Lo que pasó en las bodas de Luisa y de lo que le aconteció á la
Sarmiento.
A la mañana siguiente Sor Beatriz recibia en el convento de Santa
Teresa, á su ahijada Doña Blanca de Mejía, que entraba de novicia.
Doña Blanca deshecha en lágrimas contaba sus desgracias á Sor Beatriz
que procuraba consolarla, pero que comprendia que en realidad solo el
tiempo podia curar aquel pobre corazon.
Al mismo tiempo se celebraban las bodas de Luisa con Don Pedro, no se
habian hecho grandes preparativos ni se habia convidado mucha gente,
pero la casa de Mejía estaba sin embargo muy concurrida.
Eran aquellos dias las fiestas del Carnaval, y hombres y mugeres andaban
en las calles con máscaras y antifaces haciendo lujosas y elegantes
comparsas.
En aquellos tiempos el lujo en los vestidos, en los carruajes y en las
casas era tal, que á decir de los historiadores y viajeros que
concurrieron á México en aquella época, no habia ciudad que no pudiera
envidiar en esto á la naciente capital de la Nueva España; una inmensa
cantidad de carrozas invadia las calles y los paseos en los dias de
fiesta, y con tanta magnificencia que los caballos tenian las herraduras
de plata, y en sus guarniciones se usaba el oro, la plata y hasta las
piedras mas preciosas.
La clase baja del pueblo vestia con tanto lujo, que un artesano no se
distinguia en un dia de fiesta de uno de los oficiales reales ó de un
hidalgo rico.
Las fiestas del Carnaval eran libres y espléndidas, y en los dias en que
pasa nuestra historia, si bien no habia bailes públicos, las calles, y
los paseos y las casas particulares, estaban alegres y animadas.
La noticia del casamiento de la bella Luisa y de Don Pedro se esparció
en la ciudad, y en la noche varias damas de todas clases comenzaron á
llegar á la casa á felicitar á los nuevos esposos.
Don Pedro aparentaba una alegría que estaba muy lejos de sentir, y
recibia á todos con muestras de cariño y de delicadeza, sentado al lado
de Luisa que brillaba como un sol, cubierta de diamantes.
A la media noche se oyó un gran rumor en los patios y se precipitó por
las escaleras arriba una comparsa de estudiantes, con sus panderos y sus
guitarras, y con todos sus medios de hacer ruido y meter bulla.
Bailaban, cantaban, se entraban por todas las piezas riendo y enamorando
á todas las criadas, y chanseando con todos los hombres y alborotándolo
todo.
Uno de los estudiantes de elevada talla, se entró hasta una de las
últimas piezas.
La Sarmiento dormitaba en un sitial porque habia querido concurrir
tambien á la boda de Luisa; en el gran desórden que reinaba en la casa
de Mejía en aquella noche, ninguno cuidaba sino de sí mismo, y la bruja
cansada, se retiró á descansar un momento.
El estudiante la vió y comenzó á acercársele por detrás con precaucion,
volviendo á todos lados la cara para ver si estaba solo. Nadie lo
observaba.
Llegó hasta el lado de la Sarmiento que seguia durmiendo tranquilamente.
El estudiante tapó con su mano derecha herméticamente la boca y las
narices de la bruja, y con la izquierda le sujetó la cabeza para que no
pudiera moverse.
La bruja quiso levantarse y abrió los ojos espantados, sentia que le
faltaba la vida, metió con angustia sus manos para apartar la del
estudiante que la ahogaba, pero era imposible, aquellas manos y
aquellos brazos parecian de acero.
La bruja se retorcia haciendo esfuerzos inauditos para desprenderse, sus
ojos querian salirse de sus órbitas. La bruja se moria.
El estudiante acercó su boca al oido de la Sarmiento.
--Bruja infernal, tú mataste á mi amo Don Fernando y has hecho la
desgracia de mi ama Doña Beatriz, me quisiste matar y yo te castigo.
Poco á poco fueron cesando la resistencia y los esfuerzos de la bruja
hasta que se quedó inmóbil. Todavía Teodoro conservó su mano sobre la
boca de la Sarmiento, hasta que al fin la retiró. La bruja habia muerto,
y el cadáver quedó en el sitial como si estuviera durmiendo.
Teodoro salió y se mezcló entre la turba de los bailadores.
Uno de los otros estudiantes se acercó á él, y le dijo muy quedo.
--¿Ya nos vamos?
--Ya--contestó Teodoro.
El estudiante que le habia hablado dió un silbido con un pito de oro que
colgaba de su cuello y luego toda la estudiantina se rodeó de él y se
organizó como una tropa á cuya cabeza iba el que habia silbado.
Así se dirigieron hasta el estrado principal en que estaba Don Pedro con
su esposa, rodeado de las principales damas y caballeros de la reunion.
Los estudiantes se colocaron frente á los nuevos esposos, tocando y
cantando alegres endechas. Todo el mundo reia y palmoteaba.
De repente pitos y panderos y cantos cesaron como por encanto, y el
estudiante que hacia de jefe se dirigió cortesmente á Don Pedro para
dirigirle, á lo que parecia, una arenga.
Como todo lo gracioso se esperaba de aquella comparsa, aun de los otros
salones llegó gente para escuchar.
El aposento estaba lleno. Todos los estudiantes tenian la mano derecha
metida en la abertura del pecho de su ropilla.
--«Señor Don Pedro de Mejía, muy señor nuestro»--dijo el estudiante
haciendo una ridícula caravana que hizo reir á todo el mundo--«Esta
estudiantil comparsa que con mano firme dirijo y guio, me comisiona para
felicitaros por la eleccion de una esposa que llamarse puede, bella
entre las bellas, y se huelga de ver elevada á vuestro tálamo á la
hermosísima Luisa esclava de Don José de Abalabide, que confiscada por
el Santo Oficio con todos los bienes de su amo, huyó á pasar como muger
de Don Manuel de la Sosa á quien envenenó; á la preciosa querida de Don
Cárlos de Arellano, de cuyo lecho ha huido para venir á daros su mano; á
la compañera de la bruja Sarmiento por muchos años.»
--Por muchos años--repitió la comparsa.
La concurrencia estaba atónita y nadie se atrevia á hablar. Don Pedro
hizo un impulso para lanzarse sobre el estudiante, pero en aquel momento
todos ellos sacaron de dentro de sus ropillas un puñal, y aquella
falanje de cuarenta hombres, todos decididos, atravesó poco á poco en
medio de la concurrencia, llevando todos en la mano el puñal desnudo.
El que cubria la retaguardia era Teodoro.
El que habia hablado era Martin. Nadie les habia conocido.
Luisa habia quedado desmayada de rabia y de vergüenza en el estrado.
La comparsa de los estudiantes, seguida al principio por algunos
curiosos, se perdió por fin en las calles oscuras y tortuosas de los
barrios fuera de la traza.
Don Pedro de Mejía hubiera dado cualquier dinero por enmudecer las cien
lenguas que salieron por todas partes á predicar el acontecimiento de la
casa; pero era mas fácil aprisionar el viento, y guardar en sus cofres
un rayo de la luz del sol, que cortar el escándalo.
La concurrencia fué desapareciendo poco á poco, y como por encanto, y á
poco tiempo, no quedaban en los salones mas que Luisa sentada en un
sitial con la cara oculta entre sus manos, y Don Pedro paseándose en el
mismo aposento con aire triste y meditabundo.
Las bujías alumbraban aún con todo su esplendor los desiertos salones, y
los lacayos y los esclavos temerosos no se atrevian á apagar aquellas
luces, por temor de que estallase la tempestad que presentian. Nadie
ignoraba lo que acababa allí de acontecer, y por eso remaba en la casa
el mas profundo silencio; nadie osaba decir una palabra ni atrevesar
siquiera por un salon; parecia como que el dueño de aquella casa habia
muerto repentinamente, y se hacia el duelo á su honor, á su reputacion y
á su felicidad.
Don Pedro comprendia que iba á ser en lo de adelante el ludibrio de la
ciudad, y á verse espuesto á la vergüenza de que le reclamara el Santo
Oficio á su esposa, como esclava fugitiva.
Luisa conocia que su secreto estaba ya á la merced del vulgo: temblaba
al considerar que la Inquisicion la arrebataria del lugar á que habia
llegado, á fuerza de constancia y de trabajo, y sentia contra Teodoro un
odio tan grande, que no es para descrito.
Por otra parte, no era ya la muger ni la viuda del débil Don Manuel de
la Sosa; pertenecia al terrible Don Pedro de Mejía, y su enojo la
espantaba. Una vez dado el escándalo, ¿qué podia contener á su marido?
Nada.
Don Pedro sombrío, seguia paseándose, y Luisa permanecia con la cabeza
reclinada en sus manos; sus collares, sus pendientes y sus tembeleques
de brillantes, formaban como una cascada de luz entre sus negros
cabellos, y sobre su bellísimo y torneado cuello.
De repente Luisa se paró, sin hacer el menor ruido, y se arrojó á los
piés de Don Pedro esclamando:
--¡Perdon!
Don Pedro se detuvo, la miró con los ojos encendidos y como despidiendo
llamas de furor, hizo intencion de hablar, llevó la mano al puño de oro
guarnecido de piedras preciosas de su espadin, y luego sacudiendo la
cabeza siguió con sus meditabundos paseos, procurando evitar el contacto
con Luisa, que se habia quedado arrodillada en el mismo lugar.
--¡Perdon, esposo mio!--volvió á esclamar aquella muger á poco rato,
abrazando una de las piernas de su marido.
--¿Vuestro esposo?--rugió, por decirlo así, Don Pedro--que el cielo me
contenga, porque al oiros decir esa palabra, con ánimo me siento de
atravesaros con mi estoque el corazon.
--¡Perdonadme! ¡Perdonadme!
--Soltad, señora, soltad, que me ahoga la indignacion.
--No, no, perdonadme.
--¡Suéltame esclava vil! Sal de esta casa.........
--¡Don Pedro, por Dios!
--Suéltame.........
--¡Por Dios!--repetia Luisa arrastrándose de rodillas por el pavimento y
siguiendo á Don Pedro que hacia esfuerzos terribles para deshacerse de
ella.
--¡No me sueltas! Pues bien, morirás, que harto escándalo somos ya los
dos en esta tierra.
Don Pedro tiró de su espadin, pero Luisa le asió la mano, y comenzaron
entre los dos una lucha horrorosa. Mejía habia perdido ya enteramente la
cabeza con el furor, y la excitacion que le causaba la resistencia de
aquella muger.
--¡Piedad! ah! piedad! Don Pedro, no me mateis, no por Dios, me iré, me
iré.
--No, no; ya no quiero que te vayas, ya no, quiero que mueras, y
morirás.
El espadin salió por fin de la vaina, y Luisa lanzó un grito de angustia
al verlo brillar á la luz de las bujías; en aquel momento una multitud
de lacayos y esclavos invadió el salon gritando:
--Señor, señor.
--¿Qué hay?--dijo Don Pedro reportándose, y procurando impedir que los
criados viesen el estoque desnudo--¿por qué entrais todos aquí sin mi
permiso?
--Señor--dijo uno de los lacayos--hemos encontrado en uno de los
aposentos interiores á una muger muerta.
--¡Cómo!--esclamó Don Pedro--¿quién es ella?
--Una anciana.
--¡Ah! la maldicion de Dios ha venido á mi casa con esta muger--dijo Don
Pedro, y luego dirigiéndose á su mayordomo agregó--Tirol, á esa señora
la echas en este momento á la calle, ¿lo oyes? en este momento, porque
si no, no seré capaz de contenerme y la mataré.
--¡Señor!--dijo el mayordomo.
--Obedece--esclamó fieramente Don Pedro.
Luisa se levantó y comenzó á seguir humilde y resignada á Tirol,
pensando que no tenia mas recurso que la casa de la Sarmiento.
En el instante en que salia oyó á un lacayo decir á Don Pedro.
--Aquí está la muerta.
Luisa volvió la cara y reconoció el cadáver de la bruja.
--¡Jesus, Hijo de David!--esclamó vacilando y apoyándose en el hombro de
Tirol.
--Vamos pronto, señora--dijo con altivez el mayordomo, retirándose un
poco para que Luisa no se apoyase en él.
Llegaron al zaguan de la calle que abrió el mismo Tirol. Luisa se detuvo
un momento, pero el mayordomo la empujó hasta afuera con tal violencia,
que fué tropezando hasta la mitad de la calle.
Desde allí se descubrian los balcones de la que estaba dispuesta
recámara nupcial, profusamente iluminada.
Luisa estaba sola en medio de la noche, en una calle desierta, y vestida
de baile y cubierta de joyas.
Entonces le volvió su antigua resolucion, miró á los balcones por última
vez y echó á andar esclamando con una voz ronca.
--Yo me vengaré.........
A los dos dias de este acontecimiento tomaba solemnemente el hábito de
novicia en el convento de Santa Teresa, Doña Blanca de Mejía.