De lo que Luisa y Teodoro trataron y de lo que éste hizo después.
La comitiva se detuvo en la puerta de la casa de la bruja. El Ahuizote
pagó algo á los que le habian acompañado, y se retiraron llevándose la
silla. Luisa y el Ahuizote entraron seguidos de Teodoro, á quien no
habian visto hasta aquel momento, porque los habia seguido
cautelosamente.
El Ahuizote le miró con estrañeza, pero Luisa le reconoció al punto.
--¿Por qué me seguís, qué pretendeis de mí?--le preguntó.
--Quiero hablar con vos á solas--dijo Teodoro.
--Entrad.
La Sarmiento que esperaba, se retiró al interior de la casa con el
Ahuizote para dejar en completa libertad á Luisa y á Teodoro.
--Ya estamos solos--dijo ella--¿qué quereis?
--Quiero que me digais, cuanto habeis alcanzado á saber acerca de la
muerte de Don Fernando de Quesada.
--Os lo diré.
--¿Quién le mató?
--El Bachiller Martin de Villavicencio Salazar.
--¡El Bachiller! ¡su amigo, su protegido!--esclamó Teodoro
espantado--¡imposible! Martin hubiera dado su vida por el Oidor.
--Así es en efecto; pero ese Bachiller ha muerto á Don Fernando, ciego
por los celos, y sin conocerle; habia sido una escena preparada para que
diese este resultado.
--¿Podeis referirme todo eso?
--Sí, que puedo, oid.
Y Luisa contó á Teodoro cuanto sabia, y cuanto habia inferido de la
muerte del Oidor, por las relaciones de la Sarmiento y del Ahuizote.
El negro la escuchó con profunda atencion hasta que concluyó de hablar.
--¿Conque es decir--preguntó entonces--que vos no creeis que fué
culpable ese Bachiller?
--De ninguna manera.
--¿Y vos le conoceis?
--Ayer le he visto aquí, que aquí está oculto, huyendo de la justicia.
--¿Podríais conseguir que hablase conmigo?
--Fácil será, si quereis bajar al subterráneo en donde está oculto.
--Bajaré si me conducís.
--Entonces esperadme.
Luisa dejó un momento solo á Teodoro, habló con la Sarmiento y volvió
trayendo la bruja un candil encendido.
--Seguid á esta señora, y os guiará hasta donde podais hablar con el
Bachiller.
--¿Es la señora Sarmiento?
--La misma--contestó la bruja.
--Por muchos años--dijo Teodoro, mirándola como si quisiera grabar
profundamente en su memoria aquella fisonomía.
Bajaron por el caracol que conocemos, y la vieja se dirigió á la puerta
de la bóveda en que estaba Martin.
--Señor Bachiller, señor Bachiller.
--¿Qué se ofrece?--dijo desde adentro Martin.
--Levántese su merced y mire que aquí le traigo una visita, que mucho
empeño ha tenido de verle.
Martin se levantó apresurado, y al mirar al negro favorito de Doña
Beatriz casi dió un grito.
Teodoro quedó en silencio hasta que la Sarmiento se retiró.
--Teodoro--dijo Martin--¿venis á echarme en cara mi conducta? ¿A
matarme, acaso, de órden de vuestra ama?
--No, señor Bachiller, no; yo no tengo ya ama: desde que Doña Beatriz ha
tomado el velo, no seria capaz de pretender una venganza: vengo á veros,
á consolaros, á sacaros de este sepulcro, en donde estais ya casi
desconocido.
Y era verdad: Martin no era ya el joven rubicundo, ni el garboso
Bachiller de otros tiempos: la oscuridad, el aire húmedo y mal sano del
subterráneo, y sus padecimientos morales, le habian cambiado
enteramente.
No habia envejecido, pero estaba pálido, su cabello y su barba habian
crecido en desórden, y sus ropas estaban hechas pedazos; el pobre de
Martin daba lástima.
A la Sarmiento no le convenia que saliese aún por desvanecer las últimas
sospechas, y Martin se secaba en aquel antro de tristeza, de fastidio,
de falta de aire, de luz, de libertad.
--Quiero sacaros de aquí--continuó Teodoro--llevaros conmigo para que me
ayudeis á perseguir y á castigar á los asesinos de Don Fernando.
--Pero Teodoro, si el asesino soy yo, yo el culpable.
--Vos no, Don Martin, vos no habeis sido, sino el instrumento ciego é
inocente de esa maldad: hay una trama infernal que yo revelaré, porque
yo lo sé todo.
--Una trama, ¿y cuál?
--Paciencia y prudencia por ahora; solo puedo deciros que ni vuestra
María era infiel, ni el Oidor iba á visitarla, ni nada de todo aquello;
que fué una comedia preparada para que diese el resultado que dió, y en
caso de ser descubierta, vos resultarais el único culpable, y vuestros
zelos dieran bastante causa al asesinato y no se buscaran otros motivos
que pudieran comprometer á alguien.
--¿Conque María es inocente?
--Inocente, os lo aseguro.
--Cuánto os agradezco esta noticia--decia Martin casi llorando, y
abrazando el cuello de Teodoro.
--Ahora, salid de aquí y vámonos.
--¿Pero la justicia?.........
--Nadie ha pensado en atribuiros la muerte de Don Fernando: yo mismo que
queria saber con tanto empeño quién le habia dado el golpe, no pude
hasta esta noche averiguarlo; con que así nada temais y seguidme.
El Bachiller tomó su capa, su sombrero y el candil que le servia para
alumbrarse en su escondite, y echó á andar conduciendo á Teodoro.
Llegaron hasta la trampa que cerraba la bóveda del subterráneo, Martin
empujó, estaba cerrada, llamó y nadie contestó; hizo esfuerzos, y la
puerta no cedia.
--Nos han encerrado--dijo á Teodoro.
--¿Será casualidad?
Un fuerte olor de azufre que se iba haciendo mas denso á cada momento,
comenzó á percibirse en el subterráneo.
--Aquí hay alguna nueva maldad--dijo Teodoro.
--¿Pero contra mí y contra vos? ¿Quién?.........
--Luisa--dijo tranquilamente Teodoro.
--Es verdad, ¿esa muger os ha visto? ¿Sabe que estais aquí?
--Sí.
--Entonces ella ha preparado todo esto, quieren dejaros morir aquí, y á
mí con vos tambien.
El humo del azufre era insoportable.
--¿Y este humo?--preguntó Teodoro.
--Es sin duda para apresurar nuestra muerte.
Martin que estaba mas débil, comenzaba ya á sentirse desvanecido, á
toser mucho, y apenas alcanzaba respiracion................
* * * * *
--Están ya conversando los dos--decia la Sarmiento á Luisa, despues de
haber dejado á Teodoro con Martin en el subterráneo.
--Pues seria bueno que nunca mas salieran de ahí, ninguno de los dos.
--¿Por qué?
--¡Cómo! ¿Olvidais que el Bachiller puede de un dia al otro averiguar lo
que aconteció con el Oidor, y tornarse en vuestro enemigo, y haceros él
solo mas perjuicio que todos los familiares de la Inquisicion, si es que
no le acompañen ellos entonces para perjudicaros tambien?
--Pero eso está largo.
--No tanto, que el negro que sabe tambien graves secretos mios, trae el
objeto de hacer causa común con el Bachiller, para perseguir á los que
prepararon la muerte de Don Fernando; y ese negro sabe mas cosas de las
que vos podeis suponeros: os lo aseguro, y en cuanto hablen los dos
dejan todo mas delgado que un pelo, y témome que si vos acabais en la
hoguera, yo corro peligro de no salir muy bien librada.
--Entonces ¿para qué me habeis hecho juntarlos?
--Porque juntos es mas fácil saber qué hacemos con los dos.
--Os comprendo, ¿pero qué podemos dos mugeres? ¿Será necesario llamar al
Ahuizote?
--No, mirad, ¿tiene llave la entrada del subterráneo?
--Sí, y muy fuerte.
--¿Y tiene otra salida?
--No.
--Pues en primer lugar cerrad la boca del subterráneo.
La Sarmiento cerró con llave la entrada.
--Ya está dijo.
--Bien, ahora como les falta aire y que comer, ellos acabarán sin que
tengamos porque apurarnos.
--Pero eso será cosa de tres ó cuatro días, y en ese tiempo necesito yo
entrar ahí.
--Podemos precipitar el lance, si gustais.
--¿Cómo?
--¿Hay alguna ventana ó claraboya, que dé para esos subterráneos?
--Sí, hay una, pero muy pequeña.
--No importa, enseñádmela.
La bruja llevó á Luisa á la recámara, y debajo de la cama en que ella
dormia levantó una pequeña losa que descubrió un agujero que comunicaba
con el subterráneo.
--¿Teneis unas pajuelas de azufre?
--Sí.
--Traedme cuantas tengáis.
La Sarmiento trajo dos ó tres gruesos paquetes de pajuelas de azufre.
Luisa comenzó á dividirlos en azecillos, y luego encendiéndolos en el
candil los fué arrojando unos en pos de otros por el agujero, hasta que
cayó el último y tapó con la losa: todos ardieron y formaban en el fondo
un montoncillo que producia nubes especísimas de humo.
--¡Ah! entiendo--dijo la Sarmiento--como hacemos con las casas
enratonadas. ¿Pero mis animales que también están allá abajo?
--Esos ya se murieron--contestó sonriéndose Luisa--pero al fin que
dinero sobrará despues para todo, y que mas vale que mueran esas
zabandijas que no que vayamos á dar nosotras al Santo Oficio.
En ese momento se escucharon los golpes que daba Martin en la entrada
del subterráneo.
--A otra puerta señores--dijo Luisa riéndose--lo que es por esa no
saldreis ni con los pies por delante, porque yo supongo, señora
Sarmiento, que les daremos honrosa sepultura en las mismas bóvedas.
--Por supuesto.
--Entonces pueden morir en paz.........
El Bachiller se sentia espirar.
--Estamos perdidos--dijo á Teodoro.
--Veremos--contestó el negro, y pasando delante de Martin comenzó á
examinar la trampa.
El humo hacia llorar.
Teodoro examinó la fortaleza de la cerradura, y luego con mucha calma
bajó al subterráneo y tomó una viga que allí habia y volvió á subir con
ella.
Luisa y la Sarmiento no habian contado con la fuerza titánica de
Teodoro.
El negro tomó con sus dos manos la vigueta, y balanceándola dos veces
para darle impulso, la levantó violentamente para abrir la puerta que
estaba sobre su cabeza: á los tres golpes la puerta saltó hecha pedazos,
y Martin y Teodoro salieron del subterráneo.
Las dos mugeres los veian espantadas desde un rincon.
Sin decirles nada, sin inclinarles siquiera la cabeza, Teodoro y Martin
atravesaron delante de ellas, y salieron á la calles.