En que el lector volverá á ver algunos antiguos conocidos; y tendrá que
conocer algo de los antiguos mágicos.
Hemos llegado otra vez á la casa de la Estrella, en Xochimilco, á donde
aún vive nuestro antiguo conocido Don Cárlos de Arellano; pero no le
volvemos á ver jóven, disipado, elegante; ahora los ocho años que han
pasado sobre su cabeza le han dado ya el aspecto, no de un hombre de la
edad viril, sino casi la apariencia de un viejo.
Don Cárlos no tiene aquel bigote fino y atusado; larga y espesa su barba
cae sobre su pecho, blanqueada como el escaso pelo de su cabeza por la
nieve de los años, y profundas arrugas surcan su frente.
La casa de la Estrella se resiente de esta variacion; los jardines están
incultos, la malesa los ha convertido en una especie de bosque, los
salones están abandonados, los murciélagos, las palomas, y las
golondrinas hacen allí sus nidos, y por las rotas y desencajadas puertas
entran la lluvia y el viento, cubriéndose de musgo los pisos.
En los patios dos ó tres viejos criados se ven entrar algunas veces, y
han desaparecido ya los escuderos, los palafreneros y los esclavos que
como un enjambre de avejas entraban y salian todo el dia en las cuadras
y en las habitaciones interiores.
Referirémos brevemente la causa de aquella variacion.
El dia siguiente al de la fuga de Luisa con el jardinero Presentacion,
Don Cárlos de Arellano comenzó á buscarla por todas partes, encontró la
horadacion en las tapias del jardin, faltaba el jardinero, y Arellano
supo que le habian visto ir una vez á la casa del brujo Ñor Chema.
Quizá Chema podria dar una luz sobre aquella desaparicion. Arellano ni
creia bien á bien en los nahuales ni les tenia miedo; en fin estaba
colérico, y no reparaba en lo que el vulgo podia decir al mirarle entrar
en la casa de un hechicero.
Don Cárlos se dirigió sin temor ni vacilacion á la casa del nahual, y al
llegar ya muy cerca le descubrió sentado á la puerta con los pies al
sol, y leyendo un grueso libro forrado en pergamino.
La presencia de aquel hombre de quien se contaban tantas consejas, y la
soledad en que se encontraba, no dejaron de preocupar al alcalde mayor,
pero ya habia emprendido aquello y era fuerza llevarlo adelante. Don
Cárlos era tenaz en sus empresas, aun en las mas insignificantes.
--Buenas tardes--dijo Don Cárlos al viejo.
--Que así se las dé Dios al caballerito--contestó el viejo.
--Vos á lo que parece no me conoceis.
--Solo ahora, y para serviros.
--Soy Don Cárlos de Arellano, alcalde mayor de esta ciudad de
Xochimilco.
--Por muchos años--dijo el anciano levantándose y saludando.
--Sentaos, que vengo solo á preguntaros de un negocio que me interesa.
--Mande su señoría.
--El vulgo dice que sois hechicero.
--Sabe muy bien su señoría que el vulgo es vulgo, y siempre se engaña.
--Sin embargo--dijo Don Cárlos tratando de lucir su erudicion--_Vox
populi, vox Dei._
--Es cierto, señor alcalde; pero el vulgo no es el pueblo: el vulgo no
es mas que el vulgo.
--Bien, dejemos eso, tengan ó no razon, lo que es cierto es que á
consultaros vienen cuando traen alguna empresa entre manos.
--Y crea su señoría que se van lo mismo que han venido.
--Lo que no quita que vos conozcais sus intentos.
--Cierto es eso.
--¿Hace poco os ha venido á ver un natural y á consultaros sobre un
proyecto de fuga con una dama principal?
--No, en verdad, que el último que vino trajo por objeto solicitar un
remedio para ser querido de las mugeres.
--¿Y se lo dísteis?
--Eso equivaldria á ejercer yo la mágia. Preguntóme si el chupamirto
serviria para su objeto, y quitémele de encima diciéndole que hiciera lo
que quisiese.
--¿Y creeis que lo usaria y que le serviria de algo?
--En cuanto á que ha de haber usado del pajarito lo creo indudable, que
el mozo parecia decidido.
--¿Y en cuanto al provecho que de ello le resultaria?
--¿Pregutaisme eso como el señor alcalde?
--No, sino como caballero particular.
--Pues entonces contestaré á su señoría, que si bien es cierto que
virtudes raras y maravillosas tiene el chupamirto como otras muchas
aves, y esto por la naturaleza, preciso es el auxilio de la ciencia
cabalística para que esas virtudes y propiedades se desarrollen.
--¿Conoceis vos esa ciencia?--preguntó con curiosidad Don Cárlos, y
olvidando en presencia de lo maravilloso que creia descubrir la causa de
su visita al viejo.
Ñor Chema vaciló, y por fin no contestó nada.
--Respondedme con franqueza--dijo Don Cárlos--que no soy yo capaz de
denunciaros, y por el contrario, tanto empeño he tenido desde niño en
conocerla y estudiarla, que á ser vos adepto, labrariais á mi lado
vuestra suerte.
--Conozco esa ciencia: la desgracia de haber estado preso muchos años en
las cárceles secretas del Santo Oficio me ha dado la fortuna de poseer
libros y manuscritos preciosos: un desgraciado que murió en las mismas
cárceles me confió el secreto del lugar en que él habia ocultado sus
libros, llegué á verme libre, y de opulento que entré á la Inquisicion
salí miserable y viejo, y desconocido; fuí á buscar aquella herencia de
la desgracia, la encontré, y hace algunos años que paso mi vida
estudiando las ciencias ocultas, aunque no las practico, y vivo con el
poco dinero que encontré junto con los libros.
--¿Y creeis vos en los secretos y en las maravillas de la ciencia
cabalística, y de la mágia y de la alquimia?
--¿Y cómo no creer en lo que han palpado los hombres, en lo que ha sido
ya el fruto de largos siglos de esperiencia y de inmensos tesoros
consumidos, para arrancar un secreto á lo desconocido, para tener la
gran _clavícula_ de Salomon que hace obedecer á los espíritus malignos?
¿Habrán escrito y meditado en vano Alberto de Saninguen, llamado Alberto
Magno, y Raymundo Lulio? ¿Ignorais las inmensas riquezas atesoradas,
merced á esta ciencia por Nicolás? ¿Los discípulos de Paracelso no han
esparcido y predicado en el Occidente estas ideas y estas luces? ¡Oh! la
trasmutacion de los metales, en virtud de la alquimia, el descubrimiento
de los tesoros ocultos por medio de la ciencia cabalística, la
adivinacion del porvenir por la nigromancia, por la astrología, por
quiromancia, por la catoptronomancia, por la theurgía y por otros mil
medios, es una cosa indudable para los que, como yo, han logrado conocer
libros tan sabios como el «Dragon Rojo.» El sabio doctor Joaquin Tancke
ha propuesto ya á las universidades establecer cátedras para comentar y
esplicar públicamente las obras de Cebes y Raymundo Lulio. ¿Tanceby,
Kirkeby y Ragy no recibieron del rey Enrique VI de Inglaterra en 1440,
permiso para fabricar el oro y el elíxir de larga vida? ¿No se concedió
lo mismo en 1444 á Juan Cobler y á Tomás Fraffard y á Tomás Asheton, y
despues á Roberto Bolton y á Juan Metsle agregando en la concesion _que
era porque ellos habian encontrado el modo de cambiar indistintamente
todos los metales en oro_? ¿Y así queréis que dude de la ciencia? Poco
hace hemos sabido que el gran Rodolfo II educado en la Córte de Su
Magestad D. Felipe II, y elevado despues á emperador de Alemania, se ha
desprendido de los negocios públicos para dedicarse á las ciencias
ocultas encerrado en su castillo de Praga, con sus maestros Tycho Brahe
y Kepler, el doctor Dee que le abrió el mundo de los espíritus, Miguel
Mayer, Martin Ruland y Tadeo de Hayec, que dieron á su sabio emperador
el renombre del Hermoso de Alemania, ¿y queréis que aun dude? No: la
ciencia es cierta, existe, y en mis preciosos libros y manuscritos puede
beberse como en una fuente purísima, como la he bebido yo por tantos
años.
El viejo habia hablado como inspirado, y Don Cárlos lo habia escuchado
con religioso silencio.
--¿Quereis venir á vivir á mi casa y conmigo?--le dijo Arellano--nada os
faltará y estudiaremos.
--A pesar de que nada me dicen contra vos ni la ciencia ni el corazon,
dejadme pensarlo y mañana os resolveré.
--Bien, mañana en la noche vendré, y entrareis á mi casa sin que nadie
os vea, y todo estará ya dispuesto.
--Hasta mañana.
--Hasta mañana.
Don Cárlos se retiró tan preocupado, que en toda la noche no pensó ya en
Luisa; dueño de los secretos de la alquimia las reinas buscarian su
amor. Aquella noche soñó que tornaba en oro el Popocatepetl y el
Iztaccihuatl.
Tres dias despues el viejo Chema desapareció, y su casa se quedó
abandonada: unos dijeron que _el maligno_ se lo habia llevado una noche,
porque habia espirado el plazo del pacto que con él tenia; otros, que la
tierra se lo habia tragado por castigo de Dios, y otros que el Santo
Oficio lo habia arrebatado secretamente para remover el escándalo: la
verdad era que se habia trasladado á la casa de Don Cárlos de Arellano.
Desde aquel dia se observó un cambio notable en la casa de Don Cárlos, y
en la vida de éste; apenas salia á la calle, no montaba ya á caballo, y
en las horas mas avanzadas de la noche se observaba luz por las
ventanas de su habitacion.
Es que Don Cárlos se habia entregado con furor al estudio de la mágia, y
sin embargo, el vulgo decia «que Dios le habia tocado el corazon, y que
se habia metido á santa vida,» y cuando veian la luz en las noches las
viejas esclamaban: «Estará resando, Dios le haga un santo.»
Todo esto habia acontecido en la casa de la Estrella durante el tiempo
que hemos dejado de ver á Don Cárlos.
En el momento en que volvemos á encontrarle, su habitacion presenta un
cuadro curioso.
Arellano sentado en un sitial delante de una gran mesa cargada de
libros, de frascos y de retortas, escribia en un gran pergamino, y á su
lado y como dormitando en otro gran sitial, estaba el viejo Chema con
todas las señales de la decrepitud marcadas en su rostro, en su cuerpo,
en sus movimientos y hasta en su voz.
Don Cárlos acabó de escribir, dejó la pluma, y levantando el pergamino
para poder leerlo mejor y acercándolo á una bujía--dijo:
--Don José.
--Em--contestó el viejo como despertando.
--He terminado ya.
--¿Qué cosa?
--Las fórmulas para llamar á los espíritus consignadas en los antiguos
códices de la ciencia.
--¿Haber?
--¿Quereis que os las lea?
--Sí, será bueno.
Don Cárlos comenzó su lectura.
Nuestros lectores perdonarán que les copiemos aquí algunas de las
antiguas fórmulas que servian para entrar en contratos con el diablo,
porque además de ser documentos curiosos, prueban hasta dónde llegaba la
ignorancia y la preocupacion en aquellos tiempos.
Ante todo, no podemos resistir al deseo de dar á conocer las grandes
potestades infernales y ministros de Lucifer que reconocian los mágicos
y los hechiceros, y eran segun ellos:
Lusifuge Rosocale, dueño y dispensador de riquezas y tesoros.
Satanachia, poderoso para someter y disponer de todas las mugeres de la
tierra.
Agaliarept, poseedor de todos los secretos y misterios.
Flourety, capaz de construir ó arrazar cualquier cosa, durante una
noche.
--Sayatanás, con el poder de trasportar y volver invisible á un hombre,
y con las llaves de todas las cerraduras. Y Nevivos, sabio en todas las
ciencias naturales.
A toda esta córte ocurrian en aquellos tiempos los hechiceros y
encantadores, y pagaban estas imaginarias amistades, muriendo en una
hoguera y en medio de los tormentos mas espantosos.
Don Cárlos comenzó á leer:
--«LLAMAMIENTO á LUCIFER. Emperador Lucifer príncipe y amo de los
espíritus rebeldes, yo te ruego que abandones tu morada en cualquier
parte del mundo que esté para venir á hablarme: te mando y conjuro de
parte del Dios vivo, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que vengas sin causar
ningun mal olor, y me respondas en alta é inteligible voz artículo por
artículo, cuanto yo te preguntare; y de no hacerlo así, serás obligado
por el poder del grande Adonay, Eloim, Ariel, Jehova, Tagla, Mathon, y
todos los otros espíritus superiores á tí, y que te castigarán.»
«_Venite, venite._»
--¿Qué os parece?--dijo Don Cárlos acabando de leer.
--Muy bien; pero no es ese el pacto sacado de la gran clavícula del
sabio rey Salomon.
--No, que aquí le tengo aparte.
--Leedmele.
--Arellano tomó otro pergamino y comenzó á leer.
--«Emperador Lucifer, amo de todos los espíritus rebeldes, yo te ruego
que me seas favorable en el llamamiento que hago á tu gran ministro
Lucifuge Rosocale, con quien deseo hacer pacto, y te ruego príncipe
Belzebú que me protejas en mi empresa, ¡oh conde Astarot! séme propicio,
y haz que en esta noche el gran Lucifuge se me aparezca en forma humana
sin ningun mal olor, y me conceda por medio del pacto que le ofrezco
todas las riquezas que necesito.»
«Gran Lucifuge, abandona te ruego tu morada en cualquier parte adonde
esté, si no yo te obligaré por la fuerza del Dios vivo, de su querido
Hijo y del Espíritu Santo; obedece pronto, ó serás atormentado por la
fuerza de las poderosas palabras de la gran clavícula de Salomon de la
cual se servia él para obligar á los espíritus rebeldes á recibir sus
órdenes.»
«Aparece inmediatamente, ó yo voy á atormentarte con la fuerza poderosa
de estas palabras de la clavícula: _Agion tetagran vaycheon stimulamaton
y espures retra grammatan oryaram iriau esytian, existian eryana anera
brassim mayna mesria sater Emanuel Sabaot, Adouay, te adora et invoca._»
--Perfectamente dijo Chema, y volvió á entrar en su estado de
somnolencia.
Don Cárlos se puso á estudiar sus invocaciones.
Ni una sílaba hemos querido borrar de las fórmulas, ni de la intrincada
clavícula de Salomon, para dar una completa idea de los conjuros y de
los pactos.
Arellano permaneció mucho tiempo entregado á sus estudios, cuando unos
golpes terribles aplicados en el zaguan de la casa, le hicieron volver á
la vida real.
Se abrió la puerta y Arellano oyó en las baldosas del patio el ruido de
un caballo herrado y la voz de un hombre que preguntaba:
--¿Aún no dormirá su señoría, Don Cárlos de Arellano?