡Ténganse á la justicia!--gritaban los alguaciles,

procurando resistir y detener á Don Melchor.

--¡Atrás la canalla!--decia furioso Don Melchor--¡muera el hereje!

Así llamaban ya al virey por su choque con el Arzobispo.

Los alguaciles retrocedian y Don Melchor llegó así hasta la portezuela

de la carroza. El cochero prevenido de antemano, estaba ya listo para

marchar; un lacayo abrió el coche y Perez entró á él con tres criados

mientras los demás acuchillaban á los alguaciles.

La carroza partió á todo el trote de los caballos, atropellando á

cuantos encontró, porque una gran multitud habia llenado la calle

atraida por el escándalo.

Don Melchor sin soltar la espada saltó á tierra y se entró apellidando

«asilo» al convento de Santo Domingo.

La justicia habia seguido tras de la carroza, pero solo consiguió ver la

entrada de Perez al convento.

Inmediatamente se ocurrió á dar parte al virey, sin procurar mas que

llevarse á los alguaciles que habian quedado mal parados en el combate.

Dos personas habian presenciado todo desde los corredores de la casa: el

Oidor Vergara y Luisa.

--Señora--dijo el Oidor--no os espanteis, que quizá esto será principio

de grandes hechos y remedio del reino.

--Señor Oidor--contestó Luisa con una sonrisa burlona--creo que mas

susto tiene su señoría que yo: lo que importa es aprovechar esto para

llevar adelante vuestros planes.

--Es verdad, pero ahora es necesaria mucha precaucion para hablar al

Corregidor, y estando en Santo Domingo creo que para vos será casi

imposible: ¿quereis que le envie algun recado de parte vuestra?

--Os lo agradezco, pero mas desearia ver que tomabais con empeño la

causa general del reino, que la de mi marido.

--Voy á dar parte de todo á su señoría Ilustrísima, y veremos lo que se

dispone. Estoy á vuestros piés, señora.

--Que Dios lleve al señor Oidor.

El licenciado Vergara se dirijió al Arzobispado, y Luisa quedó

pensativa.

--Pobre Sor Blanca, esto viene muy mal para su negocio; mañana le

avisaré. En cuanto á Don Melchor, si solo los hombres pueden entrar al

convento, no creo que me sea muy dificil parecer hombre....... ya

veremos, no será la primera vez.

Monja y casada, vírgen y mártir · 第 57 / 161 题