La compañía del Bachiller Martin Garatuza comienza á tomar cartas en los
negocios políticos.
Martin salió de la casa del Arzobispo y se dirijió á la de nuestro viejo
conocido Teodoro.
Teodoro libre por la voluntad de Doña Beatriz y rico con el dinero de
Don José de Abalabide, vivia cerca de la traza, pero fuera de ella, por
el rumbo de San Hipólito, que era donde desde el principio comenzaron á
fundarse algunas casas de campo.
Teodoro vivia completamente tranquilo y tenia ya dos hijos; nada habia
interrumpido por mucho tiempo su quietud y le consideraban todos los
negros libres como su protector y su jefe; allí ocurrian en cualquiera
desgracia y estaban seguros de ser socorridos.
Pero la jente negra que habia libre en la Nueva España era muy inquieta
y daba constantemente grandes escándalos, teniendo en alarma las
ciudades, y por eso el marqués de Gelves dictó severas providencias
contra ellos; desde entonces su disgusto fué cada dia en aumento, y
todos ocurrian con sus quejas á Teodoro. Martin que sabia esto,
comprendió que la conquista del antiguo esclavo de Doña Beatriz era el
primero y mas importante de los trabajos que tenia que emprender para
conseguir aquella sublevacion que anhelaban el Arzobispo y la Audiencia.
Cuando Garatuza llegó á la casa, Teodoro en el jardin seguido de sus
hijitos regaba y componia unas plantas, su muger cosiendo bajo un
emparrado les miraba con un placer indecible de cuando en cuando.
Era el cuadro de la felicidad doméstica.
--¡Ola! Don Martin--dijo alegremente Teodoro saliéndole al encuentro y
estrechando su mano--¿qué fortuna es veros por acá?
--No tanta, que mi ausencia antes y mi presencia ahora son motivadas por
causas harto desagradables.
--¿Pero qué os ha acaecido?
--A mí precisamente, nada; pero los negocios del reino van tan
mal.........
--¿Y creeis que seamos nosotros bastante poderosos á impedir que así
sigan?
--¿Y por qué no?
--Somos muy débiles y muy pequeños.
--Nadie es débil ni pequeño cuando tiene el corazón grande y la
resolucion firme.
--¿Y qué se ganaria con tener eso?
--Friolera, figuraos en el caso presente, con unos cuantos hombres como
vos, yo me comprometeria á hacer que se variase el jiro de los negocios,
y aun mas si cuento con vos, me comprometo á hacerlo.
--¿Y cómo hariais aun cuando contáseis conmigo?
--Escuchadme. Los negocios públicos van mal, y todos están disgustados:
¿es cierto?
--Verdad.
--Su Magestad, Felipe IV, pudiera cambiar la suerte de estos reinos con
solo cambiarnos de virey: ¿es verdad?
--Cabalmente.
--Pero él no quiere y se empeña en sostener aquí al de Gelves, que Dios
confunda.
--Y como nosotros nada podemos contra la voluntad del monarca, resulta
que no tenemos mas remedio que sufrir.
--Os engañáis, todo el mundo dice lo mismo, y sin embargo, nada es menos
cierto.
--¿Pues cuál es el remedio?
--Obliguemos á Su Magestad á cambiar de virey.
--¿Y cómo?
--Muy sencillamente, promoviendo una sublevacion por cualquiera motivo,
todo el mundo nos seguirá y todos estarán con nosotros, desde la
Audiencia y el Arzobispo hasta la jente mas pobre y mas infeliz.
--¿Y si no nos ayudasen personas de alta categoría?
--Si vos os comprometiérais yo os lo aseguraria.
--Si me lo asegurarais yo me comprometiera.
--Pero esto es un círculo vicioso en que no hacemos sino perder el
tiempo: mirad, ¿no tendriais inconveniente en ayudarme con todo vuestro
influjo entre la gente de color, para una sublevacion contra el de
Gelves?
--No, si hubiera personas de respeto mezcladas en el negocio.
--Las hay; vengo de hablar con el señor Arzobispo y con la Audiencia, y
ellos mismos me han invitado.
--¿Es verdad, eso?
--Por mi fé de cristiano.
--Entonces contad conmigo: ¿cuál es el plan?
--Preparar á la jente y á los amigos: el Arzobispo y la Audiencia darán
el pretesto ó el motivo, principiará el alboroto y adelante; las cosas
seguirán solas.
--Me parece muy bien pensado, contad con que os ayudaré.
--Y yo os pondré al corriente de lo que ocurra; entre tanto no hay que
dormirse porque tal van los acontecimientos, que el lance puede ser
mañana mismo.
--Estaré listo, descuidad.
Martin se retiró contentísimo, y Teodoro en vez de seguir en su trabajo
se puso su sombrero y salió tambien á la calle.
Martin empleó el restó de la tarde en visitar á sus principales
compañeros de aventuras y que estaban como en receso á causa de las
terribles persecuciones del virey á toda la jente perdida: todos ellos
acogieron con entusiasmo la idea de un motin, y cada uno de ellos se
convirtió en ajente. La rebelion fermentaba sordamente y no se
necesitaba mas que la chispa que encendiera aquel combustible.
Don Melchor Perez de Varais volvió á su casa, y Luisa le esperaba ya con
impaciencia.
--¿Hablásteis al Arzobispo del negocio de Sor Blanca?
--La verdad es alma mia, que se me olvidó.
--Pasos llevais de no sacar jamás á esa desgraciada de la cárcel.
--Negocios tan graves tuvimos que tratar que tiempo nos ha faltado, y
sin embargo, hay para vos una buena noticia.
--¿Cuál es?
--Sabeis que entre el virey y la Audiencia y el Arzobispo, median
grandes y profundos disgustos; que el Arzobispo y la Audiencia tratan de
recrudecer para dar motivo con ello á un tumulto.
--¿Y bien?
--Que uno de los pretestos será el de hacer creer al pueblo, que Don
Pedro de Mejía ha monopolizado las semillas para ganar á costa de la
miseria de la clase pobre: naturalmente la primera víctima será si hay
un motin, Don Pedro de Mejía, y para hacer todo esto mas visible, ya al
salir del Arzobispado me ha dicho su Ilustrísima, que se procurará medio
de excomulgar á Don Pedro fijando su nombre en las iglesias.
--Muy bien.
--Como sabeis, el virey me persigue por la denuncia que se hizo de mí,
imputándome que vendia la justicia en la provincia de Metepec, y luego
por esa causa que ha mandado formar para probarle á la Audiencia que no
puedo ser Corregidor de México y alcalde mayor de Metepec.
--Temóme, Don Melchor, que si antes de que estalle el motin sois
aprisionado, ni se hará nada y vos las pagareis todas.
--Decidido estoy á todo antes que á dejarme prender.
En este momento se presentó el licenciado Vergara, pálido y fatigado.
--Don Melchor--dijo entrando sin saludar á nadie--acaba de proveerse
auto en vuestra causa para que seais arraigado y asegurado.
--¿Cómo?--esclamó Don Melchor demudado.
--Tan cierto es que dentro de un momento estarán aquí para notificaros.
--¿Qué haremos?--dijo Don Melchor.
--Ante todo--contestó él licenciado--importa que no os prendan, porque
todo seria perdido.
--Huiré.
--Ya no es tiempo--esclamó el licenciado Vergara--mirad á la justicia
que viene.
--Don Melchor--dijo Luisa--oidme; armaos, que se arme tambien la
servidumbre, entrad en una carroza é idos á refugiar al convento de
Santo Domingo que es el mas cercano.
--Bien pensado, bien pensado--dijo vivamente Vergara, pero que sea
pronto, he visto allá abajo de la puerta una carroza.
--Voy por mis armas--dijo Don Melchor, y salió por un lado mientras por
el otro desapareció Luisa.
Pocos momentos despues Don Melchor con la espada desnuda en una mano y
un broquel en la otra y seguido de varios lacayos armados, se precipitó
por la escalera que estaba, así como el patio y la calle, invadida por
jente de justicia.
Lo menos que esperaban el escribano y los alguaciles era este ataque
rudo, de manera que la confusion fué espantosa.
--¡Favor al rey! ¡Favor á la justicia!--gritaba el escribano tratando de
animar á su jente.
--¡Favor al rey! ¡Ténganse á la justicia!--gritaban los alguaciles,
procurando resistir y detener á Don Melchor.
--¡Atrás la canalla!--decia furioso Don Melchor--¡muera el hereje!
Así llamaban ya al virey por su choque con el Arzobispo.
Los alguaciles retrocedian y Don Melchor llegó así hasta la portezuela
de la carroza. El cochero prevenido de antemano, estaba ya listo para
marchar; un lacayo abrió el coche y Perez entró á él con tres criados
mientras los demás acuchillaban á los alguaciles.
La carroza partió á todo el trote de los caballos, atropellando á
cuantos encontró, porque una gran multitud habia llenado la calle
atraida por el escándalo.
Don Melchor sin soltar la espada saltó á tierra y se entró apellidando
«asilo» al convento de Santo Domingo.
La justicia habia seguido tras de la carroza, pero solo consiguió ver la
entrada de Perez al convento.
Inmediatamente se ocurrió á dar parte al virey, sin procurar mas que
llevarse á los alguaciles que habian quedado mal parados en el combate.
Dos personas habian presenciado todo desde los corredores de la casa: el
Oidor Vergara y Luisa.
--Señora--dijo el Oidor--no os espanteis, que quizá esto será principio
de grandes hechos y remedio del reino.
--Señor Oidor--contestó Luisa con una sonrisa burlona--creo que mas
susto tiene su señoría que yo: lo que importa es aprovechar esto para
llevar adelante vuestros planes.
--Es verdad, pero ahora es necesaria mucha precaucion para hablar al
Corregidor, y estando en Santo Domingo creo que para vos será casi
imposible: ¿quereis que le envie algun recado de parte vuestra?
--Os lo agradezco, pero mas desearia ver que tomabais con empeño la
causa general del reino, que la de mi marido.
--Voy á dar parte de todo á su señoría Ilustrísima, y veremos lo que se
dispone. Estoy á vuestros piés, señora.
--Que Dios lleve al señor Oidor.
El licenciado Vergara se dirijió al Arzobispado, y Luisa quedó
pensativa.
--Pobre Sor Blanca, esto viene muy mal para su negocio; mañana le
avisaré. En cuanto á Don Melchor, si solo los hombres pueden entrar al
convento, no creo que me sea muy dificil parecer hombre....... ya
veremos, no será la primera vez.