¿Qué habia obligado á Don Pedro á tomar esta resolución? Es muy fácil
inferirlo. Comprendió que Luisa tenia armas poderosísimas para causar un
escándalo y entre ellas era la principal, la promesa de matrimonio
estendida á los tres días de la muerte repentina casi de Don Manuel de
la Sosa. El mundo que tantos comentarios habia hecho de aquella muerte,
no dejaria caritativamente de atribuirla á Don Pedro, sabiendo lo de la
promesa, como ya le atribuian también la de Don Fernando de Quesada.
Una vez casado con Luisa, aquella arma desapareceria, y aunque aquel
matrimonio era una especie de desafio á muerte entre los dos, sin
embargo estaban ya ambos de tal manera empeñados en aquella lucha, que
no podian cejar ni retroceder.
Don Pedro había conferenciado largamente con Don Alonso sobre lo que
mejor se podria hacer, y Don Alonso apoyó la idea de la boda.
Allí tambien habia en juego otro interes. Don Alonso no desistia de su
proyecto de enlazarse con Doña Blanca, y de hacer desaparecer á Mejía
para que ella y él, como su marido, quedasen enteramente dueños de la
inmensa fortuna de los Mejías.
El matrimonio de Luisa venia en auxilio de su empresa.
Luisa, por la misma razón que Don Alonso deseaba deshacerse de Don
Pedro, desearia deshacerse ella de Doña Blanca, y ésta perseguida y
hostigada por la muger de su hermano, buscaria un amparo, y entonces era
la sazon de ofrecerla su mano.
Luego Luisa tendria por matrimonio un combate eterno con Don Pedro, y si
Don Alonso la ayudaba algo, la pérdida de Mejía era indudable.
En los intereses de Don Alonso estaba pues, facilitar la boda de Don
Pedro con Luisa, y hacer comprender á aquel que despues del matrimonio,
seria muy fácil pretestar un viaje á cualquiera parte, y en ese viaje la
muerte podria sorprender á la confiada esposa.
Convenido, pues, todo, no tardó en verificarse el matrimonio, que si no
fué secreto, sí se cuidó de que se hiciera lo menos público que fuera
posible.
Desde el dia que Luisa recibió la carta que contenia el consentimiento
de Don Pedro para la boda, dejó la casa de la Sarmiento y volvió á
ocupar su antigua habitacion, en la que habia muerto Don Manuel de la
Sosa; avisó á sus amistades que estaba ya de vuelta, y les contó que
habia pasado en el campo todo el tiempo de su ausencia, y á donde se
habia retirado, para poder, sin testigos, dar rienda suelta á su dolor.
Lo acontecido con Don Cárlos de Arellano era tan secreto, que si ella ó
él no lo descubrian, nadie mas podia hacerlo, y era seguro que ninguno
de los dos cometeria esta indiscrecion.
Era ya la víspera del dia en que Don Pedro debia tomar estado, y á pesar
de que Doña Blanca permanecia encerrada, creyó necesario darle noticia
del casamiento por instigaciones de Don Alonso, y para evitarse una
escena desagradable, el mismo Don Alonso se comprometió á llevar la
noticia á Doña Blanca.
La jóven bordaba una palia, sentada enfrente de una alta ventana que
daba á los patios interiores; estaba pálida y consumida, sus ojos
indicaban que continuamente lloraba.
Oyó el ruido de la puerta, volvió la vista y reconoció á Don Alonso.
--Doña Blanca--dijo él--¿si me dais vuestro permiso?
--Pasad, Sr. Don Alonso, que sereis bien recibido.
--Gracias, y perdonadme que á interrumpiros me atreva en vuestras
ocupaciones.
--No tengo que perdonaros, que muy al contrario, la presencia de alguna
persona en este aposento me es muy grata: siempre estoy tan solitaria.
--En efecto, Doña Blanca, vuestra vida debe ser muy triste, que jamás
poneis un pié en la calle, ni os visita persona alguna; no comprendo
cómo Don Pedro puede llegar con vos á tanto rigor.
--Oh, no creais que mi hermano sea el que me tiene en esta reclusion;
no, por el contrario, él siempre procurando que yo salga, que visite,
que me distraiga.
Doña Blanca mentia por salvar la reputacion de Don Pedro, pero sentia
que su garganta se anudaba y que el llanto iba quizá á venderla.
--No, Doña Blanca, no me engañeis, yo estoy en los secretos de vuestra
familia, y sé cuán desgraciada sois, y cuán digna de mejor suerte.
Blanca se puso á llorar.
--Vuestra situacion es ahora muy triste, pero la verdad es que me temo
mucho que en lo de adelante se ponga peor.
--Peor, ¿y por qué?
--Porque Don Pedro vá á casarse, y me encarga que os lo anuncie.
--¡Vá á casarse! ¿y con quién?
--Con una muger cualquiera, con una mulata, con una aventurera, sin
reputacion y sin ninguna clase de virtudes, hermosa y pecadora como una
Magdalena antes de arrepentirse.
--¡Jesus! ¿pero cómo mi hermano?.........
--Eso seria muy largo de contaros, pero lo que sí os diré que la entrada
de esa dama en esta casa, será la señal de una nueva vida de disipacion
y de escándalos, que os vereis obligada á seguir, ó que sereis la
víctima de la esposa de Don Pedro.
--¡Ave María Purísima! ¿tan mala es esa señora?
--Tan mala, que su primer marido ha muerto envenenado por su mano, y que
durante la vida de ese desgraciado, ella mantenia ilícitas relaciones
públicamente con varios caballeros de esta ciudad.
--¿Pero mi hermano ignorará todo esto?
--Lo sabe, Doña Blanca, lo sabe todo, y á pesar de esto, ni él mismo es
capaz de impedir que este enlace se lleve á efecto.
--Sea por el amor de Dios.
--Pero vos, Doña Blanca, ¿cómo vais á vivir así, en medio de este
infierno?
--¿Y qué quereis que yo haga?
--¿Cómo? separaros de aquí.
--¿Pero á dónde y cómo me iré?
--Casaos.
Doña Blanca se sonrió tristemente.
--Sois hermosa, noble, discreta--continuó Don Alonso con exaltacion
creciente--sois rica, no puede faltaros un hombre que os ame, que se
interese por vuestra suerte, que sea digno de vos, que os haga tan feliz
como mereceis.........
--Don Alonso, yo no puedo ya ser feliz sobre la tierra.
--¿Por qué no? Señora, pensad en el matrimonio.
--Pensaré, os lo prometo; pero hacedme la gracia de decir á mi hermano
D. Pedro, que deseo hablar á solas con él.
--Por Dios, que no vayais á decirle nada de cuanto os tengo dicho.
--No temais, haced cuenta, Don Alonso, que lo habeis dicho en un
sepulcro.
--Entonces diré á Don Pedro vuestro empeño, y tendré la dicha de volver
á veros: pensad en lo que os dije.
Don Alonso salió, y Blanca fué á arrodillarse en su reclinatorio,
delante de una imágen de la Vírgen.
Don Pedro no pudo ver á su hermana hasta en la noche. Doña Blanca, como
siempre, le recibió temblando.
--Habeisme mandado llamar, Doña Blanca--dijo D. Pedro.
--Queria hablaros: esta vida que llevo no me es posible soportarla ya
por mas tiempo, y tanto mas, ahora que sé que vais á casaros.
--Ya os he dicho, Doña Blanca, que está en vuestras manos el salir de
esa situacion tan pronto como querais, y todo depende de que os
resolvais á tomar el hábito é ir á hacerle compañía á vuestra madrina
Doña Beatriz de Rivera, hoy Sor Beatriz de Santiago, al nuevo convento
de carmelitas descalzas.
--Pero Don Pedro, si yo no me siento con vocacion para profesar.
--Eh, boberas y tonterías, vuestra madrina se sentia menos abocada á la
vida religiosa, puesto que se iba á casar, y que todas las desgracias
acontecieron segun cuenta el vulgo, porque además del Oidor su novio,
tenia un querido á quien visitaba ella á media noche.
--¡Don Pedro!--dijo indignada Doña Blanca--no toqueis la honra de mi
madrina que es una santa.
--Será, y en buen lugar está hoy para irse al cielo, pero veis cómo sin
tener vocacion de monja, sino mas de casada, ha tomado el velo.
--Pero no me siento con valor.........
--Desengañaos: por última vez, si no os decidís á tomar el velo, no
saldreis de aquí sino muerta, y no habrá poder humano que os saque de
mis manos ni os lisonjeis con los amores del Don Cesar de Villaclara que
ha pasado ya aguas de mar, que está en Manila, y que hasta dentro de
ocho años no vendrá, para cuyo tiempo estareis vos ó muerta ó en el
claustro; con que supuesto que no hay esperanzas, decidios y entrad al
noviciado con vuestra madrina.
Doña Blanca quedó pensativa: Don Pedro la contemplaba en silencio.
--Está bien--dijo la jóven de repente--mañana mismo entraré de novicia
al convento de Santa Teresa.
--¿Mañana mismo?
--Sí, mañana, disponedlo todo, vos lo quereis, vos me obligais, se hará:
pero Dios os tomará estrecha cuenta si mi alma se pierde por culpa
vuestra.
Don Pedro se puso á reir.
--No tengais cuidado, Doña Blanca, que nada se perderá, ni menos vuestra
alma, entrad al convento, que allí cuando mas tendreis el riesgo de las
tentaciones que con agua bendita os serán quitadas, que tan seguro estoy
de que allí no se perderá vuestra alma, que dispuesto estoy á responder
de ella á Dios.
--Bien, mañana mismo seré novicia.
--Cuánto me alegro, y os felicito por ello.
Don Pedro salió radiante de gozo, y Doña Blanca se puso á gemir.
Don Alonso de Rivera al ver á Don Pedro tan contento tuvo miedo; aquella
alegría era de mal agüero para Blanca, y por consecuencia para él.
--Os veo muy satisfecho--le dijo.
--Sí, Don Alonso, por fin hemos triunfado.
--¿Cómo?
--Doña Blanca entrará mañana de novicia á hacer compañía á Sor Beatriz
de Santiago.
--¡Es posible!--dijo Don Alonso palideciendo.
--La verdad pura.
--Entonces, ¿me permitireis que entre á felicitarla?
--No, Don Alonso, vale mas que no, ella parece que hace un gran
sacrificio, y cualquier cosa seria para ella una burla, dejadla llorar
sola, vale mas.